Barbastro, la ciudad de Manuela





Barbastro (en aragonés Balbastro) ​es una ciudad española de la provincia de Huesca, siendo la tercera ciudad más poblada y la séptima de Aragón, capital de la comarca del Somontano de Barbastro. La ciudad (originalmente es posible que se llamara Bergidum o Bergiduna) se encuentra en la unión de los ríos Cinca y Vero.

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En la comunidad autónoma de Aragón, al norte de España, junto a los Pirineos, en la provincia de Huesca, se hallaba Barbastro, la capital de la comarca de Somontano, en una ciudad que guardaba tesoros en medio de las montañas. Cada calle pedregosa mostraba la tortuosa vida de los habitantes, entre anticuarios y artistas, que estaban dispuestos a fingir y a esconder sus retorcidas ideas.

En la iglesia de San Francisco, templo original del siglo XVI, se casaron en el año 1960, Manuela y Julián Costa Río en una ceremonia sobria y sin la presencia de demasiados familiares porque a ella no le interesaban los escenarios ni el glamour de los atuendos y menos la hipocresía que demostraban algunos que decían ser sus amigos. Podían concurrir a la boda viñadores, vendedores de madera, toneleros, posaderos y gente de alta sociedad; Manuela no los veía porque su preocupación no eran los intereses terrenales.

El edificio reproducía los portales propios de su folclore en los muros utilizando ladrillos rojos y en las galerías arquillos de medio punto que culminaban con un vértice o esquina original de la arquitectura histórica. Era una visión especial de siglos marcados por el genio y la sabiduría de grandes cultores del arte. La luz llegaba a una especie de antro donde los novios se entregaban a la gloria del campanario.


Barbastro, la ciudad del silencioso grito, de Manuela y su manera fácil y dolorosa de vivir...
DUNKEN

El silencioso grito de Manuela (Cap VI tercera parte)




Letizia se mezclaba con el moho de las tapias; añoraba la luz de otros tiempos y repudiaba la tiranía del presente. Se sentía completamente vacía de aire, quebrada por las inexplicables secuencias de una vida enferma. La única salida era escapar de su esposo a quien consideraba un hombre aburrido, sin sentimientos, demasiado abarrotado de lodo, sin memoria ni futuro.

-Lucía se llamará mi hija-decía como perdida en la maraña de sus caminos cubiertos de malezas y con la inestabilidad propia de las personas amenazadas.-Niña, amor posible, siento tu manera de llorar y tu forma de morir. Niña estás excavando la tierra en el templo de Rocío…-murmuraba otra vez mientras recorría las galerías con la sutileza de una enviada.

El viento soplaba con la fuerza de un temporal y entraba a la buhardilla para derribar los licores de Manuela que albergaban las sales que viejas befanas italianas le habían obsequiado en años de peligros.
La filosofía de Letizia era esperar el día para entender el porqué de su fragilidad aunque, en el fondo, ya lo sabía; llevaba sobre sí la mochila de su madre que sobrevivía a los antagonismos y a la claridad de sus raíces.
Manuela consagrada a un modelo de recato y fidelidad no miraba más allá de sus propios códigos, sin transgredir para que la gente no hablara pero también sin conmoverse ante los rechazos.




Pasa un silencio...

























Era verdad.
No había sonidos de pasos,
sólo crujidos misteriosos que parecían palabras;
las alas del silencio
cubriendo otras preguntas.
Un papel, una lámpara,
la fotografía de Rocío
en un mar de tulipanes 
abrazando los recuerdos.
Manuela había olvidado su nombre,
era la ausencia que la despoblaba...
Le faltaba el mudo abrazo,
le sobraba el miedo.

Los himnos nacían

detrás de las ventanas,
como ebrios abejorros sin doctrinas
entre los rosarios de perlas,
y la gata Máxima
se acurrucaba con los grillos
para dormirse.

L.Fraix


De--------El silencioso
GRITO de Manuela

"Hay dolores que se expresan callando" (E.Galeano)




Hay palabras desprolijas; están las que tienen el poder de desbordarnos y es cuando sentimos que debemos callar al otro o dejarlo hablando solo, están también las que nos salvan...

El poder de volar se encuentra en un camino abierto o dentro de cuatro paredes.
Busca en el silencio la respuesta. No como Manuela que callaba algunas cosas y gritaba desde su pecho, desde el alma, para no ver las reacciones o el dolor.

El silencioso grito de Manuela



"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio". Proverbio hindú



Aquella Manuela que conocí no me miraba, no se daba cuenta de que yo la observaba como quien ve un lienzo empolvado por los años. Ella era distante, inalterable, sosegada... Llevaba sus angelicales procesiones dentro del alma como un nudo de llanto. Era la madre que sabía hablarle a los muros, a la sombra asilada en su piel, a los retratos. Yo era una más que llegaba para irme rápido detrás del anochecer.

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Manuela, una mujer real.

El silencioso grito de Manuela (Cap VI segunda parte)




Miraba con rencor los campos arados, le dolía en la piel el viento fronterizo, la casa colonial era la ruina de un sitio decadente, el polvo, los cipreses…, una fosa: la suya. Hasta el fin de sus días repetiría una y mil veces que no había cometido falta alguna y que era una víctima de Manuela y de Julián, pero más que nada de Rocío que desde la infinitud los golpeaba con sus lágrimas para obligarlos a pensar en la muerte.

Resultaba fácil para José culpar a un ser que no podía defenderse pero lo hacía porque su mente se hallaba reducida a ceniza, no coordinaba bien, contestaba con monosílabos y se recluía en los establos a rumiar igual que las vacas.
Letizia también estaba irreconocible, hablaba incoherencias, despreciaba a José y se mostraba totalmente agresiva después de haber sido una joven sumisa y educada.
No quedaba nada de aquella pobre adolescente; sus códigos eran otros y su deseo desmedido de libertad traicionaba las leyes de las buenas costumbres que imperaban en la casa desde tiempos ancestrales.

Letizia quería vivir porque esa prisión ya no la dejaba respirar; necesitaba transitar las calles y los riesgos sin pensar en la moral ni en los límites. Estaba abatida y fuera de sí e insistía en escapar como su hermana Encarnación para transgredir las órdenes divinas y terrenales.


Por las tardes, cuando la siesta abrasaba con el calor del estío, solía subir a la terraza a bailar desnuda sin importarle los gritos de Manuela y las miradas asombradas de Dolores y de Laura. Las niñas no entendían de pactos y de liberación porque ellas estaban cómodas con ese nido ovillado por la abuela donde había demasiadas plumas que atestiguaban de manera clara la grandeza de sus sentimientos. Sin embargo, extrañaban al padre que ya no las paseaba sobre los hombros ni les hablaba de las abejas y de la miel de los panales, de la intensidad de los huracanes que azotaban las aldeas y del ceibo de ciento diez años que todavía vivía junto al gallinero.
Dolores y Laura estaban presenciando el testimonio clave de una conducta inexplicablemente absurda que las dejaba atónitas frente al entorno de sus juegos y travesuras; como todos los niños trataban de desmenuzar las horas sin verdadera conciencia de lo cruel que podría llegar a ser la vida.
Letizia con su inestabilidad arrastraba a la desidia a las personas que la rodeaban porque la venganza era su festival callejero y la arrojaba de su jaula a los abismos del desorden mental.
-¡Pobre niña!-decía Manuela con una ingenuidad que parecía de ficción pero que resultaba ser pura como lo fue siempre.
Nada era tan vital como el reencuentro cuando dos almas dejaban el claustro. Letizia y Encarnación eran libres de Manuela y Julián pero esclavas de una situación sin rótulo pero amenazante: la muerte. Manuela, espejo de la finitud de los cuerpos, ya lo sabía.




Letizia con sus hipótesis casi no se daba cuenta de que estaba esperando otro hijo. Quería desechar los errores pasados con agresión cuando todavía vivía bajo los tapetes de su madre; sin embargo, solía correr detrás de ella con una botella en las manos con la intención de romperla sobre su cabeza.
-¡Voy a destruir tus neuronas incompletas. Tu ojeriza se va a terminar porque yo voy a salir a pelear!-gritaba Letizia por las galerías pobladas de espectros demasiado fatalistas.
Manuela escapaba ignorando la amenaza con su acostumbrada incapacidad pueril. No entendía a su hija pero tampoco la juzgaba porque esas cuestiones escapaban a su entendimiento.
-¡Julián, viejo dormido, ven acá…!-llamaba a su esposo que se hallaba ausente.
Al fin, Letizia se calmaba y se recostaba sobre la hierba a jugar con los gatos. Dolores y Laura recorrían los senderitos entre risas porque amaban a su madre y pensaban que ella se divertía con Manuela; ambas perseguían causas justas.

Manuela se recluía en las habitaciones con la estampa de la Virgen del Rocío y emprendía una peregrinación alrededor de los muebles; esa imagen la ponía en contacto con los orígenes, costumbres y vivencias. Le parecía escuchar las campanillas y cascabeles de las carretas, los caballos y jinetes, las mujeres sevillanas… Los Romeros portaban el Sin Pecado y la Virgen entre peregrinos y flores. Ella creía verlos con teas, saetas y fuegos artificiales con la soledad de su alma y la reconciliación con las leyes divinas en un sitio donde todo era caos y desconcierto, donde no existían símbolos ni valores.

La voz de lo eterno tenía voluntad de reinar y homenajeaba a su soberana: Manuela que se deslizaba como un tren entre la niebla cubierta de fantoches y de sentimientos endebles. Miraba a Letizia jugar con Dolores y Laura entre las hortensias, los pinos y el leñero que albergaba algún ratón muerto propiedad de la gata Máxima. Esos despojos eran el reflejo de las huellas de Rocío con su aspecto mortecino que vagaban entre los ciruelos y los troncos cubiertos de brotes y de musgos.
Las calles desembocaban en ese jardín con la opacidad de lo indistinto y el gris de una libertad truncada por la desdicha. Todo resultaba ser tan oscuro que se desdibujaba y moría lentamente como los cuerpos cuando la humedad los corrompe.

Letizia se mezclaba con el moho de las tapias; añoraba la luz de otros tiempos y repudiaba la tiranía del presente. Se sentía completamente vacía de aire, quebrada por las inexplicables secuencias de una vida enferma. La única salida era escapar de su esposo a quien consideraba un hombre aburrido, sin sentimientos, demasiado abarrotado de lodo, sin memoria ni futuro.




"Se rompió de una vez el afiebrado vitral de tu recuerdo" (O. Orozco)



Letizia sembraba grietas en el balcón antiguo. Por allí pasaban sus lágrimas de niña cuando en el colegio sacaba una mala nota, y sostenía en las manos un misal para obedecer a Manuela. Los veranos y los inviernos todos iguales y el deseo de huir, de saltar las rejas que la separaban de la libertad. No tenía alas, ya se las habían cortado... Tuvo que casarse con José para saber lo que era seguir en el abismo del silencio, cuando ese hombre la ignoraba. Las sombras y los secretos se confabulaban y ella, llena de cargas familiares, no se rebelaba porque era fiel a los cerrojos. Hasta que un día rompió el cristal y empezó a deshojar la vida.

El silencioso grito de Manuela
(novela psicológica)

"El colmo de la infelicidad es temer algo, cuando ya nada se espera" (Séneca)




La ruta del miedo, a pocos kilómetros de distancia, emergía a la vista y atravesaba los hierros sin rumbo fijo. Era como estar en una gran basílica, donde los árboles eran tan altos que formaban terrazas e invitaban al sopor cadavérico de los cementerios. A Letizia se le heló la sangre; le pareció escuchar voces antiquísimas, el murmullo de los cafés saturados de gente, canciones que parecían sacramentos… y los ruegos de José.
Manuela se fue a su santuario y allí se desplomó gritando como loca frente a los retratos de sus hijas y el agua bendita de los jarrones. Hubiera querido ser una pobre anciana recogida en un asilo, sin presente y sin memoria. El aire se tornaba denso en contacto con los cirios y había aroma a mangos y a orquídeas mezclados con un  perfume salino que le daba sueño. Tenía diez cajones colocados sobre espigones de caña en medio de libros y de biblias en varios idiomas que producían una sensación de encierro, de ceremonias y de risas.

El silencioso grito de Manuela (Cap VI-primera parte)



VI


Letizia tuvo su tercer hijo. Se sentía rara y distante, llena de dudas y de indicios de ideas que la alejaban de los recuerdos, del encierro de los combates y de las heridas que la muerte había arrojado en la tempestad de los cuartos.

Letizia ya no soportaba la presencia de José cuando regresaba por las noches con su actitud esquiva. El susurro de las niñas, el paso acompasado, un beso no querido y esa jaula de palomas púrpuras, eran sólo el paisaje doméstico que la irritaba desde hacía un tiempo.

Los días sucesivos, discordes, se volvían ilimitados y el infierno ardía bajo sus pies. La vida no tenía un verdadero significado para Letizia. Sería humo, pluma, gaviota…, tendría que arrojar la cordura en las aguas de Encarnación y convertirse en farsante sin pasado y sin José.
Él nunca esperaba reproches ni cuestionamientos porque no sabía convivir en pareja. No entendía cual sería la próxima pelea porque nunca había ganado ninguna batalla.
-Vete de la casa-le dijo Letizia con los ojos desorbitados y como enajenada.
-¿Qué?
-Quiero que tomes tu valija y te marches.
-¿Qué dices? ¿Ahora que vamos a tener un hijo? ¡Estás loca, mujer!
-¡Vete…!-le gritó Letizia a punto de desmayarse.
-Tú te llevas tu alma y tu cuerpo-exclamó Manuela desde un rincón.-Tienes perdidas las lágrimas en el cieno.
-¡Usted se calla, no tiene nada que ver en esto!
-Eres ceniza agridulce que sabe gestar locuras. Mira a mi Letizia…¡Pobre niña! Vuelve a las lisonjas de tu hoguera que pronto serás polvo porque ya escribiste tu último capítulo.
-¡Usted no es nadie para mezclarse en los asuntos conyugales y menos para intentar persuadir a mi esposa con sus absurdas ideas.
-¡Vete!-gritaba Letizia con una crisis de llanto que la convertía en una mujer al borde del desvarío.

José Rodríguez, sentado en el sofá de la sala, miraba atónito la escena sin comprender. ¿Qué había hecho mal? Sus ojos observaban a Letizia descontrolada frente al muro de la ventana. ¡Cuánto la amaba! No podía serenarse ante los gritos de ellas y el desorden de su alma. Desde el fondo de sus entrañas comenzó a brotar un rumor que lo atrapó con lágrimas nuevas. No quería irse a ninguna parte pero la evidente crisis de su esposa lo obligaba a retirarse con la certeza, para él, de que al otro día encontraría la paz de siempre en ese hogar que ahora le parecía maravilloso.




¿Qué habría pasado por la cabeza de Letizia para despreciarlo de ese modo, aun sabiendo que iban a tener otro hijo? ¿Existiría un tercero?
José estaba a punto de desplomarse frente a la importancia de sus preguntas sin respuestas porque no podía entender el porqué de esa reacción tan ajena a los modales apacibles de Letizia. Él la amaba muchísimo y pensaba que no se alejaría de ella aunque todos se transformaran en sus enemigos, pero lo que no sabía era que el verdadero rival era él mismo y su embrujo campesino.
El cristal de su espejo le mostraba a un aldeano pobremente vestido, sin voluntad de mejorar y sin deseos de agradar, pero él veía a un caballero galante y vanidoso.
Letizia, recostada, permanecía en la cama porque el doctor Guerrero le había suministrado un sedante.


Ya era tarde, los diálogos estaban rotos igual que la cadena de la vida y en ese espacio inmemorial no existía la claridad del amor porque el quebranto latía más ardiente que nunca; había regresado a velar los cuerpos guiados por las señales de un destino artífice y manipulador.


La familia ya se había olvidado de José porque estaban acostumbrados a despojarse de las cosas y de los seres, sin inmutarse. Rocío les había enseñado a apagar la luz antes de tiempo.
José Rodríguez se hizo hombre de un cachetazo sin esperar las disculpas porque Letizia ya no quiso vivir bajo su mismo techo. En los galpones repletos de aserrín, donde el olor a cuero y a madera húmeda lo mareaba, solía llorar de impotencia mientras fumaba un cigarrillo atrás de otro. Parecía un adolescente famélico con cara de soldado y orejas de murciélago. Estaba irreconocible. El idilio que tenía con la tierra hollada le parecía estéril porque su pleito con el destino no le dejaba espacio para las frivolidades. Sabía muy bien que castigaría su cuerpo hasta hacerlo sangrar como si fuera su propio verdugo; él había cometido un delito pero no sabía cual.




"Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender" (Marie Curie)



Manuela niña-mujer.
Ella le temía al futuro mientras vivía en el pasado. No podía desprenderse de sus fantasmas interiores y por ello tampoco podía crecer. Se lamentaba, rezaba rosarios enteros... Con la ansiedad propia de quien esperaba cosas que quizá no iban a suceder. Y así vivía, sin reparar en sus hijas, olvidando sus obligaciones y esperando que otros ocuparan su lugar.

La vida la fue acercando a ese futuro y le dio la razón. El miedo la abandonó en sus últimos años porque ya todo había sucedido...

El silencioso grito, el que no puede salir porque le teme a la  libertad.

Personajes de novela: Damián





DAMIÁN ROCA (El hijo de Encarnación y de Alejandro Roca)


Al bebé de Encarnación lo llamaron Damián porque ella había elegido ese nombre desde el primer día que supo que estaba embarazada. Un estremecimiento de aprensión y gusto inundó el alma de Manuela al contemplar al niño, su nieto, pero los bellos pensamientos se le mezclaban con los trastos de los mausoleos, con los espíritus que volvían al lugar de la partida, con aves negras que hablaban entre el frondoso ramaje de los paraísos y sus hojas virginales, sus ruegos incompletos y el perfume de Rocío que se esfumaba en la atmósfera con efluvios balsámicos…

Ella seguía siendo una criatura a pesar de ser abuela. (fragmento)



Damián creció al amparo de MANUELA porque su madre, Encarnación, falleció muy joven. El padre se lo entregó a su abuela como ofrenda por la desaparición de su hija.

El niño sufrió todo tipo de enfermedades psicosomáticas, anorexia y problemas para relacionarse con los demás niños.

Ellos, sus abuelos y su tía Letizia, jamás le mostraron la foto de su mamá. Pensaban que eso le haría mal pero no se daban cuenta que él, con su silencio, estaba demostrando que aquella ausencia lo iba consumiendo dejando a la vista sus pobres sentimientos.




De--- El silencioso GRITO de MANUELA



El cuarto oscuro



Manuela divagaba porque no podía ocultar el idilio que tenía con su amada hija pero tampoco deseaba cruzar la reja porque sus huesos arrojaban frío. Sabía que en el fondo de la sombra estaba la tempestad, un demonio que no entendía de bendiciones y con quien tenía que luchar hasta dejar la última gota de sangre. Por momentos, creía ser tan omnipotente como Dios pero luego caía en el silencio que da la incertidumbre con su oleada de presagios. Ella era la niña que necesitaba abrigo porque el espejo no tenía cara para enfrentar sus arrugas.

Julián seguía respirando a través de sus hijas y nietas porque aunque Rocío y Encarnación estuvieran muertas él sentía que estaban presentes. Las amaba tanto que hubiera dado la vida por ellas. Damián también era su refugio para enlazar historias aunque debía reprimir sus impulsos y ocultar las lágrimas porque el joven, de quince años, sufría desde tiempos pretéritos anorexia nerviosa crónica que dejaba casi desnudas sus entrañas.
-Abuelo, háblame de mi madre-le preguntaba a Julián que entornaba los ojos y colocaba las manos en forma de cruz sobre el pecho.
-Dile a Manuela, vamos anda…

-No, cuéntame de ella. (fragmento)

De---El silencioso GRITO de MANUELA

Editorial Dunken (papel)
Autores Editores (papel)
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"Lo esencial es invisible a los ojos" (El Principito)



Manuela entendía bien que no podía correr contra el tiempo.
Lo esencial eran los afectos, el día a día, los abrazos... Sin embargo, parecía tener visiones antagónicas y se dispersaba por esos laberintos que la vida no le cuestionaba. Nadie comprendía qué sentía dentro del alma cuando las bendecidas noches la acorralaban para pedirle que rece un rosario entero.

¿Qué era lo que sabía y no podía contar?
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