Tertulias de la abuela: la piel de los abrazos





Hoy la tertulia la  vamos a compartir
con las escenas de la vida diaria,
aquellos momentos que son parte de nosotros:
la felicidad.


Yo siempre digo que se puede volar dentro de cuatro paredes,
porque me ha pasado
de ser dichosa escribiendo,
leyendo libros antiguos,
de grandes maestros...


Quería aprender... mucho...


 Luego estaban mis amigas con las que compartía
un té, un café... un chocolate
o el clásico mate argentino.


En ese intercambio todo era válido,
poder llenar vacíos del alma.
A veces, una palabra alcanzaba
para sanar alguna herida.


Y volver a darle de comer a mis gatitos,
según la época:
Peter, Teobaldo, Catalina, Albertina, Milagros...
que se fue hace dos años.

Ahora Suri.


En esta vida diaria está el presente como un espejo
que nos muestra el camino recorrido,
lo que hemos logrado,


y también el pasado que es parte de nuestra historia,
la que fuimos construyendo con nuestros pasos,
los afectos, los consejos de una abuela que llegaba
por la calleja de tierra,
los encuentros postergados,


Las conversaciones con mi mejor amiga:
 mamá.

***

Despedimos la tarde con el abrazo
para volver
 en la siesta
a sembrar, con la infinitud del amor,
una sonrisa.




IMPERFECCIÓN DE LO SENCILLO



Yo quiero que el hombre sea más humano,
yo quiero ser testigo y juez del cambio.

Quiero vivir el camino de un sueño
en el latido triste de mis ojos,

que la vida muestre sus milagros,
que los años se queden de regreso,

que las estrellas derramen fulgores
y los luceros gobiernen la noche.

Puedo ver sombras recorrer las tapias
luchando junto al dolor de las almas.

Resisto al tiempo que trae añoranza,
a la felicidad que se deshoja.

Pero no quiero sentirme vencida,
es prematuro recoger cenizas.

Luján Fraix





Tertulias de la abuela: los duendes de la casa dulce



Kinkade

La casa dulce era la de mis abuelos,
Juana y Eduardo
con enanos de jardín,
rosas, jazmines y uvas.
Había una mesa en el patio de baldosas rojas
donde yo me subía a cantar...

Era la casa dulce porque para mí 
parecía aquella de los cuentos
toda...toda... de chocolate.


Por eso hoy vamos a tomar el té con mi abuela Juana.


Acá vemos su taza Jhonson Bros
England Old Britain Castles...


...la cafetera que obviamente le falta la tapa
y por ello la he adornado con flores
y su mate con el cual me recibía siempre
en las tardecitas...


Solía preparar un adorable dulce de ciruelas
que me invitaba a probar con unas deliciosas masitas
mientras tejía sus pañoletas de invierno.




Este jazmín se hallaba en el frente de la casa colonial
y con su perfume llegaba hasta el alma
del abuelo Eduardo que,
con su radio, muy callado, miraba la gente que pasaba...


... por las veredas en las tardes de verano.


Seguramente vendría a tomar un mate
vestido de gaucho de las Pampas
como en su juventud...
me miraría y me diría
"Y los gatos...?"


A mí me gustaban sus uvas,
pero no me animaba a tocarlas...
Se hallaban en una parra
que formaba como un templo
con un caminito que iba por el medio
de ese cielo de sabores
y que llevaba al patio de frutas.


Allí con mi abuelo conversábamos
y luego dibujábamos con un palito en la tierra.
Me contaba cosas que ya ni recuerdo
pero yo sentía la calidez
aún en sus silencios.


Adoro estos recuerdos del 1900
porque forman parte de un tiempo
que no tenía apuro...


...de las horas que se iban entre mariposas rojas,
susurros de palomas
y diminutos utensilios de duendes.



Este jarrón estaba ubicado en la sala de entrada
de la casa dulce
sobre una carpeta tejida al crochet...


... A mí no me gustaba mucho cuando lo veía,
pero cuando mi abuela se fue a contar estrellas
a los 97 años en 1995,
me lo dieron como recuerdo...


... ahora lo valoro
y lo tengo en un lugar muy cercano de mi casa.


Elegí este libro
"Cumbres Borrascosas"
porque me acompañó en mi infancia.
Lo leí varias veces y he quedado maravillada
no sólo por su historia sino también
por el encanto y el misterio de su autora:
Emily Brontë.

La obra tiene como escenario la geografía del condado
de Yorkshire, en Inglaterra.
Para Emily Brontë,
esos desolados parajes se convirtieron en una prolongación
de sí misma,
sólo allí supo vivir
y por ellos sintió una pasión primitiva, esencial,
que inevitablemente debía reflejarse en su obra.
La impenitente caminante que conocía los páramos
que circundaban la aldea de Haworth;
esa muchacha delgada, de largos brazos y adustos modales,
eternamente replegada sobre sí misma,
 levantó de cada terrón de tierra,
de cada racha de lluvia,
de los inhóspitos matorrales y del viento huidizo de Yorkshire
a los personajes de "Cumbres Borrascosas":


Un clásico de la Literatura Universal.


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