“Cuántos corazones tocaste, ése será tu legado en esta Tierra” ( Patti Davis)

 




Querida Rosaura-¿Cuánto dura el amor? La Eternidad.


La imagen tiene mucho que ver con ella, con la ceremonia del té a las cinco de la tarde... El amor que entregaba en cada mirada y en el consejo, en la palabra y en los valores que, como mensaje, dejó de este lado del camino.

Su idea era continuar al abrigo de los días con el abrazo tibio y la misión elegida. Sembró llovizna en el sendero donde sus pasos quedaron marcados para los que vinieran después a ocupar sus puestos. Así es la vida, lo importante es el legado.

“Cuántos corazones tocaste, ése será tu legado en esta Tierra” ( Patti Davis)

Querida Rosaura (Cap II primera parte)

 

Rosaura guardó el barquito de papel que le regaló el tío Agustín en una revista de Magdalena sobre plantas, cultivos y semillasA los arbustos rosáceos de tallos ramosos, con aguijones, hojas compuestas y flores terminales se los llama rosales”, decía un artículo que la niña observaba detenidamente mirando las imágenes porque no sabía leer. Es que recién había cumplido tres años. Ella se escapaba hacia el patio trasero para escuchar cómo el tío Agustín tocaba el acordeón sentado en una silla de tres patas; allí también se acurrucaba contra la pared, en el piso, vestido de marinerito con un gato en los brazos, su hermano Juan José de siete años. El niño, silencioso, atrapaba la melodía con un gesto de vergüenza que lo empapaba de ternura.

El tío Agustín era obrero de la música pues parecía no tener empleo alguno, sólo criaba cerdos con postura de capataz en los fondos mientras hacía el inventario de sus bienes y efectos, pero lo que más le gustaba era el arte y los instrumentos de viento. Sin duda, era un bohemio escapado de alguna galera de mago. Una imagen insepulta de payador.

Rosaura tenía un triciclo deslucido que había heredado de alguien. Por las noches se paseaba por la vereda de ladrillos, sola en la oscuridad, y se detenía a mirar el cielo. La Cruz del Sur parecía suspendida sobre los campos. Magdalena le había contado, con sueños de evangelización,  que cada una de las estrellas que brillaban era una persona que había fallecido, que se hallaban en una especie de faja de luz blanca y difusa que atravesaba casi toda la esfera celeste, de Norte a Sur, y que nos miraban, tal vez, con los ojos vidriosos y el alma carente de afecto. Eran astros con vida que sentían el peso del llanto en la vastedad del tiempo.


La niña rubia quería saber  cómo los espíritus huían de los cuerpos y podían ascender a grandes alturas sólo para observar los pasos de los seres amados. Ella no entendía de religiones pero llevaba una medallita muy pequeña de la Virgen de Luján. La estampa la acercaba al secreto de la fe con una ilusión casi desgarradora.
-¡Rosaura ven acá!-le gritaba Magdalena.
-Trátala con más dulzura, no ves que es pequeña.-le contestaba Juan con un hilo de voz.

Juan José era muy apegado a su madre, aunque parecía algo díscolo  como Juan. Casi no hablaba y se iba al campo a cazar palomas y liebres; en los terrenos lindantes, frente a los cercos de cinacina, pastaban las vacas y él las observaba, pero esos animales le producían pensamientos melancólicos. Tal vez, estaba celoso de Rosaura porque atraía toda la atención; sin embargo, Magdalena no la protegía tanto. Seguramente, la amaba pero se mostraba distante con la niña que no pedía nada porque, con sus tres años, ya se daba cuenta de que no debía esperar mucho de su madre. La veía obsesionada, como si arañara una ilusión con perfume a incienso y a hojas de retamas.

Magdalena ejercía la autoridad moral y no escuchaba consejos porque se sentía superior; era una persona omnipotente que creía que todo lo hacía bien y despertaba rencores en los demás. Era dispersa, nerviosa, fría… Su familia la consideraba demasiado autoritaria; en definitiva, era como su padre José Shalli. Lo que nadie podía explicar era el hecho de haberse casado con un hombre manso y sin doctrinas. Juan vivía fracturado por la obligación y la timidez, con un destino indisoluble.
-Voy a hacer un guiso de lentejas con panceta y morcillas.
-¡Otra vez!
-Déjame en paz.


-El médico te dijo que trates de comer liviano por el hígado-comentó Juan cansado de las descomposturas de Magdalena.


"El provecho de uno es el perjuicio de algún otro " (Michel E. De Montaigne)

 


Rosaura sabía que tenía que quedarse al amparo de esa Pampa Gringa razonablemente feliz.

No podía esperar otra cosa, no quería... Su mundo limitado era el refugio donde el abrazo la sostenía, la lágrima que la cubría, el deber... Magdalena, su madre, la orientaba por el camino de sus propias leyes, con obediencia y dedicación.

Quería estudiar piano: ¡no!

Las niñas debían aprender a coser para vestir a las tías ricas que no querían gastar en modistas.


  • El provecho de uno es el perjuicio de algún otro. (Michel E. De Montaigne)

Querida Rosaura (Cap I quinta parte)

 


A Juan lo encontró su hermano Bernardo que venía cortando camino por el medio del campo con cinco perros y una rama que utilizaba para abrir paso entre los sembrados. El hombre era un verdadero baquiano que conocía a la perfección las leguas de llanura, bosques y cultivos. Lo encontró tapado con un poncho.

-A la soja se la están comiendo los bichos -dijo removiendo la tierra que parecía polvo fino.
-Y bueno…
-No llueve; el año pasado para esta época ya habían caído noventa milímetros.
-Y bueno…-volvió a decir Juan totalmente ausente, sin ganas de hablar de nada.
El aire parecía dormido en esa temporada de sequía que amenazaba a los animales a la postración completa; estaban flacos y desmejorados. El estío venusto gritaba su porfía.
Bernardo no se daba cuenta de los conflictos interiores de su hermano porque él era distinto; le importaban las historias de mujeres pero no tenía con quien abordar esos temas, también le interesaba el campo, guardar el dinero de las cosechas y no gastarlo en nada. Soñaba con las pepitas de oro que algunos conquistadores encontraban en los arenales. Vivía al límite de la indigencia total. Bernardo era de esos campesinos que cuando morían, de viejos y enfermos, dejaban fortunas debajo de los colchones, detrás de los mosaicos, bajo las raíces de algún árbol… Billetes que, obviamente, ya no servían y que nadie los encontraba hasta después de diez o quince años. Era un hombre subterráneo, de huesos amarillos, que actuaba como un juez frente a la presencia de la inseguridad. Parecía saberlo todo debajo de esa figura sellada por la rigidez de sus palabras.

Juan no se parecía mucho a él; sin embargo, había algo que los unía: el amor por la tierra, arañar el surco hasta quedarse rendido, no alejarse jamás de su predio ni para ir de vacaciones. Ese tema no se tocaba en la familia. Tenían que vivir para el campo, revisando papeles y haciendo cálculos de la mañana a la noche, con el lápiz detrás de la oreja intentando buscar el disfrute en un mate y en un buen asado. Ellos flotaban entre las raíces y el lodo, tratando de desmembrar la sabiduría que los devoraba como un monstruo porque sabían manejar los espacios.

Los chacareros no se quejaban porque estaban acostumbrados a una existencia  sin sorpresas, igual cada jornada. Debían esculpir bajo ese semillero de la nada una posición sólida.  Para los demás, eran esclavos de la propiedad a la que le debían respeto y cuidados diarios, sin feriados ni fiestas navideñas. Nadie les simplificaba las cosas y el gobierno los torturaba, desde tiempos inmemoriales, con impuestos que no justificaban las ganancias. Pero igual era inútil rivalizar con ellos porque se aferraban al suelo que los vio nacer, con las garras propias de quien está dispuesto a dar la vida por lo que ama, a morir de hambre por defender el honor y a venerar la sangre de los ancestros.



Magdalena y Juan luchaban de igual manera por un lugar que estaban construyendo con el esfuerzo y la disciplina de ella y con la tranquilidad de él que entendía, en el fondo, el verdadero concepto de una realidad que podía modificarse. Tal vez, no sabía cómo hacerlo y por eso se abandonaba a la desesperanza. Sólo Juan decidía si quería contestar esos interrogantes. Para él, la atmósfera le pedía un luto  cubierto por una estela de humo que lo adormecía, bajo esa hojarasca de los hados, dejando sus sentidos embriagados.



Continuará...

Negar la libertad

 






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Pintura de Carl Vilhelm Holsøe


Rosaura se arrodillaba al lado de la cama de su madre y rezaba un rosario entero junto a ella. Llevaba la Virgen de Luján en su pecho y parecía una misionera entregada a los oficios religiosos. Magdalena tomaba su mano y no la soltaba hasta que terminaba la siesta. Rosaura, arrodillada, muerta de cansancio, apoyaba su cabeza en el colchón y cerraba los ojos. Estaba dispuesta a dejar la vida, el presente y el futuro, porque todo sin la presencia de su mamá carecía de valor. No quería pensar en ella misma porque no lo sentía; Magdalena era lo primero y lo último en su pobre existencia. Cuando la tarde se inclinaba hacia la pampa, una alfombra besaba la pena y seguía negando la libertad.

Querida Rosaura (Cap I cuarta parte)

 




José soportaba los improperios de su suegro con altura; era un hombre muy culto e inteligente. Con el correr de los años, seguramente, podría demostrarle a toda la familia que estaban equivocados porque llegaría a cielo arriba con azotes y sin pecados.
-Al hombre hay que amarlo por sus sentimientos y por su mundo interior, no importa el dinero o el apellido.-decía Isabel frente a las hermanas que pensaban diferente.

En esa iglesia, construida con barro reforzado, moldeada en forma de ladrillo y secada al sol, desprovista de todo hasta del mismo Dios crucificado, Rosaura recibió los primeros sacramentos. Su madrina le regaló un vestido hecho con calados y lazadas, blanco, con una capa de tafetán con trencillas e hilos dorados y le compró también alhajas de oro para que la pequeña luciera ese día. El incensario reavivaba el perfume de las velas que se empolvaban con el furor de la gracia.

Magdalena quería mucho a Isabel y a su futuro esposo pero no realizó fiesta después de la ceremonia porque decía que la casa no estaba en condiciones para realizar agasajos.
-No importa, yo entiendo.-dijo Isabel con un gesto de compasión que irritó a Magdalena que no quería que nadie le tuviera lástima y menos alguien que, obviamente, iba a correr la misma suerte que ella.
Sin embargo, José Shalli e Isabel, los abuelos, llegaron a la granja en un automóvil Nash (1919), con capota negra y cuatro puertas, amplio y ostentoso, con las hijas arrogantes y la pompa de su poderío. Don José vestía saco de casimir color gris, pañuelo de seda a cuadros, botines de becerro y espuelas peruanas; llevaba una pipa en un estuche de pana bordó con sus iniciales bordadas y anillo de oro. Juan los miró, desde lejos, entre los cardos, y supo que la tranquilidad estaba en peligro pues el  hombre de negocios no dejaba de mostrarse molesto y hasta incómodo en la modesta casa. Juan Waner se ofendía muchísimo y hasta llegó a despreciarlo más de una vez pero jamás lo mencionó porque era muy respetuoso. No quería herir a nadie, ésa era su premisa aunque un batallón de energúmenos le pasara por encima. Se quedaba bajo la arboleda como un pájaro amodorrado, con el defecto de ser un hombre sin huellas en un desierto que lo castigaba por la espalda.

-Mira qué ocurrencia… venir…-dijo Magdalena completamente furiosa ante la llegada intempestiva de su refinada familia.
-Hija, felicidades.
-Gracias, pero no tenían que molestarse. Yo…
-Nada. Dile a tu marido que se apure con los negocios que se le viene la noche.-dijo José Shalli con ironía.
-Papá, usted no se preocupe, esto es lo que yo elegí…
-¡Sin mi consentimiento!
-Bueno, cálmese-dijo Magdalena con un miedo terrible de que Juan escuchara la conversación. Él, detrás de la puerta, ya había oído esas palabras que le provocaron un intenso dolor en el pecho.

Juan se consideraba condenado a la discriminación por un suegro que también había comenzado de la nada; sin embargo, no conservaba un poco de humildad frente a quienes no tenían el mismo talento o capacidad para superarse en corto tiempo. Él se encerraba en ciertos mandatos institucionales, estaba subordinado a pautas establecidas y rígidas que se inclinaban hacia conductas generales. El dinero era el principio y el fin de todo contenido y la vida giraba alrededor del éxito económico. Con esos ejemplos educó a sus hijas que eran su espejo porque no conocían otra forma de relacionarse con los demás; eran exigentes y materialistas, testigos y protagonistas de un presente que no admitía un futuro de carencias. Ellas, en el fondo, lo sabían por eso se rebelaban, por la furia que les ocasionaba no poder ver más allá. Estaban obligadas al triunfo de las ideas que edificaban en falta con la realidad. En el espacio sideral eran solamente minúsculas partículas de suelo estéril.


A Magdalena no le importaba tanto el dinero, pero sí había heredado el carácter de su padre. Estaba consagrada a un marido ausente que remarcaba la pobreza y que no hacía nada para salir de ella y a una hija que amaba mucho, a pesar de que no sabía cómo demostrárselo porque dentro de su alma se libraban demasiadas batallas. El polvo cuarteado y desértico de un territorio lacerado por una naturaleza que tenía la última palabra, le decía que estaba condenada a la muerte de sus sueños.

Juan, después de haber escuchado las palabras de José Shalli, se recluyó en el galpón donde guardaba el tractor viejo de su abuelo y se quedó allí hasta el anochecer. A unos diez metros y como dibujando un patio de tierra pisoteado por las gallinas, que quedaba entre los naranjos y el palenque, había un rancho envuelto en un pajar. En su interior, se hallaba una cama armada con un recado y varias llantas de galeras dispersas a modo de sillares. A menudo, encendía el brasero y recordaba las recomendaciones de Magdalena:
-¡Te vas a morir asfixiado! La combustión incompleta del carbón forma un gas tóxico.


Continuará...

"Estoy solo y no hay nadie en el espejo" (Jorge Luis Borges)


Gregory Frank Harris


Sus hijas tomaban el té con bizcochos de bananas y una querelle de dulce de leche y crema, sentadas bajo el espinillo o "aromo del perdón". Se reunían con las amigas en las tardes de sol; de allí miraban a los hombres que cruzaban las avenidas en las galeras. Ellas pensaban que la juventud sería eterna y que nadie les quitaría la notoriedad ni el dinero, pero también entendían, muy en el fondo, que estaban cada vez más solas. De todas maneras, vivían el presente con la parsimonia de un viejecito que ya ha cumplido con la vida. Imperfectas como los días, ellas no tenían olor a pueblo.

-¡Por favor!-se escuchó un grito que venía desde la sala de las visitas.

Estoy solo y no hay nadie en el espejo.


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Querida Rosaura. ¿Cuánto dura el amor? La eternidad

Personajes de novela: Rosaura

 


Rosaura Waner fue una persona que no supo entender la vida. Se entregó a los demás en un ir y venir de situaciones divididas. Amó a su madre Magdalena, quien cercenó, desde niña, sus deseos más queridos; la obligó a ser una mujer y a llevar sobre sí las cargas de un adulto.

Ella llegó a este mundo para servir...
¿A quiénes?

La niña rubia de ojos transparentes quería saber cómo los espíritus inmortales huían de los cuerpos y podían ascender a grandes alturas solamente para observar los pasos de los seres amados.

-¡Rosaura ven acá!-le gritaba Magdalena.
-Trátala con más dulzura, no ves que es pequeña-le contestaba Juan con hilo de voz.


Los abuelos, que eran personas adineradas, la veían como una especie de niña sudafricana y huérfana, mal alimentada y sin ropa. Pero no era así. Magdalena se desvivía por cocinar lo mejor o lo que más le gustaba a ella, tejía mucho y Rosaura tenía también vestidos costosos y de buen gusto que le regalaba su madrina Isabel.

¿Rosaura era feliz?

Sí... a pesar de los egoísmos de su madre y de todas las obligaciones que tenía que cumplir.

Frente al farolito de puerto, Magdalena pasaba las noches con sus labores junto a Rosaura que hacía los deberes sobre una mesa antigua de nogal. Los perros ladraban y ellas se sobresaltaban... Tenían miedo.

A los doce años ya lavaba pisos, preparaba comida para los peones, criaba gatos, perros y gallinas y obedecía ciegamente a su madre.

-Las noches se arman de sueños, sabes-le decía a Milo que la miraba arrobado con un sopor de felino aniñado.-En el cielo está Santiago que llora porque quiere regresar; en ese momento tiembla la tierra y se desprenden los cristales para formar nuevas estrellas donde irán a vivir otros bebés.

Ella recordaba siempre a su hermanito que había fallecido a los seis meses. "Muerte en la cuna" se llamaba lo que le había pasado...

En ese mundo incierto veía culminar sus días enredada en la vertiginosa telaraña tejida por Magdalena; sin embargo, ella la amaba muchísimo. Imaginaba la inasible ternura de una madre quebradiza que gobernaba con la victoria de un rey que no comprendía las necesidades de una familia.

Era tierra de gringos, de campeadores con aperos y cuchillos; el lugar que le habían donado los antepasados. La simiente de las nuevas eras donde los gauchos habían dejado sus glorias y sus vestiduras para disfrazarse de caballeros. La identidad de los campos arraigada a la lucha por conservar el suelo, la unión de los chacareros, la solidaridad entre las colonias que se consideraban vecinas.

QUERIDA ROSAURA  ¿Cuánto dura el amor?
La eternidad.

Querida Rosaura (Cap I tercera parte),


 

Magdalena era rebelde y no aceptaba la pobreza; quería progresar, arreglar la casa que estaba descolorida, colocar unas cañerías nuevas y comprar algún auto. En el patio trasero donde el tío Agustín tocaba el acordeón, Magdalena criaba gallinas y luego vendía los huevos en el pueblo. El dinero lo colocaba en un frasco de vidrio y lo enterraba en el piso de tierra del galpón de las herramientas, justo debajo de un carro de lechero. Ella tenía miedo que llegaran los ladrones a robarle el fruto de su sacrificio, ese pequeño aporte que no alcanzaba para nada porque no había tregua para el consumo diario. Había que remontar hasta la cima todos los días, sin parpadear, con el deseo de regresar del desengaño para hermanarse con el mundo.

Magdalena veía cómo vivían sus hermanas en San Jerónimo Sud. A la residencia llegaba el doctor Horacio Santos a atender a la mamá Isabel que era muy frágil de salud; ellas se peleaban para recibirlo y lo acosaban con el anhelo vehemente de lograr su cariño. Él era demasiado perspicaz y suponía de antemano esos argumentos que le causaban gracia. No imaginaba rendirse ante los requerimientos amorosos de esas mujeres un tanto absurdas en el manejo de los sentimientos. Emancipadas y triunfantes parecían cobardes frente a la anacrónica prisa de quien las ignoraba y dejaba su modorra en esos patios y bajo el verde parral.

¿Por qué ellas viciaban con razonamientos fatuos las emociones y el amor?. Nadie entendía el porqué de esa conducta que las precipitaba a un retiro obligado. ¡Es que eran tan especiales!. Sagaces, calculadoras, ambiciosas y bonitas…, pero nada de eso alcanzaba para lograr la felicidad que las hermanas no tenían a pesar de los esfuerzos y el dinero. No sabían recorrer el camino del amor con sus etapas y sus pasos envejecidos por la sabiduría. El loco inventor de sueños le ocultaba el éxtasis que se consumía en el rubor de las candelas.
La gente de la población las conocía y ningún hombre se atrevía a acercarse a hablarles porque, seguramente, sería desestimado con un epíteto grotesco. Sólo tenían que presentar un renombre profesional: abogado, médico, arquitecto…





Para el bautismo de Rosaura eligieron a Isabel, hermana de Magdalena y muy diferente a todas. Ella era suave, dócil y cariñosa. Amaba a la niña como si fuera su propia hija; tenía deseos de protegerla porque, a pesar de ser un bebé, sentía que Rosaura se hallaba a la intemperie como si fuera huérfana. Es que Isabel veía a Magdalena fría y a Juan muy distante, eso le daba temor y, a veces, tenía la sensación de que debía suspender su matrimonio. Las manitas tibias alborotaban su sangre con besos cautivos que pedían asilo. El desgarro tenía la aspereza del llanto que se internaba en los cimientos de la casa, en las chapas de zinc de su techo, entre los gorriones y la lana de las ovejas.

José, su novio, era comerciante y vivía en Marcos Juárez (Córdoba). Isabel tendría que alejarse, después de su boda, a esa ciudad para empezar una nueva vida. Su futuro esposo era un humilde vendedor de almacén que no ganaba dinero pero que sentía mucho amor por Isabel a pesar de que José Shalli, su suegro, no lo aceptaba:


-¡Otro pobre en la familia! ¡Qué destino! Para eso las eduqué con tanto sacrificio. Si sabía me quedaba en Italia.

"Siempre habrá soledad para aquellos que son dignos" (Jules d'Aurevilly)


 Muchos podían imaginar a qué se debía la mirada ausente de don Juan. En su silla de paja rota, sentado como al descuido, con apatía, observaba el camino donde seguramente en un rato llegaría alguna carreta. Su esposa criaba gallinas y vendía los huevos en el pueblo. A veces, guardaba ese poco dinero que le quedaba debajo de los carros, en la tierra, para que nadie se lo quitara... Cerca del cañaveral había un par de vacas, algunos patos y un burro.


Para don Juan no existían los sábados y los domingos, tampoco la Navidad y el Año Nuevo. Él trabajaba todo el día en el campo porque amaba ese pequeño mundo que había heredado de sus abuelos inmigrantes. Eran muy pocas hectáreas en medio de una casa modesta pintada con cal. Cuando llegaban los tiempos de cosecha, don Juan se volvía más callado. Sufría mucho. Es que sabía lo que iba a ocurrir...

Por el camino, cargado de polvo, se acercaban algunas personas enviadas por el gobierno de turno. Se llevaban bolsas de trigo para los necesitados. Don Juan, sin decir una palabra, con las manos en los bolsillos, los veía alejarse y la angustia le oprimía el pecho. Lo poco que le quedaba no le alcanzaba para vivir y para comprar semillas para volver a sembrar el año próximo y entonces se endeudaba.

¿Y si el granizo le destruía los sembrados? Se endeudaba el doble.

¿Quién era el necesitado?

El humilde que en vez de buscar otro empleo esperaba el regalo o el que dejaba su vida de la mañana a la noche mientras otros lo despojaban de la mitad de su digno trabajo.

Don Juan pasó a ser, con los años, el abuelito con las mismas alpargatas rotas, la silla de paja y el corazón triste, disperso, silencioso... el que un día, por fin, dijo BASTA.

L.Fraix

Querida Rosaura
¿Cuánto dura el amor?
La eternidad.

🍀Siempre habrá soledad para aquellos que son dignos.

Querida Rosaura (Cap I segunda parte)





En la humilde casa recibían a todos los familiares sin distinción de clases sociales; Magdalena y Juan eran sociables y repartían sus horas entre juegos de naipes, reclamos de trabajo, noches con velas encendidas frente a un campo inhóspito y santo. Lo raro era que, por decisión de Magdalena, no aceptaban visitas de extraños por temor a ser discriminados. La pobreza dibujaba sus trazos entre los goces del silencio.

El tiempo solía ser cruel frente a las necesidades de cada uno porque nadie les regalaba nada; luchaban frente a enemigos que hablaban idiomas diferentes: la sequía, los gobiernos, la ignorancia, la facilidad para mentir, el menosprecio… La pampa parecía cubrirse con un tapete funerario que se extendía hacia el poniente sepultado por el hollín de los fogones.

Magdalena tenía varias hermanas que residían en un pueblo pequeño llamado San Jerónimo Sud. Ellas vivían en una casona con los padres Isabel San Piero y José Shalli, quienes habían venido de Italia con la finalidad de encontrar refugio y trabajo. En la Argentina habían logrado más de lo que esperaban: fortuna, un apellido ilustre, la manera de ocupar un lugar en una sociedad difícil con pocas oportunidades y muchos obstáculos. En esa casa vetusta destilaban el vino de la alegría turbados por la ambición, la opulencia y el sabor amargo de la abundancia.

José era un dictador, deux ex machina, de allí venía el genio de sus hijas; las facciones duras lo convertían en un caballero de temer, muy inteligente para los negocios pero demasiado soberbio con las personas del lugar. Con su esposa Isabel hablaban en italiano todo el tiempo, en especial cuando se enojaban entonces nadie entendía nada.
-¡Pietá!-gritaba Isabel cansada de los autoritarios modales de su esposo.

Ella tenía sesenta años pero parecía de noventa; su cara estaba delineada por surcos y contornos. Los vestidos largos con botones en la delantera le daban el aspecto de una anciana sin retorno, con las cenizas de los años sobre su cabeza, sin esperanzas ni metas. Como si todo lo que hubiera deseado en la vida lo hubiera logrado. Sólo comía y dormía como los animales que igual son felices, porque vivía a contramano tratando de hacer escalas entre los diminutos duendes que habitaban en sus espejos.



Rosaura cubierta de encajes traídos de Florencia, agitaba sus piernitas que quedaban suspendidas en el aire. Entre los marcos ovales de los retratos había un acuerdo modelado por algún alfarero alucinado. La habitación era humilde pintada con cal, el piso de madera y las ventanas con postigones que se abrían al exterior y dejaban traspasar pequeños fragmentos de sol. El tío Agustín tocaba el acordeón en el patio trasero con el traje viejo y el olor a humo de los motores de las cosechadoras.

Magdalena, la mamá, era arbitraria como su padre; siempre daba órdenes. En ocasiones y ante posibles enemigos que se acercaban a la granja, Magdalena salía a la intemperie con una escopeta y tiraba tiros al aire para que los ladrones huyeran del distrito. Era brava igual que sus hermanas porque sabía que en épocas de hostilidades había que defenderse sola y hacer justicia por mano propia.
-¡Ellos o nosotros!-solía decir cuando Juan, su marido, la miraba como quien ve a un insano que no sabe qué camino tomar y elige el menos indicado.
-¡Miedoso, hombre tenía que ser!
Juan Waner era una persona sumisa, un alemán de pocas palabras, que no intervenía en los asuntos cotidianos. Iba al campo en tiempos de cosechas y criaba la hacienda que era la suficiente como para vivir con dignidad. Sabía muy bien cómo retener las horas que se quedaban suspendidas cuando se sentaba en su silla a mirar el horizonte con un mortero de palo en las manos.  Nadie podía imaginar qué pensaba por esos años porque era muy introvertido; una persona resignada a una vida prestada, sin ambiciones ni egoísmos. Juan era bueno hasta la médula e incapaz de ofender o de preocupar a alguien de su familia, pero también era tan solitario que irritaba a Magdalena. Ella, en cambio, gritaba para ahuyentar la presencia desnuda de las penas que alborotaban los calderos, en las vertientes, frente al susurro germinal de las siestas.


-¡Es que si no te quejas parece que no te importa!
-Mujer, no rezongues por lo que no tiene solución. No llueve… Ya sabes la naturaleza manda, si el gobierno no ayuda a los campesinos nada se puede hacer…
-Te resignas tan fácil.
-Ésta es nuestra vida y hay que aceptarla porque te lleva sola.

Continuará...

Querida Rosaura (Cap I primera parte)

 



I

 

Tal vez, no hubiera querido haber nacido. Nunca lo dijo, pero sufrió tanto en la vida que ese itinerario hacia un paraíso no deseado pudo haber sido un alud de turbulencias frente a un sórdido calvario.  Desde la niñez hasta su muerte, con la que peleó a brazo partido sin treguas, a la que le habló como una amiga y también como una enemiga, fue siempre pasional, emotiva, sentimental, conmovedora… Ella dejó un vacío insostenible, una presencia que mira con sus ojos verdes las almas que abandonó de este lado del camino, sin querer, obligada por un Dios al que tanto amaba.

 

Transcurría el año 1923 en Argentina con la presidencia de Marcelo T. de Alvear, quien continuó con la política de su predecesor Hipólito Irigoyen. Los chacareros formaban cooperativas agrícolas como una manera de enfrentar las posibles crisis económicas. La comunidad ferviente sentía pasión por el progreso porque sabían que podían contribuir a enriquecer el país.

Una mirada atenta sobre el campo argentino en el período de entreguerras advertía que los fenómenos sociales y económicos que lo afectaban o que en él se produjeron tuvieron una intensidad que lo distanciaba de la casi inalterada previsibilidad del medio siglo anterior. Sucesos tales como huelgas de arrendatarios o peones cosecheros, o procesos complejos como las caídas de los precios del cereal, la transformación tecnológica y laboral o la reducción notable de los puestos de trabajo producto de crisis de empleo, suscitaron la atención de todos. Sin embargo, esta dinámica conflictiva del mundo rural estaba ausente de las imágenes que el Estado y buena parte de la sociedad reproducía entre quienes no tenían una participación directa en tales fenómenos.

En ese crisol, los chacareros parecían artífices de un futuro lóbrego; sus caras negras por el polvo de todos los caminos se encendían… Se veían  lustrosas frente al sol que delineaba sus contornos de tinta. Estaban atrincherados frente a un vacío que les complicaba las ideas con sus razones incendiarias. Todos los llamaban gringos, casi de manera despectiva.


La casa era modesta de ladrillos rojos y tenía una galería sostenida por columnas de hierro con varas de lienzo tejidas. Se veía desde el llano sobre el albardón. El cielo se emparentaba con el horizonte curvilíneo: una pampa atestada por la hierba reseca a causa de las sequías. Había una extensión de tierra que parecía un parque en donde se veían macetas, malvones, un naranjo, patos, gansos, caballos y un burro, además de las vacas que comían el pasto… El fanal sesgado ante las rejas mostraba su voluta azulada. La higuera patriarcal desdibujaba el contorno del telar con sus husos y pedales y mostraba la identidad de su dueña, su destreza. El molino musitaba su dialecto anodino y dejaba los años grabados en esos murmullos de mula por la montaña mientras las gallinas picoteaban las margaritas y marcaban huellas en las siestas de verano cuando el loro Pedrito hablaba sin parar. En esa armonía de colores, la piel emergía de su estatismo para incubar sueños en cada espiga, semillas en el corazón mismo de la penumbra, piélagos en la luna…

En ese hogar no había espacio para el recreo porque había que trabajar para ganarse un lugar con el dilatado coraje que daba la avidez de las promesas. Sus moradores dejaban en el alma de quienes los conocían marcas indelebles de virtud y de moral tomadas de la dignidad de sus ancestros que con  perseverancia y resignación pudieron hacer frente a los cambios.

Rosaura vivía allí con sus padres Magdalena Shalli, Juan Waner y su hermano Juan José. La niña había nacido a los siete meses, pero gozaba de buena salud a pesar de que la medicina aún no contaba con los recursos necesarios para atender los imprevistos o situaciones que escapaban de lo común. Rosaura, rubia de ojos transparentes, en la cuna de madera con ruedas de carrito medieval, parecía pilotear una nave en medio de un mar bravío. Era una beba inquieta con un carácter extraño mezcla de rebeldía y sumisión. Todavía no sabía del abolengo y de la pobreza, de la salud y de la enfermedad, pero se rebelaba con sus gritos y sus uñitas de gato que arañaban los barrotes de su cuna alba. Era una criatura que llegaba para servir… ¿A quiénes?

En esa rara orquesta de violines, la noche suspendida le regalaba las estrellas a una espiga que renovaba las promesas.

Muchos ojos la miraban desde arriba como si esas personas vinieran desde un cielo bendito a despertar la vocación de grano y el sacrificio sin tregua.




"Sin nostalgia el sacrificio no tiene valor" ( Arthur Koestler)




ARGENTINA-1923-
La problemática socio-cultural de esa época.
¿Cómo vivían los agricultores humildes en la Argentina de 1923?

Rosaura nació en aquellas tierras pobres con una misión: servir a los demás. Nada era más puro para ella que saber que quien estaba a su lado debía ser feliz. Soñaba demasiado... daba mucho. La vida era desierta y frágil, los minutos se iban y ella se quedaba al borde de los caminos, entre los carros de abuelos, a la sombra del ombú, porque no podía volar. Le habían enseñado que solamente debía pensar, aunque llevara los sueños dormidos para después...

Querida Rosaura (Introducción)




  
   Rosaura Waner fue una persona que no supo disfrutar ni entender la vida. Se entregó a los demás en un ir y venir de situaciones divididas. Amó a su madre Magdalena quien cercenó, desde niña, sus deseos más queridos; la obligó a ser una mujer y a llevar sobre sí las cargas de un adulto. No disfrutó de los momentos por hallarse inmersa en un pasado gris que le dejó secuelas hondas: la muerte temprana de Magdalena y la de su hermano Juan José de treinta y cinco años. Nunca pudo superar los avatares de un destino poco feliz y entonces se quedó detenida en el albor de las estrellas, en los recodos de su pobre chacra, en el tenebroso lugar de los sacrificios. Allí con Santiaguito frente a su ataúd blanco puso su andamio de claveles para postergar su futuro con el pretexto de los sueños inconclusos. Fue hermana-madre hasta su muerte. Cuando falleció Magdalena comenzó una vida prestada con un hombre bueno que la quería y una hija que fue un ángel tembloroso a quien transmitió todos sus miedos. Jamás olvidó el pasado; añoró las noches iluminadas y las espinas, la rara manera de amar, la vocación de servir por obligación o para poder ser querida… Parecía no reconocer el entorno de su nueva casa mientras los años se iban con la soledad de sus piadosas súplicas. Caminaba más rápido que el tiempo.


Rosaura vivió para el dolor, para llorar de la mañana a la noche a sus muertos, para velar por su hermano menor, Rubén, hasta el último día. A María, su hija, la cuidó como un tesoro que le costó mucho concebir. Sintió terror por su salud porque conocía de memoria el sabor de las ausencias; ahogó su juventud con reclamos absurdos y extendió la doctrina de su madre hasta el final de su historia.
Según sus propias palabras amó a un Dios que le arrebató la vida.

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Un breve repaso por mis historias...


Querida Rosaura
¿Cuánto dura el amor?
   La eternidad

Querida Rosaura. ¿Cuánto dura el amor? La eternidad

 


ARGENTINA-1923-
LA PROBLEMÁTICA SOCIO-ECONÓMICA DE LOS ARGENTINOS EN ESOS AÑOS.
¿CÓMO VIVÍAN LOS AGRICULTORES HUMILDES EN LAS PAMPAS DEL SUR?

Rosaura Waner fue una persona que no supo disfrutar ni entender la vida. Se entregó a los demás como si tuviera que cumplir una misión.

Amó a su madre Magdalena quien reprimió, desde niña, sus deseos más queridos; la obligó a ser una mujer y a llevar sobre sí las cargas de un adulto.

No disfrutó de los momentos por hallarse inmersa en un pasado que le dejó secuelas hondas: la muerte temprana de Magdalena y la de su hermano Juan José de treinta y cinco años. Si su madre no hubiera fallecido, ella no se hubiera casado.

Rosaura vivió para para llorar de la mañana a la noche a sus muertos, para velar por su hermano menor, Rubén, hasta el último día. A María, su hija, la cuidó como un tesoro que le costó mucho concebir. Sintió terror por su salud porque conocía de memoria el sabor de las ausencias; ahogó su juventud con reclamos absurdos y extendió la doctrina de su madre hasta el final de su historia.
Según sus propias palabras amó a un Dios que le arrebató la vida.

¿Puede una mujer vivir para los demás solamente para ser querida, quedarse detenida en el pasado llorando a sus muertos e ignorar, de alguna manera, a su esposo e hija?

¿Cuál será el porvenir de mi pasado?
José E. Pacheco

Nunca dejes que un recuerdo sea más fuerte que un sueño



Queridos lectores, hasta acá llegué con la escritura de los capítulos de la novela. Ha sido un gusto compartir con ustedes esta novela que me ha dado muchas satisfacciones.

---Manuela, una mujer real, a la que conocí y con la que compartí muchos años de mi vida era tal como la muestro, con virtudes y defectos, con miedos y obsesiones, pero también con una bondad arrolladora. Muy religiosa y creyente. Espero que les haya gustado. Si la quieren adquirir en el lateral IZQUIERDO están las direcciones.

Tengo muchas novelas, como diez, seguiré escribiendo sobre otras y también seguiré aportando algo para quien escribe y le pueda servir: interpretación de texto, semblanza de personajes, descripciones... etc. 

Tengo estos dos blog donde hablo también de mis otras obras:

LUJAN FRAIX

LUJAN FRAIX-BIBLIOTECA PERSONAL

Seguiré con mi novela: QUERIDA ROSAURA.


El silencioso grito de Manuela (Cap VII segunda parte)

 




Julián seguía respirando a través de sus hijas y nietas porque aunque Rocío y Encarnación estuvieran muertas él sentía que estaban presentes. Las amaba tanto que hubiera dado la vida por ellas. Damián también era su refugio para enlazar historias aunque debía reprimir sus impulsos y ocultar las lágrimas porque el joven, de quince años, sufría desde tiempos pretéritos anorexia nerviosa crónica que dejaba casi desnudas sus entrañas.

-Abuelo, háblame de mi madre-le preguntaba a Julián que entornaba los ojos y colocaba las manos en forma de cruz sobre el pecho.

-Dile a Manuela, vamos anda…

-No, cuéntame de ella.

Esa noche entre las paredes añosas, mientras escuchaban de lejos los rezos de Manuela, el abuelo comenzó a hablar de Encarnación. Por primera vez desde aquel día, cuando se quedó solo frente a la tragedia, se sintió perdido y a merced de Damián que lo observaba como un ser incomprendido.

-Encarnación es, porque está aquí, bonita de ojos azules. De niña solía correr con sus muñecas sucias detrás de los gatos con la rebeldía de su edad y la sabiduría de un adulto. Contestaba mal, desobedecía a Manuela, pero con su alegría inundaba la casa.

-Muéstrame su fotografía-dijo de repente Damián.

-Hijo mío, no molestes más a tu abuelo que ya está muy viejo.

Damián, tratando de retener la bronca, se levantó, dio un portazo y se fue a la calle. No entendía el porqué de tanto misterio; necesitaba tanto comenzar a ser a través de su madre, olvidarse de sí mismo para conocer su origen. ¿Por qué amaba tanto a alguien que nunca había visto?

Y así fue como su mano movió el picaporte. Era incapaz de huir porque en esa casona se escondía su mamá, aunque fuera solamente un alma coronada de flores. Encarnación alborotaba el aire de los cuartos y algún día, quizá, con la ayuda de alguien, despertaría de la profundidad de los roperos con el cuerpo lleno de algas para cobrar vida en algún retrato.

 


 

Lucía cumplió tres años.

José, su padre, no la había vuelto a ver después de aquel día del desmayo pero sabía, por amigos de la familia, que la niña vivía en el umbral de las sombras. Él no podía hacer nada porque Letizia había llegado a odiarlo. Ella poseía la misma obstinación que tenía Manuela por la muerte, eran tan pasionales para todo que cualquier persona cercana resultaba insignificante. Solían tener conversaciones fortuitas con médicos en la iglesia, en la estación de trenes, en el cementerio… para que nadie sospechara que ocurría algo extraño.

En el medio doméstico en el cual vivían, Lucía solía pisar hormigas, acariciar las amapolas y arrancar los geranios. Jugaba con sus hermanas en un barco anclado en el fondo del patio; esperaba, quizá, el naufragio de ese Titanic que sabía que la travesía se interrumpiría en algún momento.

Aura y brillo, perfume de tulipanes, alguna gata Máxima y el retiro absoluto…

-Aunque estemos acompañados somos individuales; cuando el alma consume el cuerpo, la soledad asoma el vigor y se prepara para compartir el espacio que todavía se puede rescatar-decía Manuela.

Nada era tan trivial y tan monótono que escuchar las reflexiones de esa abuela pueril en momentos en los cuales la angustia se apropiaba de los corazones.

Lucía despojada de aire y en el fondo de una cisterna que se desbordaba por sus cultos, estaba comenzando a regalar sus pocos años a los espejos de agua, a la rigidez de las fronteras, a las vallas, al camino abierto… porque su fragilidad demostraba que estaba muy enferma.

Letizia ya lo sabía y Manuela mucho antes que ella. A medida que pasaban los días, la familia comenzaba a sentirse más angustiada. Cuando todos creían que se hallaba recluida, Letizia apareció en el portal en compañía de Manuela que era esclava de la resignación. Micaela, la vecina, quiso interrogarla pero Letizia la esquivó con altivez; se acurrucó en los brazos de su madre para que le diera la bendición y luego miró a los curiosos como si fueran criados sin apellido ni linaje.

Lucía sufría una enfermedad terminal y su mamá estaba dispuesta a luchar. Encendió diez velas al retrato de Rocío y se llevó la mano al crucifijo que llevaba en el cuello. Tenerlo le daba seguridad y cordura aunque desde ese día Letizia Costa Río comenzó a vestirse de negro; olvidó las lámparas y bujías y se refugió en las tinieblas. Solamente salía a la calle cuando llevaba a la niña a la consulta con los médicos.

José se acercó para ver el inicio del tormento y para ayudar a Letizia a recorrer ese camino de espinas, más allá de los desacuerdos y de la falta de amor.

Manuela, al verlo llegar, se sentó bajo el parral aspirando el olor del muérdago.

-A qué vienes.

-Por favor, señora, tenga piedad…

Lucía se hallaba sentada sobre un plumón, vestida con encajes bordados y puntillas de Valencia. Lo miraba seria como si estuviera en un rito bautismal y con la absoluta certeza de que ese hombre, para ella, era un extraño. Dolores y Laura también lo observaban tímidamente con los ojos hipnóticos pues casi se habían olvidado de él y de su rostro famélico.





"La meta es el olvido, yo he llegado antes". (Jorge L. Borges)

 



Entre calvarios de ausencia y pianos que arrancaban lágrimas, la vida de Manuela se llenaba de fantasmas, de precarias lucernas del amor y es allí cuando buscaba en algún recodo, la PAZ.

El pasado era su morada para protegerse; llamaba a su madre y luego al padre para que tomaran sus decisiones. No sabía cómo continuar andando por la vida. Ellos no le habían enseñado a ser valiente.

----------------El silencioso GRITO  de MANUELA

El silencioso grito de Manuela (Nº1 en amazon)





Amazon España me dio esta sorpresa. No lo puedo creer todavía.
EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA fue el primer libro que subí a amazon en 2016 y que luego, en el año 2017, publiqué por Editorial Dunken de Buenos Aires, fue el Nº1 más vendido en su categoría.

Tuve la suerte de que el libro participara de la Feria del Libro de Buenos Aires 2018, de la Feria del Libro de La Rioja (Argentina) y en la Feria de Guadalajara. Gracias infinitas a quienes lo compraron y descargaron y a las personas que lo leyeron.
Abrazos para todos.

El silencioso grito de Manuela (Cap VII primera parte)




Nació Lucía con un tulipán debajo del brazo. Letizia ama de las plantas, de los pájaros y de los felinos, no quiso que su esposo la conociera. Sin embargo, José solía trepar los almendros tropicales del jardín para observar a la beba con su madre. Desde lejos, le parecía algodonada e inmóvil, sin la milagrosa risa de las criaturas comunes. Lucía era extraña igual que Letizia, eso lo perturbaba por las noches cuando el humo del cigarrillo se mezclaba con el ladrido de los perros y el ron. José quería aclararse la voz con té de malva pero cada vez se le tornaba más áspera.
 José estaba bebiendo mucho. Vivía en la campiña solitaria y solía vérselo con su traje negro caminar por los sembrados. La casa repleta de ropa sucia mostraba el abandono: los pisos resbalosos de tantas cáscaras de mandarinas, las sábanas manchadas con vino mientras las ratas llevaban sus crías a los albergues. Las arañas tejían redes playeras sobre los caireles junto a las cucarachas que gozaban de una libertad fétida y sin vigilancia.

Para José la vida sin Letizia y sus hijas ya no tenía sentido. A menudo, era juzgado por su conducta pero él no levantaba la vista del piso; tenía miedo al desprecio social y comenzaba a aparecer en su interior el terror de Manuela que no lo dejaba en paz.
Lucía, para él, era un bebé incompleto, un angelito con ojos de tristeza y blancura de nieve. ¿Había vuelto Encarnación como una novia empolvada o se trataba otra vez de Rocío?
En esa granja no existían las respuestas por eso decidió ir a ver a Manuela para saber algo sobre la salud de su hija. La suegra de José ya había perdido todo incluso la simpleza y sólo se conformaba con la compañía de espíritus y de un Dios que no se apartaba de ella en ningún momento.
-¡Qué buscas simplón!
-Necesito ver a la niña, por favor Manuela, soy su padre. Míreme, ¿qué ve?
-A un estúpido sin cabeza.
-No sea cruel, he venido porque me inquieta su salud.
-¡Qué sabes tú; aquí no ha muerto nadie!
-Le tengo miedo a los muertos, señora, porque son vigías en la oscuridad y ante las luces del sol. Pueden llevarse a quien más aman…
-¡Calla, perejil, el fuego del verano te calcinó tu cuero calvo!. ¡Vete!
Letizia apareció con Lucía en brazos y se quedó mirándolo como quien ve a un desaparecido.
-Ven, acaríciala…-le dijo.
José Rodríguez besó la frente helada de Lucía y un escalofrío que le recorrió el cuerpo lo hizo trastabillar y se desmayó. Julián le acercó un vaso de vino blanco y lo invitaron a cenar un arrollado de lenguado con camarones y crema.



-Hombre, pareces un ánima, debes alimentarte.
-Gracias-dijo José perturbado por una mezcla de malestares que lo dejaban sin raciocinio.
-¡Qué sientes, dime!
-Nada, Julián, debo irme, disculpe…
Se marchó sin mirar a nadie con la incapacidad física y emotiva que demostraba síntomas asociados con una depresión inminente.
En la calle, comenzó a caminar como ebrio sin noción del tiempo; quería abstenerse del pensamiento pero no podía evitar tropezar con la carita de Lucía que le parecía de piedra caliza. Ya no podía soportar lo peor; el amor le había consumido la sangre y ahora se hallaba sepultado debajo de la tierra y de las malezas en un lugar donde no se vuelve, pero tampoco deseaba regresar porque la palabra estaba dicha.

Letizia acunaba a su hija con aires de artista que había creado su máxima obra. Aquella idea era un delirio que le quitaba los pocos vestigios de cordura. Manuela y Julián volvían a dar señales de vida en torno a Dolores, Laura, Damián y Lucía. Apostaban al reconocimiento de la gente como personajes de bien; sin embargo, más de uno los señalaba por la difícil manera de encarar lo inocultable. De todas formas, parecían una familia que había sufrido las pérdidas casi sin reparar en ellas, con todo el dramatismo escondido detrás de las paredes y en la memoria: testigo de un terremoto existencial.


Las líneas del camino ya estaban trazadas y nadie dudaba en cambiar el rumbo; las barreras infranqueables, seguramente, serían derribadas como guerreros de Gujarac porque poseían todas las revelaciones al alcance de las manos. La prioridad, aunque no lo dijeran, era Lucía y su mirada frágil.
-Los ángeles usan la boca del prójimo para darnos consejos-solía decir Manuela cuando, por las noches cerradas, hablaba con el retrato de Rocío que parecía escuchar su voz apergaminada. Esa niña y su sabiduría eran fiel a los milagros que, quizá, tenía olvidados porque Manuela rezaba tanto sus oraciones mientras esperaba una respuesta que no llegaba.

-Purifica mi alma, escapa del sagrario y ofrenda una posibilidad de dicha; viajera, regresa a mendigar caricias porque la oscuridad ciega tus ojos de agua. ¿Es el fin del mundo, verdad?
Manuela divagaba porque no podía ocultar el idilio que tenía con su amada hija pero tampoco deseaba cruzar la reja porque sus huesos arrojaban frío. Sabía que en el fondo de la sombra estaba la tempestad, un demonio que no entendía de bendiciones y con quien tenía que luchar hasta dejar la última gota de sangre. Por momentos, creía ser tan omnipotente como Dios pero luego caía en el silencio que da la incertidumbre con su oleada de presagios. Ella era la niña que necesitaba abrigo porque el espejo no tenía cara para enfrentar sus arrugas.




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