Al
rato, cuando Alan estaba exhausto de tanto esperar, apareció Silas con una pipa
en las manos y el aspecto de haber estado de fiesta. Se lo notaba algo ebrio
pero se hallaba lúcido. Al ver el despojo del muchacho que yacía acurrucado
entre los trastos le llamó la atención. Parecía tan decaído y entregado que se
conmovió… Él, un hombre duro, exigente, autoritario, se hallaba sensibilizado
por un ratero.
‒¿Qué
quieres ahora?
‒Que
me deje salir ‒contestó balbuceando Alan Cooper.
‒Ya
te dije que no. Te voy a traer más ropa para que te cubras. Acá hace mucho
frío‒respondió Silas con benevolencia.
‒Mi
abuelo está a bordo en primera clase. Búsquelo, se llama Mark Cooper. Él tiene
que sacarme de acá.
Silas
se quedó sorprendido ante esa confesión que no le pareció real. Estaba
mintiendo para poder recuperar la libertad. Era obvio que se trataba de un
muchacho demasiado habilidoso y traicionero. Seguro que estaba armando algún
plan de huida.
‒¡Mientes!
¿Piensas que te voy a creer?
‒Investigue.
Busque a Mark Cooper y a Rebeca y Wilson Taylor. Ellos son mi abuelo y mis tíos
y se encuentran en primera clase.
‒¡No
puede ser!
‒¡Busque,
carajo! ‒gritó Alan fuera de sí.
‒¿Y
por qué tú si eres de la familia estás acá? No es creíble ese argumento.
‒Bueno…
yo… ‒titubeó‒. Es que me decidí a último momento y junté el poco dinero que
tenía y que me alcanzaba para subir con los inmigrantes en tercera clase.
Estaba tratando de reunirme con ellos, por eso me veían misterioso.
‒No
sé. Es tan raro ‒respondió Silas‒. Te quedas en la bodega mientras nosotros nos
encargamos de comprobar si es cierto. No te sirve querer engañarnos. Somos más
rápidos que tú.
‒¡No
miento! ‒gritó Alan cuando ya no tenía más fuerzas de concretar el plan. Todo se
había desbaratado en menos de un día. No quedaba nada por hacer, sólo pensar
qué le diría a su familia y especialmente a su abuelo. Lo cierto, era que no
podía seguir encerrado allí por más tiempo.
Mark
se hallaba en el camarote tratando de ocultar el baúl. Se sentía expuesto ante
los comentarios de Rebeca. Antes nadie había reparado en la maleta vieja y hoy
hablaban de ella como un objeto poderoso y deseado. Estaba de espaldas cuando
Wilson entró bruscamente y sin llamar al camarote y vio a su suegro en una
actitud confusa.
‒Perdón ‒dijo
y se frenó de golpe‒. Disculpe, no debí entrar así.
‒No
te preocupes. ¿Qué ocurre?
‒Rebeca
está nerviosa, no quiere seguir el viaje. Es que no entiende. Necesito
ayuda‒exclamó Wilson aturdido e inseguro.
‒Ya
voy a hablar con ella. Me tienes que dar una tregua, soy un hombre grande. No
creo necesario que me tengas que buscar a mí para solucionar los problemas.
Eres el marido.
‒También
es su hija ‒respondió Wilson contrariado.
En
medio de esa discusión infecunda que no conducía a nada, pero que los alejaba
del trato cordial que habían mantenido siempre, golpearon a la puerta.
‒Soy
Silas Pyland y necesito hablar con Mark Cooper‒exclamó en voz alta y miró un
papel donde tenía anotados los datos.
‒Es
mi suegro ‒se apuró a responder Wilson.
‒Quiero
hablar de un asunto delicado, pero a solas. ¿Puede ser?
‒Sí,
claro.
Cuando
Wilson se retiró los dos hombres se miraron a los ojos. Había algo de soberbia
que era imposible negar en la actitud del anciano.
‒No
tengo ganas de perder el tiempo con desconocidos‒dijo Mark quien había olvidado
su paciencia después del comentario de Wilson.
‒Soy
el encargado, la autoridad de la tercera clase del barco. Seré breve. Un
muchacho que dice llamarse Alan Cooper está en el Titanic. Lo tenemos custodiado porque es un insurrecto y tiende a
ocasionar desmanes. Él dice que es su nieto.
‒¿Alan
está acá? ‒respondió Mark con sorpresa.
‒Entonces,
lo conoce.
‒Mi
nieto se llama así, no sé…, estoy algo confundido.
‒Si
me acompaña hablaremos con él y podrá comprobar usted mismo si se trata de la
misma persona.
Mark
Cooper ya no soportaba más tantos problemas y responsabilidades sobre sus
hombros. Era demasiado. ¿Qué haría allí Alan? El viaje de placer se había
transformado en una odisea para él, en una tortura, que le pesaba como un
morral de piedras. ¿Hasta cuándo tendría que sostener a su familia? Eran todos
unos ingratos. La vejez es tranquilidad, relax; sin embargo, para Mark
resultaba ser la etapa de examen. Como si Dios lo estuviera poniendo a prueba
constantemente para ver si podía o no cargar esa cruz.
Bajaron
unos peldaños y se internaron por unas galerías grises con olor a azufre. Era
el momento justo de las discordias y también el de las verdades ocultas.
Mark estaba algo agitado por tantas contradicciones y por tener que hacer frente a todo lo malo que se presentaba. El hastío lo transformaba en un hombre díscolo. Pensó que aquel viaje lo habían organizado con la intención de darle paz y felicidad a Rebeca. Tanto él como sus amigos y Wilson habían dejado las ocupaciones, los seres queridos, el sosiego del hogar, para iluminar los días de su hija que debía enfrentar un tratamiento cruel en los próximos meses y ahora nadie la estaba pasando bien. El Titanic era el coloso de las peleas, del llanto y de las confusiones.
‒¡Tú,
despierta! ‒le gritó Silas a Alan que se hallaba al fondo de la bodega en la
oscuridad completa‒. ¡Ven!
‒¡Abuelo! ‒gritó
y corrió a abrazarlo mientras Mark lo miraba, sin reaccionar, con los brazos
inmóviles a los lados del cuerpo.
‒¿Qué
haces en el barco? ¡Por Dios!
‒Me
tienen preso porque dicen que soy un delincuente. ¿Te das cuenta? Yo, tu nieto.
‒Algo
habrás hecho ¿Por qué estás en el Titanic?
No entiendo. Si querías viajar… ¿Por qué no me lo dijiste? Es él, señor, mi
nieto. No es nada de lo que todos creen, se lo aseguro. Por favor, déjelo ir,
yo me encargo.
‒Gracias,
abuelo.
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