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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mi abuelo Eduardo



El abuelo Eduardo quiso tomar mates antes de partir... El político barrial falleció cansado de luchar.El fin llegó un día de agosto de 1977. Sus nietos lo acompañaron a su nueva morada... A mí me obsequió un anillo de oro con una moneda francesa de 1860 que perteneció a mi bisabuela Melanie y la famosa pipa de François...
El abuelo encontró por fin el alma de su madre en la atmósfera de ese estrecho camino; quiso hablarle de Juana (mi abuela) y de sus nietos, del cuaderno de poemas de cuando era chico..., e intentó ver a su hermana y a José que se habían ido unos años antes.

Eduardo le contó a La Gra-mamá (mi bisabuela) de los campos y de la cosecha de la soja. No quiso decirle que su estancia estaba abandonada porque tuvo miedo de que se pusiera triste; seguramente ella ya lo sabría porque las almas buscan su espacio y siempre están de regreso.Sus descendientes guardaron sus bombachas, la rastra de plata, los facones y los cueros trenzados.
Eduardo fue como un gaucho que arreaba el ganado a pie o a caballo sin mirar si era sábado o domingo.

En los últimos tiempos, era un viejecito que alegraba con su apatía.-No molesten a "papá"-les reprochaba la abuela Juana a los nietos mientras iba y venía de la cocina con huesitos de pollo en la boca.En las palabras entrecortadas y en los pozos de jardinero, el abuelo había hecho su fama. Gordito, de baja estatura y con los pantalones a medio camino se lo veía al anochecer rumbo al almacén...
La muerte se lo llevó en un suspiro y sin dejar que pudiera dar una sola orden porque ya no quería pelear; estaba cansado de escuchar a Juana llorar y decir:
-¡Pobre Alberto!.

Luján 1997.

Mi abuelo Eduardo Fraix falleció el 24 de agosto de 1977.

Fragmento de la novela inédita de mi autoría "Nuestra Paisana Francesa".

"Gracias Abuelo por tus charlas entre murmullos de palomas bajo las plantas de frutas... Te recuerdo sentado al lado del jazmín del país con tu radio mirando la calle... Sabías mucho de la soledad..."



domingo, 17 de noviembre de 2013

Señalada por el índice del sol



La recuerdo a mi madre algunas tardes
cuando cedo la costumbre de la siesta,
de chica era penado no dormirla
con terribles temporadas sin vereda.

La recuerdo a mi madre soberana
sobre un frondoso trompo de polleras,
sonriente como bota que han lustrado,
victoriosa como trigo que verdea.

Se entendía con los gallos y su luna
si quería que le dieran hora buena
y para ella el día ya era viejo
cuando el alba asomaba a sus tareas.

Era un garito oscuro la cocina
y allí ganaba ella sus apuestas,
en un truco con naipes de lechuga,
un billar culinario con ciruelas.

A los patios enormes de la infancia
iba mi madre y allí dejaba huellas,
cada año hasta hoy las ha seguido
el malvón para encontrar la primavera.

Ella hizo de la vida y sus suburbios,
una lección de amor y de pureza,
señalada por el índice del sol
anda mi madre para que yo la vea.

Rafael Bielsa


jueves, 14 de noviembre de 2013

Hansel y Gretel



Cuento infantil de la tradición alemana publicado por primera vez por los hermanos Grimm a principios del siglo XIX.

Dos niños pequeños salen victoriosos de una serie de aventuras terribles: han sido abandonados por sus padres y  capturados por una bruja que intenta comérselos.

Esto demuestra que la verdadera inocencia puede triunfar, incluso en las circunstancias más desesperadas.


domingo, 10 de noviembre de 2013

Las sirenas







Criatura marina mítica, mitad mujer y mitad pez.

Las leyendas sobre las sirenas son muy antiguas, sin importar su país de origen. Las sirenas son seductoras y personifican la belleza y la traición del mar.

Se dice que adormecen a los marineros entonando dulces cantos para después arrastrarlos bajo las olas. La creencia sobre la existencia de una raza de criaturas marinas estuvo muy extendida entre la gente de mar, hasta fines del siglo XIX.

Los marineros les temían, pues pensaban que encontrarse con una sirena era presagio de peligro y desastre.

Cuando Odiseo encontró a las sirenas, ordenó a la tripulación que se taparan los oídos con cera y que a él lo ataran al mástil del barco para que pudiera escuchar el canto sin correr peligro.





Obras de David Delamare




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