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jueves, 27 de junio de 2024

Licia (Cap VIII. Gorki, el gato-3era parte)


 

Sola, en la cama, se consideraba feliz. Se creía una niña virgen entre las blancas cortinas, apacible en medio del mutismo. El cuarto era un poco frío con su techo alto y sus rincones oscuros. Tenía olor a claustro. Le gustaba la pared que se alzaba delante de la ventana; durante el verano se pasaba horas enteras contemplando las rocas grises del muro y las capas de firmamento estrellado que le recordaban las chimeneas y los tejados. No pensaba en su abuela Lisa más que cuando una pesadilla la hacía despertar sobresaltada porque le parecía haber escuchado su voz. Se incorporaba, temblorosamente, en la cama con los ojos muy abiertos. ¿Era su sorda rebeldía o mensajes encubiertos? Celine sentía que algo había perdido, su mitad entera.

Al rato, llegó Antoine sobresaltado por el tumulto de las calles a raíz del casamiento real.

‒Cómo es la gente curiosa. No tiene límites.

‒¿Y vos para qué te sumáis a ese pueblo frívolo?

‒Es que no sabía qué ocurría y por qué había tanto alboroto. Los pobres estamos tan lejos de todo ese artificio.

‒Somos más felices.

‒No sé.

 

 


‒¡Madrina! ‒gritó Alizee cuando llegó a la casa.

‒¡Qué os ocurre! ‒respondió Isabeline medio dormida por falta de descanso. Sus horas de insomnio se debían al trabajo que le daba Eugenie con el cuidado. No caminaba; la rehabilitación era nula.

‒He visto a Alexandre. ¿Te acordáis de ese joven rubio que venía con su madre a la consulta?

‒No ‒respondió Isabeline y levantó el cirio para iluminar el semblante de su ahijada.

‒Vamos, madrina. Él tendría veinte años.

‒Puede ser, es que estoy medio vieja y me olvido de las caras.

De súbito, golpearon bruscamente el aldabón con insistencia. Louise fue a atender pensando que podría ser el dueño de la Mercerie que venía a reclamar algo de lo que habían comprado unos minutos antes.

‒¡Alexandre! ‒gritó Alizee.

El joven estaba frente a ellos con la mirada fija, vaga y perdida. Los ojos rígidos y el cuerpo momificado. Llevaba en brazos un gato, lo arropaba como un recién nacido. El felino ronroneaba entre el sopor de las lanas con un sueño infantil.

‒¡Es Gorki! ‒volvió a gritar Alizee‒. Ven Alexandre, pasa, trae a Gorki; seguro que se ha escapado a la calle. ¡Es tan travieso e inocente!

Alexandre seguía parado en el dintel sin emitir palabra. Era esclavo de un sueño que lo poseía, cautivo, entre sus ropajes. Louise lo tomó del brazo con cuidado y lo acercó a la sala. Todos, infinitamente abrumados, miraban los gestos del muchacho que permanecía de pie con Gorki.

‒¡Alexandre! ‒le gritó Louise.

‒¿Qué? ‒respondió como en un susurro. Miró sus brazos que acunaban al gato y tuvo vergüenza. No sabía quién era y dónde se hallaba. Isabeline corrió a preparar café y Alizee lo ayudó a sentarse en el sillón de cara a la vela encendida.

‒Un milagro. Plegarias… plegarias.

‒¿A qué llamáis milagro? Es un problema. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ‒preguntó Louise ante el esotérico silencio.

‒Fui a ver el casamiento real ‒respondió Alexandre por lo bajo‒. Después regresé a casa y ya no recuerdo nada. Eso sí, estuve con Alizee en la calle frente a la tienda de telas.

‒Claro, pero luego te fuisteis entre el gentío que venía de la boda. Era un tumulto de gente, el pueblo mismo abarrotaba las calles enlodadas por la llovizna que arruinó la fiesta. Se veían aprendices con delantal, obreros que volvían de su trabajo, hombres y mujeres con paquetes bajo el brazo, ancianos caminando fatigosamente frente al crepúsculo y grupos de chiquillos que hacían resonar los suecos sobre las losas. No cesaban de pasar alternando el ritmo de quienes no sentían curiosidad por los acontecimientos reales. Y tú, Alexandre, entre los mecheros de aceite parecíais extraviado mientras las ráfagas de aire húmedo soplaban desde las callejas hacia las galerías alumbradas por lámparas funerarias.

Alexandre, sentado en aquel sillón con arabescos gitanos, no hablaba. Parecía pequeño y desmembrado; tenía el pelo descolorido y la barba rala. El rostro lleno de pecas le daba un aspecto de niño mimado.

‒Vamos, ¡despierta! Hay que llamar al doctor Trevou rápidamente.

‒No. Me retiro. ¿Dónde está el niño?

‒¡Por Dios! Era Gorki, el gato.

‒Ah… mejor. Les pido disculpas. Necesito el perdón.

‒¿De quién?

‒De alguien que ama demasiado.

**

LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Palacio de Versalles, Luis XV, Las gemelas, Francia, La muerte, Visionarias, El Trianon, La frivolidad.

Hasta acá llegué con la historia de Alizee y de Celine, de María Antonieta: su reinado, las fiestas, los hijos y la ejecución...
Tantos son los temas de esta novela, y eso es lo que me gusta, mezclar todo: el amor, las visiones y las leyendas, los ojos azules, un crimen, las madres y las abuelas, los ancianos entre el realismo mágico y los cuentos de Andersen, los ángeles...
Si les gusta esta historia la pueden encontrar en Amazon. Un abrazo.

miércoles, 26 de junio de 2024

Licia (Cap VIII-Gorki,el gato-2da parte)

 


Plegarias


Alexandre había estado recorriendo el municipio de Versalles, cerca de París, en la región de la isla de Francia, porque le atraía mucho todo aquello que jamás podría alcanzar: la riqueza y la voracidad de quien todo lo tiene sin un esfuerzo.

Desde muy lejos, bajo la lluvia, se quedó mirando el castillo con sus velas interiores encendidas y las estancias donde las damas, con lujosos atavíos, continuaban brindando por los recién casados.

Alexandre era un ser extraño, ya había cumplido treinta años y algo, profundamente arcano, lo torturaba. De allí, el sonambulismo y todo lo que eso acarreaba: caminar de noche por las alcobas observando de manera voraz a sus padres y a  Celine, buscar llaves y salir a la calle semidesnudo, sentir monstruosos escalofríos cuando miraba los ojos de su hermana. Era penoso ver su aspecto deslucido y su inminente depresión. Llevaba un traje burdo, demasiado estrecho para él, sofocado por el cansancio.

Rosalie, a menudo, veía a su hijo rodando entre las aguas turbias del Sena, con el cuerpo rígido y los brazos en alto, pero también lo contemplaba en la cuna-balancín de mimbre, pequeño y frágil, tratando de hablar antes de tiempo. A Alexandre le pasaba algo, no había duda de ello.

‒¿Qué buscáis, hijo? ‒le preguntó el sacerdote de la capilla  al verlo confundido y con la vista ausente.

‒Necesito confesarme.

El párroco anciano con una mano se sostenía del hombro de Alexandre y con la otra se apoyaba en el bastón. Lo acercó a un reclinatorio de madera de nogal frente a dos estatuas de yeso que lo miraban con sus ojos secos entre sus mantos bendecidos. El ambiente parecía tórrido a pesar de la invalidez de las iglesias; quizá era Alexandre que no podía dominar sus demonios interiores, el hambre a libertad que laceraba sus entrañas, la insurrección y el deseo de amar.

Al rato, más aliviado, se alejó del templo con la convicción de que aquellas frases habían volado de su cuerpo y que el sosiego, con todo lo que tiene de sanador, llegaría a su corazón para saciar su arrebatado espíritu de los malos pensamientos.

A unos pasos de un escaparate, tapándose el rostro con un pañuelo de batista, se encontró con Alizee. Ella llevaba una falda de seda gris con una manteleta de encaje negro, un velo le cubría la cabeza y sus manos enguantadas parecían diminutas y finas. En torno a su figura flotaba un suave perfume de violetas.

‒¡Alizee! ‒le habló con timidez pues había pasado mucho tiempo. La última vez que la vio tenía ocho o diez años y él veinte.

‒No sé quién sois.

‒Alexandre Florent. ¿No me recordáis? Iba con mi madre a la casa de Madame Delfine. Había un galeno o algo parecido que me atendía. Se llamaba…

‒Trevou ‒respondió con rapidez Alizee mientras se acomodaba el velo como queriendo ocultarse más de aquel desconocido.

‒Sí, claro ‒añadió sonriendo Alexandre, pero su risa se apagó cuando miró sus ojos. Comenzó a temblar con intención de escapar de ella.

‒¿Te sientes bien?

‒No ‒aclaró de inmediato y giró sobre sus pasos para alejarse amarrado a una quietud que lo transformaba en espejismo. Él era prisionero, víctima y testigo de un pasado sin cerrojos ni fronteras. La soledad lo hostigaba. Alizee era también peregrina de una historia inexistente, detrás de una llama que se extinguía como si todo su cuerpo fuera un disfraz.

‒Vamos ‒le dijo Louise cuando salió de la tienda‒. ¿Os ocurre algo?

‒Vi al muchacho que iba a casa como paciente del doctor Trevou. Tendría unos treinta años, no lo conocí en un primer momento.

‒Yo si lo viera tampoco. Es que pasan tantos enfermos por el hospedaje que terminan todos teniendo la misma cara.

‒No creo, lo que ocurre es que no prestáis atención. ¡Señorita Louise! ¿Por qué la gente os llama así? ‒preguntó, de repente, Alizee.

‒Bueno, es que nunca me vieron con un esposo.

‒¿Y mi padre?

‒Ya os conté que me abandonó antes de que nacieras. Mejor no hablemos de él porque me pone la piel terrosa.

‒¡Pobre madre! ‒respondió Alizee entre risas.

Se alejaron de la Mercerie con cierta alegría. En aquel lugar humilde vendían de todo: ropa blanca, gorros de tul de canutillo, mangas y cuellos de muselina, camisetas, medias y tirantes; cada prenda pendía de un gancho de bronce. La vitrina se hallaba cubierta de sacos peludos usados y los gorros resaltaban sobre el papel blanco del escaparate. En el lateral derecho, se exhibían ovillos de lana rosa, cajas con redecillas para el pelo con cuentas de piedra ámbar, paquetes de agujas de tejer calcetines, modelos de tapicería y carretes de cintas. El negocio pobre era el lugar donde Louise podía comprar. No había dinero para lujos.

 

 **

‒¿De dónde vienes así agitado? ‒preguntó Rosalie mientras cosía un ruedo con una aguja de hueso sentada junto a Celine que bordaba con un aparato redondo y deforme de la abuela Lisa.

‒¡Madre, ya soy grande!

‒No interesa. Me gusta saber dónde está mi familia.

‒Pues, sois muy posesiva. No sabéis que los hijos sufren cuando las madres los vigilan y protegen tanto. Pasan a ser egoístas porque quieren manejar nuestras vidas. Sienten que les pertenecemos.

‒¿Acaso no es así?

‒No. Soy libre; un hombre de treinta años no puede descuidar sus palabras, ni por abatimiento ni por dolor.

‒Lloráis porque añoráis el tiempo que se fue, por eso dices con ese tono: ¡treinta años! ‒respondió Celine sin levantar la vista.



‒No sois parte de este diálogo. Estuve cerca del palacio de Versalles porque hoy se casaba el delfín Luis Augusto con una duquesa o princesa… algo así… que llegó de Austria. María Antonieta creo que se llama…

‒Ah…sí. ¿Y cómo se veían los novios?

‒Lujosos, notables y ambiciosos. Miraban al pueblo como si fueran esclavos sordos y ciegos, castigados.

‒¡Qué espanto!¡No me gustan los reyes!

‒A mí tampoco ‒dijo Celine y se fue a su alcoba.

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LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Versalles, Las gemelas, Luis XV, La Guillotina, Francia, La muerte, El Trianon.

martes, 25 de junio de 2024

Licia (Cap VIII-Gorki, el gato-1era parte)

 


VIII

GORKI, EL GATO

 

El 14 de mayo de 1770, al acercarse al puente de Berna, en el extremo izquierdo del bosque de Compiègne, donde la esperaban Luis XV, sus tres hijas y su nieto, María Antonieta mostró un brillo singular en sus ojos. Un halo de grandeza envolvía aquella escultura que ya arrojaba frío.

Las Señoras , Luis XV y el delfín sólo conocieron a la hija de María Teresa por los retratos pictóricos de la época, uno más bello que otro. A los catorce años era una muchacha espléndidamente formada, con rostro ovalado, cutis color entre el lirio y la rosa, ojos azules y vivos capaces de ordenar a un santo, cuello largo y gallardo. Para el gusto francés, sólo una boca pequeña dotada del desdeñoso labio inferior de los Habsburgo resultaba desagradable.

La joven descendió de la carroza con vehemencia y se arrodilló a los pies de Luis XV. Él, le presentó a su nieto.

El delfín, Luis Augusto, tenía dieciséis años. Todavía se encontraba bajo la autoridad de su preceptor, el señor de La Vauguyon quien lo había educado con la consigna de que cada mujer era una cortesana en potencia. María Antonieta se acercó y lo besó en la mejilla. El delfín se ruborizó ante aquel acto fuera de protocolo.

Es una reina consumada por el garbo, su figura y sus atributos, y lo que es más valioso aún: se dice que es de bondad inestimable. Sus rasgos tienen a la vez un halo solemne de humildad y de candor. El rey, la corte y sobre todo el señor delfín parecen maravillados con ella.   (Señora Luisa)

Los futuros esposos se alejaron de los aposentos del rey rumbo a la capilla donde su matrimonio recibiría su consagración religiosa otorgada por el capellán monseñor de La Roche-Aymon, arzobispo de Reims.

María Antonieta llevaba un vestido de brocado blanco con botones de diamantes y el delfín un traje bordado en oro. La pareja era seguida por el rey, las Señoras , los príncipes, la señora de Noailles y otras setenta damas. La inmensa galería de los Espejos estaba poblada de personas que asistían al desfile ya la misa que se vio empañada por una intempestiva tormenta que no permitió fuegos artificiales ni luminarias. Los curiosos terminaron alejándose del lugar sin poder ver a María Antonieta, quien ya provocaba todo tipo de hipótesis y de habladurías.

Joven, bella, inteligente, heredera de  Habsburgo  y con un árbol genealógico impresionante, su llegada avivó también los celos del pequeño mundo de la nobleza versallesca y de las Múltiples y dudosas alianzas.

La joven delfina tenía miedo de no acostumbrarse a su nueva vida. Su espíritu se desplegaba a la complejidad ya la astucia de la vieja corte y al libertinaje del rey  Luis XV  y de su amante Madame du Barry. Su marido, tímido y reservado, la evitaba. Ella trataba de amoldarse al protocolo pero lo aborrecía…

 

Un mes después de la noche de bodas, el matrimonio todavía no se había consumado. El delfín se mostraba distante y tímido y ella, ante tales circunstancias, pensaba que no había podido seducirlo, que algo no marchaba bien, y que sería mucho más complicada la conquista de Versalles. Luis Augusto prefería la compañía de Morfeo después de sus jornadas de cacería.

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Licia. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Palacio de Versalles-salón de los espejos-, Las gemelas, Luis XV, María Teresa de Austria, Francia.

lunes, 24 de junio de 2024

Licia. (Cap VII-La Carta-3era parte)

 


‒La debe haber escrito Celine ‒dijo Rosalie sin preocuparse demasiado‒. Ya conocéis a nuestra hija. No hay nadie más talentosa que ella.

‒No sé ‒comentó Antoine con cierto temor que lo abrumaba. Miró con desconfianza hacia la habitación de Celine y vio arrastrarse blanquecinos jirones de claridad.

‒¡Hola! ‒gritó la adolescente desde el otro lado, amarrada a los barrotes de la escalinata. Asustó a sus padres que la esperaban por el pasillo.

‒ ¿Qué maneras son ésas de aparecer? Nos asustáis. ¡Ya no sois tan niña como para jugar así!

‒Tengo catorce años y estoy débil y dolorida porque he perdido algo.

‒¿La carta? ‒respondió Rosalie.

‒¿Qué carta?

‒Mira…

‒No, yo no escribí estas líneas aunque son bonitas y están dedicadas a vos, madre. Sus letras tienen pájaros, diademas y ensueños y guardan abrazos de seda, horas inocentes que vuelven con los ojos llenos de rocío.

‒Vamos, Celine, no inventéis juegos a tu mamá que está cansada ‒le habló Antoine contemplando el rostro de su hija que parecía recitar las frases que, según ella, no había escrito.

‒Éste es un papel ajado por el polvo y las verdades ‒respondió Celine y miró a su padre de una manera brusca como pintando su ingenuo egoísmo, su apatía acostumbrada y ese carácter contemplativo, abnegado y pálido de quien no sabe qué hacer con la vida. Antoine la sublevaba‒. ¡Yo no lo escribí! ‒gritó‒. Lo debe haber robado el gato de alguna casa vecina, es medio tonto y pendenciero. ¿Por qué no le preguntáis a mi querido hermanito?

‒¡Basta de hacer planteos! Es un simple papel antiguo.

‒¡No! ‒gritó Rosalie cuando Antoine quiso romperlo en pedazos‒. Lo guardaré…

Cuando lo tomó para ocultarlo en el bolsillo del saco sintió un perfume conocido y sin decir nada se lo llevó a su alcoba. No estaba dispuesta a compartir sus pensamientos íntimos con Antoine, quien era un hombre tan imparcial que no la escuchaba ni la comprendía. Muchas veces, se sentía terriblemente sola en su universo de cuatro paredes. Sus hijos ya habían crecido y pronto se irían de su lado. Ella, perjudicada por sus inseguridades, por las dudas y por una sombra que la acompañaba desde hacía catorce años, sabía que moriría a la intemperie como los perros vagabundos porque nadie podía sanar las cicatrices que no se veían pero que la habitaban dejando la piel rasgada de tanto buscar respuestas.

 **

Eran las once de la mañana. La brisa helada soplaba por las callejuelas desiertas. La señorita Louise no oía más que el ruido regular de los pasos de Isabeline, quien estaba cuidando a Eugenie Berny, su protectora, que se había quebrado la cadera cuando se enredó con su propio hilo de tejer. El fresco le causaba una sensación de bienestar a Louise que prefería el invierno al estío. Acababa de despedir a un letrado que Madame Delfine había mandado llamar con insistencia.

Alizee estaba preparando el almuerzo. Se ocupaba de las tareas del hogar para ayudar a su madre: limpiaba, cobraba el dinero a los huéspedes, recibía a los pacientes de Pierre Trevou. A menudo, pensaba en una mujer y su hijo que hacía mucho que no veía; la extrañaba sin razón aparente, sentía cariño por ellos y deseo de buscarlos para saber de la vida que llevaban, de sus amores y desdichas y de todo aquello que, como un torbellino, le inundaba el corazón con una luz perturbadora, mística y viva.

‒Madre. ¿Sabéis que una doncella, de mi edad, viene desde la corte de Viena a Versalles para casarse con el delfín de Francia?

‒No me interesan esos argumentos de la monarquía, me aburren. Ellos mismos se cansan de verse las caras todos los días. No visteis cómo se miran, parecen estatuas de yeso.

‒Aclaman que la mujer debe estar sometida al esposo y que no debe tener otra ocupación que la de complacerlo y hacer su voluntad. El matrimonio feliz depende de que si la esposa es compañera, dulce y divertida.

‒¡Divertida! ‒se rio Louise.

‒Bueno… ‒respondió Alizee‒. Supongo que algo alegre. Madre, ¿cómo era papá?

A Louise se le crispó la piel al escuchar es pregunta. Su hija no sabía que había sido recogida en un portal, entre la multitud de paseantes, cuando ella buscaba sobras de comida. Miró por la ventana y vio esa bóveda celeste atestada de nubes que pasaban en sus angelicales procesiones.

‒Parece que va a llover.

‒No me respondisteis. Quiero saber sobre mi padre. Nunca me habéis hablado de él. Lo imagino indiferente, con cierto aire de abandono.

‒Se fue cuando todavía no habíais nacido.

‒De los lazos rotos nacen preciosas alas, los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura, aunque cada pisada clausure con un sello los paraísos prometidos.

‒Ay… Alizee. Todo lo arregláis con versos ‒comentó Louise acomodando el mantel para el almuerzo.

‒Y si no me contáis, tengo que imaginar y sabéis que para eso tengo un don.

‒Claro mi niña, lo tenéis desde el nacimiento. Recuerdo el día que falleció Balthazar cuando aparecisteis en la oscuridad.


‒Vine a despedirme; él lo quiso así. Estaba vencido y decidió que yo recogiera sus cenizas. Escuché en cada paso agónico su condena. Se lo veía remoto, inmóvil, como si tuviera una sombra asilada en su piel.

‒¿Presentíais su fin? ‒le preguntó con curiosidad Louise.

‒No, pero percibía que un límite, que ya existía, se había roto y que me unía a él en un adiós. Balthazar necesitaba verme para partir tranquilo y por eso yo llegué lo más rápido posible.

‒¿La muerte os llama? ‒preguntó asustada la señorita Louise‒. ¿Adivináis su llegada?

‒Vengo a ser como una religiosa que le da sus bendiciones a quien se va, sin hablar, sólo con la mirada.

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LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Versalles, El Trianón, Los verdugos, La guillotina, Luis XV, Los Campos Elíseos.

domingo, 23 de junio de 2024

Licia. (Cap VII-La carta-2da parte)

 


‒¿Y tu trabajo en la fábrica de paños? ‒le preguntó Rosalie a Alexandre que permanecía en silencio, como era su costumbre, tomando el té de la mañana.

‒No me gusta ese empleo, ya lo sabéis ‒contestó enojado.

‒Bueno, hijo, nosotros no tenemos dinero. Ya encontraréis algo que os entusiasme más. Mientras tanto…

‒Me gustan los libros. Podría haber trabajado en una tienda de textos antiguos.

‒Si ya no te obsesionas más por las lecturas.

‒Siempre me gustaron porque he estado toda mi vida rodeado de ellos buscando respuestas a tantas preguntas. Quisiera tener dinero comprar un libro ilustrado con descripciones botánicas escrito por el neerlandés Nicolaas Meerburgh o La Bella y la Bestia, un cuento de hadas tradicional francés. Es una narración de la que hay múltiples variantes, su origen podría ser una historia de Apuleyo, incluida en su libro El asno de oro (también conocido como Las metamorfosis), titulada Cupido y Psique. Otro que me gusta es El Libro de Abramelín el Mago que fue escrito como novela epistolar o autobiográfica por alguien conocido como Abraham de Worms. Abraham era un judío alemán que se cree que vivió entre los siglos XIV y XV. El Libro de Abramelín el Mago habla de la transmisión de la sabiduría mágica y cabalística de Abraham a su hijo Lamech y además nos cuenta la historia de cómo Abraham llegó a adquirir dicha sabiduría.

‒Oh…entonces…‒contestó Rosalie‒. Me sorprendéis otra vez. Sabéis mucho sobre esos textos nuevos. Son muy costosos y no se pueden adquirir.

Se levantó y encendió el candelero del comedor. Era una de las costumbres de la familia como una orgía campesina de un placer que no llegaba, pues siempre se hallaban melancólicos con cierta tristeza adormilada.

‒Te acordáis de Alizee ‒le preguntó Rosalie, de repente, a Alexandre que parecía no tener prisa en llegar a su empleo en la fábrica de paños.

‒Sí, la recuerdo mucho. Sus ojos quedaron en mi memoria como si fueran duendes infantiles que jugaban a ser grandes; eran como vuelos de gaviotas.

‒No os entiendo bien.

‒Eran los mismos ojos de Celine.

‒Iguales o parecidos ‒respondió dudando Rosalie.

‒Los mismos ‒añadió Alexandre y se levantó bruscamente. Huyó escapando de alguna certeza que guardaba como un secreto irrebatible. Su padre lo vio desde la calle de enfrente con sus gestos aburridos y ese andar de anciano que le sacudía la razón. El equilibrio estaba roto.

Antoine abandonó la senda con el espíritu en tensión y el cuerpo inquieto. Enfiló por la extensa longitud de la calle con el sombrero en la mano para recibir en pleno rostro el aire de la mañana.

Cuando llegó a su casa, tuvo pánico de entrar. Lo asaltó un temor infantil, inexplicable, a encontrar una sorpresa, tal vez una mala noticia. Jamás había sentido tal pusilanimidad. Ni siquiera intentó razonar sobre el estremecimiento que lo dominaba. Ya no era el mismo desde hacía muchos años.

Debajo del tapete de la entrada, alcanzó a ver que se asomaba un papel. Lo levantó. Era un escrito con letra de niña; pensó que se trataba de Celine y de su cuaderno de notas.

‒Encontré esto ‒le dijo a Rosalie que estaba sentada tomando el té y esperando que Celine se despertara.

‒¿Qué es?


‒Una carta escrita con letra infantil.

¿Recordáis el capote militar de vuestro padre, algo mustio y deshilachado en los bordes, que luego fue abrigo para vos? Tenía sólo ocho años y una enorme capacidad de combate para enfrentar las injusticias de aquella mañana gris de julio.

He venido a quebrar la quietud de las aguas de la laguna de juncos y de mimbres para soñar con la luna divina, donde el Supremo mira las almas que vagan por los llanos en perfecta oración.

Sencillamente pequeña me encontraréis siempre: en la matita de verbena, en el trigal bajo la paz de la siesta, en el polen de las palabras…

¡Oh, madre, yo juraría que habéis mirado, como cristales, los vidrios de todas las casas del camino para ver mis rizos deshechos otra vez!”

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LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Luis XV, Palacio de Versalles, El Trianon, La guillotina, Las gemelas, María Teresa de Austria.

sábado, 22 de junio de 2024

Licia (Cap VII-La Carta-1era parte)

 


VII

LA CARTA

 

En compañía de su madre, María Antonieta aprendió el protocolo: recibir a príncipes y embajadores. Todos al contemplar sus gestos y desenvoltura estaban encantados pues era, en verdad, una mujer maravillosa que sabía cómo agradar a quien tenía enfrente con su gracia personal. Tenía catorce años.

El 14 de abril de 1770 María Teresa anunció solemnemente a sus ministros el matrimonio de su hija con el delfín de Francia.

El joven era alto y desgarbado con tendencia a la obesidad; a pesar de la educación poco esmerada que recibió conocía de historia, geografía e inglés. Se mostraba piadoso y amaba a su pueblo al que deseaba el bien pero, a la vez, se manifestaba retraído y poco sociable. Le dedicaba casi todo su tiempo a la caza y a los trabajos mecánicos.

No era el hombre indicado para gobernar un país como Francia y mucho menos en vísperas de la Revolución porque resultada demasiado indeciso; conocía muy poco los secretos del gobierno y se dejaba dominar por la gente que lo rodeaba a quienes pedía consejo. Se decía de él que era casi imposible que tomara una resolución: un cambio fundamental en la organización estatal.

Según la costumbre observada por la casa de Austria, María Antonieta juró sobre los evangelios renunciar a la sucesión hereditaria tanto materna como paterna.

El 21 de abril de 1770, se separó de sus seres queridos para ir en busca de su destino: el reino más exquisito del mundo. Imaginaba París como un fastuoso castillo de abundancia pero reinaba el desorden en las finanzas, agotadas por las contiendas sucesivas, entre las cuales figuraba la guerra de los Siete Años.

Al dejar a María Teresa lloró demasiado pero se conformó imaginando las alabanzas que recibiría a cada paso y que, de Viena a Versalles, convertirían su viaje en un sueño anhelado. No podía ni quería resistirse a tantos cumplidos pues resultaba ser demasiado vanidosa.

 

La muerte como principio

 

Aquella mañana, poco antes del amanecer, Rosalie se despertó sobresaltada en medio de la oscuridad. Se quedó un buen rato callada, procurando ordenar sus ideas y añoranzas.

“Todo ha sido un sueño”, pensó.

El recuerdo de la niña en el consultorio del doctor Trevou no la dejaba vivir en paz. Muchas veces habían regresado con Alexandre a la consulta pero no la había vuelto a ver. Ya tendría catorce años y eso la mortificaba por una inexplicable razón; sentía que le quería decir algo, a la distancia, en las tinieblas de la casona o en las calles enlodadas del pasaje frente a Pont-Neuf. Siempre estaba presente con sus encantadores ojos iguales a los de Celine.


Buscó su tapado para abrigarse pues sentía algo de frío. El sol se asomaba entre los árboles desnudos y la mañana prometía se apacible, rutinaria, como todos las jornadas.

Alexandre estaba más extraño que nunca. Rechazaba los libros. Prefería permanecer ocioso, con los ojos fijos en la distancia y el pensamiento vago. Por lo demás, siempre conservaba el mismo estilo complaciente; toda su voluntad tendía a hacer de sí mismo un muchacho pasivo, de una abnegación suprema.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------María Antonieta, Palacio Versalles París, Las gemelas, El Trianon, Luis XV, María Teresa de Austria, La muerte.

viernes, 21 de junio de 2024

Licia. (Cap VI-El dr Pierre Trevou-3era parte)

 


‒¡Ya va! ‒se escuchó del otro lado de la puerta.

‒Venimos a ver al doctor Trevou. ¿Atiende aquí no? ‒preguntó Rosalie a Louise que entornaba los ojos como sorprendida ante la visita. Nunca había atendido a un paciente. Era él quien se encargaba de esa tarea.

‒Pasad… Tomad asiento en las banquetas del pasillo al lado del recibidor.

La señorita Louise miró a esos desconocidos con curiosidad. Le parecían pobres y perturbados, tal vez piadosos.

Rosalie también le pareció rara aquella casa. No sabía cómo había llegado hasta allí. A Pierre Trevou se lo había recomendado el padrino de Celine, amigo de Antoine. Se sentaron en las sillas de brocatel damasco mirando la pared del frente donde descansaban unos lienzos descoloridos.

‒Adelante ‒dijo una voz.

Se entrecruzaron los saludos y Rosalie le explicó a ese hombre gris que tenía enfrente la dolencia de su hijo. Desde una ojiva cubierta por una cortina transparente tejida a mano dos ojos azules observaban la escena. Alexandre desvió la vista y se encontró, de repente, con esa mirada que lo dejó dormido, como cuando en la madrugada vagaba por la casa en busca de oraciones en latín, de locuras y de leyendas.

‒Alexandre, contad al doctor tus penas.

‒¿Qué?

‒¡Por Dios! ¡Qué distraído sois! Disculpad, no sé qué hacer con mi hijo. Él padece de sonambulismo ‒explicó Rosalie.

‒Es extraño porque lo sufren, por lo general, los niños. Alexandre ya es grande.  Tendríais que vigilar si puede hacer sus actividades diarias como vestirse o comer. Los comportamientos extraños son muy frecuentes: lesionarse por ejemplo al caer por una escalera o saltar por una ventana o durante una breve confusión reaccionar mal con actos de forma violenta ‒comentó Pierre Trevou.

Mientras tanto, la niña de ojos color del cielo seguía allí, imperturbable. Escribió algo en un papel y lo pegó al vidrio de la ojiva.

Soy tu creación y he venido desde el bosque rumoroso. Sé que me escucháis por ese latido que guardáis puertas adentro y que centellea en la ternura de vuestros ojos: los míos.

‒¡Alexandre! ‒gritó Rosalie fuera de sí al ver a su hijo totalmente abstraído por sus pensamientos y ajeno a todo lo que el galeno le hablaba.

‒Perdón.

‒Bien, trataremos de seguir sus consejos. Buenas tardes.

‒Los espero en un mes ‒dijo Pierre Trevou con un saludo cordial.

Cuando salieron al pasillo fantasmagórico, Alizee se asomó detrás de una pesada cortina púrpura.

‒¿Me tenéis miedo? ‒le preguntó a Alexandre.

‒¡No! ‒gritó Rosalie cuando la vio‒. ¿Quién sois? ¿Dónde estáis? ¡Celine!

 Louise salió al encuentro de ambos para indicarles la salida porque los notaba alterados y confundidos.

‒Celine ‒volvió a decir Rosalie débilmente y con lágrimas en sus ojos.

‒¿Qué os pasa?

‒Vi a una niña muy parecida a mi hija recién pero desapareció rápidamente.

‒Es Alizee que le gusta jugar. Es una niña muy especial: fantasiosa, inteligente y muy adulta ‒contestó la señorita Louise con orgullo.

‒Ah…Bueno, gracias por todo. Volveremos ‒respondió Rosalie como afiebrada mientras Alexandre miraba, absorto, asustado, los movimientos de la casa, sus cegueras escondidas, el misterio agazapado, la sangre que bullía en las venas de los antepasados que, a pesar de los años, parecían resucitar entre los muros.

‒Vamos, hijo.


Rosalie y Alexandre se perdieron por las callejas enlodadas. Habían pasado por una prueba de fuego sin saber que la vida puede cambiar de un segundo para el otro y que el tiempo es solamente un reloj acompasado. Así le sucedió a Lisa, su suegra. No sabía qué pensar de lo vivido en aquella vivienda esquelética, de reposo. Era una ilusión, un laberinto que quería machacar sus huesos. Se sentía penosa, horrible, opresiva. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordó el día del nacimiento de Celine, su arremolinado torbellino de sensaciones: el cuerpo como arcilla, el mar azul, la ausencia de lo inexplicable y Antoine displicente igual que Alexandre. Había sentido tanta soledad aquel día que no quiso tener más hijos porque ese hueco se había quedado a vivir dentro de sí misma y la hostigaba con mensajes ininteligibles. No entendía. A veces, soñaba con vistosas figuras, con princesas y voces infantiles. Veía a Celine reflejada en un vidrio roto, vestida de tafetán carmesí y luego su imagen se duplicaba. Sabía que los sueños eran producto de las carencias, de aquello que anhelamos y no podemos alcanzar, pero seguía sin comprender.

‒Madre, ¿vio a esa niña en la casa del médico? ‒le preguntó Alexandre como en un murmullo porque la notaba enojada o quizá triste.

‒Ojalá no hubiera nacido.

‒¿La niña?

‒Yo.

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LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Las gemelas, La Revolución francesa, Versalles, Reina de Francia, Luis XV, El Trianon.

jueves, 20 de junio de 2024

Licia. (CapVI. El dr Pierre Trevou-2da parte)

 

‒Yo no podría ni abandonar un perro ‒dijo Louise pensativa, como murmurando, frente al camino de tierra de la helada necrópolis.

‒Madame Delfine está abatida ‒comentó Isabeline a Louise cuando regresó de la calle.

‒Me imagino, pero no se puede hacer mucho. Solamente vigilaremos sus medicinas.

‒Dice que quiere un letrado.

‒¡Otro trabajo más! ¡Es que no me vais a dejar descansar! ‒respondió Louise agotada de tanto resolver problemas ajenos. Es que no tener vida propia la entristecía. Temía caer en una depresión severa. Miró a su alrededor y vio que Madame Delfine la estaba observando desde su sillón. Podía ver con claridad su semblante irreconocible, velado por una ternura poco real. Una frente baja escondía sus egoísmos. Hubiera sido un perfil serio, de aspecto casi criminal, si estuviese separado del pesado cuerpo y de los ojos que parecían estar pensando en algo nebuloso, salvo cuando se iluminaban con desprecio hacia el físico que la albergaba.

‒¿No habrá matado ella a su hermano? ‒preguntó Isabeline dudando de la bondad de Delfine.

‒No, hija. Es una pobre mujer.

‒No sé, yo no estaría tan segura. Miradle los ojos, parecen amenazadores.

‒No tiene ni fuerzas para levantarse y casi no puede respirar.

‒¡Qué estáis hablando a mis espaldas! ‒les gritó, de repente, a las dos.

‒Nada Madame. No os preocupéis. Su hermano está descansando en la paz del Señor. Tuvo una despedida digna como toda persona de bien.

‒Gracias, yo no hubiera podido hacerlo ‒contestó Delfine con un atisbo de melancolía‒. Os pedí ayuda a ustedes porque era mi última salida para protegerme. ¡Qué miráis! ¡Veis indiferencia! Cuando os duele todo el cuerpo la cabeza piensa poco y nada y uno se transforma en un vegetal que no siente ni ríe.

‒No os enojéis, la comprendemos.

‒Me casaré con un príncipe ‒dijo, de pronto, Alizee‒. Será tan hermoso como yo, lleno de gracias y de dulzuras, de brillante entendimiento y de ardiente amor.

‒¡Alizee! Ya no sabéis qué inventar, niña ‒añadió Louise agobiada por los problemas que tenía que resolver.

 

 **

Pierre Trevou se llamaba el hombre que residía en la casa de Madame Delfine, el del sombrero de alas anchas y la peluca blanca. Era médico y solía tener algunos pacientes que desfilaban por la turbia galería. Nadie reparaba en su presencia; no pensaron en él cuando falleció Balthazar.

‒¿Ha muerto alguien? ‒preguntó Pierre a las damas que se encontraban sentadas en la sala.

‒El hermano de Delfine ‒respondió Louise sorprendida por su aparición y por aquella pregunta desafortunada.

Es que Pierre vivía en su propio universo, sólo le importaban las apariencias mortecinas y las pústulas de sus añosos pacientes.

‒Os pido disculpas por mi torpeza. Debí estar más atento.

‒No os preocupéis llamamos a otro médico que vive del otro lado de la aldea para que socorriera a Balthazar.

‒Ya estaba muerto ‒comentó Alizee con inocencia.

‒¡Callad! ¡Por Dios! Esta niña necesita un facultativo para que le agite la cabeza y le coloque el entendimiento en su lugar.

‒Es sabia ‒contestó Pierre tocándole la frente.

‒No sé. Es extraña pero la amamos.

‒Se nota. Soy testigo. Me perdonáis pero me tengo que retirar porque es la hora de meditación ‒anunció Pierre y se perdió, misteriosamente, por el corredor donde habitaban las almas.

 

 **

Las calles eran retorcidas y estrechas sobre el barrio donde residía Madame Delfine. Las casas se hallaban revestidas en madera, con el segundo piso más saliente que el primero. Más altas que anchas. Parecían esqueletos forrados de vigas gruesas cubiertas de yeso y pintadas de rojo y blanco.

La vivienda que habitaba Delfine se encontraba situada en un callejón sin salida llamado Marañon. Las borracheras y los tumultos estaban a la orden del día; sin embargo, era fácil hallar su ubicación ya que se destacaba de las otras viviendas del vecindario que eran demasiado destartaladas y miserables.


‒¡Apurad el paso !‒gritó Rosalie a Alexandre que, muy en contra de su opinión, la seguía rumbo a los suburbios de la ciudad.

‒¡No quiero que maneje mi vida! ‒le contestaba su hijo mientras caminaban de prisa.

‒No podéis seguir viviendo así. Ya sois adulto y yo os tengo que ocupar de vos cuando deberíais hacerlo vos mismo.

‒Leer textos de sacerdotes no es pecado. ¡No es una enfermedad! ‒gritó.

‒Lo que ocurre después os trae problemas. Es que no entendéis o tengo que explicarlo mil veces. ¡Sois sonámbulo! ¡Me lo dijo tu padre! Camináis de noche por la casa dormido. ¡Podéis cometer una locura!

‒Eso es falso ‒respondió Alexandre quien no creía una palabra de todo lo que su madre decía… ¡Miente!

‒Es inútil hablar con vos, hijo. Seguidme que yo sé lo que hago. Para eso soy vuestra madre.

Alexandre miraba a través de las fondas, embotado ante los platos rebosantes de chuletas y empanadas de cerdo como si fuera un triste muchacho empobrecido.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------María Antonieta, Las gemelas, Luis XV, La Revolución francesa, La muerte, Las visiones, Versalles, El Trianon.