Puerto soledad. (Primer combate. Ixtab. 2da parte)

 


De todas maneras, la mujer de los pensamientos de Emilio tendría que ser real. Su personalidad lo llevó a idealizarla demasiado porque creó una persona imposible de encontrar en esta tierra. Sumergido en ese letargo de felicidad, se despertó fastidiado; se sentía tan infantil que se olvidó que tenía treinta y cinco años, es que jamás había estado enamorado de verdad. Pensaba que era de esos hombres que nacen para soñar con el amor, nada más, jamás para vivirlo porque siempre tuvo muchos prejuicios y una baja autoestima.

Su corazón, sensible por el sufrimiento, quería a veces la compañía de la soledad que lo trasportaba a través de una fluida imaginación por un destino de alegría. Para sus ojos las formas, la materia, las estructuras, tenían alma porque forjaba palacios en el aire sin advertir que la realidad era tan distinta a ese prototipo que deseaba tanto. Su existencia se iba transformando en un infierno rodeado de muros opresivos y de fantasmas en pugna por volver a ser humanos con la vitalidad a flor de piel.

Emilio pasó toda la tarde recluido en su cuarto mientras oía las voces de su familia. Esperó que Pedro regresara de la facultad. La idea de tener a alguien con quien compartir las horas lo emancipaba, pero cómo iba a pagarle sus servicios a esa empleada, tal vez, posesiva y no tan bondadosa como él esperaba. Era demasiado iluso para creer en los milagros pero le quedaba la soga para amarrarse a ese suelo sin protección.

La medianoche sorprendió al soldado dormido sobre un escritorio de niño, lleno de garabatos, mientras la luna asomaba sus pupilas tras los álamos.



Pedro había vuelto temprano después de una jornada en el campo donde cultivaba maíz y otros cereales para estudiarlos. Él quería ayudar a Emilio a encontrar a esa mujer pero no era fácil porque ese tipo de gente cobraba mucho dinero por horas, teniendo en cuenta de que debería ser el sostén, físico y espiritual, un espacio de contención, para alguien que, hundido en una fosa, intentaba flotar a brazo partido. Dentro del juego de las probabilidades, todo quedaba relegado a una remotísima posibilidad porque la finitud de las cosas los enfrentaba con ese presente de carencias, con el sopor de los ahogados y el desborde de las aguas. Una fotografía que describía ligaduras y falta de escrúpulos.

Pedro quería a Emilio como si fuera su hermano mayor. Se sentía impotente frente a su aislamiento y manejado por hipócritas sin respeto por el prójimo y su individualidad. Roberta y Laurentino eran egoístas y no recordaban nada de los ex combatientes y las marcas en sus cuerpos mutilados pero sí sabían que Emilio sobrevivía a un holocausto y que, esclavo de sus pasiones, abandonaba su espíritu a la locura todavía inexistente, a un realismo místico alimentado por su propia doctrina de Abad del siglo XVl.

Pedro, el mentor, llegó a la conclusión de que era mejor esperar y se quedó apoltronado en un sillón con la estufa a sus pies; la radio anunciaba 1º lo cual sería una catástrofe para las regiones que estaban inundadas. Mientras dormitaba, soñó que recorría París; por el camino veía campos sembrados y Senegalés de Latham en bandadas que se dispersaban entre las hojas. Él aguardaba el alba bajo el manto de las sombras.


El estudiante quería salvar a Emilio de la existencia que le tocaba como destino inevitable, rodeado de cadáveres envueltos en nylon negro, y separarlo de la fantasía en ese presente de recuerdos tortuosos, pero era casi imposible porque Emilio se hallaba poseído por la ficción y por un misticismo devorador que lo alejaba de la realidad.

Los libros y Dios eran su compañía y su escapatoria ante ese abismo sin metas ni ambiciones. El daño moral estaba hecho; él era una víctima de la sociedad.


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