viernes, 7 de octubre de 2022

La Liberación. Hermanas Brontë

 


EMILY, ANNE Y CHARLOTTE BRONTË
-1855-

BIOGRAFÍA NOVELADA

ENLACE---LA LIBERACIÓN

Sallie Deam es una escritora principiante que va a Haworth, la rectoría, donde vive Charlotte Brontë quien se acaba de casar. Sallie quiere escribir una biografía sobre las hermanas y recurre a ella, la única de las tres, que permanece en Yorkshire y que se ha salvado de morir.

Este breve libro es un ida y vuelta, a corazón abierto, un intercambio de sentimientos y de recuerdos, el resumen de las obras maravillosas de las hermanas Brontë y sus carencias, miedos y pasiones.

Cada una mostrará su perfil a través de la palabra de Charlotte, que intentará perpetuar la vida que se les negó...

Una biografía mirada desde el alma

Las hermanas que querían amar y ser amadas.

La Liberación. Hermanas Brontë

Siempre me llamó la atención la vida de las Hermanas Brontë, así también como la de Jane Austen: sus obras, la soledad, tanto talento... Es por eso que decidí escribir esta biografía novelada tratando de imaginar, al menos algo, lo mucho que sentían viviendo en la rectoría, junto al cementerio, en medio de los páramos helados y con la tuberculosis asolando esos lugares y su entorno. A pesar de ello, esas niñas tímidas, que no lo eran tanto... pudieron desplegar su inspiración y crear obras inmensas. Emily es mi preferida, pero esta historia o biografía está narrada por Charlotte que fue quien quedó con vida, la última  de ellas, y la que pudo disfrutar un poco del éxito. Me gustó mucho escribir este breve libro porque existían cosas que ignoraba sobre ellas y sus padres, su hermano y la criada Tabby. Fue fascinante entrar en ese mundo.

jueves, 6 de octubre de 2022

El silencioso grito de Manuela (Cap III 5ta parte)

 

          


José Rodríguez cultivaba el suelo como su fin primero. No le gustaba su trabajo pero tampoco renunciaba a él porque muchas generaciones de su familia se habían dedicado a esa faena con buenos resultados. Ya se había acostumbrado a la tierra caliente cuando la lluvia caía como un rayo de acero. De chico, dormía en un jergón frunciendo el ceño porque le molestaba el silencio. En los caminos, los matojos y algunas encinas miraban la carreta; el burro trotaba en el fango entre los ecos de los pasos de los cuerpos fatigados por el viento que sacudía los ramajes… Allí se resumían sus recuerdos de la infancia cuando corría por el trigo cerca de los corrales y por el cañaveral con sus primos.

Pasaron los años y el mutismo se volvió vida a los ojos de los paisanos; pudieron renacer ante las injusticias y ser respetados como señores.

-El orgullo es pecado mortal -solía decirle su padre cuando contaban billetes después de haber recogido la cosecha.

Ahora, el caballerito, como lo llamaba su madre, iba a casarse con Letizia Costa Río: la joven más bella y rica de Barbastro pero también la más atormentada. A José eso no le importaba porque, según él y el pueblo, el aturdimiento de Letizia era por culpa de Julián y de Manuela. Demasiada muerte rondando su cuna desde niña y el remordimiento de nacer bajo el misterio de una casa pobre en apariencias; el dinero en las arcas era un instrumento y luego venían los tulipanes, los brebajes, el incensario, Rocío, las estampas y el revoque caído de la fachada.

 

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-Papá estoy embarazada-le dijo Encarnación a Julián una mañana en el negocio de ventas de autos y rodeada de compradores que, a distancia, examinaban los coches. Julián no tuvo tiempo de reaccionar porque estaba rodeado de extraños que esperaban ver los precios.

-¡Qué!-contestó con un gritito silencioso.

-Quiero este bebé y tú sabes muy bien lo que significa ser padre.

-¡Te casarás mañana mismo!

-No tan rápido…-exclamó Encarnación riéndose y con ironía en los labios. Se imaginaba grande y rolliza, de pechos y brazos acogedores. No le importaban los españoles de la ciudad porque se sentía invisible, solamente una sombra por las callejas de tierra. Los pobladores le cedían el paso porque los había derrotado pero igual ellos la señalaban con su dedo inquisidor, es que mantenían las costumbres, creencias y jerarquías con la ilusión de librarse de señoritas libertinas que perdían el decoro. No podían entender que Encarnación estuviera embarazada, aunque la culpa era de Manuela por haberla tenido siempre presa entre los evangelios. Ella aún no lo sabía porque le preocupaba Letizia, la niña frágil.

Al cabo de varios días, Julián se lo contó y Manuela, envuelta en una manta de vicuña, dijo:

-Ojalá que sea sanito.

A Manuela la alteraba la proximidad de la muerte porque la vida era una bendición, el resultado del amor y no le importaba la soltería de Encarnación. De todas maneras no dejaba de lamentarse ante la jungla que, como un batallón de hormigas, se le venía encima.

Se retiró a su cueva de indios a indagar sobre el gruñido de satisfacción de los vecinos de Barbastro. En ese edén, infestado de sapos y lagartos, todo se corrompía, en especial el cuerpo. Manuela era capaz de permanecer oculta para no soportar el dolor que le causaban las heridas, pero buscaba un milagro detrás de la niebla. La atormentaba la falta de señales aunque podía escuchar el crujir de los muebles, el parpadeo de las velas junto al retrato de Rocío, el rechinar de las rejas… Su amada hija le decía que los peligros son infinitos y que los milagros aparecen después cuando ya no se los necesita.


Manuela regresó al comedor a hablar con Encarnación porque ambas debían preparar la boda. Ella se confesó con el sacerdote que había venido de visita y él le dio una penitencia mínima porque ya, a la altura de las circunstancias, no era pecado concebir un hijo sin haberse casado, por lo menos para el cura de la iglesia de San Francisco. Manuela no tenía iniciativa y se entregaba a los designios del Señor, completamente de acuerdo con la mayoría de las opiniones teologales.

Julián con su capacidad de mando frente a sus hijas se empobrecía porque ellas eran el tesoro más grande y su continuación.

-¿Dime tú, te casarás con Encarna en la iglesia de San Francisco o en la catedral?

-Pues no sé… que lo decida ella-dijo Alejandro que le costaba creer en el lío en que se había metido.

-No importa en cual-contestó Encarnación visiblemente opaca ante los comentarios frívolos porque no le interesaban los credos.

-Será como Dios manda-dijo Manuela.

-Será como yo quiera-contestó Encarnación.

 


Bajo la guerra sin cuartel de la población, la pareja se casó en la catedral con un séquito de criadas, primas, tías y una orgía de curiosos.

Encarnación con su vestido parecía una reina imperial que no se doblegaba ante los reglamentos: hablaba en voz alta, se reía con imprudencia, quería rebelarse porque la presencia rígida de Manuela la enardecía…

A Letizia le dolía el alma además del cuerpo porque no soportaba la desobediencia de su hermana y la falta de respeto. Ella era una hermosa mujer enferma de persecuciones y, a veces, envidiaba a Encarnación que había podido enfrentar de manera diferente la educación estricta de los padres.

La fiesta de casamiento se realizó en una casa de campo casi en la cima de una colina con pocos árboles; la base del cerro se hallaba cubierta de vegetación. Desde las terrazas se podía ver un río de aguas claras. Había caballos blancos cerca del camino envueltos en polvo que, como espíritus tímidos, esperaban la compañía de insectos y de aves.

La princesa estaba ebria de alegría y su piel olía a canela y chocolate. Manuela la miraba con tristeza mientras retorcía con sus dedos finos los guantes; pensaba en los secretos, en los ojos de caramelo de su nieto, en el umbral de… Julián la tomaba del brazo para bailar el vals vienés y entonces ella se deslizaba sin tener idea de lo que estaba ocurriendo porque ya todo estaba dicho.

Encarnación era Rocío con su pelo al viento; la imaginaba así con la misma felicidad, la veía muerta en el fondo de un abismo. ¿Por qué? El futuro arremetía contra el resto de los pasajeros que aguardaban el último viaje y que estaban condenados a dejar la dicha para otros.

Manuela se instalaba, solitaria, en las cumbres heladas y podía observar el fondo de los valles mientras la población entera pensaba en el pecado. Ella estaba consagrada a los ritos y a la soledad de las tumbas porque alguien le hablaba para anunciarle la proximidad de los vacíos cuando un puñado de silencios le golpeara, una vez más, su corazón y le clavara las espinas.


El mundo se reducía a un murallón de adobe y ella no podía enviar mensajes alentadores porque le quedaban sólo pesadillas que desmoralizaban las pocas ganas de pensar en la llegada de los días venideros.

Se consideraba una insurrecta porque quería imbuirse en las peleas para adelantar los minutos de una agonía que la desviaba del goce de los momentos. Respiraba sin aliento frente a la imagen del enlace que era, para ella, un retazo de la felicidad. La alegría de su hija la aislaba aún más a su caverna de desechos porque no creía en las limosnas, pero no dejaba de pensar que un segundo que llegaba era un día que se iba. Fiel a las premoniciones enlazaba las ideas con las dádivas que Dios le regalaba para que pudiera seguir adelante, entera e inobjetable.

El silencioso GRITO de Manuela

miércoles, 5 de octubre de 2022

"No hay una vieja casa que no tenga sus historias, no existe una vieja casa que no tenga sus fantasmas". Diane Setterfield

 

MIS FANTASMAS BLANCOS



Me gustaban las casas abandonadas,
como a todos los niños,
solíamos ir a una que quedaba cerca del río.
Nos acercábamos con miedo y curiosidad
y mirábamos por las ventanas
grises para observar...

¿Qué? ¿A quién?

Queríamos ver fantasmas blancos,
mujeres vestidas con trajes de novia...
caminando dispersas rumbo a un punto fijo,
muchos ojos y miradas.

A menudo,
alguien del lugar nos invitaba a irnos,
por decirlo de una manera más delicada,
pero siempre antes de marcharnos
bajábamos hasta el río
por una escalinata de la casona
donde había una piscina sin terminar
con huellas...

No eran espejismos.




"Contemplando un futuro tan amplio y luminoso como aquella avenida,
y por un instante pensé que no había más fantasmas
allí que los de la ausencia y la pérdida,
y que aquella luz que me sonreía era de prestado
y sólo valía mientras pudiera sostener con la mirada,
segundo a segundo"

Carlos Ruíz Zafón




"No hay una vieja casa que no tenga sus historias, no existe una vieja casa que no tenga sus fantasmas"

Diane Setterfield

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martes, 4 de octubre de 2022

Hija única. Libro de Recuerdos--4ta parte

 


‒Falleció el abuelito Juan. Lo siento mucho.

Mi madre iba de un lado a otro sin entender. La muerte se encaprichaba con la vida y me mostraba su lado pálido: el adiós. Yo vi al abuelito en el sillón cuando perdió su aliento que se transformó en leyenda. Después me dormí en su cama buscando la luz, el sosiego de su presencia, pero hallé el aura cargada de gestos de cariño y de cansancio. Me conformé con aquella señal que, sin querer, me dejó como ejemplo de virtudes. Él quiso despedirse de mí, estábamos los dos solos.

 

Surcos en los senderos, bóveda de estrellas, la gata Lola de mi abuela Juana y el espejo que me mostraba los años.

‒Niña, no tienes que tener vergüenza. Eres buena, inteligente, linda… ¡Vamos!

Gracias madre por enseñarme a ser valiente, por dejarme crecer sola como yo quería, por darme todo y más para ser feliz. No necesitaba mucho, sólo lápiz y papel. Siempre valoré los afectos porque eran pocos y había que cuidarlos porque sabía que alguna vez ya no los iba a tener. Quería guardarlos en un arcón dorado para después, para que la soledad no me dejara su frío, su madurez de escarcha, pero no era posible porque el reloj detenido empezó a marchar y ya no quería oírlo. Me daba miedo.

Me colocaba el antifaz para no ver la vastedad del territorio porque era vulnerable. Jugaba y reía para ocultar siempre mis dolores, las carencias, el temor… que no era tanto pero que parecía irreal a esa edad.

Salía al mundo a recorrer el paraíso de mi abuelo Eduardo después de acompañarlo entre las sombras cuando él me venía a visitar.

‒Parece que hay gatos‒decía entre risas al escuchar las peleas de las mascotas nocturnas. Él era un gaucho de las pampas, un caudillo disconforme que arremetía por los llanos y le hacía frente a las tormentas pero ahora, después de varias décadas, se había escondido entre los duendes de su casa dulce.

Yo recorría el jardín poblado de rosales y de jazmines. El chalé era como sacado de los cuentos porque tenía la magia de los enanos de Blanca Nieves y de Hansel y Gretel.

Parecía un reino y la gracia flotaba en el ambiente con efluvios de mermeladas y flores en donde los personajes se mezclaban y aparecían en los tapices de las paredes.

Yo estaba en el portarretratos… Tenía cinco años en aquella fotografía.

La abuela Juana era indiferente y siempre se ocultaba en la cocina. Hacía dulces y tejía pañoletas.

‒Voy a escuchar la novela‒decía mientras prendía el televisor.



Yo contaba las baldosas rojas y comía las uvas de la parra a escondidas del abuelo Eduardo que siempre estaba en el terreno de los árboles frutales; allí tomaba mates sentado sobre tres ladrillos; yo lo acompañaba y juntos dibujábamos letras con un palito en la tierra. El abuelo murmuraba igual que un viejo sin remedio y luego me narraba cosas que ya ni recuerdo. Pasaba el día en aquel hogar fascinante, sin voces ni risas.

La abuela me daba alguna masita y yo hubiera querido llevarme los jazmines pero ni me atrevía a tocárselos. Iba al comedor y miraba la vitrina con las tacitas de porcelana y las copitas de licor que parecían diminutos utensilios de duendes. Todo limpio, tan impecable, como los espejos y los dormitorios de camas separadas con dos cuadros de vírgenes. Ese universo era demasiado perfecto si no fuera porque el mutismo obligaba a sublevarse.

En el pequeño palacio imaginaba historias sin tener noción de la verdad y de la crueldad del mundo. Frecuentaba ese lugar, parecido a un templo, acompañada de personas monótonas que no peleaban ni sufrían pero que tampoco demostraban alegría.

No creí nunca que el futuro pudiera ser tan diferente y que los seres queridos se fueran despacio sin darse cuenta, cuando todavía no les había hecho la mayoría de las preguntas.

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Hija única. Libro de Recuerdos.

lunes, 3 de octubre de 2022

Hija única. Libro de Recuerdos---3era parte

 


¿Y la laguna de patos?

Demasiado inmensa era su fascinación. Me sentaba en la orilla entre los plumerillos y los miraba, había también flamencos y más lejos desplegaba su belleza el pavo real. Era la chacra de mi tío con sus ovejas y dulces de duraznos. Mi tía Carmen azucaraba los encuentros entre cortinas al crochet y tejidos. Tenía la voz suave con en susurros y me recibía con sus abrazos de mamá tierna y consoladora. Bordaba manteles y servía un té con masitas en aquellas tacitas inmaculadas. Llegaba la abuela María y el tío Antonio. Eran demasiado distantes porque vivían como esos pájaros: libres, sin pensar, en comunión completa con el presente y su más pura esencia.

No sería yo sin esos recuerdos porque habitaban los recodos de los días, dejando señales de respeto y de valores. Los principios y la honestidad como baluarte.



‒A la escuela se va a estudiar‒decía mi madre pero yo ya lo sabía desde épocas inmemoriales. Contaba los días para vivir aquel primer encuentro. El colegio de monjas, al que asistió mi padre, era el mejor lugar. Nadie me lo decía. Siempre supe que ser mayor era la mejor opción y por eso ensayaba con mi mejor máscara.

‒¡No quiero que vengas!‒amenazaba a mi madre cuando iba por aquellas veredas de otoño rumbo al colegio. Ella me cuidaba, venía a media cuadra y yo, de a ratos, me daba vueltas para asegurarme de que no me siguiera los pasos. Mi madre se escondía detrás de un árbol. Me sentía adulta, no necesitaba la custodia de quien ordenaba demasiado. ¿Para qué? No hacía falta.


El llanto, al oírlo, me dejaba un nudo en la garganta.

‒Claro, lloran porque son chiquitos‒decía mientras trataba de dibujar arabescos absurdos en una hoja de papel con una témpera sin brillo. ¡Me aburría tanto! Quería escribir, ya sabía las letras y los números pero debía soportar las lágrimas que aparecían y que dejaban sin vuelo mis anhelos de aprender. El tiempo se quedaba detenido y las frustraciones eran esferas estáticas que me obligaban al retiro, a buscar la palabra como fuente vital: la necesidad de permanencia.

Las hojas verdes

en las baldosas rojas

infancia pura.

 

Sola, en mi cuarto de mosaicos, jugaba con todas las horas. A un lado de la cama, había un velador y un banquito de madera; al otro una muñeca. Escuchaba las campanas de la escuela y el murmullo de las monjitas. Mi cuento preferido: el gallito Crestita.

Mi vida era una fábula con gatos y rosas. La inspiración de duende rondaba en mi alma donde nacía el agua de todos los llantos, la inocencia madura de mis ojos negros, la huella de Alfonsina, Quiroga y Juan R. Jiménez. Mark Twain aparecía más tarde en el papel de Príncipe y Mendigo cuando los pensamientos se exiliaban entre los muñecos y los gorriones picoteaban las cerezas rojas. Dormían en los textos de estudio Mariano Moreno y Magallanes mientras elevaba su voz el Himno Nacional en las mañanas de invierno con banderas, hojas muertas y silencio de capilla.

El Martín Fierro dormía en la mesa de noche mientras las voces de Sherlock Holmes y Ágatha Christie buscaban sus víctimas para controlar los desafíos. Sentía la edad como siglos y la muchedumbre golpear a la puerta.

‒Falleció el abuelito Juan. Lo siento mucho.

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Hija única. Libro de Recuerdos

sábado, 1 de octubre de 2022

Hija única. Libro de Recuerdos---2daparte

 


La casa vieja, la estancia, estaba silenciosa y abandonada. Tenía miradores en lo alto para los cañones. Llevaba muchas batallas ganadas con los indios en tiempos hostiles. Yo la observaba como quien ve fantasmas tras las ventanas desiertas. Imaginaba historias turbulentas. Quería caminar sus pasos, subir peldaños, investigar, bajar a los sótanos… Ser una más. El auto seguía su ruta en la llanura donde tantas almas reposaban de su fragilidad. Cuando llegaba al campo, abrazaba la muñeca y me iba debajo del sauce a inventar relatos. Hablaba, le preguntaba cosas, ése era mi refugio que parecía de duendes enamorados. Mi padre arreaba las vacas negras y yo pensaba en la vida que se les cortaba por un capricho de los hombres.  No miraba, mi corazón se rompía en pedazos. El cielo era testigo de la debilidad y de los mandatos mientras el molino de agua, con su rezongo de viejo, me decía que el viento venía del sur.


Nos alejábamos para volver al pueblo en aquel aparato longevo que parecía una carreta del 1800 y yo sentía demasiado sueño. ¡Cuánto tiempo más! Ya no quería viajar en ese montón de chapas que se desdoblaban en los surcos y que desafiaban al polvo de los caminos con su bocanada gris. Llegar a casa era el sosiego. Me recostaba en mi cama donde moraban las palabras sanadoras y mi gato negro me lavaba el pelo. Lo había encontrado debajo de la magnolia del patio. Él me habló aquella tarde y yo lo abracé como se abriga a un niño; lo quería demasiado.

 

Desde mi cuarto sentí el perfume…

Solía jugar sentada

en el enorme tronco.

Las palomas parecían escuchar

mis monólogos y susurraban

desde el tejado de la casa vecina.

 

Cuando murió, mi padre lo sepultó allí debajo de la planta perfumada. Yo le llevaba margaritas y alguna rosa a esa tumba y lloraba, le hablaba otra vez… Él me regaló una flor desde las entrañas mismas de la tierra. Un milagro. ¡Tan real!


El amor por los animales a veces es tan intenso. Me recuerda a una historia del Titanic. Ann Elizabeth Isham se subió a un barco de rescate y su posibilidad de sobrevivir al hundimiento se hallaba asegurada. Pero, la desesperación se apoderó de ella cuando le informaron que su perro, un gran danés, no iba a poder salvarse. Su tamaño era muy grande y priorizaban la vida de otros pasajeros.

Sin dudarlo, la mujer de 50 años, se tiró del bote para reencontrarse con su perro. Sabía que no podía abandonarlo. Días después del hundimiento, un equipo de rescate encontró el cuerpo de la pasajera aferrado al de su mascota. Murieron juntos, abrazados, tal como ella lo decidió. Muy conmovedora historia que nos demuestra hasta dónde llega el amor.

 HIJA ÚNICA. LIBRO DE RECUERDOS