Aluen (Cap 3-José Asturias. Primera parte)

 

3-JOSÉ ASTURIAS

  

LAS LEYENDAS

DIOS SE LO PAGUE 


      ‒Acá las mujeres siempre han sido muy bravas ‒dijo el párroco y se persignó frente a la imagen de Nuestra Señora del Carmen‒. Ella fue la primera que llegó a estos lugares. ¿A ti qué te pasa que estás tan pálida? ‒le preguntó a Aluen que había pasado mal la noche por los dolores‒. No tienes de que preocuparte, hija, estás a salvo.

‒Doler‒respondió.

‒El alma duele después de tantas injurias y faltas de respeto. Yo me sentiría igual, pero eso se va con el tiempo. De acá, en un par de años te habrás olvidado de los abusos de ese mal hombre.

‒¡Cuerpo! ‒gritó Aluen quien no quería preocupar al padre Hilario, pero ya no podía más del sufrimiento.

‒¿Qué? ¿Te duele el cuerpo? Hay que buscar un médico.

‒Sí, padre, Jacinto de la tribu ‒alcanzó a responder con un soplo de aliento.

‒¡No!

El padre Hilario cruzó la calle que daba a una plaza con dos banquetas a buscar a José Asturias, el médico. Lo encontró de casualidad porque iba a visitar a un anciano con neumonía que ya tenía poca resistencia; su deber era cumplir con la vocación de servicio.

‒Por favor, señor doctor, tengo en la iglesia a una joven india que está enferma. No sé lo que tiene y sufre de muchos dolores. Tengo miedo. Nunca lo siento por mí, pero sí por los demás.

‒Bueno, vamos rápido que tengo otras visitas.

Cuando llegaron a la iglesia, Aluen se hallaba en la cama en posición fetal por el intenso dolor.

‒Voy a revisarla ‒dijo el médico y el padre ser retiró del cuarto.

Al rato, y después de hacer conjeturas y observaciones, preguntas que Aluen casi no quería responder, el doctor dijo:

‒Querida, estás embarazada. No me atrevo a asegurarlo pero por los síntomas es eso. No te asustes, eres joven y resistirás. Acá no tenemos muchos recursos, solamente algunas matronas que hacen buen trabajo ‒le contestó Asturias con cierta frialdad, como quien va y viene, sin reparar en la desolación de Aluen.

‒¡No! ‒gritó la muchacha‒. ¡No! ‒Y se arrojó sobre el doctor, lo empujó y lo dejó sentado como un harapo en medio de la cama.

‒¿Qué le ocurre? ‒preguntó con ingenuidad el facultativo ante la llegada del cura ‒. Me ha agredido y me ha lastimado.

‒Disculpe, ya iré a su casa y le llevaré algo de la huerta como retribución porque no tengo dinero ‒respondió el párroco apenado‒. No le haga caso, es sólo una niña sin padres, desprotegida y torturada por la sociedad.

‒No son maneras ‒volvió a exclamar mirando a Aluen quien lloraba desconsoladamente de espaldas a ellos, como si estuviera en medio de la nada.

‒Le vuelvo a pedir disculpas. Mil gracias por haber venido. Dios se lo pague.


José Asturias se acomodó la ropa como pudo y se lamentó, en su interior, por haber venido a curar ingratos a esos parajes del fin del mundo. Más tarde, reflexionó, ya en su casa, y llegó a la conclusión de que esa joven no tenía la culpa de su proceder sino la misma sociedad que la marginaba. Quizá, no supiera de quién era el hijo. Era una víctima.

El padre Hilario se acercó despacio, le puso la mano sobre la cabeza y rezó una plegaria que Aluen respondió porque la había aprendido en la casa de doña Ramona.

Aluen (Cap 2-Aluen. Tercera parte)

 


Aluen miró con desconfianza, aunque ya conocía la casa. Es que el sufrimiento y la persecución de aquel hombre y de otros le traía recelo, miedo, deseos de huir y desaparecer para siempre. Nunca había sido feliz y ya era tarde para buscar nuevos senderos. Dependía de los demás para sobrevivir y eso la angustiaba tanto que por momentos quería morir.

‒La dejo entonces en sus manos ‒le dijo Pedro a doña Ramona que no tenía reparos en que Aluen se quedara allí para que colaborara en la cocina o en la huerta, pero la india parecía no querer quedarse. Estaba asustada.

‒Vamos, ayúdame con esto ‒le comentó y le señaló las tazas y los platos, pero Aluen dejó todo y salió corriendo como si alguien la estuviera amenazando nuevamente desde algún recóndito escondite.

‒¡Ven acá! ‒gritó doña Ramona.

Pedro ya se había ido para el Fuerte y no se enteró de nada, pero AluenLuz de Luna, vagaba por aquellas calles desiertas y enlodadas con el corazón abrigado por los recuerdos y con la convicción de que vivir así no tenía sentido. Se fue junto al río y se acurrucó detrás de unos peñascos. No sabía dónde ir, tampoco le importaba. Su cuerpo parecía un morral de piedras, no podía manejar sus ideas porque las fuerzas no eran las suficientes. Creyó ver una luz pequeña como una velita en la oscuridad de los campos que parecía una candela de rancho; sin embargo, era la iglesia del padre Hilario. Allí volvió con vergüenza para que el párroco la perdonara por no haberle obedecido.

Hilario se levantó en medio de la noche con una túnica blanca y la candela encendida. El golpe en la puerta le demostraba que había urgencias y que quien estaba del otro lado no podía esperar más.

‒¡Padre! ‒dijo Aluen y cayó de rodillas frente al religioso que no sabía qué decirle; se hallaba totalmente perplejo ante la situación. Aquella jovencita le daba muchísima pena.

‒No llores, te quedarás acá. Yo te protegeré, pero me tienes que prometer algo.

‒Sí, yo cumplir ‒respondió con un hilo de voz.

‒Soy un cura y no debo mentir, pero te ocultaré en la casa de Dios. Tú debes respetar mi palabra y no salir como la otra vez apenas un hombre te busque o reclame tu presencia. ¿Entiendes lo que intento decir?

‒Quiero morir‒repitió.

‒Nada de eso, tú te quedarás acá y hablaremos mucho. Creo que necesitas alguien en quien confiar, en quien apoyarte para sentirte segura. ¿Y ese joven Pedro?

‒Me dejó, se fue…, doña Ramona…

‒Entiendo… te llevó de doña Ramona. Bueno, él es un soldado y vive en el Fuerte.

La capilla había sido levantada cuando sólo había pampa y horizonte. Se congregaban pocos fieles que solían reunirse al lado de una de las puertas laterales, otros caminaban como en peregrinación alrededor de la iglesia. Se trataba de una construcción rectangular dividida en dos salones: uno en el frente donde se realizaban las pocas ceremonias religiosas de la época y el otro era para uso propio del párroco. Allí recibía a las personas de su confianza. Más atrás, había un par de habitaciones. En una de ellas refugió a Aluen para poder vigilarla y para que no se volviera a escapar.

‒Mira, para que no te aburras puedes cocinar o limpiar el confesionario, siempre que no te vea la gente sino van a pensar mal. Tú sabes que en estos pueblos chicos los chismes están a la orden del día. También puede venir el soldado. Si pasa, ¿qué haremos?

‒Esconder ‒respondió Aluen decidida.

‒Así me gusta. Luego me contarás bien el porqué de tu huida de la casa de Manuel Leiva.

‒¡No! ‒gritó y comenzó a llorar.

‒Bueno… bueno… ‒El cura no sabía cómo calmarla.‒ Mejor ve a dormir que mañana será otro día.

En ese claustro había tiempo para escuchar historias repetidas y detenerse también a contar las horas interminables. Todo era tan austero y aburrido que tenía la certeza de que no pasaría nada; sin embargo, todavía no estaba dicha la última palabra y el padre Hilario resultaba ser un inocente en ese sentido. Se fue hacia su cuarto a rezar un rosario entero y a pedir perdón al Altísimo. En el fondo algo le decía que estaba obrando mal, pero no podía dejar sola a la joven. Tenía un problema y estaba sufriendo mucho. Lo que no alcanzaba a comprender era por qué no había querido ir a la casa de doña Ramona. Tal vez, era un lugar demasiado expuesto y ese tal Manuel Leiva seguramente la encontraría rápido. No así cuando eligió al soldado. Aluen, ingenua, pensó que Pedro la ocultaría en otro sitio, alejado y secreto, donde nadie podría hallarla, pero la defraudó y era por eso que regresó a la iglesia tan abrumada.

‒¡Virgen Santísima! Concédele la paz. Amén.


La noche de invierno había caído espléndida sobre las tierras pobladas de rumores infinitos, como arrullada por el amor y las caricias. La brisa se deslizaba entre las hierbas con luz de lucernas que, frente al horizonte, mostraba el verdadero sentir de un pueblo que quedaba al fin del mundo. En el límite exacto donde los ángeles se transformaban en pájaros que dormían entre los hechizos de la noche.

Aluen no podía dormir y miraba el techo de la capilla como buscando respuestas a ese destino que le tocaba en suerte. No quería resignarse, pero la vida la ponía a prueba todo el tiempo para que reaccionase o para que se dejara llevar por su buena voluntad. ¿Quién era Pedro Medina? Algo en él le daba seguridad, pero era de necios confiar en desconocidos. No debía permitir que le pasara de nuevo. Los hombres la veían como un objeto de su propiedad para disponer de él cuando les diera la gana y a su antojo.

De repente, escuchó un ruido. Se levantó y miró por un agujerito de la ventana por donde entraba la brisa. Se ilusionó. Pensó en Pedro quien venía a rescatarla de ese mal sueño para llevarla con él. ¿Por qué soñaba con ese hombre? Ella era una india que debía seguir siendo esclava de los otros, sin pasado y sin futuro.

La mujer debía ser respetada con sus virtudes y defectos. Nunca ser juzgada sino observada con indulgencia.

En esas tierras tan lejanas e inhóspitas no había tiempo para códigos y valores. Los hombres blancos eran tan salvajes, a su manera, como los tehuelches. Querían establecer leyes arbitrarias, cumplir deseos absurdos, imponer ideas sin objetivos claros y sin dejar espacio para el reclamo. Eran tiempos de crecimiento y de hallazgos, cuando todavía había mucho por aprender sin la necesidad de invadir al otro.

Aluen se quedó tiesa en la cama y un dolor punzante le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies. Quiso gritar pero se contuvo… El padre Hilario no merecía que le trajera un problema más.


Aluen (Cap 2-Aluen Segunda parte)

 


Esos ejemplos llegaban de todas partes y algunas mujeres aceptaban, pero luego tenían que sufrir padecimientos: embarazos no deseados, hijos que criaban solas y esposas resentidas que las maltrataban de por vida.

Pedro se acercó a la capilla desierta donde se suponía que Aluen se había ocultado. El lugar olía a acacias recién cortadas, pero parecía desnudo hasta del Dios crucificado. El templo pintado de blanco tenía un altar de madera rústica, unos sillares en forma de L y dos velas en unos antiguos candelabros de chapa donados por alguna dama caritativa. Afuera soplaba el mismo viento que calaba el alma hasta los huesos.

‒¿Qué necesitas, hijo? ‒escuchó desde el vértice izquierdo de la casa de Dios.

‒Creo que entró aquí una muchacha asustada.

‒No, aquí solamente estoy yo y Cristo por supuesto.

‒Yo vi a una mujer esconderse tras estos muros. Dígale que la quiero ayudar y que no tenga miedo. Acabo de dejar malherido a un hombre, un rufián, que venía en su busca.

Aluen, quien se mantenía oculta en el cuarto de las hostias, se asomó despacio como una criatura a la que le acababan de pegar. Aquellos ojos verdes le llegaron al alma a Pedro y se sintió un héroe, el protector de esa niña india. ¿Qué tenía de especial? La desprotección que la transformaba en una dama digna de ser amada, querida y respetada. Pedro la vio…

‒Allá está ‒dijo.

‒Hija, ¿por qué has salido? Me prometiste que te quedarías oculta y que luego veríamos qué hacer contigo.

‒¡A esa casa no puede volver! ‒exclamó Pedro con decisión.

‒No, muchacho, tiene razón. ¿La ayudará?

‒Lo prometo.

‒¿Puedo contar con usted? Me jura que cuidará de ella. No entiende mucho el idioma pero algo habla. Es huérfana.

‒Deje todo en mis manos ‒respondió, el recio, Pedro Medina.

Aluen se acercó despacio y con miedo. Estaba cansada de huir de tanto hombre que se acercaba con sus malos instintos. Ella era diferente, pero no querían entenderlo.

‒¿Cómo te llamas? ¿Comprendes lo que te pregunto?

‒Aluen ‒dijo como pudo.

‒¿Qué bello nombre?

Luz de luna ‒volvió a decir la india tehuelche que miraba con cierta dulzura al soldado.

‒Que Dios los bendiga ‒agregó el padre Hilario.

 Pedro y Aluen salieron de la capilla sin decir una palabra. La calle enlodada los obligaba a caminar separados. No había rastros de don Manuel, quien seguramente, y ante el repudio de los vecinos, había vuelto a su casa. No quería quedar expuesto, pero las vecinas lo habían visto y en un pueblo chico los chismes se desparramaban como un reguero de pólvora.

Aluen miró a Pedro y pensó que un hombre la había maltratado y humillado delante de la gente durante años y ahora otro se había jugado por ella. No eran todos iguales como pensaba. Muchos la reconocieron cuando llegó a la Comandancia. Allí hizo la denuncia y contó las miserias que había vivido. En un país que luchaba por su libertad no podían existir esclavos negros ni indios.

‒Irás a la casa de doña Ramona ‒dijo Pedro.

‒Yo vivir allí antes ‒comentó Aluen con cierta paz en su sonrisa.

‒Por eso mismo. Ella no tendrá inconvenientes en protegerte por el momento, después veremos…

Cuando llegaron a la vivienda de doña Ramona notaron ciertos murmullos. La joven que les abrió la puerta dejó ver una habitación con una mesa con dulces, pan casero, y hermosa vajilla. Estaban festejando algo. Algunos visitantes y familiares se dispersaron hacia los cuartos con preocupación y sorpresa. Un soldado y una india no era común ver todos los días.

‒Pasen y tomen una taza de té ‒dijo doña Ramona.

El té era una tradición traída de Gran Bretaña y allí se respetaba como si fuera un rito.

‒¿Puede proteger a Aluen? Si no tendré que buscarle otra familia. No puede regresar con don Manuel, ¿usted me entiende lo que quiero decir?

‒Sí, ella se quedará acá. Ya la conocemos, es una buena muchacha.

Aluen (Cap 2-Aluen. Primera parte)

 



2-ALUEN

  

CARMEN DE PATAGONES

LOS HOMBRES BLANCOS

 

En el verano de 1824, los habitantes de Carmen de Patagones hablaban azorados sobre la orden que había llegado del Ministro y Secretario de Gobierno, don Bernardino Rivadavia. Se otorgaba la libertad a la negra Juana y a su familia, propiedad hasta ese momento de doña Josefa García, esposa de don José Guardiola.

Esos comentarios traían confusión y enredos de alcoba que poco le importaban a Pedro Medina. Se sentó en una silla de paja de tres patas y se puso a recordar otros tiempos.

‒Hay que ser astuto para vencer. Con ropas y estandartes diferentes fuimos uno solo en aquel combate mientras las mujeres y los ancianos llevaban pañuelos rojos. Se veían desde lo alto de las murallas.

‒Hablando solo ‒le dijo un compañero que se acercó despacio y sin hacer ruido.

‒Es que no hay cómo molestar al silencio más que con un grito apagado, pero grito al fin. Uno acá se pone hosco, huraño y hasta se olvida de hablar.

‒Con una mujer todo se soporta: el viento, la tierra seca, y hasta la pobreza ‒respondió el amigo intentando darle ánimos a Pedro que parecía derrotado.

‒Para tener compañera hay que estar enamorado.

‒Eso no es cierto, acá se juntan entre parientes. Dicen que no hay que mezclar la sangre con otra nueva.

‒Eso no va conmigo.

De repente, se escucharon unos gritos que venían desde la calle y se asomaron a mirar. Era una mujer, una india joven, que corría desesperada hacia el río. Detrás iba un hombre mayor que ella, de unos cuarenta años, que parecía amenazarla con sus insultos. La muchacha lloraba.

Frente a la puerta de la casa, se asomaron doña Ramona y su sobrina Francisca que habían estado tomando mates en el patio, tratando de refugiarse del viento.

‒Allá va Aluen, ¡pobre muchacha! Otra vez el Manuel no la deja en paz.

‒¡Es tan buena! No parece indígena, se nota que está educada por los patrones ‒respondió Francisca.

‒Es que cuando estuvo en esta casa le enseñamos algo de castellano, mientras nos ayudaba en las labores diarias. ¡Oiga, don! ‒le gritó a Pedro‒. ¿Por qué no la ayuda?

Pedro Medina salió detrás de ellos sin que se lo dijeran dos veces. Alcanzó a atrapar a Manuel que estaba algo agotado por la persecución. Pedro lo tomó del cuello de la camisa que llevaba desabrochada y le preguntó con un tono brusco y desafiante como solía hacerlo siempre:

‒¿Qué quiere con la india?

‒¡Está en mi casa! ¡Qué le importa!

‒No sé, pero sospecho que por algo se escapaba y que usted es el culpable. ¿Me equivoco?

‒Si cree que me va a intimidar porque es un soldado está muy equivocado. ¡La busco, sí! Y ya sabe para qué…



Pedro le dio un empujón y lo dejó de cabeza en el lodo, sin poder moverse, y sin reaccionar. Le dolía todo el cuerpo. Manuel era el dueño de la casa donde Aluen trabajaba por comida y por una pieza. Él tenía esposa y dos hijas, pero le gustaba aquella hermosa nativa de ojos verdes y de pelo largo. Es que era bella y frágil, manipulable, tan etérea como un ángel, indefensa pero brava.

Pedro la buscó, pero ella se ocultó en la iglesia.

Manuel había escuchado que don Guardiola había perseguido hasta el cansancio a la negra Juana.

Te daré tu libertad a cambio de unos favores.


Aluen (Cap I-Francisco de Vietma. Tercera parte)

 



Pedro Medina, soldado del cuerpo de Artillería, quería desertar. Con el mayor sigilo planeaba la partida. Tenía miedo porque era arriesgar demasiado y podía llegar, si lo descubrían, a una sanción mayúscula. No quería pensarlo… Necesitaba dinero que, obviamente, escaseaba. Sabía de un compañero que también quería escapar ayudado por una mujer llamada Ana María Castellanos, pero no confiaba demasiado en aquellos enredos y amoríos. Él era un hombre libre. Se mantuvo agazapado esperando la caballada que le habían prometido a los dos, pero don Francisco de Vietma se adelantó… Hizo detener a Ana María en su casa, quien se dio cuenta de que había sido traicionada por algunos cómplices.

‒¡Usted lo instigó a la fuga! Será condenada a dos años de prisión en Uruguay. En Vietma no hay lugar para vagabundos y desertores y menos para mujeres que no cumplen con sus deberes.

Pedro supo que aquello era demasiado peligroso y decidió quedarse a merced de su tropa, muy a disgusto, convencido de que era imposible alejarse de aquellos lugares, ya que sería castigado por rebeldía. Pedro Medina se sentía abatido; podría haber caído en el abismo de la traición, sin freno ni límite, bajo la emboscada tendida por las confabulaciones de Ana María Castellanos y Bernardo Patruller.

La mujer estaba desesperada; se comentaba que quería morir sin aquel amor porque Patruller sí alcanzó a huir. Se hablaba mucho de la horca y de otros castigos porque la deslealtad era una condena que debía pagarse con la vida si así fuera necesario.

¿Cómo no se dio cuenta antes?

Sabía que era difícil, pero no imposible. Patruller era de esas personas que contagiaban el entusiasmo y el optimismo y, frente a las dudas y el desconcierto, no le costaba nada a Pedro Medina intentar alcanzar la libertad. Es que no sabía. Todavía no se había dado cuenta de lo que era capaz don Francisco de Vietma. Ahora ya lo conocía y no quería enfrentarlo; estaba dispuesto a obedecer aunque se le fuera la vida en ello. El destino lo obligaba a permanecer a la vera de los días desorientado y febril.

***

Un año después, las familias se multiplicaron y empezaron a ver el fruto de las cosechas. En las fincas cavaban fosas o cuevas para defenderse de los ataques, hacían guardia de noche para escuchar la llegada de algún malón. Las mujeres a la par de los hombres trabajaban la tierra. Les suministraban arados y manceras. Las madres cuidaban a sus hijos porque algunos nativos, rebeldes y descontrolados, solían llevárselos después de quitarles los cueros de ovejas.

A los aborígenes Patagones se los llamó maragatos.

Pero fueron las mujeres quienes llevaron adelante la empresa del hogar cuando el hombre se alejaba o se moría. Eran diestras para manejar el arado, llevarlo por el surco guiado por el caballo y luego caminar leguas con el viento azotando los cabellos y la piel curtida. El sacrificio de saber que, contra viento y marea, tenían que salir adelante enfrentando todo tipo de obstáculos y las inclemencias del tiempo. Aquellas mujeres fuertes eran ejemplo para varias generaciones posteriores, las que vendrían a ocupar sus puestos.

Sabían que debían defender la soberanía del sur con el temple acostumbrado, buscar energía en las tareas diarias, hacer mucho y decir poco, lo necesario, y convivir con el nativo tehuelche que solía ser esquivo, traicionero y emprendedor de batallas.

El tiempo, artífice de las horas, caminaba a paso de gigante entre los ranchos de adobe y la ansiedad por encontrar el espacio para que el cansancio sólo fuera una demostración más de que estaban haciendo bien la tarea de colonizar. Los indios pensaban en invasiones y los veían como enemigos. El rencor los llevaba a reaccionar de manera negativa frente a esos blancos autoritarios y representantes de otros que sabían dictar leyes que no respetaban su autoridad. Era tarde ya para reclamos. Los colonizadores estaban instalados para formar familias futuras y caminar al lado, si era posible, sin miramientos.

Patagonia argentina


Con motivo de la guerra con Brasil y del bloqueo que mantenía con el río de la Plata, Carmen de Patagones empezó a recibir el arribo de barcos. Comenzaron a circular personas de todas las nacionalidades, dinero fácil, negros esclavos que iban desde África hacia Brasil. Muchos de ellos fallecieron por las temperaturas bajas y por haber sido abandonados a su suerte a orillas del río Negro.

La situación cambió para aquel pequeño pueblo de casas de adobe que se dispersaba alrededor del Fuerte. Junto al río, como acompañando su cauce, se hallaban las familias españolas que por lo general y para que no hubiera demasiadas complicaciones se casaban unos con otros sin importar el parentesco. Los indios más entendidos se acercaban con la finalidad de comerciar sus productos, especialmente pieles y plumas. Los negros los miraban de lejos y los extranjeros con curiosidad. No confiaban en ellos, pero parecían haberse adoctrinado con la cercanía de los nuevos habitantes. De todas maneras, no dejaban de reaccionar ante alguna emboscada. El pueblo era demasiado pequeño y aburrido, con algunas personas de dudosa integridad que llegaban desde Buenos Aires. Lo cierto era que vivían a merced de los aborígenes, del viento que traía algunos barcos, y de la gente que armaba historias muy inverosímiles para subsistir.

El desaliño de esa pobreza daba lástima y los pobladores se sentían solos y desamparados, a veces ociosos, con el abrazo a medio camino y el deseo, casi elemental, de huir en busca de otros horizontes más prósperos. Algunos ya habían sembrado raíces en ese lánguido suelo que no querían abandonar y otros como Pedro Medina, quien miraba el horizonte frente al mar, necesitaba oxígeno porque todo le parecía hueco, fantasmal, sin pasión y sin sangre.

¿Por qué estaba allí? No lo sabía. Tal vez, era demasiado perezoso para arremeter con la vida.


ALUEN

La colonización de la Patagonia argentina

Los indios tehuelches

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Aluen (Cap I. Francisco de Vietma. Segunda parte)

 




Un día, cuando menos lo esperábamos, se presentó ante nosotros un hombre de figura gigantesca. Estaba sobre la playa, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose arena sobre la cabeza… Al vernos, dio muestras de gran extrañeza y levantando el dedo, quería decir que nos creía descendidos del cielo. El hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados de un círculo amarillo y dos trazos en forma de corazón en la mejilla… Pigafetta “Viaje alrededor del mundo” (indio patagón)

 

La india Teresa fue un personaje peculiar. Se unió a los españoles y los acompañó a descifrar los enigmas de la Madre Tierra como robos y ataques.

Dos mujeres blancas que permanecían en las tolderías por haber sido llevadas cautivas, fueron rescatadas: Andrea Pérez y una niña Anastasia Santiesteban quien había aprendido, por haber estado rodeada de indios, su idioma y sus costumbres. Ella decidió quedarse en esas tierras porque sabía manejarse entre los arbustos espinosos, el suelo agreste y el trato a veces cruel de los nativos, quienes dominaban, con su carácter esquivo, las ideas poco conciliadoras.

Anastasia se quedó al cuidado de Francisco de Vietma; lo ayudó a confirmar sospechas sobre las intenciones de los indígenas que solían acercarse a la casa de Vietma para espiar sus movimientos: esa curiosidad que los alteraba y los confundía porque no comprendían el manejo de los blancos a quienes le temían pero también desafiaban… Estaban dispuestos a arremeter contra ellos; no tenían salida ni escrúpulos. No se podía pedir cordura porque se hallaban exasperados. Finalmente, Anastasia regresó a Buenos Aires.

Los hombres empezaron a convivir con las indias. Llegaron a ser castigados y hasta se convirtieron en seres indiferentes, fríos, sin sentimientos. Nacieron niños de esas uniones que fueron más de una vez rechazados. Los soldados querían escapar porque la vida era demasiado sacrificada, pero los pobladores también sufrían carencias: no había arados ni bueyes, no tenían ropa y dormían en cobertizos de juncos.

 

 

En la región patagónica, azotada por los fuertes vientos, la vegetación arbórea era achaparrada y los pastos duros.

En el invierno, en las cercanías de río Negro, a sesenta u ochenta millas del mar, donde el valle tenía más de nueve mil metros de anchura, era habitable solamente en el lugar donde existía agua para el hombre y los animales y donde la tierra producía algunos pastos y granos. Era nivelado y terminaba abruptamente al pie del barranco en forma de alero sobre la meseta.

Pedro acostumbraba salir todas las mañanas a caminar por el valle, tan pronto como llegaba a lo alto se internaba en la espesura gris, y allí se sentía más solo y alejado de toda mirada humana que parecía estar a mil kilómetros, en vez de a diez que lo separaban del río y del valle escondido. Ese desierto que se extendía hasta el infinito, nunca cruzado por el hombre y donde los animales salvajes eran tan escasos que ni siquiera habían dejado algún sendero visible, se le presentaba tan primitivo, solitario y lejano que, de morir allí, los pájaros devorarían su cuerpo y sus huesos se blanquearían por el sol y el aire, nadie hubiera hallado ni los restos, olvidándose de que alguien salió una mañana y no volvió jamás.

 

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Los indios tuvieron protección que fue iniciada por Isabel La Católica.

Los misioneros fueron sus grandes defensores, sobre todo el padre Las Casas y el Papa Pablo III quien los declaró seres racionales a los que no se podían privar de su libertad ni de propiedades o convertir a la esclavitud.

Los aborígenes y sus familiares encontraron también toda clase de enseñanzas en las Reducciones, tanto jesuíticas como franciscanas a partir de 1610.

Y así los Tehuelches-llamados patagones por los españoles- de gran estatura y robustez recorrían sus zonas y se alimentaban con mariscos y frutos del algarrobo, fresas, papas silvestres, hongos y raíces. Vestían pieles, se adornaban con plumas y se pintaban el cuerpo. Le gustaban la música y el baile, pero eran muy belicosos.

 ALUEN
La colonización de la Patagonia argentina
Los indios tehuelches.

(novela histórica)

Feria del Libro


 




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Argentina.

Aluen. (Cap I-Francisco de Vietma. Primera parte)

 



1-FRANCISCO DE VIETMA

 

 

MADRE TIERRA
LOS TEHUELCHES


La Madre Tierra sabía de ausencias, de olvidos y de historia.

Se entregaba a los vientos que venían del mar hasta las costas. Muchos habían intentado las conquistas, dejando sus deseos frustrados por el inhóspito territorio de la Patagonia argentina.

El llano se mostraba brumoso y vasto, tierra adentro, y dejaba entrever la aspereza de ser un enemigo más, como sus fronteras salvajes. Aquellos hombres parecían ser ajenos a la civilización, pero permanecían en ese suelo desafiando las leyes divinas con la convicción, casi brutal, del odio simulado.

Llegaron entonces otros hombres para enfrentar, a veces, con la vida a una civilización distante y única. Se contaban de ellos mil relatos increíbles que dejaron de serlo cuando los conquistadores y misioneros pisaron el suelo bendito.

¿Sabían a quiénes tenían que enfrentarse?

Detrás del fuego que vio Magallanes en el siglo XVI existían pueblos de indios llamados yámanas y Alakalufes que comían cangrejos, hongos y raíces. No eran tan irreales pero inspiraban respeto porque ése era el territorio tehuelche: manso, ágil, con habilidades extremas para la caza. Los yámanas, en cambio, recorrían las aguas en las canoas y pasaban las horas entre la realidad y el silencio que consumían sus afamados deseos de permanecer a la sombra.

Cuando llegaron los extraños habitantes de otros países, comenzó el miedo y la acechanza, el desorden y la intolerancia. Dejaron de ser mansos para levantarse en pie de guerra. Muchos murieron… Carlos III-rey de España- envió familias para colonizar la Patagonia. En esas tierras casi no había mujeres y los indios, al verlas, sintieron la curiosidad obvia a lo desconocido.

 


Los abnegados misioneros intentaron la conquista espiritual de los indios de la Patagonia. Estos pertenecían a la oleada de cazadores mayores. En su patrimonio cultural no entraba la vida sedentaria. Difícil-casi imposible-era reunirlos en misiones fijas para evangelizarlos.

Su adhesión al sacerdote sólo podía consistir en una especie de recurso “al hombre que sabe mucho”, sobre todo al hombre que sabía curar heridas, encender rápidamente el fuego, proveer de cuchillos, telas y adornos. Terminado esto “el hombre sabio” dejaba de ser útil y se lo asesinaba…

Esto mismo sucedió con los misioneros.

Nicolás Mascardi, después de haber tratado de enseñar el cristianismo entre los indios de las actuales provincias de Neuquén y de Río Negro, fue asesinado en 1663. Este religioso realizó la increíble hazaña de atravesar la Patagonia desde el valle de los Vuriloches hasta Tierra del Fuego.


En 1779 con la misión de sostener la soberanía de España sobre la organización de las ciudades, llegaron los hombres enviados por el rey Carlos III.

Francisco de Vietma fundó a orillas del curu leuvu-río Negro-en aborigen, la ciudad de Carmen de Patagones. En esa ardua tarea incluyó a los indios, pero muchos decidieron huir porque Viedma era una persona demasiado rígida y arbitraria que no respetaba la paga y la comida. Mezquino como pocos.

Más tarde, llegaron las familias pobladoras con todas las precauciones de empezar una vida de sacrificio en un lugar hostil, pero con el deseo de superación y de lucha. Eran cinco mujeres y dos niñas: veinte personas que se mezclaron abruptamente con las indias y las cautivas.

Esos nativos habían alcanzado el menor grado de evolución, viviendo de la caza y de la pesca, de acuerdo a los lugares donde se encontraban. Su número era relativamente escaso, pues la fauna de la región se caracterizaba por la corpulencia de los ejemplares. Como eran nómadas, poco les costaba alejarse del lugar que no les resultaba grato.


ALUEN

La colonización de la Patagonia argentina.

Los indios tehuelches.

Aluen. La colonización de la Patagonia argentina. Los indios tehuelches.

 SINOPSIS

-La colonización de La Patagonia argentina-

-Los indios tehuelches-


Había una vez… una patria olvidada que se transformó en un nuevo hogar para muchos aventureros del mar. Sabían de los vientos y del frío, del peligro de enfrentarse a los pueblos indígenas, pero nada fue un obstáculo para hallar un horizonte para sus hijos.

¿Quiénes habitaban esas tierras?

La historia de Aluen-india tehuelche-es el reflejo de la lucha y la superación, de la soledad y del respeto por los ancestros.

Ella sufrió el acoso y tuvo valor, le robaron a un hijo y encontró el amor en Pedro Medina en Fuerte del Carmen, un soldado del cuerpo de Artillería.

Aluen fue víctima, pero desafió a su tío Namba, cacique tehuelche, en busca de su hijo.

¿Cómo se actúa frente a una situación límite cuando todos los que dicen quererte y prometen ayudarte, de repente, desaparecen?

Ella enfrentó a los colonizadores y a los hombres de su misma sangre. 

¡Vencida jamás!


LA PATAGONIA ARGENTINA

 INTRODUCCIÓN

 

Para reafirmar sus derechos sobre las tierras de América, España envió sucesivas expediciones al Nuevo Mundo. La tentación de la aventura, la ilusión de lo desconocido, convirtieron así en improvisados colonos a muchos hombres que se lanzaron a la conquista.

La ocupación del extenso territorio americano se fue haciendo lentamente y muchas veces al precio de la sangre derramada: de los europeos y de los nativos que no querían ceder lo suyo.

Al mismo tiempo que los conquistadores, llegaron a América los sacerdotes católicos dispuestos a difundir los principios de la fe cristiana. En su misión evangelizadora, contribuyeron a iniciar a los aborígenes en el conocimiento de la lengua española, con la cual se suavizaron, en parte, las relaciones entre conquistadores e indios.



Los misioneros, pertenecientes en su mayoría a la orden de los jesuitas, establecieron en el Nuevo Mundo pequeñas poblaciones en las que vivían grupos de familias indígenas. Allí se enseñaba a los nativos a cultivar el suelo, a criar animales domésticos y también a desempeñarse en industrias sencillas como la alfarería, la curtiembre, el tejido, la orfebrería…

Con los años otros fueron los navegantes que se arriesgaron a pisar el suelo argentino.

La opresión inglesa los empujó al mar en busca de un sitio donde cultivar libremente su lengua, su religión y sus tradiciones. Alentados por un informe del capitán Fitz Roy-aquél que espió las costas americanas en compañía de Darwin-eligieron el valle inferior del río Chubut (corrupción de “Chupat” nombre tehuelche).

El grupo inicial llegó en 1865 a bordo del bergantín “Mimosa”. Lo integraban ciento cincuenta hombres, mujeres y niños, provenientes de casi todos los condados de Gales. Había desde picapedreros hasta maestros de escuela, tipógrafos y farmacéuticos.

Con estos pioneros arrancó la primera colonización perdurable de la Patagonia argentina, tres lustros antes de la Conquista del Desierto, cuando los indios dominaban el territorio y la población más austral era Carmen de Patagones. Años después, el aporte de nuevos inmigrantes sumó cinco aldeas al primigenio Trerawson (pueblo de Rawson-homenaje al ministro que apoyó la aventura) y llevó la Nueva Gales del Sur hasta el país de los Andes.

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ALUEN------

Lujos de pobres, miserias ricas...





 Novela que escribí pensando en la emancipación.
La Revolución de Mayo de 1810. 

Los argentinos eran libres después de tantas batallas. Los hombres tenían identidad y se transformaban en próceres porque ya no tenían que rendir cuentas.

En un pueblo pequeño del interior se libraban otras guerras y eran tan arduas que resultaban pesadas. Cargaban morrales viejos de tantas leyes y egoísmos, pero era necesario salir al frente para luchar por los ideales, por el amor y la verdad.

"Las niñas bien", así se las llamaba a las jóvenes de buena posición social, tenían que cuidar las formas y respetar al padre, pero las hermanas Aguirre hacían todo lo contrario. Lo enfrentaban, aunque luego tuvieran que escuchar sus reclamos y sus órdenes. Cada una, con una historia de vida diferente, fueron logrando sus propósitos en una sociedad muy conservadora, mientras la abuela Blanca era testigo, desde su buhardilla, en la que se encontraba prisionera desde hacía muchos años, de las alegrías y las tristezas.

La criada Tadea resultaba ser el nexo que conservaba con su casa, la que le pertenecía y de la que había sido despojada, por un capricho demasiado injusto. Su sillón estaba vacío y la esperaba junto a la chimenea para tejer sus pañoletas de invierno.

---------------------Gracias por estar y acompañar mis historias que mucho tienen que ver con aquellas que me contaba mi padre, con el amor y el desamor, con las luchas cotidianas... parecidas a las de hoy.

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