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lunes, 17 de junio de 2024

Licia (Cap V. La mirada de Celine-2da parte)

 


Durante la comida se molestó al observar a su madre. Ella le volvió a hablar, sin insistir demasiado, sobre su salud y él solamente la escuchó, con el plato lleno, sin levantar la vista.

Antoine se mostraba serio y contrariado. Celine fue a sentarse sobre sus rodillas con un enorme gato pardo que llevaba en sus brazos. Decía que Theo también quería participar de la conversación o de las pausas que se colaban a la hora de estar reunidos. El motivo era Alexandre, quien ocultaba cosas. Theo dio un salto sobre la mesa y se tumbó allí; contemplaba con sus ojos amodorrados a Rosalie a quien amaba.

‒Alexandre, ya no pregunto más qué os ocurre porque es como hablar con una roca. ¿Antoine podéis intentarlo?

Antoine prefirió callar por un instante. Tenía la vista fija en el piso; estaba tan preocupado como Rosalie. Después alzó lentamente la cabeza y detuvo la mirada en su familia.

Rosalie y Celine le sonrieron. La aguda observación de la niña lo había maravillado.

‒Hijo, no os quiero confundir pero ya es demasiado. Os noto diferente, cambiado. Sé que no queréis hablar pero tenéis que hacerlo por tu bien y el de todos.

Alexandre ya no se sentía contento de vivir con sus padres. No tenía más que una idea que lo perturbaba: escaparse, atravesar la campiña y llegar a otro lugar donde no pudiera alcanzarlo nadie. Temía ser juzgado por un organismo superior. El pánico de morir lo atosigaba…

‒No os preocupéis tanto por mí. ¿Es que no tenéis vida propia? No soy un niño aunque lo parezca por mis actitudes pueriles.

Alexandre se sentía sofocado por esas miradas, sobre todo por los ojos de Celine que parecían hablarle. Creía que la muerte lo cercaba para demostrarle su presencia.

Antoine se hallaba ensimismado por pensamientos atroces de culpa. Se consideraba un mal padre. Tenía la vista hundida en el abismo. La tierna Celine, vencida por el sueño, hacía enormes esfuerzos para mantener los ojos abiertos. Alexandre la observaba de vez en cuando y sentía como una punta de lanza en su cuerpo debilitado. Había hecho todo mal, lo sabía desde hacía siete años.

‒Después de Dios, el corazón del hombre hace milagros ‒dijo como al pasar Rosalie que creyó que era inútil seguir tratando de bucear en el interior de su hijo. Nada lo sostenía, todo lo afligía. ¿Por qué?

De noche, Alexandre caminaba dormido por la casa. Nadie lo escuchaba. Se sacudía como un perro de lanas antes de acurrucarse en el sillón de la sala de lecturas entre una montaña de libros de hojas amarillas. Las ruedas de los carruajes, en su camino de Nanterre a París, lo despertaban y, sin tener idea de cómo había llegado hasta allí, corría a su alcoba. No podía liberarse de sus fantasmas, pero al rato se vestía para ir al colegio. Llegaba con la brisa frígida de la mañana. Le gustaba aquel viejo Instituto. En el piso bajo pasaba a través de los perfumes del herbolario, de los barreños de espinacas y de los recipientes puestos en el fondo del patio. Después subía por la escalera de caracol, llena de humedad, cuyos escalones empinados eran peligrosos. Frente a los escaparates de animales disecados se detenía a observar como alienado las plumas y los ojos de vidrio de aquellas especies y luego se dirigía nuevamente a la biblioteca a roer páginas enteras de textos. Estaba obsesionado; buscaba respuestas que no hallaba porque quería salvarse.

Celine, quien ya tenía siete años, recibía la educación que Rosalie le podía dar. Tenía en su cuaderno una página de escritura de excelente caligrafía. Escribía poemas breves. Se dejaba llevar ingenuamente por las ideas que bullían en su cerebro olvidándose de todo aquello que la rodeaba. Llenaba hojas enteras con palabras: padezco, contemplo, respiro, pienso…

Sabía muy bien de qué estaba hablando y hasta podía ver el desorden mental de Alexandre pero no lo decía.

‒Madre, lo he visto. ¡Rosalie! ‒gritaba.

‒¿A quién?

‒La estrella que le guía jamás lo hará volver, ya está dañado de olvido, de abandono y de agonía.

‒¿Quién os enseña a escribir esos poemas?

‒Nadie ‒continuó‒. Recogeré sus alas fatigadas y en un poster aliento todavía llorará su destino infortunado.

‒¡Qué inteligente que sois Celine! Estoy orgullosa de vos.

‒Gracias, madre. Solamente sueño y puedo ver fulgores y cenizas, fieles que lloran, arrebatos de vida.

‒Oh… no habléis así que me inquietáis.

‒¿Por qué? ‒contestó Celine entre risas.

‒Me parece que copiáis versos de los libros para sorprenderme.

‒No, aparecen de repente y me tocan la cabeza. Son luceros en la noche, chispas y estrellas. Todo junto. Batallas que da el futuro.

‒¿Y tu abuela qué dice?

‒Que no la mire a los ojos porque le hace mal.

‒Y eso ¿por qué?

‒No sé. A Alexandre tampoco lo puedo mirar. Él no me quiere ‒dijo Celine con lágrimas mientras abrazaba fuerte, dolorosamente, a su muñeca.

‒Eso no es cierto, él os ama. Lo que ocurre es que Alexandre es un hombre. Os lleva muchos años y está pensando en doncellas y todo eso.



‒No. Él se levanta de noche y vigila la casa. Mira hacia afuera para ver si hay duendes y luego va a la sala de lectura a devorar palabras, como yo, pero en silencio. Está preso, no quiere ser libre.

‒¿Cómo sabéis vos que hace eso? ¿Lo veis, acaso?

‒No, pero lo sé ‒respondió Celine y salió corriendo rumbo a la cerca del jardín donde reinaba un hielo de ultratumba‒. ¡Rosalie! ‒gritó.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------María Antonieta, La Revolución francesa, Las gemelas, Luis XV, Las ejecuciones, Versalles.

domingo, 16 de junio de 2024

Licia (Cap V. La mirada de Celine-1era parte)

 


V

LA MIRADA DE CELINE

 

El sueño de María Teresa de Austria era que su hija se convirtiera, con los años, en reina de Francia. La emperatriz se esforzaba por casar a su hija con el mayor de los nietos del rey Luis XV, el delfín Luis Augusto y futuro Luis XVI. Al mismo tiempo, acariciaba la idea de unir a otra de sus hijas, Isabel, con el viejo Luis XV. Se trataba de sellar la alianza franco-austríaca concretada en 1756 por el tratado de Versalles, con el fin de neutralizar la ascensión de Prusia y la expansión de Inglaterra.

 

Mientras esperaba su presentación en la corte de Versalles, Madame Antonieta hizo una demostración de arte en un acto organizado por su familia. Cantó varias coplas con sus hermanos que formaban una especie de orquesta: José con el violonchelo, Carlos ejecutaba el violín, Fernando con el tambor, María Ana y María Cristina, sobrias y elegantes, en el piano. Se trataba de una fiesta organizada por la emperatriz en honor de su esposo Francisco de Lorena.

María Antonieta prefería la compañía de su padre, eso lo demostraba siempre en la vida diaria ya que los unían los mismos gustos: la música, los bailes, las reuniones y los paseos a caballo.

En agosto de 1765, Francisco de Lorena murió de un ataque de apoplejía. María Teresa compartió, desde ese momento, el poder con su hijo mayor quien se convirtió en el emperador José II.

A pesar de que madre e hijo se profesaban un profundo cariño, como gobernantes disentían: María Teresa era prudente y conservadora en tanto que su hijo era renovador. Él viajó mucho para conocer los problemas de sus súbditos; no le interesaba la etiqueta de la corte y muchas veces se hospedó en posadas. Fue nombrado el emperador del pueblo porque buscó siempre mejorar su condición, pero ello no impidió que gobernara en forma absolutista.

María Teresa y José se caracterizaron por la centralización administrativa y la germanización de todas sus posiciones. Viena fue la única capital, correspondiendo un rol secundario a Budapest, Milán y Bruselas.

En el orden religioso, María Teresa realizó reformas por su profundo catolicismo, pero José II creó la Iglesia nacional donde reconoció igualdad de derechos a todas la confesiones, excepto a los judíos que a pesar de ello pudieron permanecer en Viena a cambio de un impuesto especial.

 

Francisco de Lorena había dejado, antes de morir, unas palabras para su familia. Eran consejos, códigos de vida y deberes. María Antonieta era muy niña para comprender las advertencias de su padre donde hablaba también sobre la economía, el juego, el favoritismo y la caridad; sin embargo, una noche de invierno cuando oyó comentarios sobre la miseria que existía en ciertos barrios de Viena, ella entregó a su madre una caja con cincuenta ducados:

‒Quisiera dar este dinero para los pobres y desdichados.

La niña entendía que había que hacer el bien, despojarse de soberbias y transmitir lo bueno que llevaba dentro: la caridad del gesto y de la palabra.

 

En 1763 Mozart fue invitado a la corte de Viena. El músico, algo torpe, trastabillaba en el entarimado y la gente se mofaba. María Antonieta, con siete años, lo ayudó a incorporarse más de una vez. El pequeño artista, dotado de gran carisma, allí mismo le propuso matrimonio rendido por los encantos de la niña; sin embargo, ella no era un prodigio de virtudes. Se mostraba rebelde ante los profesores: una alumna totalmente incorrecta que hablaba sin descanso. Se embriagaba con las palabras, las acomodaba a su gusto e imponía el silencio a los mayores. Cada uno representaba una grotesca figurilla sin voz. A ella no le importaban los columpios danzarines sino la oratoria feroz, la autoridad de un gesto altivo, ser grande desde su altura.

 

Un gato bajo la nieve


 

Alexandre subió a su buhardilla turbado por las inquietudes nerviosas que le producían sus propias incertidumbres.

 Al día siguiente, decidió no quedarse encerrado toda la mañana; se fue a dar un paseo a lo largo del muelle de los Grandes-Agustinos. Se sentía atormentado. Su cabeza iba a estallarle en cualquier momento debido a sus innumerables conjeturas. Estaba obsesionado.

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LICIA. HERMANA MÍA
-----------------María Antonieta, María Teresa de Austria, Luis XV, Reina de Francia, Versalles, Francisco de Lorena.

sábado, 15 de junio de 2024

Licia. (Cap IV. Balthazar-3era parte)

 

‒¡Niña, ve a tu cuarto!

‒El abuelo Balthazar. No temáis que yo estoy contigo. Sois bueno y dulce aunque te hayan enseñado a rezongar y a ser gruñón.

El hombre trastabilló y cayó como por un barranco. Estaba muerto. Delfine no lo vio porque se había recostado en un sillón hamaca y se encontraba dormida.

‒¡Isabeline! ‒gritó desesperada Louise. Quería que se llevara a la niña del lugar. Era muy pequeña para saber lo que era la muerte; sin embargo, ella, a su corta edad, la llevaba dentro, la adivinaba, la presentía…

 

 

La lluvia se escuchaba lenta en las bóvedas. Dentro del monasterio desierto, el abad daba sus rezos entre los murmullos teniendo la soledad como testigo. Las naves estaban frías, el piso yerto, los altares estáticos y las imágenes de los santos, con los ojos fijos, dictaban un sentencia mientras la lluvia, otra vez, embestía las dobles puertas claveteadas.

Un carruaje de penachos negros se aproximó a la entrada del templo. No se escuchaban llantos ni suspiros. No había nadie, sólo dos personas: la señorita Louise y su amiga Isabeline. En ese triste escenario la despiadada tragedia se hermanaba con la soledad y la vida endeble, con las torturas del alma y las preguntas sin respuestas. Balthazar, el abuelo, a quien nadie fue a despedir, se quedará de ahora en más con la inmortalidad de los duelos inconclusos, con el deseo de ver una lágrima derramada o de escuchar los pasos de un cortejo inexistente en El cementerio de los Santos Inocentes ubicado entre las calles Saint-Denis, Lingerie, Ferronerie y Fers.

Al otro día, el sol absoluto, el rumor sordo, indeciso, como de viento, de perfumes, interrumpirá con un estallido anómalo para testificar las ausencias, el no ser y la perpetuidad.

Madame Delfine sollozaba igual que una niña. Recordaba a su padre trabajando en el horno de arcilla. Se veía entre los tablones de madera mirando la higuera y el limonero. Alizee la observaba con asombro y jugaba a ser vendedora de botones viejos, malabarista, bailarina de la Académie Royale de la Dance, cocinera, lectora de nubes, hada y maestra. Buscaba acercarse siempre a las personas ancianas. Delfine ya no preguntaba y dejaba que todos decidieran por ella. El tiempo era eterno y en sus noches infinitas tomaba brebajes para las dolencias crónicas. Las personas de la casa le parecían raras pero les sonreía como quien va y viene sin inmutarse demasiado. Louise atendía a los huéspedes, ése era su trabajo.

Alizee tenía cuatro años y hablaba con metáforas. Su cara y su cuerpo eran una perfección. ¡Qué pelo! ¡Qué ojos!

Sus sueños tenían gusto a leche con azúcar y la sonrisa era un vergel de locos vaivenes. Llevaba unos botines algo torcidos y rotos. Su madre ahora tenía algo de dinero, no mucho, pero lo suficiente como para comprarle vestidos bonitos y zapatos de princesa pero ella, caprichosa y adulta, quería usar los botines desaliñados.


Alizee sabía de gramática y de verbos irregulares, de matemáticas y de los sueños cuando el día parece noche dentro del alma. Conocía los ruidos de las calles solitarias, decía que el viento lloraba por las rendijas de las puertas; escuchaba, de lejos, los cascos de los caballos que pasaban arrastrando los pesados coches, se inquietaba con el crujido de los muebles y el sonido del péndulo del reloj. Era bella con sus ojos como luceros pero algo, que no podía manejar y que no entendía, la llevaba a buscar, a caminar delante de sus propios pasos. Amaba, era cariñosa, abrazaba con empatía los hombros doloridos de la señorita Louise que no conocía otra vida. Su existencia entera empezaba y terminaba en Alizee: el regalo del Supremo. Su risa, sus manos, aquel primer día, la fantasía y el amor eran un solo universo. ¿Podía pedir más?

La felicidad son solamente momentos.

‒Madre, contadme del abuelo Balthazar.

‒Era el hermano de Madame Delfine.

‒¿Por qué se quiso morir? Tal vez, porque me vio.

‒¡Qué decid!

‒Necesitaba despedirse de mí, madre.

‒Ay… Alizee, no sé qué haré contigo ‒contestó Louise cansada de tanto desconcierto.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------------------María Antonieta, Las Tullerías, Las ejecuciones, Príncipe y Mendigo, Los verdugos, Las gemelas.

jueves, 13 de junio de 2024

Licia (Cap IV. Balthazar-2da parte)

 


Louise se dirigió a la escalinata y pudo observar que una luz avanzaba hacia ella. Pero no era la llama en sí lo que veía sino el reflejo de la misma en el vidrio situado allí en donde las escaleras daban la vuelta. La vela pasó y vio a Madame Delfine reflejada en el cristal. Su figura se percibía confusa por su traje verde de terciopelo que descendía hasta sus pies y se arrastraba tras ella. Su rostro níveo demostraba ansiedad a través de la bujía sostenida por su mano enguantada.

‒Balthazar ha muerto.

‒Oh… lo siento mucho.

‒Era viejo como yo. La muerte es tramposa y te atrapa cuando menos lo esperáis. ¿Creéis en Dios y todas esas cosas? Os envidio Louise. Parecéis tener tanta seguridad, sois prudente y lleváis mucha tranquilidad. Yo nunca he experimentado esas sensaciones. Sé que hacéis bien en creer en algo, ayuda, pero no puedo.

Titubeando, ella levantó la vista y vio su semblante aún joven. El brillo que daba su cara tenía la apariencia de un pálido cristal. La ilusión de estrecharla en sus brazos se hizo irresistible.

“No debo hacerlo”, pensó Madame Delfine.

Ella todavía resistía a los embates de su carácter fuerte. El sentimentalismo no le agradaba demasiado, no quería demostrar debilidad ante Louise a quien había castigado en demasía.

‒No os preocupéis. Nosotros nos ocuparemos de todo. Su hermano era una buena persona y os merece un entierro digno.

‒¡Tenéis que conjugarlo en pasado! ‒gritó acongojada por una depresión inminente que le oprimía el pecho.

‒Es la vida.

‒¡La vida! Corta para muchos, larga para los que sufren. ¡Cuántos comentarios inútiles para intentar calmar a una pobre anciana! ¡No hay consuelo! ¡Entendéis!

‒Es que no os queda alternativa más que la resignación. Es la verdad aunque sea dolorosa ‒murmuró Louise con desgano‒. ¿No veis lo rápidamente que pasa el tiempo? Sólo quedan unas horas antes del crepúsculo.

‒Qué oscura es la noche cuando hay un muerto que todavía no ha partido definitivamente.

‒Os perdono ‒dijo Louise.

Se acercaron y durante un momento estuvieron estrechamente abrazadas sin pronunciar palabra. La habitación se iba quedando en penumbras. El súbito crujir de la antigua mesa interrumpía el mutismo.

‒La vida está llena de cosas absurdas. Lo único que tiene importancia es librarse de todo ese agobio. Voy a poner mi vida en vuestras manos.

 Louise no sabía qué decir ante las confesiones de Madame Delfine. Era otra mujer; se había humanizado frente a la muerte que es siempre ajena hasta que llega a rozar la existencia de quien no la acepta o no puede hacerle frente.

‒Mi hermano me doblaba en edad ‒continuó‒. Lo adoraba como al Dios Febo. Era mi héroe, el único, el más grande… y había algo más importante que alimentaba mi ego ávido siempre de consideración. Yo era su confidente.

‒Por lo menos tuvo a alguien en quien confiar. Yo siempre estuve sola añorando una familia; toda la vida me sentí desamparada y con el corazón preñado de dolor.

‒Pero tenéis una sobrina.

‒Sí, claro ‒contestó Louise incómoda por la mentira. No le gustaba engañar a nadie.

‒¿Y tu hermano o hermana? Los padres de la niña. No los he visto nunca por acá. ¡Qué raro!

‒Murieron.

‒Lo siento mucho.


La señorita Louise temblaba de los nervios frente a Madame Delfine, aunque estuviera demasiado anciana y sin fuerzas. Ella no era tonta sino temible.

‒Vaya a su cuarto que nos ocuparemos de todo.

Todavía no había acabado de hablar cuando se dio cuenta que una puerta se abrió. La luz era pobre y la niebla insidiosa, pero reconoció el abrigo negro. Balthazar se apoyaba en el dintel, flaco y desmembrado, con el traje roto por los codos.

‒¡Madre! ‒irrumpió Alizee.

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LICIA. HERMANA MÍA
-----------------María Antonieta, La ejecución, La Revolución francesa, Príncipe y Mendigo, Las Tullerías, María Teresa de Austria.