La última mujer

 



La última mujer
-1912-
Un naugragio
El baúl de perlas
-------------------------
SINOPSIS
-1912-


TRAGEDIA DEL TITANIC

Rebeca Cooper Taylor pertenecía a una familia adinerada de Inglaterra. Su esposo y sus amigos, Amy y Carl, le habían preparado una sorpresa ya que no estaba pasando por un buen momento de salud: un viaje de placer por el coloso, el barco más grande del mundo, el que ni Dios podía hundir...

Rebeca aceptó con la condición de que también viajara su padre Mark Cooper, de ochenta años: hombre de negocios, displicente y austero. Él, como todo anciano, aferrado a sus afectos, llevaba un baúl del que nunca se separaba porque decía que allí guardaba un tesoro.

Con aquella valija misteriosa emprendió la travesía en el famoso Titanic, sin advertir el peligro que provoca la codicia y el egoísmo.
Ese itinerario, mucho antes del naufragio, se transformó en un verdadero infierno para todos; sin embargo, una mujer, la última, pudo rescatar la vida de lo poco que quedaba a salvo.

Una novela de amor profundo y de supervivencia, de valores y renuncias.
¿Cómo enfrentamos una situación límite?

Siempre aparece un ángel.

Participó en el premioliterario2020

Amazon España

------------------------------------En mayo comenzaré a recorrer el camino de "La última mujer". Gracias por acompañarme.💕

LICIA. Hermana mía, por María Jesús Muñoz

 



"Impresionante la reflexión que nos regalas, Luján. Te has subido a la cima, como el águila, para desentrañar el alma humana. Tu visión objetiva de los sueños, de la vida, del amor y de la felicidad nos sorprende por su claridad sencilla y rotunda. El hombre acosado por el juego inefable de la vida, se refugia en la libertad de la imaginación para soñar y liberarse del presente, pensando en un futuro. Al mismo tiempo el amor sana y llena el alma de paz, la impulsa y la renueva. No obstante,la verdadera felicidad está en la misma entraña del hombre, que va traduciendo en palabras los mensajes del destino y controlando ese equilibrio interior,que le marca la conciencia.

Te felicito por la acertada y clara disección, que hiciste, de cada elemento por si mismo y a la vez relacionado con los demás. El hombre es un ser simple, aunque a veces se empeñe en lo contrario.La vida le muestra herramientas suficientes para hacerle frente y ser feliz.
Mi abrazo y feliz semana, amiga."

(click en el enlace) 

Gracias querida María Jesús Muñoz, una amiga de muchos años de recorrer caminos. Tus mensajes son antológicos, para guardarlos en el arcón del tiempo, en un álbum de recuerdos.

Besos y abrazos.

LICIA-Hermana mía (Cap III El sonambulismo 1era parte)

 

III

EL SONAMBULISMO


María Teresa de Austria resultaba ser una madre intolerante. Todo lo resolvía con decisiones arbitrarias. Pasaba con facilidad del estado de dicha al de mártir.

María Antonieta se sentía desamparada. El deseo, casi corrosivo, de agradar a su madre no la abandonaría nunca. María Teresa quería ser indiferente a la seducción de su hija pero no dejaba de sorprenderla ya que se destacaba por sus múltiples caprichos de consentida. Ella se consideraba una trabajadora infatigable, pero sospechaba de aquella niña impasible, extraña y frívola.

De todas maneras, María Antonieta era muy pequeña para mostrar su perfil, supuestamente personal y seductor; nadie podía especular con eso. Tal vez, con los años, las sospechas de María Teresa quedarían expuestas a la risa de todos.

María Antonieta, a los cuatro años, solía correr por el parque de Schönbrunn con sus hermanas y amigas Luisa y Carlota de Hesse y dos perros dogos.

De todas las hijas de la emperatriz de Austria ella era quien mejor practicaba el arte innato de agradar, esencial para vivir en la corte de Versalles.

Para su madre, la niña sería reina de Francia.


El colegio de los jesuitas

 

Las noches eran frías y después de cenar en la cocina donde el ambiente era más templado, cada uno se retiraba a leer. Las paredes iluminadas por las lamparillas de aceite estaban recubiertas por cortinas gruesas ya que los ventanales eran amplios y daban a la calle. A la izquierda, se encontraba un horno de hierro fundido que contrastaba con la blancura del mantel bordado por la abuela de Rosalie.

‒¿Qué pensáis de nuestra hija?

‒Nada‒respondió Antoine abrumado por el humo del horno y por una somnolencia mágica e insospechada que lo asaltaba después de la cena‒. ¿Por qué me preguntáis eso?

‒No sé. Contemplo a nuestra Celine y la veo luminosa, con una sonrisa de luna en su carita. Me da vértigos y luego me hechiza. Es raro.

‒Pues yo la veo siempre feliz como una niña de su edad.

‒Encendéis tu lámpara, hombre. ¡Oh… los varones! ¿Cuándo os daréis cuenta solos de las cosas?

‒Me fijaré en lo que dices. Mañana la miraré a los ojos para descubrir sus huellas.

‒No os festejéis que es serio. ¿Sabéis una cosa? Yo nunca os conté que cuando esperaba a Celine me sentía desgastada. Cargaba el peso de una niña demasiado grande para mis fuerzas y cuando nació era solamente una criatura que apenas llegaba a los 3 kilos.

‒Es que quizá tu cuerpo es débil; no todas las mujeres llevan bien sus embarazos. Algunas son muy jóvenes y casi no pueden sobreponerse‒dijo Antoine como si fuera un médico avezado.

‒Será eso, no sé…

‒Ve a contemplar la luz enigmática de la luna con su abanico de encantos que yo me iré a dormir porque mañana tengo que visitar el colegio de Alexandre.

‒¿Por qué?‒preguntó Rosalie.

‒Me tienen que notificar algo sobre la conducta de nuestro hijo.

‒Si es un santo el pobre.

‒Lo es pero algo habrá hecho para que me llamen con tanta urgencia.


LICIA-Hermana mía (Cap II Louise Héland 3era parte)

 


La señorita Louise tapó a la beba con un cobertor e imaginó columpios de colores, perlas entre escarlatas y nubes de algodón que se deshacían en el aire.  Todo era tan vertiginoso para su existencia que sintió que la vida le daba un vuelco y que volvía a la niñez.

El corazón le hablaba a través de las sensaciones nuevas. Era madre, nunca lo había pensado porque no estaba en sus planes. No era de esas doncellas que sueñan con tener una familia propia; primero tenía que cuidar a sus padres y luego pensar en ella. Cuando se quiso realizar como mujer encontró una barrera: la edad. Ya era tarde. Nunca conoció el amor.

Mientras pensaba en la soledad de su adolescencia, escuchó sonidos que venían del corral situado en la parte trasera de la casa donde vivían cerdos, gallinas y conejos. Detrás un cobertizo donde Madame Delfine guardaba la leña. Louise la quería mucho por haberle dado abrigo aquella mañana de abril, pero la dueña de la casona de huéspedes se mostraba intransigente con ella.

El espectáculo gris que presentaba el interior de los aposentos se repetía en los trajes de los huéspedes. Los hombres llevaban casacas y chupas y las damas vestidos pasados de moda, encajes remendados y mitones deslucidos por el uso, manteletas color pardo y gorros de invierno en pleno verano.

La vieja señorita Louise tenía una especie de capota de tafetán verde, un chal de cachemira deshecho que parecía cubrir su blanco esqueleto. Su mirada, a veces, daba frío y el rostro piedad. Tenía una voz de moribunda, pero todavía le quedaban vestigios de alguna belleza oculta que nadie había aprovechado porque los pesares de la vida la habían empujado a un laberinto donde no era posible enmendar los errores.

Las estrellas iluminaban y tejían enigmas en esa noche sobre las tapias desiertas. El rocío brillaba frente a las estatuas. Había aroma a paz y esencias con lasitud y embrujo de plata en el terciopelo de las horas que se consumían como teas en ese universo único.

‒¡Louise!

Era Madame Delfine.

‒Qué necesitáis ‒dijo Louise con un miedo que le perforaba las vísceras. Si ella descubría a la niña todo volvería al principio; la echarían a la calle sin miramientos.

‒Necesito hablaros.

‒Ahora no puedo, después voy a la sala.

‒Es que dentro de cinco minutos me retiro a dormir‒dijo bruscamente y abrió la puerta.

La señorita Louise se arrojó sobre la dueña de la pensión y la empujó para atrás contra el marco de la entrada.

‒¡Qué hacéis!

‒Es que tengo un ratón en la pieza y estoy a punto de atraparlo.

‒¡Oh…! ‒gritó Madame Delfine y escapó como si hubiera visto al mismo diablo.

‒Mañana si podéis hablaremos ‒le dijo sonriendo Louise, aunque sabía que en cualquier momento podrían descubrirla y se acabaría el deseo de ser madre que llevaba, a pesar del corto tiempo, arraigado en la sangre.

A la medianoche, apareció Isabeline con un arcón lleno de ropa de niña. Eran sus pertenencias, se las iba a entregar a la pequeña huérfana para calmar su corazón desprotegido.

‒Gracias. No sé cómo pagar lo que hacéis por mí.

‒Lo siento así y no es sacrificio. Dar es la forma más bella de ser feliz. ¿No?

‒Claro, cuando tenéis…



‒Y cuando no tenéis también porque si entregáis lo que os sobra no sirve; tiene que ser algo que amáis mucho como yo estos recuerdos que son parte de mi historia‒dijo tristemente Isabeline.

‒Por supuesto, tenéis toda la razón. Dios os recompensará por el bien que hacéis porque todo vuelve a su lugar en esta vida.

‒Me conformo con poco.

‒¿Os gustaría ser la madrina de la niña?

‒¡Me halagaría! ¿Cómo la llamaréis?

‒Alizee.

‒Bellísimo ‒respondió su madrina que sentía que comenzaba a brillar una estrella en el entorno de sus días.

La jornada siguiente, falleció Tirot el anciano que vivía en la planta baja.


LICIA-Hermana mía (Cap II Louise Héland 2da parte)




‒Estáis misteriosa. Seguro que esta tarde fuisteis a rebuscar comida.

‒No. La mujer tiene como misión salvar la ciudad, rezando y arrepintiéndose de los pecados cometidos por la comunidad. De esta manera purifica la conducta de los hombres y sana las almas. Su papel es pues un rol privado que se basa en la espiritualidad. ¿Entendéis?

‒Quiero que me paguéis lo que me debéis sino os irá mal.

‒Prometo que cumpliré…‒respondió Louise totalmente descolocada por el temor de ser arrojada a la calle.

Madame Delfine se retiró a su habitación y ella pudo llegar hasta la cocina.

‒¿Dónde pondré la leche?

Encontró una cuchara alargada de estaño en un cajón y una taza. No quería hacer ruidos porque podían descubrirla. Ella conocía a todos los huéspedes pero no estaba segura de que, llegado el momento, pudieran compartir su secreto.

En el primer piso había dos habitaciones, una era la de la dueña y la otra la ocupaba la señora Eugenie Berny viuda de un juez que tenía como compañía a una doncella llamada Isabeline. No se sabía si era su hija o su sobrina. En la planta baja quedaba un anciano llamado Tirot y un hombre de treinta años que llevaba un sombrero de alas anchas y una peluca blanca.

La señorita Louise pensó en cada uno de ellos y no se le ocurrió con cuál podría entablar una amistad para que alguno pudiera ayudarla a esconder a la niña. Entró a la alcoba donde la criatura dormía. La despertó para darle la leche y la niña le sonrió; sus manecitas tomaron las suyas y nuevamente Louise comenzó a llorar. En esa soledad en la que se hallaba inmersa por circunstancias tristes de la vida, la beba era su salvación. Sentía que ese regalo la acercaba a un Dios que la había desamparado y no podía claudicar. Ella era una mujer sola; hubiera querido volver a su pueblo a desenterrar raíces y buscar sus orígenes, la savia de las vides y el aroma de las naranjas que corría por su sangre pero había decidido, en su momento, ir a la ciudad porque no tenía nada que perder. Era huérfana. Sabía que su herencia había quedado escondida en cada surco, en el néctar de las flores y en las brumas de la tierra roturada. Ellos eran sus progenitores tras el velo de los años que, como alas de pájaros, habitaban las neblinas entre las voces olvidadas, con la bóveda celeste como testigo y cómplice de la memoria.

“La honradez no sirve de nada”, pensó.

Escuchó unos pasos y se asomó a la galería. Era Isabeline que pasaba para el baño con una toalla en las manos.

‒Oye, ven‒la llamó.

‒¿Qué os pasa?

‒Entra que quiero mostraros algo.

‒Es que se hace tarde y van a servir la cena; además Eugenie me reta si os desobedezco o no cumplo los horarios.

‒Es un minuto, por favor.

Louise pensó que Isabeline por ser joven podría ayudarla con la niña. Carecía de prejuicios.

‒Mira.

‒¡Un bebé! ¿Dónde lo habéis encontrado? ¿Lo adoptaste?

‒Sí‒dijo Louise fríamente‒. Lo que pasa es que necesita ropa y yo no tengo dinero para comprarle. Pensé que me podríais ayudar con algo. ¿Conocéis a alguien pequeño como ella? O tal vez sepáis dónde puedo recoger algo de ropita usada.

‒En el monasterio reparten para los humildes pero yo te puedo regalar algunas cosas de cuando era niña que tengo guardadas. ¡Oh qué ojos hermosos!

‒Es muy bella, gracias.

‒Bueno… luego cuando todos se retiren a descansar os traeré lo que tengo. No es mucho pero os puede ayudar para empezar.


Licia. Hermana mía (reseña)

 

Gracias México nuevamente por esta reseña que me alegró el día.
Como tengo pocas, le doy doble valor. 
Son los pequeños pasos, esos que cuesta tanto dar...
Infinitas gracias.

(click en el enlace)


Free background from VintageMadeForYou