«Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora». Proverbio hindú



Quiero agradecer a todos los lectores que se sumaron a la página de facebook de mi novela, que la compartieron en la comunidad a manera de puente entre los que amamos escribir y entre los que reciben el mensaje. Realmente son el sostén de una lucha que no tiene fin y que comenzó, en mi caso, cuando era muy niña. Soñaba con llegar a algún lugar, por aquellos años, sin pensarlo... En soledad, muchas veces, frente al hogar de leña con mi gato al lado, escribía tratando de llenar vacíos, acelerando el tiempo o mirando atrás: la historia que tanto me apasionaba. Leía mucho, demasiado. Ser escritor era algo muy lejano e inalcanzable. El camino de Borges era sólo de él y no había espacio... El maestro, como muchos otros, estaban en la cima y solamente me quedaba aprender y admirarlos.Hoy todo es más cercano y no hay que postegar las oportunidades.
Así me lo dijo la famosa escritora Viviana Rivero a manera de incentivo, pero sé que el sendero es largo y que el tiempo se acorta en un suspiro. Por eso trato de disfrutar de cada pequeño paso que doy y de la felicidad que se nutre de los momentos simples de la vida.Escribir es mi oxígeno y no podría hacer otra cosa porque "alguien" me marcó el rumbo desde siempre, mucho antes de ver la luz. A veces, me siento abatida pero vuelvo, decepcionada pero estoy aquí, porque la sanación llega con cada palabra recibida, con un gesto o mensaje, con la presencia del otro lado que ayuda, estimula y acompaña.
Gracias por tanto, es más de lo que yo esperaba cuando era niña y escribía cuentos infantiles de hadas, pero los sueños me obligan a caminar, con perseverancia y humildad, hacia la aprobación sin sacrificar la esencia y las convicciones.
Un abrazo grande.
«Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora».

Proverbio hindú

El silencioso grito de Manuela (Cap IV-3era parte)




A ambos les sobraban las horas de una existencia que velaba el presente con cirios púrpuras y el futuro era una máscara que asomaba su faz por las ojivas en las noches de tormentas eléctricas. Manuela y Julián dependían de los retratos, aunque a Damián jamás le mostraban la foto de su madre. Encarnación se había dormido entre los álbumes; ya no se parecía a Rocío que seguía gobernando la sala con los tulipanes de seda.

Damián jugaba en los brazos de Letizia a quien llamaba mamá porque no podía elegir; Alejandro, su padre, lo venía a buscar y lo acompañaba a la casa de Lola para que cambiara de ambiente. Ella era una abuela “normal” que le compraba helados y lo llevaba a la plaza a jugar con otros niños aunque él se mostrara retraído. Tampoco le hablaba de Encarnación, ni de su fama ni de sus huellas, porque inconscientemente no la quería por haber desafiado al peligro sin pensar en la familia. La consideraba una mujer egoísta, educada con absoluta libertad, a quien los problemas de las personas le resbalaban dejando relucir su alma mezquina. Lola no quería que su nieto recordara a su madre de esa manera; ella, llegado el momento, se encargaría de inventar un personaje noble a los ojos de la criatura. Sin embargo, Damián, a su manera, ya estaba sufriendo los estragos del abandono y de una ausencia que se hacía esperar y que estaba pintada en algún sueño, en una caricia lejana, en una canción de cuna…





Letizia, mientras tanto, entre el dolor y el miedo, preparaba su casamiento con José Rodríguez. Ella sentía que debía buscar la salida, una oportunidad para alejarse del resto sin importarle el amor. No estaba segura de ser la novia ideal porque ya no sabía dónde se hallaba parada. José era el hombre que debía ser su marido y eso bastaba para poder seguir viviendo, con resignación, sin entusiasmo, con las cargas que el destino le imponía. En ella no se gestaba el más mínimo deseo porque todo era estudiado con anterioridad, certificado por Manuela y Julián y por los médicos que no sospechaban la soledad que Letizia sentía en su alma. Apostaba a su cordura infantil, alimentada por su madre, a la automedicación y al llanto que siempre, tan inoportuno, delataba su pasiva violencia.

José le daba seguridad para defenderse de los invasores imaginarios pero era algo indiferente cuando se alejaba para partir al campo a lidiar con los sembrados y los animales; sin embargo, sabía dividir su tiempo porque pensaba que todas las mujeres necesitaban las mismas cosas. La imagen de Letizia expresaba su impotencia frente a las horas de vida que le pesaban… pero José no se daba cuenta porque, tal vez, se egocentrismo no le permitía ponerse en el lugar de ella y asumir el compromiso. La familia de Letizia estaba quebrada y nada le devolvería la paz.


Damián crecía al amparo de Manuela y de Letizia. Lola, la otra abuela, quería rebelarse ante el misterio de esa casa legendaria con códigos absurdos y dañinos para el niño, pero Manuela era demasiado absorbente y posesiva capaz de desafiar reglas establecidas como modelos. A ella su corazón le hablaba y le decía que Damián estaba ocupando el lugar abandonado por Rocío y por Encarnación como un regalo de sus hijas. Manuela, por orden del Supremo, debía protegerlo de la vida invadida por asesinos y víctimas, protestas y libertinaje, seres oscuros y santos de yeso.

-Tú sabes que Dios está en los cielos. Júrame que no saldrás a la calle. Júrame que no morirás…- le decía Manuela en susurros cuando lo veía dormir en la cama de Rocío con su mismo pelo lacio y rubio. Ese ángel sobreviviente era el lazo que la unía a la pesadilla y al último paso que la arrojaba al futuro. ¡Pobre niño! Sobre él caía la guerra de una familia contra el mundo que pendía de un hilo y que afrontaba el reto del mañana pero enturbiaba el presente.

Julián, resignado y apático, se refugiaba en el trabajo mientras trataba de acrecentar el capital aunque ya no le importaban los billetes. Había descubierto el paraíso y el infierno en pocos años, de nada le servía el dinero porque no le daba felicidad. Podía nadar en él hasta ahogarse y gritar hasta quedar mudo; nadie le devolvería aquello que, como un escultor, había creado y que valía más que el oro. Todos parecían autómatas, no lloraban ni reían, sólo se levantaban por las mañanas y se acostaban por las noches con un macabro ejercicio no premeditado.



¿Esperaban algo o se dejaban llevar por la renuncia?

Manuela y Julián estaban persuadidos de que las llamas los podían abrasar sin que se dieran cuenta del ardor porque se consideraban inmunes al peligro, pero era de ilusos pensar que no volverían a caer porque el sufrimiento no estaba vedado ni se amparaba en lo profano. Su imagen incorpórea era veloz y ahondaba en las miradas, en el andar titubeante, en la espera…



Gracias Magda Camarillo (México)



Ya está conmigo, después de una larga espera. En turno para próxima lectura. Ya quiero leerlo !!
(Baja California Sur, México.)


Gracias Magda Camarillo de México por comprar mi libro.
Me he quedado sorprendida ante tan grata sorpresa, me alegro tanto. Espero que te guste.
Un abrazo enorme.


El silencioso grito de Manuela (Cap IV-2da parte)




Encarnación vivía en una casa sin lujos ni estridencias, pero sí con un bello jardín donde ella misma arreglaba la vegetación que florecía en los meses de calor: Hemerocallis de color amarillo anaranjado, Agapanthus africans en combinación perfecta…
Alejandro Roca, su esposo, trabajaba en un negocio de compra y venta de antigüedades, desde muebles hasta joyas. El pequeño Damián ya tenía tres años. El niño era muy especial, callado y sumiso, tal vez miedoso, quizá porque Manuela ejercía sobre él su influencia, ese trauma psicológico que la llevaba a estados atemporales y dolorosos. Damián era solitario y reservado y sólo quería estar en compañía de su abuela porque en sus brazos se sentía seguro y no tenía dificultades para expresar sus escasas emociones.
Encarnación, rebelde como ninguna, manejaba el auto a altas velocidades por las rutas cuando viajaba a otras ciudades a comprar ropa, luego se internaba en las galerías atiborradas de telas, vestidos, encajes y maniquíes.
-Soy tu diseñador, deja los prejuicios y que yo elija la indumentaria-le decía Rafael a quien Encarna intentaba darle instrucciones.


Ella era su modelo preferida para desfilar los trajes de novia por su imponente figura y glamour; rubia y única le gustaban los drapeados y el corsé. Encarnación era frívola y trataba de reemplazar sus carencias emocionales con el estímulo de las pasarelas, la osadía del peligro, las corridas diarias entre los logros personales y el dinero.
Damián crecía entre las mantillas de Manuela con su pasado de lágrimas y el presente en guerra con las dolencias psicosomáticas de Letizia, la falta de respuestas y el estallido de su corazón en alerta.
Alejandro se había convertido en la sombra de Encarnación a quien amaba y trataba de complacer en la mayoría de los caprichos. Ella gobernaba sus euforias y frustraciones tanto como la voluntad de su esposo sin dejar nada librado al azar. Era una mujer bellísima, llena de vida, ambiciosa y alegre que vivía las emociones a paso acelerado, sin paz y con demasiados riesgos.

Manuela, con sus fobias, casi no reparaba en la conducta de su hija menor porque su preocupación era Letizia: débil, enfermiza, su espejo… Le  preparaba la comida preferida: lomo de cordero con albahaca, berenjenas y arándanos con crema embebidos en almíbar. A Julián le fascinaban los platos de Manuela tan deliciosos como los de un gourmet especializado. Es que ella cocinaba con sus estampas a la vista para bendecir las horas entre los dolores y el miedo, con la convicción de que las imágenes se alegraban con los dones naturales de sus afamadas cenas. Quería recoger milagros de ese vasto mundo de realidades tan cotidianas como abrumadoras para luego descansar en el sopor de sus lacrimógenas oraciones.

Letizia la acompañaba a las misas en la iglesia de San Francisco. Ataviada de una manera especial, trataba de sobrevivir entre las tumbas añosas del templo; sin embargo, iba a casarse con José Rodríguez y de allí en más pasaría a ser una hacendada en un ambiente desconocido que con sólo pensarlo la perturbaba a tal punto que, por momentos, deseaba que la boda no llegase nunca.




Una mañana Encarnación y Alejandro decidieron pasar una jornada en el río, al aire libre y en contacto con la naturaleza y la aventura. A Damián no le gustaba el agua y cerraba los ojos frente a la corriente que, según él, arrastraba lo que encontraba a su paso; de todas maneras, Damián era pequeño, educado dentro de una armadura de acero que Manuela había construido para protegerlo de la vida.
Encarnación y Alejandro se querían mucho, de eso estaban seguros, con un amor pasional y contradictorio y con el aburrimiento de haber compartido rutinas y algunas travesuras. Ella huía de la resignación de los días y él había dejado de ser para unirse a la tarea de explorar las horas de un reloj que pretendía acelerar los compases para llegar más rápido. ¿Dónde quería naufragar Encarnación? ¿Por qué calculaba los años?

Antes de subir a la canoa, Alejandro la miró y vio algo en sus ojos y en los rasgos de su rostro que la convertía, paradójicamente, en un ser frágil, profundo, sin arrugas interiores… Era una mujer para amar y envejecer.
A las dos horas, la embarcación se dio vueltas y la arrastró la corriente; los cuerpos desaparecieron de la superficie. Fue arduo el trabajo de exploración. A Alejandro lo encontraron en la orilla, entre las matas y los escorpiones, visiblemente muerto; ella fue sepultada para siempre en las entrañas mismas de ese río, sin reloj, con sus monstruos y verdugos, en la perpetuidad. Su rostro volvió a descansar en el retrato de Rocío y sus tulipanes.

Alejandro sobrevivió como testigo de la crudeza absurda de las partidas a destiempo. Él ya no pudo mirar más a los ojos a Manuela y le entregó a Damián en un acto despojado de egoísmo con el fin de reparar la pérdida, aunque el peso de la culpa lo acompañaría por el resto de su opaca existencia. ¡Qué pobreza la del desamparado cuando en su mirada sólo hay oscuridad y anestesia, la misma que paraliza los sentidos frente a los despojos de su cuerpo!

Manuela ya no se sublevó porque estaba segura que debía prescindir del amor para seguir viviendo; nada le servía, nada le alcanzaba… y el vacío era un antifaz que le tapaba los ojos, entre buitres y alimañas, con el alma hecha recuerdos y la cabeza aturdida de llantos.



Julián se había transformado en un espejo de su esposa cuando la inocencia se vestía de niña rubia; ya no le importaba la complejidad de los negocios, el dinero, el poder y las apariencias porque su vida estaba destruida. Sus amadas hijas se habían ido con el Dios de Manuela a contar estrellas. ¿Para qué?

Un laberinto de símbolos… Un laberinto de tiempo invisible. (Jorge L. Borges)







Ella sabía que no podía hacerlo y se abandonaba a las horas que se consumían como velas rojas.
Sus hijos eran tesoros que debía cuidar de las inclemencias de la vida; sin embargo, los abandonaba para caer por el abismo de las tisanas, los licores de sal y las estampas milenarias.

El miedo paraliza...
La guerra contra él era solamente una pantomima, un dibujo, entendía que no iba a ganarle nunca.

Y aparecía el destino que manejaba los hilos de la vida: primaveras y estíos marcando su compás de espera. 


¿Qué hará cuando llegue la noche sin perfumes ni letras... sin hijos?

¿Cómo olvidar la furia cuando nos adormece la calma?

De----El silencioso GRITO DE MANUELA


--SEGUIR LEYENDO

MANUELA, UNA MUJER REAL


Revista Ñ (Cultura-Clarín)




El sábado 30 de diciembre de 2017
salió mi libro
El silencioso GRITO de MANUELA
en la sección novedades Dunken
de la revista de Cultura Ñ
del diario Clarín.

***

En la tapa está una importante escritora argentina
Ana María Shua.

Muchas gracias.



Las voces interiores





Todos los números del calendario los colocó sobre el papel virginal. Blanqueó los lunes para sentirse relajada, fuera de peligro, pero no podía desatarse... Se abandonaba a la melodía atroz del silencio donde se veía protegida; lo necesitaba, era oxígeno, savia, miel...

-No me pidan la fuerza que no tengo-les decía a sus hijas.


Manuela sólo escuchaba sus voces interiores, la fe que la sostenía, porque no sabía gobernar los tiempos ni su propia vida.

Era niña, nadie le había enseñado a ser valiente.

El silencioso GRITO de Manuela.

El silencioso grito de Manuela (Cap IV- primera parte)




IV


Al bebé de Encarnación lo llamaron Damián porque ella había elegido ese nombre desde el primer día que supo que estaba embarazada.

Un estremecimiento de aprensión y gusto inundó el alma de Manuela al contemplar al niño, su nieto, pero los bellos pensamientos se le mezclaban con los trastos de los mausoleos, con los espíritus que volvían al lugar de la partida, con aves negras que hablaban entre el frondoso ramaje de los paraísos y sus hojas virginales, sus ruegos incompletos y el perfume de Rocío que se esfumaba en la atmósfera con efluvios balsámicos… Ella seguía siendo una criatura a pesar de ser abuela.

Letizia y Julián observaban al recién nacido; trataban de contener el aliento mientras Manuela se sumergía en la senectud de la infancia. Imaginaban a Damián corriendo entre los pájaros, las orquídeas y los tulipanes, con los gatos en el patio de las madreselvas.
Encarnación, ama y señora de sus decisiones, pensaba en tener su propio hogar, sin pasado y sin lágrimas, donde el viento destemplara los cuartos.

Alejandro Roca era una persona humilde, intelectual, con un trabajo simple y a veces demasiada tranquilidad. Era ella la que llevaba adelante la vida de todos como gobierno de un distrito, esposa de capitán o simplemente una española obstinada ante las palabras y los reclamos de quienes creían tener las soluciones.
Manuela, cansada por las patologías que sufría su cuerpo, no tenía fuerzas para contradecir a su hija porque ya veía alas de gaviotas cruzar la infinitud del cielo en vuelos errantes. Su tremendo vacío la escoltaba por las calles hasta llegar a la casa de sus padres. Allí entre las obras de arte y los finos muebles se sentía libre.

-Ven acá, niña, no corras… ¡Qué desgracia, te has lastimado!-decía su madre en los recuerdos, lloraba como si Manuela fuera a morir.
En un cajón del armario de cedro había un incensario del siglo XVIII con perfume a sándalo; lo encendió y como un candil le iluminó los ojos húmedos.
-Jesucristo ha entrado en esta casa-dijo Francisca desde la cocina con un trozo de torta de manzana y avena.-Deberías estar feliz con tu nieto que es la luz de los ojos de Rocío.
Aquella niña muerta sería por siempre el motor para seguir adelante, el espejo agrisado de sus canas y el motivo de las alegrías y de los lamentos porque su rostro encendía las velas y sahumerios, ordenaba con la voz de Encarnación, lloraba como Damián…


Manuela volvió, después de una jornada triste, a su altar doméstico donde se resguardaba de la negación del futuro frente a sus propias frustraciones. No aceptaba la muerte a pesar de ser tan católica pero tampoco creía en la vida porque la sentía frágil, corta, impredecible… El miedo tiraba las riendas de su caballo y ella quería arrojarse, cerca del arroyo, en el descampado, para que alguien o todos la dejaran en paz, pero seguía al trote, endurecida, por un túnel hecho por hombres de ideas geográficas.
-¡Manuela…mujer!-gritaba Julián desde la sala con la voz que sonaba como chasquido de cuchillo.
-Perdón…necesitas algo.
-Encarna ya está instalada en su nueva casa. Le compré muebles, sábanas, enseres, hilados… tú sabes-dijo Julián con alegría desbordante.
-Ella hubiera preferido dormir en el piso, la conoces…
-No importa, es mi hija y la amo; respiro por su aire y por el de mi nieto. Tú eres indiferente. ¡Qué te pasa Manuela, reacciona!
-Amor, esta quietud es más poderosa que mi alegría. No escuches mis palabras apocalípticas porque ya no sacuden a nadie.
Julián la miró confundido y un sudor de tabaco y sal le recorrió el cuerpo. Le sonrió a su esposa y por primera vez, después de tantos años al distinguir en su voz y en su piel el temor luchando contra la paz de sus principios, sintió miedo.

Le tendió los brazos y Manuela, cual paloma herida, se acurrucó…; guardaba muchos secretos en el desasosiego de sus manos. Ese rostro demostraba las carencias y la desprotección; ella era dueña de los velos y se enfrentaba, en la soledad, a visiones que en hojas alquitranadas estaban escritas en su corazón. Manuela parecía huérfana de amor y de presencias, criada entre beatas con trajes de pingüinos. Su matrimonio con Dios era más fuerte que la muerte, pero igual le temía y esa contradicción la atormentaba a tal punto que, por momentos, se sentía desquiciada.
Letizia era el apóstol galeno que resguardaba, sin estupor, sus rosarios interminables y que atestiguaba esos escritos que la milenaria cabeza de Manuela repetía confusa por las pérdidas anteriores y posteriores a ese presente que la tildaba de insana. Sin embargo, la vida a la que ella tanto le temía le daría la razón.
  

  

El silencioso grito de Manuela, por Gerardo Molina




Gerardo Molina (escritor y poeta consagrado de Uruguay) publicó una reseña de EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA  y de SEPTIEMBRE (poemas, 2007) en el diario Canelones de Uruguay. Ya anteriormente lo había hecho con mi novela LA ABUELA FRANCESA.

"Luján Fraix es una gran novelista argentina contemporánea. "El silencioso grito de Manuela" confirma nuestro aserto luego de la lectura de "La abuela francesa", una de sus máximas obras" que comentáramos en nuestra página el 12 de abril de este año. Dueña de un estilo personal y peculiar es, sin embargo, respetuosa de la corrección idiomática. Su maestría narrativse muestra en innumerables páginas donde penetra en los vericuetos psicológicos de los personajes o en la resolución de pasajes de hondo dramatismo y aún en las descripciones a modo de breves remansos en la intensidad de su novela."

Luegde esta magnífica reseña comenta sobre mi libro de poemas Septiembre (Autobiografía en versos).
Gracias querido Gerardo Molina (Uruguay) por dedicarle tu tiempo a mis libros y publicarlos en un diario físico que para mí es doble honor. Un placer.



Personajes de novela: José Rodríguez





José tras el olfato de sus perros cimarrones era un campesino expuesto a las plagas de langosta; parecía tener un color diferente en su rostro y se confundía, de a ratos, con actitudes primitivas. Recorría los galpones y se recostaba en algún colchón de chala mientras miraba el vacío como si la vida fuera una mujer que no le daba alegría ni pena.

En tiempos de sequía, se martirizaba observando la tierra y los cielos con desesperación; reclamaba lo que era suyo y parecía que no le importaba otra cosa. Le pesaba la sangre de los colonos en el cuerpo, esa masa de huesos magullada por las cruces de Manuela, la rigidez de sus ambiciosos padres y el amor por Letizia que parecía olvidado por los hielos de la escarcha.


José no pensaba en la soledad y observaba el crepúsculo ambarino sólo para saber el color de sus espigas, la virginidad de las plantas y ver la hojarasca en los terrenos áridos. Nunca se quebraba porque su sangre parecía helada entre las venas, pero lo cierto era que él eternizaba el amor de Letizia; no lo custodiaba ni lo desamparaba solamente lo sumergía en un mutismo de lejana cercanía. Necesitaba de esas alas para aislarse en busca de su yo, aprender de sus raíces y dormirse en la paz de ese linaje en el cual, tal vez, no existían ni Letizia ni sus hijas.
El desamparo del labrador no lo asfixiaba. ¿La vida era tan sólo eso? José era un militante de las apariencias como su suegro Julián; necesitaba dinero para ser feliz y pensaba que los billetes mantenían fieles a las esposas.
“Cuando las mujeres exigen dinero a cambio es porque ya han dejado de amar”.


José inmerso en los cuatro vientos de la llanura aborrascada no prestaba atención a las cuestiones del espíritu porque la quietud lo adormecía bajo el alero colonial de la casa de sus padres. Él era inmaduro igual que Manuela y ya no tenía capacidad de asombro porque la rutina no le dejaba ver lo que en realidad tenía valor. Infranqueable para demostrar afecto creía ser justiciero y sacrificado porque cuando volvía a la casona se mostraba sufrido; era una persona sin opciones, un fugitivo en quien nadie podía depositar sus anhelos, miedos o desdichas porque él estaba necesitando abrazos.

--------------De "El silencioso Grito de Manuela"

El silencioso grito de Manuela (Cap III-quinta parte)





José Rodríguez cultivaba el suelo como su fin primero. No le gustaba su trabajo pero tampoco renunciaba a él porque muchas generaciones de su familia se habían dedicado a esa faena con buenos resultados. Ya se había acostumbrado a la tierra caliente cuando la lluvia caía como un rayo de acero. De chico, dormía en un jergón frunciendo el ceño porque le molestaba el silencio. En los caminos, los matojos y algunas encinas miraban la carreta; el burro trotaba en el fango entre los ecos de los pasos de los cuerpos fatigados por el viento que sacudía los ramajes… Allí se resumían sus recuerdos de la infancia cuando corría por el trigo cerca de los corrales y por el cañaveral con sus primos.

Pasaron los años y el mutismo se volvió vida a los ojos de los paisanos; pudieron renacer ante las injusticias y ser respetados como señores.
-El orgullo es pecado mortal-solía decirle su padre cuando contaban billetes después de haber recogido la cosecha.

Ahora, el caballerito, como lo llamaba su madre, iba a casarse con Letizia Costa Río: la joven más bella y rica de Barbastro pero también la más atormentada. A José eso no le importaba porque, según él y el pueblo, el aturdimiento de Letizia era por culpa de Julián y de Manuela. Demasiada muerte rondando su cuna desde niña y el remordimiento de nacer bajo el misterio de una casa pobre en apariencias; el dinero en las arcas era un instrumento y luego venían los tulipanes, los brebajes, el incensario, Rocío, las estampas y el revoque caído de la fachada.






-Papá estoy embarazada-le dijo Encarnación a Julián una mañana en el negocio de ventas de autos y rodeada de compradores que, a distancia, examinaban los coches. Julián no tuvo tiempo de reaccionar porque estaba rodeado de extraños que esperaban ver los precios.
-¡Qué!-contestó con un gritito silencioso.
-Quiero este bebé y tú sabes muy bien lo que significa ser padre.
-¡Te casarás mañana mismo!
-No tan rápido…-exclamó Encarnación riéndose y con ironía en los labios. Se imaginaba grande y rolliza, de pechos y brazos acogedores. No le importaban los españoles soberbios de la ciudad porque se sentía invisible, solamente una sombra por las callejas de tierra. Los pobladores le cedían el paso porque los había derrotado pero igual ellos la señalaban con su dedo inquisidor, es que mantenían las costumbres, creencias y jerarquías con la ilusión de librarse de señoritas libertinas que perdían el decoro. No podían entender que Encarnación estuviera embarazada, aunque la culpa era de Manuela por haberla tenido siempre presa entre los evangelios. Ella aún no lo sabía porque le preocupaba Letizia, la niña frágil.

Al cabo de varios días, Julián se lo contó y Manuela, envuelta en una manta de vicuña, dijo:
-Ojalá que sea sanito.
A Manuela la alteraba la proximidad de la muerte porque la vida era una bendición, el resultado del amor y no le importaba la soltería de Encarnación. De todas maneras no dejaba de lamentarse ante la jungla que, como un batallón de hormigas, se le venía encima.

Se retiró a su cueva de indios a indagar sobre el gruñido de satisfacción de los vecinos de Barbastro. En ese edén, infestado de sapos y lagartos, todo se corrompía, en especial el cuerpo. Manuela era capaz de permanecer oculta para no soportar el dolor que le causaban las heridas, pero buscaba un milagro detrás de la niebla. La atormentaba la falta de señales aunque podía escuchar el crujir de los muebles, el parpadeo de las velas junto al retrato de Rocío, el rechinar de las rejas… Su amada hija le decía que los peligros son infinitos y que los milagros aparecen después cuando ya no se los necesita.

Manuela regresó al comedor a hablar con Encarnación porque ambas debían preparar la boda. Ella se confesó con el sacerdote que había venido de visita y él le dio una penitencia mínima porque ya, a la altura de las circunstancias, no era pecado concebir un hijo sin haberse casado, por lo menos para el cura de la iglesia de San Francisco. Manuela no tenía iniciativa y se entregaba a los designios del Señor, completamente de acuerdo con la mayoría de las opiniones teologales.

Julián con su capacidad de mando frente a sus hijas se empobrecía porque ellas eran el tesoro más grande y su continuación.
-¿Dime tú, te casarás con Encarna en la iglesia de San Francisco o en la catedral?
-Pues no sé… que lo decida ella-dijo Alejandro que le costaba creer en el lío en que se había metido.
-No importa en cual-contestó Encarnación visiblemente opaca ante los comentarios frívolos porque no le interesaban los credos.
-Será como Dios manda-dijo Manuela.
-Será como yo quiera-contestó Encarnación.




Bajo la guerra sin cuartel de la población, la pareja se casó en la catedral con un séquito de criadas, primas, tías y una orgía de curiosos.
Encarnación con su vestido parecía una reina imperial que no se doblegaba ante los reglamentos: hablaba en voz alta, se reía con imprudencia, quería rebelarse porque la presencia rígida de Manuela la enardecía…

A Letizia le dolía el alma además del cuerpo porque no soportaba la desobediencia de su hermana y la falta de respeto. Ella era una hermosa mujer enferma de persecuciones y, a veces, envidiaba a Encarnación que había podido enfrentar de manera diferente la educación estricta de los padres.

La fiesta de casamiento se realizó en una casa de campo casi en la cima de una colina con pocos árboles; la base del cerro se hallaba cubierta de vegetación. Desde las terrazas se podía ver un río de aguas claras. Había caballos blancos cerca del camino envueltos en polvo que, como espíritus tímidos, esperaban la compañía de insectos y de aves.

La princesa estaba ebria de alegría y su piel olía a canela y chocolate. Manuela la miraba con tristeza mientras retorcía con sus dedos finos los guantes; pensaba en los secretos, en los ojos de caramelo de su nieto, en el umbral de… Julián la tomaba del brazo para bailar el vals vienés y entonces ella se deslizaba sin tener idea de lo que estaba ocurriendo porque ya todo estaba dicho.

Encarnación era Rocío con su pelo al viento; la imaginaba así con la misma felicidad, la veía muerta en el fondo de un abismo. ¿Por qué? El futuro arremetía contra el resto de los pasajeros que aguardaban el último viaje y que estaban condenados a dejar la dicha para otros.
Manuela se instalaba, solitaria, en las cumbres heladas y podía observar el fondo de los valles mientras la población entera pensaba en el pecado. Ella estaba consagrada a los ritos y a la soledad de las tumbas porque alguien le hablaba para anunciarle la proximidad de los vacíos cuando un puñado de silencios le golpeara, una vez más, su corazón y le clavara las espinas.

El mundo se reducía a un murallón de adobe y ella no podía enviar mensajes alentadores porque le quedaban sólo pesadillas que desmoralizaban las pocas ganas de pensar en la llegada de los días venideros.
Se consideraba una insurrecta porque quería imbuirse en las peleas para adelantar los minutos de una agonía que la desviaba del goce de los momentos. Respiraba sin aliento frente a la imagen del enlace que era, para ella, un retazo de la felicidad. La alegría de su hija la aislaba aún más a su caverna de desechos porque no creía en las limosnas, pero no dejaba de pensar que un segundo que llegaba era un día que se iba. Fiel a las premoniciones enlazaba las ideas con las dádivas que Dios le regalaba para que pudiera seguir adelante, entera e inobjetable.

El libro de la vida





Se abre el libro mayor
y allí figuran los primeros miedos
y los insomnios que hablan...
Cien años sobresaltada por los misterios.
Dos ojos,
severamente, recorriendo la casa
que suena a cristales rotos.
La manta de lana
juega en sus hombros
con los doscientos folios
en sus gotas de miel.
¡Todo se registra en el libro de la vida!
Los hijos
y la ausencia de ellos,
la casa rural,
la gata Máxima,
el dolor,
la página en blanco.


El silencioso GRITO DE MANUELA


Personajes de novela: Letizia




 A Letizia le gustaban los hombres niños, indefensos y carentes de afecto que despertaban en su alma sus más inaudibles suspiros. Sin embargo, sabía muy bien controlar sus impulsos y esperar el momento adecuado para abandonar la castidad sin enterrarse en la culpa. La sabiduría del cuerpo le decía que el alma podía amar a todos y cada uno de los seres terrenales que eran objeto de su merecida pasión. Tiempo era lo que sobraba para cavilar sobre el futuro que Manuela, por los diálogos fantasmagóricos, ya conocía...(fragmento)

💙💙💙


De--------El silencioso GRITO de Manuela

Caminar vale la pena, aunque te caigas (E.Galeano)



Manuela divagaba porque no podía ocultar el idilio que tenía con su amada hija pero tampoco deseaba cruzar la reja porque sus huesos arrojaban frío. Sabía que en el fondo de la sombra estaba la tempestad, un demonio que no entendía de bendiciones y con quien tenía que luchar hasta dejar la última gota de sangre. Por momentos, creía ser tan omnipotente como Dios pero luego caía en el silencio que da la incertidumbre con su oleada de presagios. Ella era la niña que necesitaba abrigo porque el espejo no tenía cara para enfrentar sus arrugas.

Julián seguía respirando a través de sus hijas y nietas porque aunque Rocío y Encarnación estuvieran muertas él sentía que estaban presentes. Las amaba tanto que hubiera dado la vida por ellas. Damián también era su refugio para enlazar historias aunque debía reprimir sus impulsos y ocultar las lágrimas porque el joven, de quince años, sufría desde tiempos pretéritos anorexia nerviosa crónica que dejaba casi desnudas sus entrañas.
-Abuelo, háblame de mi madre-le preguntaba a Julián que entornaba los ojos y colocaba las manos en forma de cruz sobre el pecho.
-Dile a Manuela, vamos anda…

-No, cuéntame de ella. (fragmento)

De---El silencioso GRITO de MANUELA

Editorial Dunken (papel)
Autores Editores (papel)

Eternamente Manuela


Vivir a la sombra de los demás a MANUELA le resultaba fácil y cómodo. Su carácter esquivo y sus rasgos de niña la transformaban en una discípula de sus propios fantasmas.

Entre paradojas, no supo educar a sus hijas:

Rocío murió cuando era pequeña.

Encarnación: enérgica, impulsiva e inadaptada en una sociedad prejuiciosa y teatral, falleció a los veintiún años dejando un hijo.

Letizia: dócil, sensible, ajustada a las convenciones sociales y a los reclamos absurdos de los padres, nunca pudo crecer lo suficiente como para afrontar un destino demasiado hostil.

Ella era el reflejo de la madre, su espejo.

Una novela psicológica, realista, espiritual, donde los personajes luchan por alcanzar la LIBERTAD a fuerza de huidas, reproches, caminos equivocados, soledad, alegrías, rutinas...

VIVIR A LA SOMBRA es quedarse detenida en el tiempo, sin nada que ofrecer, con un bagaje de recuerdos apilados en algún arcón tejido por sus telarañas.


La novela psicológica

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La novela psicológica o novela de análisis psicológico, también conocida como realismo psicológico, es una obra de ficción en prosa que enfatiza la caracterización interior de sus personajes, sus motivos, circunstancias y acciones internas que nacen y se desarrollan a partir de las acciones externas. La novela psicológica "pospone la narración a la descripción de los estados de ánimo, pasiones y conflictos psicológicos"​ de los personajes.

La novela psicológica no relata simplemente lo que ocurre, sino que explica el porqué y la finalidad de esta acción. En esta clase de literatura, el personaje y su caracterización son más importantes de lo normal, y profundizan más en la mente del personaje que las novelas de otro tipo. La novela psicológica puede llamarse la novela del "hombre interior".

En muchos casos, se usan las técnicas del flujo de conciencia o monólogo interior, para ilustrar mejor el trabajo interno de la mente humana. También pueden incluirse flashbacks. Otro recurso utilizado para indagar en el interior del personaje es a través de textos directamente emanados del personaje, como diarios íntimos o cartas.

"Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo", O.Soriano





En 1928, el cordobés Leopoldo Lugones (1874-1938) fundó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) junto con Horacio Quiroga , Jorge Luis Borges, Baldomero Fernández Moreno y Ricardo Rojas, entre muchos otros. El autor de Los crepúsculos del jardín fue el primer presidente de la institución. 

Años después, la misma SADE instituyó el 13 de junio como el Día del Escritor en reconocimiento a este hombre de letras, la educación y la política, que se quitó la vida en un recreo de la localidad de Tigre en febrero de 1938. 

Se atribuyó esa decisión a la presión de su hijo, el jefe de la Policía Leopoldo "Polo" Lugones, que había descubierto que el escritor mantenía un romance clandestino con una alumna.

 Al momento de su muerte , Lugones dirigía la Biblioteca Nacional de Maestros y escribía una biografía de Julio Argentino Roca, que quedó inconclusa.

FELIZ DÍA DEL ESCRITOR
Suri

Es imposible imaginar la vida de un escritor sin un gato a su lado. Por eso quiero hablar de ellos, mis compañeros, los que estuvieron siempre compartiendo horas, entre páginas, diccionarios, libros de historia... Ellos, fieles amigos, siguen siendo parte de un camino que empezó a los 8 años: lejano, mágico, sanador, bendecido, único... y más, mucho más.

El miedo a la libertad





El miedo a la libertad.
Manuela era una mujer atada a prejuicios ancestrales, a unos padres sobreprotectores que no la dejaron crecer y cuando tuvo que dar el paso, ese paso de niña a mujer se tuvo que casar... Eligió un hombre con carácter para seguir caminando bajo sus alas.

Una vida fácil no quiere decir que sea dichosa.

Manuela se aferró a los rezos como única salida. La libertad, la calle, soltar las cuerdas... era para otro; ella no lo necesitaba y sus hijas tampoco. Necios pensamientos, torpes reclamos, llantos de infantes, la llevaron a cometer errores imperdonables.

El GRITO silencioso



LA APATÍA
La apatía
se entrega
al reposo de los días.
Padece la ingratitud
de las prisiones,
el espacio limitado…
Es escombro,
extravío,
penumbra silente, intranquila…
Aburre su descreído pensamiento
que eterniza su furia
en un grito sostenido.
Espera el desenlace
más allá de su oscura cobardía.

¿Por qué Manuela se entregaba a la apatía de los días?

Era una mujer que esperaba porque el miedo acechaba detrás de los muros para decirle que era víctima.
Ella no podía defenderse, no sabía cómo hacerlo, porque nadie le había enseñado a crecer. Todo absolutamente todo lo hacían por ella dejando que su cuerpo se convirtiera en ceniza, en incertidumbre y desasosiego, en vida estéril.
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