Ser como el río que fluye




Yo siempre luché por los sueños,
en la escritura buscando nuevos caminos,
en el amor
cuando todo parecía imposible,
en buscar la luz
para salvar a mi madre...

Los senderos están para que nosotros
demos el primer paso.


Luján Fraix


"La abeja Maya", de Marcus Sauerman y Fin Edquist



Hay recursos que sin ser novedosos son efectivos. Y "La abeja Maya" es un claro ejemplo. La película enmarcada en los registros más clásicos de la animación, es ideal para el público infantil. Porque sin tener la opulencia del cine industrial de Hollywood o de las productoras como Disney y Pixar, deja una moraleja saludable.


La historia se basa en el libro 
"Las aventuras de la abeja Maya", de 1912
y gira en torno a una abejita que sale del panal
y, simplemente,
quiere hacer lo que le gusta y no lo que le dicen.

"Las abejas no sueñan"-le dice una institutriz que le pondrá de nombre Maya, sólo porque es el que le corresponde a su número de nacimiento, el 396. La abeja irá conociendo el mundo, las desigualdades, las amistades, entre ellas un saltamontes músico que le enseña a cantar, y también los colores de la pradera. Hasta que por obra y gracia de la villana de turno, caerá como sospechosa del robo de la jalea real. Y ahí sí que todo se complica porque deberá demostrar que es inocente y además ir en búsqueda de la justicia.


En una narrativa que desemboca en la figura de la heroína,
los directores encontraron la vuelta necesaria
para que la película tenga ritmo y culmine con un mensaje superador.
La libertad y la rebeldía es clave,
para niños y grandes.



Recuerdos




Obras de Catherine Simpson













Entre mis recuerdos,
conservo un cofre
algunas quimeras
también ilusiones.
Mi niñez tan linda
en ése, mi barrio,
con calles de tierra
y altos alambrados.
Inviernos muy fríos
con fuertes heladas
y las primaveras,
muy tibias y calmas.
Fue todo mi mundo
mi escuelita amada;
¿Cómo no evocar
sus patios, sus aulas?
Sogas y rayuelas,
un día se fueron;
nos hicimos grandes
y nos fuimos lejos...
Los años pasaron
y todo cambió;
hoy es la nostalgia
mi dulce emoción.


Sara Nehmad





Aquel beso de mi abuela Juana




La abuela Juana solía esperarme todos los días,
yo la veía haciendo su acostumbrado dulce de ciruelas,
estaba triste,
decía mi padre que lloraba...

Yo soy igual, muy sensible.
Ella siempre me regalaba algo:
jazmines, rosas, uvas de la parra...
me tomaba el rostro entre sus manos
y me decía:

-Preciosa...
y me daba un beso.

Luján Fraix



¿Por qué amar a los animales?


Obras de Judy Gibson



Porque lo dan todo, sin pedir nada.

Porque ante el poder del hombre que cuenta con armas...son indefensos.

Porque son eternos niños, porque no saben de odios...ni guerras.

Porque no conocen el dinero y se conforman solo con un techo donde guarecerse del frío.

Porque se dan a entender sin palabras, porque su mirada es pura como su alma.

Porque no saben de envidia ni rencores, porque el perdón es algo natural en ellos.

Porque saben amar con lealtad y fidelidad.

Porque dan vida sin tener que ir a una lujosa clínica.

Porque no compran amor, simplemente lo esperan y porque son nuestros compañeros, eternos amigos que nunca traicionan.
Y porque están vivos.


Por esto y mil cosas más...merecen nuestro amor...!

Si aprendemos a amarlos como lo merecen...estaremos más cerca de Dios.

Madre Teresa de Calcuta


Mi adorable Suri




...las mascotas no son juguetes de los niños, son seres vivos y deben ser tratados con cariño y respeto!

***



La hora del cuento




¿Por qué será que los niños disfrutan tanto de los relatos
antes de dormir?.

La ciencia tiene la respuesta: un estudio realizado por la Academia Americana de Pediatría asegura que contarles historias a los niños para que concilien el sueño es una excelente manera de estimular su actividad cerebral.

Los resultados del relevamiento, en el que estudiaron imágenes cerebrales de varios chicos, confirmaron que la literatura activa las neuronas del hemisferio izquierdo, encargado de funciones importantísimas como el habla, la escritura y la lógica.

***


La Bahía de Robin Hood




Las historias de piratas fueron más reales de lo que uno puede imaginar. Al noroeste de Inglaterra, la Bahía de Whitby, más conocida como la Bahía de Robin Hood, fue el refugio de centenares de contrabandistas de altamar.

Muchas de sus casas todavía conservan los túneles subterráneos por donde se trasladaban las mercancías y la leyenda cuenta que allí nació la historia de Robin Hood, cuando un jovencito robó el botín a un barco pirata para repartirlo entre la gente pobre del pueblo.

Además de su valor histórico, este rincón del Reino Unido atesora casas pintorescas, acantilados imponentes y vistas panorámicas del océano.

***



El jardín de los sueños



Obras de Bradley Jackson





Junto a la reja en mi patio
ha florecido el Jazmín del País.
Como testigo fiel
 de los trinos
se esconde bajo su eterna sencillez
de nácar.
Tiene la magia de lo simple
y el perfume guardado en su arcón
de tiempo.
Lleva la mirada de la abuela Juana
en sus pétalos.

Luján Fraix-2011



La Cenicienta



Cuento de hadas que narra la transición de una doncella de la pobreza a la riqueza; es uno de los cuentos más populares del mundo, apreciado por su optimismo y por las transformaciones mágicas que permiten a La Cenicienta asistir al baile, a pesar de la maldad de su madrastra y de sus feas hermanastras. Se han identificado más de seiscientas variaciones de este cuento, incluida una versión china que data del siglo IX, anterior a las versiones occidentales.

La Cenicienta ha inspirado numerosas obras de arte, como la vivaz obra del compositor italiano Gioacchino Rossini (1792-1868) y un ballet muy aplaudido del compositor ruso Sergei Prokofiev (1891-1953)


Mis objetos queridos






LA PIPA...

La pipa del bisabuelo François de 1870 aproximadamente
es muy importante para mí porque es el recuerdo
más lejano que tengo de mis antecesores
que lucharon tanto por sobrevivir en estar tierras argentinas
para ellos desconocidas.
Mi abuelo Eduardo me la regaló un tiempo antes de morir;
de sus nueve nietos me eligió a mí
y eso es realmente un misterio que nunca podré develar.





MI LIBRITO DE CUENTOS...

Con respecto al librito de cuentos "El gallito Crestita",
yo diría que es mi comienzo con la literatura,
el primer contacto que tuve
con las letras apenas cumplidos los 3 años.
Como no sabía leer le pedía a mis padres que lo hicieran por mí.
Y ahí me veo
escuchando el relato sobre la falda de mi tía Catalina,
que era soltera y que tenía poca paciencia.

Siempre quería que me leyera el mismo
y yo repetía:
"Otra vez," "otra vez" y "otra vez"...
porque yo no quería otros cuentos, 
debía ser ése y sólo ése.
Cuando me quedaba sola
inventaba lo que decía debajo de las imágenes
porque ya lo sabía de memoria.

Con mi papá Alberto y mi mamá Nydia a los 6 meses.




LAS FOTOGRAFÍAS...

Las fotos me acompañaban cuando estaba enferma con gripe
y me quedaba en la cama de mi mamá
rodeada de todos los libritos y de las fotos,
especialmente las del bautismo...
Miraba la mueca de payaso que había hecho
y preguntaba y preguntaba...

Luján Fraix

***

Mi sueño de niño



-Abuelo.
-Dime.
-¿Me das un abrazo?. Pero rápido.
-Claro, pero ¿Por qué rápido?.
-Porque mi mamá ya me va a despertar.

Anónimo

Mi banquito de madera





Qué terrible y angustiante era para mí
olvidarme mi antiguo
banquito de madera blanco,
que me había hecho mi padre,
 a la intemperie.

Me levantaba a las 12 de la noche o más...
para entrarlo a la casa.
Siempre tuve mucho apego
por las cosas,
una especie de amor
por ellas
como si esos objetos tuvieran vida.

Todavía conservo aquel banquito pequeño,
ahora descansa
de mis atropellos en un rincón 
con una funda crochet color rosa y un pompón.


Luján Fraix



Catalina Estrada








SI...



Si los elefantes luchan, sufre la hierba.
Si estás mirando las estrellas, no te olvides de sentir
el suelo que te sostiene.
Si los frutos son bien dulces,
el árbol es el más viejo.
Si se abre la boca sin pensar,
nada más hermoso que el silencio.
Si una canción es muy exquisita,
poca gente puede participar en el coro.
Si no se entiende una mirada,
tampoco se entiende una explicación.
Si se escucha a ambas partes,
el problema se aclara.
Si estás subido a un tigre furioso,
será difícil bajar.
Si el que manda es justo,
todos obedecen contentos.

Si alguien es feliz,
ni el brillo de un rubí emana tanta belleza.

Anónimo



"El libro de las mentiras", de Aníbal Litvin




Para Aníbal Litvin, periodista, guionista, productor y humorista, desde chicos nos cuentan muchas cosas que no son ciertas: son leyendas históricas, supuestos que se fueron transformando con el paso del tiempo y que están lejísimo de lo que ocurre en la realidad.

Algunos de los mitos que aquí destierra Litvin: el universo no es de color negro, la miga de pan no engorda más que su corteza...

Pero hay mucho más: ideal para divertirse en familia, descubriendo las verdades sobre las mentiras.

"Milo está?", de Milo Lockett





Este libro invita a los chicos a dibujar, pensar, pintar, descubrir y jugar con Milo Lockett. Basado en la obra del genial artista plástico, se pueden encontrar más de cien propuestas lúdicas que ayudan a construir un espacio creativo que impulsa y promueve a la imaginación a partir de un error, una consigna o una idea disparadora. 

Así el chaqueño (argentino)  invita a los niños a que se animen a afrontar diversas aventuras, como pintar con la mano que no utilizan, o hacerlo hasta con la boca y los pies.

El niño que no entendía...





En la escuela había un compañero
 que tenía la fea costumbre de insultar
 a los peatones.

Un día, al salir de clase, encontramos a un anciano que se apoyaba en dos palos, cuando Juan lo vio empezó a tirarle piedritas y a hacerle burla. El pobre hombre lo llamó y lo reprendió diciéndole:

-No debes reírte de los viejos, Dios te mira...

El insolente niño no hizo caso del aviso y al verse libre lo maltrató otra vez. Luego pasó un viajero, el extranjero lo retó y él salió corriendo para no ser castigado. Cuando escapaba tropezó con un ladrillo que había en la vereda, se cayó y se fracturó un brazo.

Juan pasó muchos días encerrado en su casa sin poder jugar y divertirse, eso lo ayudó a reflexionar. Había cometido una enorme falta: insultar a un anciano, una persona frágil que podría ser como su abuelo.

Desde aquel momento, Juan nunca más volvió a reírse de nadie.

Este breve cuento infantil lo escribió mi tío-abuelo José Fraix en el año 1907. Tendría 8 años aproximadamente.


La nodriza



Al cochero


            Siglo XVI.
Se llamaba Isabel como la princesa Isabel de York casada con Enrique Tudor. Vivía en una aldea próxima al extremo de la calle que llevaba a la residencia Hampton Court, hacia lo alto de la villa. Ese camino frecuentado por los caballeros de la corte, oscuro por tramos, dominado por altas murallas, era bello y siniestro.
Isabel trabajaba de nodriza, cuidaba a un futuro rey que se llamaba Eduardo: un niño de cejas pobladas y uñitas de gato.

Una tarde, se fue por el camino del cementerio junto a la iglesia de los campesinos. En el lugar había dos sepultureros que se despertaron cuando ella les gritó. Estaban descansando entre dos tumbas.
Una sombra encapuchada la seguía en su recorrido por el camposanto; Isabel no se animaba a mirar para atrás. El hombre no hablaba. Si ella se detenía, él también lo hacía; llevaba un hacha en la mano. Cuando regresó junto a los trabajadores les contó lo sucedido, entonces cada uno tomó un bastón y recorrieron el lugar pero no encontraron a nadie. El espectro había desaparecido o, tal vez, estaba en su imaginación de niña porque ella siempre decía que los fantasmas la buscaban…

Al otro día, Isabel regresó a la residencia a cuidar a su bebé de ocho meses; ella llevaba una cruz en las manos y todo el mundo la llamaba nodriza-madre.



A pesar de sus tantas ocupaciones, Isabel llevaba a cabo los asuntos diarios con fuerza y alegría. Temprano, por la mañana, iba a la capilla donde escuchaba los sermones de los monjes; más tarde, alimentaba al niño y acomodaba su alcoba de querubines…


Al atardecer, la nodriza se retiró…
En una especie de patio interior un centenar de ancianos estaban esperando al rey. Esas personas temblorosas parecían ser hombres castigados, encorvados y dementes. Uno de ellos tomó a Isabel de un brazo, tenía una caperuza marrón y sólo se veían sus ojos.

En la calle, pasó primero por el mercado de frutas, por la acrópolis y la galería de perfumistas… Había sombras en las tinieblas de la ciudad gris. Isabel quiso ir al templo que estaba edificado al pie de una colina; desde abajo, se contemplaban las murallas que subían igual que paredes de tumbas.
De repente, escuchó pasos porque se acercaban los viejos con antorchas que arrastraban las piernas como esclavos negros. Isabel se asustó pero ellos, sin verla, desaparecieron entre las columnas y los ataúdes comenzaron a hamacarse con la brisa del mar.

Detrás, entre las sombras de los árboles, el hombre de la caperuza miraba…
Enrique VIII, rey de Inglaterra y padre de Eduardo, era astuto y nada le importaba sólo su bien; creía que se parecía a Dios. Podía despreciar lo que no le gustaba rápidamente y dar cien excusas para defenderse. Siempre tenía razón. Isabel le daba lástima y pensaba que era una pobre adolescente.



Al otro día, la nodriza fue a la iglesia de “La Anunciación” y, entregada al sacrificio, comenzó a cantar con voz de criatura. Los monjes lloraron de emoción mientras que los nobles, en el oficio religioso, cubrieron de elogios a Isabel e hicieron donaciones con gratitud y admiración hacia la artista que pedía ayuda.
La joven se elevaba humildemente en medio del tumulto de cariño; con la cabeza inclinada agradecía a la Virgen Santa. Parecía un arcángel de la Biblia con su vestido blanco hecho jirones.

Había un príncipe en la primera fila de bancos que la miraba conmovido. En un costado del monasterio, se encontraban dos arpistas que tenían cuernos de elefantes, órganos y campanas.
Isabel terminó su actuación y se marchó del templo. Por el camino, se cruzó con un hombre que adivinaba la suerte y un astrólogo; lejos, en las colinas, lloraba de miedo a morir Matusalén.


Ella recorrió lugares increíbles hasta llegar al castillo, parecía borracha porque se balanceaba igual que un barco de velas. De pronto, comenzó a escuchar el sonido de las armaduras, el filo de las espadas y lanzas, el contacto de las sedas y los encajes de la reina…

Frente al puente levadizo, el encapuchado con el hacha no la dejó pasar; ella trepó por la ventanita del torreón y escapó por los corredores de piedra caliza. Ese disfrazado quería matarla y ella lo sabía.
Una noche, cuando regresaba a la aldea, se asustó y buscó refugio porque escuchó sonidos de cadenas. Miró hacia un lado y hacia el otro del sendero que estaba desierto. Caminó unos pasos y se ocultó detrás de unas matas; el silencio se mezclaba con el sonido de los hierros.
Por la vía, envuelto en la niebla de los sepulcros, un vasallo en un caballo blanco avanzaba… Isabel no lo dejó pasar; se sostuvo de su pierna hasta que logró subir. Las cadenas se escuchaban cada vez más cerca.

El jinete no se detenía y tampoco tomaba la huella para ir a su casa en el campo. Isabel sintió temor porque estaba comenzando a darse cuenta que ese desconocido era el hombre de la caperuza. Quiso soltarse pero él la sujetó con fuerza.
El caballero se detuvo al costado del camino, similar a las callejas de su aldea. Había sonidos leves de mascotas.
-¡Bajad del caballo!- le dijo.
Ella, inmóvil, pensó que le había llegado la hora de morir. Él se sacó el disfraz y la miró con sus ojos oceánicos. Era el príncipe de la iglesia que la había seguido largos años con el traje de verdugo… sólo por timidez y por amor.

Cuento de Luján Fraix



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