8-PANCRACIO ROMERO
LA BÚSQUEDA
UN BRUJO
En
el verano de 1827 los pobladores de Patagones no hacían otra cosa que hablar
del niño de la india y de la desgracia que la perseguía desde que nació cuando,
por aquellas épocas, mataron a sus padres y ella se quedó a cargo de un cacique
que ya mostraba un resentimiento brutal y desmedido contra la mayoría e incluso
contra los nativos de su pueblo.
‒¿A
ti te parece que le hayan hecho esto a la pobre Aluen? ‒dijo doña Ramona
mientras ponía un gajito de cedrón en el mate.
Doña
Ramona y su sobrina conversaban en el patio, donde se refugiaban del estío mientras una joven criada hacía una labor.
‒Eso
es cosa de criollos ‒respondió Francisca mientras sorbía el mate y mordía una galleta.
‒Es
cosa de malparidos.
‒Pero,
doñita ‒dijo la criada que bordaba‒. Todos dicen que el niño es de Leiva.
‒Usted
se calla, no es cosa que deba hablar una jovencita y si es verdad no es lo
importante. Acá, le robaron el hijo a su madre ‒exclamó Ramona y envió a la
criada a la cocina.
‒Es
que los hombres no tienen sentimientos ‒murmuró Francisca‒. Comentan las malas lenguas que la mujer de Leiva no
quería saber nada de él, usted me entiende… entonces…
‒¡Basta!
No me gustan estos temas. Soy una mujer pudorosa y decente.
‒¿Por
eso no se casó?
‒¡Y
qué tiene que ver! ‒gritó doña Ramona y se fue para el cuarto con un fastidioso
modo de evadirse de una realidad que le dolía hondamente.
Aluen,
en la iglesia, caminaba de un lado a otro con Timo en los brazos. Lo apretujaba
tanto al pobre gato que la terminó mordiendo. Igual era amor del bueno. Pedro
estaba por regresar para llevarla para la casa que había comprado. Ella no
quería irse de la parroquia, le parecía que volvería el niño de un momento para
el otro y quería estar presente. Alejarse de allí era como abandonarlo. Lo
sentía así. No tenía consuelo. El padre Hilario se hallaba dando la misa de las
seis de la tarde.
En
el sermón habló de la dignidad y del respeto que los hombres de bien le deben a
la mujer: madre, esposa, hermana… Aluen lo escuchó y un escalofrío le recorrió
el cuerpo pensando en Leiva y sus abusos. Esos atropellos le habían dejado
huellas profundas que se transformaban en traumas y en situaciones no
resueltas. Igual no era momento para pensar en violaciones a la condición
humana sino en recuperar a su hijo que estaría sufriendo lejos de ella.
“Un brujo”, pensó.
Se
sentó en el camastro y miró el horizonte por el ventanuco: la Patagonia agreste
y solitaria en contra del viento, y en otras latitudes el llanto de aquellos
que tenían que padecer las carencias, los quebrantos, la usurpación y el
desprecio. Los grandes espacios, esos
que traían aire a los pulmones, la llenaban de vida y por eso en los momentos
duros solía escapar sin rumbo fijo para caer en cualquier sitio sin miedo y con
resignación. Esa misma resignación que le cambiaba la cabeza, las ideas y hasta
los sentimientos.
El dolor permite madurar,
pero también reinventa a las personas.
Llegó
Pedro y la vio como perdida, con los ojos húmedos, mirando el campo. Ella casi
sin aliento le dirigió una mirada triste, como si no lo conociera.
‒Amor,
tenemos que ir para la casa nueva. Bueno, no es nueva pero para nosotros sí.
‒¿Qué
sabes de mi hijo?
‒Nada.
No he podido averiguar sobre el paradero de Leiva.
‒¡Nada!
‒gritó y comenzó a llorar‒. ¡No quiero casa! ¡No quiero boda!
‒Por
Dios, cálmate.
‒¡Por
favor, Aluen! Escucha a tu marido. Él quiere lo mejor para ti. Hay que tener
paciencia ‒comentó el padre Hilario que no sabía cómo aliviar el dolor de la
joven. Tenía miedo que se volviera a escapar y allí sí ya no la encontrarían.
Su espíritu vehemente, el que le daba su raza, era así y se manifestaba de una
manera abrupta sin analizar demasiado las ventajas y desventajas de los que
ocurría a su alrededor.
‒¡Me
prometió buscar a Pedrito!
‒Lo
sé. Voy a cumplir tu deseo, pero antes tengo que hablar con algunos paisanos
que lo conocen para buscar entonces el rumbo. Buenos Aires es enorme. ¡No sé
por dónde ir a buscar!
‒Pues,
por el principio. Si tú no vas iré yo ‒respondió Aluen con resolución.
‒No
sabes nada de esa provincia y de su gente, te perderías por las calles. Si toda
tu vida has vivido en el campo, hija ‒exclamó el padre Hilario.
‒Es
que ustedes no saben lo que siente una mujer, una madre, cuando le arrebatan un
hijo. Son hombres. Nada más que eso ‒explicó Aluen resentida.
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