El violín de "El Titanic"

 

 Es la pieza más rara e icónica del malogrado transatlántico.
Wallace Hartley lo ejecutaba
para calmar a los pasajeros durante el naufragio.


El violín que sonó durante el hundimiento de "ElTitanic" alcanzó la cifra récord de 900.000 libras (1,3 millón de dólares) en una subasta realizada en la casa de pujas Henry Aldridge & Son, en Wiltshire (suroeste de Inglaterra) especializada en objetos de coleccionistas.

Se trata del instrumento que Wallace Hartley, el director de la orquesta que amenizaba en el malogrado barco para tratar de tranquilizar a los aterrados pasajeros.
Wallace, el dueño del instrumento, falleció junto con otros 1.517 pasajeros cuando el barco se hundió en 1912. El violín fue encontrado en un estuche y atado a su propietario diez días después de la tragedia. La orquesta de "El Titanic" interpretó el himno "Nearer, My god, to Thee" en un intento por calmar a los pasajeros al tiempo que estos intentaban subir en los botes salvavidas.

En la parte posterior del violín, se ve una inscripción en la que se revela que se trató de un regalo a Hartley de quien fuera su prometida, María Robinson en 1910:

"Para Wally, por nuestro compromiso".

El instrumento que salvó un par de grietas ocasionadas por la humedad se encuentra en perfecto estado, se halló en 2006 de manera fortuita en un ático en el condado de Yorkshire en manos de un dueño anónimo después de que tras la muerte de María Robinson fuera a parar al Ejército de salvación.

La madera rosa de la que está construido conserva rastros de agua salada.


-1912-

Un naufragio
El baúl de perlas.

Novela basada en esta historia.


La última mujer (Cap III-Los vigías 1era parte)


II

LOS VIGÍAS

 

Inglaterra, abril de 1912

 

 

Violet iba de un lado a otro de la casa, estaba ocupada en los preparativos del viaje. Mark, como siempre, se mantenía ensimismado. Hubiera preferido hacer el itinerario sin el conocimiento de la enfermedad de Rebeca. Ya era tarde, todo estaba dicho.

‒Hola, abuelo. ¿Dónde va?‒le preguntó Alan quien apareció, de súbito, tras la cortina que separaba la cocina del comedor. Había entrado por la puerta trasera.

‒Voy a acompañar a Rebeca en un viaje de placer. Es un barco nuevo, maravilloso, construido hace poco. El más grande del mundo.

‒Ya sé… Titanic.

‒Justamente‒respondió Mark desganado‒. ¿Y tú vienes a pedir dinero como siempre?

‒Así es‒exclamó Alan con un dejo de curiosidad y la mirada pensativa.

‒Espera un rato aquí que voy del otro lado de la casa a buscar los espejuelos y unos informes. No tardo.

‒Ve tranquilo‒respondió Alan y se sentó en el sillón principal del living iluminado por una lámpara veneciana.

Al rato, se levantó y miró en dirección a la cocina donde solía permanecer Violet en sus quehaceres diarios. Al no escuchar sonido alguno, subió en silencio la escalera dando, de vez en cuando, una ojeada miedosa tras de sí. Entró a un gabinete. En la mesa se podían ver restos de trabajos de arquitectura: mapas, notas, cuentas matemáticas… La chimenea aún estaba encendida y frente al fuego había una butaca y el servicio de té junto a varios libros. Un ejemplar se hallaba abierto y escrito con notas al pie. Parecía ser de medicina. Evidentemente, se había equivocado de cuarto, él buscaba la famosa valija de su abuelo.

“Volveré cuando se haya ido de viaje”, pensó al escuchar sonidos que venían desde la planta baja.

Llegó a tiempo para sentarse muy cómodo en el sofá para recibir a Mark.

‒Aquí tienes. No me molestes más porque estoy preocupado en unos asuntos.

‒¿No es que te vas de viaje de placer?

‒No exactamente.

‒Pues, no entiendo.

‒Mejor. Ahora vete que me estoy preparando. ¿Y tu padre? Seguro que sigue tomando alcohol y fumando cigarros. ¡Es tan irresponsable! Tu madre hizo bien en alejarse y buscar su destino en Europa.

‒Por eso me quiero ir a Francia.

‒Trabaja y lo conseguirás, mi querido.

Alan sintió que su abuelo lo trataba con cierta ironía y soberbia. Eso le crispó los nervios. Pensó en un plan que llevaría a cabo cuando él se marchase a estepas heladas en el océano, ese mar que a veces traiciona. La maleta era su objetivo. De niño, había escuchado que un tesoro se ocultaba allí dentro y él lo necesitaba tanto. Dinero, joyas… ¡Qué maravilla! Las compartiría con su padre, por fin se daría los gustos y podrían vivir como un Cooper se merecía, dignamente. Un abuelo millonario y un nieto casi mendigo. ¡Qué absurdo! La sociedad lo veía injusto, una situación que podría ser subsanada con la generosidad de quien todo lo tenía a su alcance, pero que no podía ser posible. Mark Cooper era egoísta y avaro. Un abuelo diferente a otros que se desvivían por los nietos, una persona insensible. Eso pensaba Alan del anciano a quien no quería porque su padre le había enseñado una lección. No se avergonzaba por eso, adoraba a Harry con sus defectos y frivolidades. Deseaba que fuera feliz disfrutando de la fortuna que le pertenecía.


Los confines de la vida

 



La mujer pedía justicia y libertad en aquellos ojos grises. Se notaba, por su aspecto refinado, que no pertenecía a las familias de trabajadores que iban en busca de oportunidades a Nueva York. ¿Qué hacía allí?

El hombre, tosco y malhumorado, la obligaba a permanecer a su lado con ese disfraz de herrumbre que delataba su falta de modales. Ella quería huir. Rebeca la había visto en el comedor de primera clase al principio de la travesía. Aquel era su lugar; sin embargo, permanecía presa y enlutada por la miseria de algún comprador de sueños. De esos hombres que quieren con tanta intensidad como también quitan y abandonan, los que no respetan el amor que juraron defender, los que se olvidan de los derechos, los que roban las ganas de vivir desangrando cuerpos y mentes...

Amelie era una pequeña víctima de la insolencia y de la desesperación de una madre frente a ese mar como bandera, una madre que iba y venía por el barco sin identidad propia y que estaba decidida a todo por escapar de ese hombre sin escrúpulos.

Entre el sueño y la vigilia, los confines de la vida.

La última mujer
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Aluen



Voy a hacer un intervalo en la publicación de "La última mujer" para contarles que mi novela ALUEN (luz de luna) se presenta al Premio Literario de Amazon 2021.


Participo desde 2017 y me objetivo es lograr visibilidad en medio de tantos libros. Sé que mis historias no "encajan" (por decirlo de alguna manera) en estos premios, pero lo bueno es participar, estar, darse a conocer, aunque llevo ya como treinta años o más con la escritura.

💗



SINOPSIS


-LA COLONIZACIÓN DE LA PATAGONIA ARGENTINA-
-LOS INDIOS TEHUELCHES-


Había una vez… una patria olvidada que se transformó en un nuevo hogar para muchos aventureros del mar. Sabían de los vientos y del frío, del peligro de enfrentarse a los pueblos indígenas, pero nada fue un obstáculo para hallar un horizonte para sus hijos.

¿Quiénes habitaban esas tierras?

La historia de Aluen-india tehuelche-es el reflejo de la lucha y la superación, de la soledad y del respeto por los ancestros.
Ella sufrió el acoso y tuvo valor, le robaron a un hijo y encontró el amor en Pedro Medina en Fuerte del Carmen, un soldado del cuerpo de Artillería.

Aluen fue víctima, pero se enfrentó a su tío Namba, cacique tehuelche, en busca de su hijo.
¿Cómo se actúa frente a una situación límite cuando todos los que dicen quererte y prometen ayudarte, de repente, desaparecen?
Ella enfrentó a los colonizadores y a los hombres de su misma sangre.
¡Vencida jamás!

PARTICIPA...


Premioliterario2021

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https://www.amazon.es/dp/B094HJ962N

La última mujer (Cap I Fin de la Belle Époque-3ra parte)

 



‒Claro que sí. Ya está decidido, pero antes de comenzar el tratamiento lo venimos a invitar a un viaje. Todos juntos, felices. A Rebeca le hará bien y se sentirá reconfortada después de sentir aires nuevos.

‒No. Vayan ustedes que son jóvenes. ¿Para qué quieren un viejo al lado?

‒Te amamos, papá. Queremos compartir contigo. Van a venir también unos amigos Carl Bramson y Amy Carter Bramson.

‒No, no, menos.

‒Vamos, padre. No sea caprichoso. Si se lo ve bien de salud.

Mark era austero consigo mismo; cuando estaba solo bebía ginebra para ocultar su gusto por los vinos viejos. Aunque le gustaban los viajes, no había traspasado la puerta desde hacía veinte años. En cambio, era tolerante con los demás y admiraba, casi con envidia, la vitalidad y la energía que se desprendían de los espíritus jóvenes. Carecía de ímpetu y de ese goce que provenía de la relajación de los sentidos. Necesitaba, por una simple razón, permanecer ocupado, activo y resuelto. Lo demás le aburría demasiado. Es que Sarah ya no estaba y tenía que conformarse con la conversación de Violet, quien lo cuidaba como una hija.

‒Debe ir con Rebeca, señor Cooper.

‒¿Y a ti quién te preguntó algo?

‒Vamos, no se comporte como un viejecito malhumorado que sabe bien que no lo es. Abandone un poco su fábrica de faros y llene de oxígeno esos pulmones.

‒Tú qué sabes. Si voy es porque me lo pide Rebeca.

‒Así me gusta, papá‒dijo ella y lo abrazó nuevamente.

‒¡Basta de zalamerías! Seguro que me van a pedir dinero.

‒Claro‒respondieron entre risas‒. Me dijeron que no tiene.

‒Pues, no‒contestó Mark Cooper tratando de parecer alegre cuando una nube de polvo le cubría el alma después de la noticia que acababan de darle. Si Rebeca se moría, él se iba con ella. Lo tenía decidido. Nada lo ataba a esta tierra donde para ser feliz bastaba con un poco. Los afectos eran su única fortuna. Sin ellos se convertiría en pordiosero.

El siglo XX nacía auspicioso: había paz en el mundo y mil inventos recientes (cinematógrafo, automóvil, teléfono, aeroplano…) inauguraban una era en la que cualquier maravilla parecía posible.

Por entonces los astilleros Harland and Wolff construían para la empresa británica Ocean Steam Navigation Company-más conocida como la White Star Line por la estrella blanca que usaba como símbolo-tres grandes transatlánticos hermanos: el Olympic, el Titanic y el Britanic, colosos que medían unas tres cuadras de largo y dejaban chiquita a cualquier embarcación conocida hasta el momento.

La construcción del Titanic demandó veintiséis meses. En él trabajaron más de once mil obreros que instalaron diecinueve calderas, dos motores y la novísima turbina de vapor Parsons. El proceso fue un éxito: costó la muerte de sólo dos operarios, cantidad ínfima para la época.

El casco del transatlántico poseía un doble fondo y estaba dividido en dieciséis compartimientos estancos que lo convertían en invulnerable, pues se calculaba que, en caso de problemas, no se inundarían simultáneamente más de dos. Tan seguros estaban del coloso que el viaje de pruebas duró sólo ocho horas.

Este palacio flotante tenía diez niveles y chimeneas del tamaño de una casa de tres pisos. Para arrastrar el ancla se precisaron veinte caballos. En su interior funcionaba un hotel de lujo, dotado de las comodidades que podía ofrecer la tecnología de la época: teatro, salón de baile, camas con baldaquino, pileta cubierta, baños turcos, gimnasios, restaurantes, accesibles para quienes dispusieran de doscientas veintidós libras que costaban las suites de primera clase. Un pasajero de tercera se podía ubicar en una cabina de cuatro camas por veintidós libras.

 

 

‒¿Titanic?‒preguntó Mark Cooper con curiosidad.

‒Es un coloso, un barco, que va a partir del puerto de Southampton el 10 de abril próximo en su viaje inaugural.

‒No es hermoso, papá. ¿Se imagina? Todos queremos estar presentes en esa travesía. No podemos faltar, además me vendrá bien para enfrentar lo que me espera: meses difíciles.

‒No me atrae demasiado; le tengo miedo al agua desde que era pequeño‒dijo Mark dudando mientras se distraía con el diario de la mañana.

‒Estará tan lejos del agua que ni la verá… Es enorme y alto. Lo vi en las fotografías. Una embarcación nunca imaginada y preparada para no ser abatida jamás.

A Mark Cooper le preocupaba la salud de Rebeca, el diagnóstico de su enfermedad no permitía conjeturas ni distracciones, ni viajes estériles, ni tonterías de cualquier tipo. Sabía lo que era la lucha cuando enfrentó la patología de su esposa Sarah. No quería aturdirse con travesías absurdas y frívolas. Ellos eran demasiado jóvenes y la edad no les permitía sentir miedos. Los viejos eran los que acumulaban temores y soledad.

‒Mejor me quedo y visito algunos médicos para ir ganando tiempo.

‒No. Esto es una pausa para olvidar un poco y para poder disfrutar sin el pensamiento rutinario y abrumador de todos los días.

‒Suegro, es la oportunidad de estar juntos. ¿Comprende?‒comentó Wilson mirando con tristeza a Mark. Insinuaba algo que él no comprendía en su totalidad pero que presentía. Estar junto a Rebeca quizá por última vez.

‒Está bien‒añadió con resistencia el anciano caballero para alegrar a su hija y para unirse a esa dicha ficticia que no le agradaba y que no podía disfrazar por más que fuera la travesía de su vida.


 --LA ÚLTIMA MUJER--
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Como mar abierto...

 



Nadie podía trazar la ruta de los mares, estaban expuestos a los designios de alguien superior, pero no lo sabían… Había demasiado espacio, tal vez eternidad en esos corazones dormidos a ras del viento. No podían resistir a los embates de los planes; se terminaba el invierno o la primavera, los años de combate y los sueños impensados. Esa fuerte torre invulnerable ya no necesitaba de mapas y rutas y aparecían vestigios de azucaradas magias: la tibia caricia, el abrazo matutino, la taza de café, el olor a libro, las glicinas con sus brazos violetas, los guardianes del abuelo Mark… Todo el cielo en una sola película.

Román y Beatrice, los hijos de Amy y Carl, jugando con sus abuelas.
‒¿De qué color es la primavera? ¿Cómo llega el sol a alumbrar? ¿Papá y mamá?

Y los fantasmas familiares aquietados: la manta de Violet, la música del leño, la voz de Rebeca entre la nieve con Harry, su hermano, en la guerra por armar muñecos. Mark y Sarah abrazados mirando pasar los años frente a la luz irisada de los cristales. Y aparecía Alan exprimido por su melancolía a gritar frente a las ventanas; pedía, reclamaba… ¿Qué? Amor, el que tenía y no le alcanzaba.

Del azar
tomó cuatro palabras
las puso de corral
contra los vientos
y esperó una vida
que el infinito
quedara dentro.

            F.Aldana


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LA ÚLTIMA MUJER

La última mujer (Cap I-Fin de la Belle Époque-2da parte)

 


A dos puertas de la esquina, a mano izquierda, la avenida se interrumpía por un callejón sin salida. Un edificio de construcción misteriosa proyectaba un tejado triangular. Tenía dos pisos pero el frente carecía de ventanas. La vivienda se hallaba abandonada, despintada y reseca, sin campanilla ni picaporte. Los mendigos se cobijaban en el portal y encendían cerillas en la pared. Así vivía Harry Cooper y su hijo Alan. La esposa de Harry los había abandonado al ver la desidia de su esposo. Amber Thomas era pianista y vivía en Francia, en la ciudad de Grez.

Mark se recostó y una sombra de melancolía le endureció el rostro. ¿Qué había hecho mal?
‒Es triste llegar a viejo‒dijo como en murmullos pensando que todo el dinero del mundo no le servía para alcanzar la felicidad y menos la paz interior. Pensó también en su hijo Harry, quien no tenía escrúpulos; sin embargo, él se quedaría con parte de su fortuna. No podía soportarlo. Escuchó voces que llegaban desde la sala. Bajó las escaleras con su bastón, el que solamente utilizaba por elegancia y se encontró con la mesa servida para el té por su amada Violet. Habían llegado de visita su hija Rebeca y el esposo Wilson Taylor.

‒Padre… ¿Cómo está?
‒Bien, igual que siempre. Me duelen un poco los huesos. Es que no acepto mis ochenta años. He sido tan activo toda una vida. Me cuesta quedarme quieto esperando noticias.
‒Es que debes cuidarte para vivir mucho más. ¡Te quiero tanto!
‒Sí, hijita, lo sé‒respondió Mark y la abrazó con inmenso cariño.
El anciano notaba algo raro en el semblante de Wilson, cierta melancolía, tal vez congoja.
‒Tomemos un té. ¿Pasa algo?‒preguntó Mark frente al mutismo y a las miradas de desconcierto‒. Una cosa es reprimir la curiosidad y otra vencerla. No me asusten.
‒Bueno, querido suegro, hay una noticia que debe saber. Vinimos a contársela pero no queremos que se angustie, que le haga mal, debe tomarlo con calma.


Wilson tenía los ojos nublados y caminaba de un lado a otro de la sala envuelto en un silencio de crepúsculo que lo adormecía y lo invitaba a la reflexión. Rebeca temblaba y su pelo colorado parecía perderse entre los pliegues de los volados de su chaqueta. Estaba pálida, demasiado.
Violet se acercó con una bandeja de masitas y de merengues pero ella no quiso comer.
‒No, gracias‒exclamó levantando su mano enguantada.
‒Rebeca está enferma‒dijo, de repente, Wilson‒. Necesita hacer un tratamiento cruel en unos meses. Siento tanto decir esto…
‒¡Qué! ¡Es tan joven! ¿Qué tiene?
‒Padre, no se preocupe, usted lo dijo… Soy joven y podré salir adelante. La ciencia avanzó mucho en estos tiempos y las células malas, ante el tratamiento, pueden revertirse y ceder. Sólo queríamos que lo supiera porque venimos a proponerle algo que tal vez le agrade y me responda que sí.
‒Después de semejante noticia, nada puede ser mejor ni peor‒respondió Mark y sacó un pañuelo para secarse los ojos y limpiar los lentes empañados por un dolor que le perforaba la piel. Su querida Rebeca no podía tener la misma enfermedad de Sarah; sin embargo, todo resultaba ser demasiado obvio.


¿Cuál es el límite donde sostener las cargas se hace, en la medida de las fuerzas, insoportable?
La vida lo volvía a colocar en el lugar de padre sostenedor, de muro que abriga, cuando él ya no podía con su cuerpo tembloroso y frío. Guerreaba contra los años y la ausencia de Sarah, el gran amor, y ahora Rebeca, tan niña, le pedía valor. Es que lo veían fuerte, un hombre que había peleado y conquistado, que nunca se había dejado doblegar por las circunstancias ni por el destino. Mark no era valiente; estaba demasiado abatido, pero sabía que debía contener a su niña porque la amaba. Nunca imaginó esa cachetada infame, pero entendía que podría revertir la situación buscando a los mejores médicos. Para eso sí servía el dinero.
‒Yo pienso luchar, hija querida. Te ayudaré. ¿No es cierto?‒le preguntó a Wilson, quien permanecía mirando la bruma gris por el ventanal.

La última mujer (Cap I Fin de la Belle Époque-1era parte)

 

I

FIN DE LA BELLE ÉPOQUE


Inglaterra, marzo de 1912


Mark Cooper no se separaba nunca de su maleta o baúl. Si debía dejarla en la casa por alguna razón la ocultaba en un lugar secreto. De noche, la colocaba sobre un sofá junto a él y de allí la observaba mientras leía. Más tarde, se dormía mirando en esa dirección con demasiado afecto; era una especie de custodia que lo obligaba a negociar con su propio yo. Él decía que escondía un tesoro y así se lo hacía saber a la familia.

Su esposa Sarah había fallecido hacía tres años y tenían dos hijos: Harry y Rebeca. Mark era un opulento anciano de negocios y su fortuna era cuantiosa. Si bien había repartido algo de las propiedades entre sus descendientes, luego de la muerte de Sarah, Harry y Rebeca se mantenían al margen de los pasos de su padre. Es que Mark era celoso de sus bienes y conocía demasiado a Harry, quien había dilapidado lo que le correspondía en el juego.

Alan Cooper, su nieto, hijo de Harry, creció escuchando la historia de la maleta secreta y la insistencia del abuelo de no abandonarla nunca. Pensaba que llevaba joyas, por eso no se desprendía de ella.
‒El tesoro más grande está aquí dentro‒solía decir Mark y nadie se atrevía, por temor, a preguntar nada porque sabían que guardaba dinero en los armarios o debajo de las baldosas de la habitación como los viejecitos mezquinos. Un dinero que con los años perdía su valor. A la par, tenía una caja fuerte que si llegaba a morir nadie iba a poder abrir porque no sabían la clave.

Mark se mostraba hosco y con un carácter fuerte que lo transformaba en un hombre de temer, imperturbable y áspero. Lo era más desde el fallecimiento de su esposa. Casi ni hablaba, sólo daba órdenes. Se sometía a sus propias leyes acartonadas sin importarle los combates familiares, la salud de Rebeca, su hija, o el padecimiento de su nieto Alan. Demasiado egocéntrico, el mundo empezaba y terminaba en las cuatro paredes del cuarto donde tenía un escritorio para atender desde allí a los empleados de sus tantos negocios. Extrañaba a Sarah, su compañera. La vida, por momentos, parecía no tener sentido.




‒Abuelo, necesito dinero.
‒Tú no piensas en estudiar o en trabajar. Yo soy ingeniero civil; podrías intentar con esa carrera o con leyes. Te voy a buscar un puesto en la constructora de faros. Eso de pedir y no hacer nada no es digno de un Cooper. Y tu padre… ¿No te pone límites? Siempre fue un rebelde.

‒Mi padre no tiene un peso.
‒Yo, muy joven, recibí una medalla de la Sociedad de Artes de Edimburgo por mi trabajo en las técnicas empleadas para las luminarias de los faros.
‒Tengo mala salud‒comentó Alan apesadumbrado.
‒Oh… No soporto oír semejante tontería.
‒Necesitaría ir a Francia en busca de climas cálidos.
‒¡Toma el dinero y vete! ¡Basta ya! Tantas necedades me superan… ¡Soy un anciano! ¿Lo sabes?

‒Sí‒murmuró Alan y miró de reojo, antes de salir del cuarto, el baúl de Mark que permanecía sobre el sofá de terciopelo verde.
Alan se fue contento por un camino que conducía a los barrios más populosos de Londres. Las fachadas y los escaparates se mostraban a lo largo de la calle y los vendedores sonreían a los paseantes que no dejaban de admirar sus encantos.


La última mujer, de Luján Fraix

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