-1855-
BIOGRAFÍA NOVELADA
Pasaron los años y el mutismo se
volvió vida a los ojos de los paisanos; pudieron renacer ante las injusticias y
ser respetados como señores.
-El orgullo es pecado mortal -solía
decirle su padre cuando contaban billetes después de haber recogido la cosecha.
Ahora, el caballerito, como lo
llamaba su madre, iba a casarse con Letizia Costa Río: la joven más bella y
rica de Barbastro pero también la más atormentada. A José eso no le importaba
porque, según él y el pueblo, el aturdimiento de Letizia era por culpa de
Julián y de Manuela. Demasiada muerte rondando su cuna desde niña y el
remordimiento de nacer bajo el misterio de una casa pobre en apariencias; el
dinero en las arcas era un instrumento y luego venían los tulipanes, los
brebajes, el incensario, Rocío, las estampas y el revoque caído de la fachada.
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-Papá estoy embarazada-le dijo
Encarnación a Julián una mañana en el negocio de ventas de autos y rodeada de
compradores que, a distancia, examinaban los coches. Julián no tuvo tiempo de
reaccionar porque estaba rodeado de extraños que esperaban ver los precios.
-¡Qué!-contestó con un gritito
silencioso.
-Quiero este bebé y tú sabes muy
bien lo que significa ser padre.
-¡Te casarás mañana mismo!
-No tan rápido…-exclamó Encarnación
riéndose y con ironía en los labios. Se imaginaba grande y rolliza, de pechos y
brazos acogedores. No le importaban los españoles de la ciudad porque
se sentía invisible, solamente una sombra por las callejas de tierra. Los
pobladores le cedían el paso porque los había derrotado pero igual ellos la
señalaban con su dedo inquisidor, es que mantenían las costumbres, creencias y
jerarquías con la ilusión de librarse de señoritas libertinas que perdían el
decoro. No podían entender que Encarnación estuviera embarazada, aunque la
culpa era de Manuela por haberla tenido siempre presa entre los evangelios.
Ella aún no lo sabía porque le preocupaba Letizia, la niña frágil.
Al cabo de varios días, Julián se
lo contó y Manuela, envuelta en una manta de vicuña, dijo:
-Ojalá que sea sanito.
A Manuela la alteraba la proximidad
de la muerte porque la vida era una bendición, el resultado del amor y no le
importaba la soltería de Encarnación. De todas maneras no dejaba de lamentarse
ante la jungla que, como un batallón de hormigas, se le venía encima.
Se retiró a su cueva de indios a indagar sobre el gruñido de satisfacción de los vecinos de Barbastro. En ese edén, infestado de sapos y lagartos, todo se corrompía, en especial el cuerpo. Manuela era capaz de permanecer oculta para no soportar el dolor que le causaban las heridas, pero buscaba un milagro detrás de la niebla. La atormentaba la falta de señales aunque podía escuchar el crujir de los muebles, el parpadeo de las velas junto al retrato de Rocío, el rechinar de las rejas… Su amada hija le decía que los peligros son infinitos y que los milagros aparecen después cuando ya no se los necesita.
Manuela regresó al comedor a hablar
con Encarnación porque ambas debían preparar la boda. Ella se confesó con el
sacerdote que había venido de visita y él le dio una penitencia mínima porque
ya, a la altura de las circunstancias, no era pecado concebir un hijo sin
haberse casado, por lo menos para el cura de la iglesia de San Francisco.
Manuela no tenía iniciativa y se entregaba a los designios del Señor,
completamente de acuerdo con la mayoría de las opiniones teologales.
Julián con su capacidad de mando
frente a sus hijas se empobrecía porque ellas eran el tesoro más grande y su
continuación.
-¿Dime tú, te casarás con Encarna
en la iglesia de San Francisco o en la catedral?
-Pues no sé… que lo decida
ella-dijo Alejandro que le costaba creer en el lío en que se había metido.
-No importa en cual-contestó
Encarnación visiblemente opaca ante los comentarios frívolos porque no le
interesaban los credos.
-Será como Dios manda-dijo Manuela.
-Será como yo quiera-contestó
Encarnación.
Encarnación con su vestido parecía
una reina imperial que no se doblegaba ante los reglamentos: hablaba en voz
alta, se reía con imprudencia, quería rebelarse porque la presencia rígida de
Manuela la enardecía…
A Letizia le dolía el alma además
del cuerpo porque no soportaba la desobediencia de su hermana y la falta de
respeto. Ella era una hermosa mujer enferma de persecuciones y, a veces,
envidiaba a Encarnación que había podido enfrentar de manera diferente la educación
estricta de los padres.
La fiesta de casamiento se realizó
en una casa de campo casi en la cima de una colina con pocos árboles; la base
del cerro se hallaba cubierta de vegetación. Desde las terrazas se podía ver un
río de aguas claras. Había caballos blancos cerca del camino envueltos en polvo
que, como espíritus tímidos, esperaban la compañía de insectos y de aves.
La princesa estaba ebria de alegría
y su piel olía a canela y chocolate. Manuela la miraba con tristeza mientras
retorcía con sus dedos finos los guantes; pensaba en los secretos, en los ojos
de caramelo de su nieto, en el umbral de… Julián la tomaba del brazo para
bailar el vals vienés y entonces ella se deslizaba sin tener idea de lo que
estaba ocurriendo porque ya todo estaba dicho.
Encarnación era Rocío con su pelo
al viento; la imaginaba así con la misma felicidad, la veía muerta en el fondo
de un abismo. ¿Por qué? El futuro arremetía contra el resto de los pasajeros
que aguardaban el último viaje y que estaban condenados a dejar la dicha para
otros.
Manuela se instalaba, solitaria, en las cumbres heladas y podía observar el fondo de los valles mientras la población entera pensaba en el pecado. Ella estaba consagrada a los ritos y a la soledad de las tumbas porque alguien le hablaba para anunciarle la proximidad de los vacíos cuando un puñado de silencios le golpeara, una vez más, su corazón y le clavara las espinas.
El mundo se reducía a un murallón
de adobe y ella no podía enviar mensajes alentadores porque le quedaban sólo
pesadillas que desmoralizaban las pocas ganas de pensar en la llegada de los
días venideros.
Se consideraba una insurrecta
porque quería imbuirse en las peleas para adelantar los minutos de una agonía
que la desviaba del goce de los momentos. Respiraba sin aliento frente a la
imagen del enlace que era, para ella, un retazo de la felicidad. La alegría de
su hija la aislaba aún más a su caverna de desechos porque no creía en las
limosnas, pero no dejaba de pensar que un segundo que llegaba era un día que se
iba. Fiel a las premoniciones enlazaba las ideas con las dádivas que Dios le
regalaba para que pudiera seguir adelante, entera e inobjetable.
‒Falleció
el abuelito Juan. Lo siento mucho.
Mi
madre iba de un lado a otro sin entender. La muerte se encaprichaba con la vida
y me mostraba su lado pálido: el adiós. Yo vi al abuelito en el sillón cuando
perdió su aliento que se transformó en leyenda. Después me dormí en su cama
buscando la luz, el sosiego de su presencia, pero hallé el aura cargada de
gestos de cariño y de cansancio. Me conformé con aquella señal que, sin querer,
me dejó como ejemplo de virtudes. Él quiso despedirse de mí, estábamos los dos
solos.
Surcos
en los senderos, bóveda de estrellas, la gata Lola de mi abuela Juana y el
espejo que me mostraba los años.
‒Niña,
no tienes que tener vergüenza. Eres buena, inteligente, linda… ¡Vamos!
Gracias
madre por enseñarme a ser valiente, por dejarme crecer sola como yo quería, por
darme todo y más para ser feliz. No necesitaba mucho, sólo lápiz y papel.
Siempre valoré los afectos porque eran pocos y había que cuidarlos porque sabía
que alguna vez ya no los iba a tener. Quería guardarlos en un arcón dorado para
después, para que la soledad no me dejara su frío, su madurez de escarcha, pero
no era posible porque el reloj detenido empezó a marchar y ya no quería oírlo.
Me daba miedo.
Me
colocaba el antifaz para no ver la vastedad del territorio porque era
vulnerable. Jugaba y reía para ocultar siempre mis dolores, las carencias, el
temor… que no era tanto pero que parecía irreal a esa edad.
Salía
al mundo a recorrer el paraíso de mi abuelo Eduardo después de acompañarlo
entre las sombras cuando él me venía a visitar.
‒Parece
que hay gatos‒decía entre risas al escuchar las peleas de las mascotas nocturnas.
Él era un gaucho de las pampas, un caudillo disconforme que arremetía por los
llanos y le hacía frente a las tormentas pero ahora, después de varias décadas,
se había escondido entre los duendes de su casa dulce.
Yo
recorría el jardín poblado de rosales y de jazmines. El chalé era como sacado
de los cuentos porque tenía la magia de los enanos de Blanca Nieves y de Hansel y
Gretel.
Parecía
un reino y la gracia flotaba en el ambiente con efluvios de mermeladas y flores
en donde los personajes se mezclaban y aparecían en los tapices de las paredes.
Yo
estaba en el portarretratos… Tenía cinco años en aquella fotografía.
La
abuela Juana era indiferente y siempre se ocultaba en la cocina. Hacía dulces y
tejía pañoletas.
‒Voy a escuchar la novela‒decía mientras prendía el televisor.
Yo
contaba las baldosas rojas y comía las uvas de la parra a escondidas del abuelo
Eduardo que siempre estaba en el terreno de los árboles frutales; allí tomaba
mates sentado sobre tres ladrillos; yo lo acompañaba y juntos dibujábamos
letras con un palito en la tierra. El abuelo murmuraba igual que un viejo sin
remedio y luego me narraba cosas que ya ni recuerdo. Pasaba el día en aquel
hogar fascinante, sin voces ni risas.
La
abuela me daba alguna masita y yo hubiera querido llevarme los jazmines pero ni
me atrevía a tocárselos. Iba al comedor y miraba la vitrina con las tacitas de
porcelana y las copitas de licor que parecían diminutos utensilios de duendes.
Todo limpio, tan impecable, como los espejos y los dormitorios de camas separadas
con dos cuadros de vírgenes. Ese universo era demasiado perfecto si no fuera
porque el mutismo obligaba a sublevarse.
En
el pequeño palacio imaginaba historias sin tener noción de la verdad y de la
crueldad del mundo. Frecuentaba ese lugar, parecido a un templo, acompañada de
personas monótonas que no peleaban ni sufrían pero que tampoco demostraban
alegría.
No
creí nunca que el futuro pudiera ser tan diferente y que los seres queridos se
fueran despacio sin darse cuenta, cuando todavía no les había hecho la mayoría
de las preguntas.
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Hija única. Libro de Recuerdos.
¿Y
la laguna de patos?
Demasiado
inmensa era su fascinación. Me sentaba en la orilla entre los plumerillos y los
miraba, había también flamencos y más lejos desplegaba su belleza el pavo real.
Era la chacra de mi tío con sus ovejas y dulces de duraznos. Mi tía Carmen
azucaraba los encuentros entre cortinas al crochet y tejidos. Tenía la voz
suave con en susurros y me recibía con sus abrazos de mamá tierna y consoladora.
Bordaba manteles y servía un té con masitas en aquellas tacitas inmaculadas.
Llegaba la abuela María y el tío Antonio. Eran demasiado distantes porque
vivían como esos pájaros: libres, sin pensar, en comunión completa con el
presente y su más pura esencia.
No sería yo sin esos recuerdos porque habitaban los recodos de los días, dejando señales de respeto y de valores. Los principios y la honestidad como baluarte.
‒A
la escuela se va a estudiar‒decía mi madre pero yo ya lo sabía desde épocas
inmemoriales. Contaba los días para vivir aquel primer encuentro. El colegio de
monjas, al que asistió mi padre, era el mejor lugar. Nadie me lo decía. Siempre
supe que ser mayor era la mejor opción y por eso ensayaba con mi mejor máscara.
‒¡No quiero que vengas!‒amenazaba a mi madre cuando iba por aquellas veredas de otoño rumbo al colegio. Ella me cuidaba, venía a media cuadra y yo, de a ratos, me daba vueltas para asegurarme de que no me siguiera los pasos. Mi madre se escondía detrás de un árbol. Me sentía adulta, no necesitaba la custodia de quien ordenaba demasiado. ¿Para qué? No hacía falta.
El
llanto, al oírlo, me dejaba un nudo en la garganta.
‒Claro, lloran porque son chiquitos‒decía mientras trataba de dibujar arabescos absurdos en una hoja de papel con una témpera sin brillo. ¡Me aburría tanto! Quería escribir, ya sabía las letras y los números pero debía soportar las lágrimas que aparecían y que dejaban sin vuelo mis anhelos de aprender. El tiempo se quedaba detenido y las frustraciones eran esferas estáticas que me obligaban al retiro, a buscar la palabra como fuente vital: la necesidad de permanencia.
Las hojas verdes
en las baldosas rojas
infancia pura.
Sola,
en mi cuarto de mosaicos, jugaba con todas las horas. A un lado de la cama,
había un velador y un banquito de madera; al otro una muñeca. Escuchaba las
campanas de la escuela y el murmullo de las monjitas. Mi cuento preferido: el
gallito Crestita.
Mi
vida era una fábula con gatos y rosas. La inspiración de duende rondaba en mi
alma donde nacía el agua de todos los llantos, la inocencia madura de mis ojos
negros, la huella de Alfonsina, Quiroga y Juan R. Jiménez. Mark Twain aparecía
más tarde en el papel de Príncipe y
Mendigo cuando los pensamientos se exiliaban entre los muñecos y los
gorriones picoteaban las cerezas rojas. Dormían en los textos de estudio Mariano
Moreno y Magallanes mientras elevaba
su voz el Himno Nacional en las mañanas de invierno con banderas, hojas muertas
y silencio de capilla.
El
Martín Fierro dormía en la mesa de
noche mientras las voces de Sherlock Holmes y Ágatha Christie buscaban sus víctimas para controlar
los desafíos. Sentía la edad como siglos y la muchedumbre golpear a la puerta.
‒Falleció
el abuelito Juan. Lo siento mucho.
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Hija única. Libro de Recuerdos
Nos
alejábamos para volver al pueblo en aquel aparato longevo que parecía una
carreta del 1800 y yo sentía demasiado sueño. ¡Cuánto tiempo más! Ya no quería
viajar en ese montón de chapas que se desdoblaban en los surcos y que
desafiaban al polvo de los caminos con su bocanada gris. Llegar a casa era el
sosiego. Me recostaba en mi cama donde moraban las palabras sanadoras y mi gato
negro me lavaba el pelo. Lo había encontrado debajo de la magnolia del patio.
Él me habló aquella tarde y yo lo abracé como se abriga a un niño; lo quería demasiado.
Desde mi cuarto sentí
el perfume…
Solía jugar sentada
en el enorme tronco.
Las palomas parecían
escuchar
mis monólogos y susurraban
desde el tejado de la
casa vecina.
Cuando murió, mi padre lo sepultó allí debajo de la planta perfumada. Yo le llevaba margaritas y alguna rosa a esa tumba y lloraba, le hablaba otra vez… Él me regaló una flor desde las entrañas mismas de la tierra. Un milagro. ¡Tan real!
El
amor por los animales a veces es tan intenso. Me recuerda a una historia del
Titanic. Ann Elizabeth Isham se subió a un barco de rescate y su posibilidad de
sobrevivir al hundimiento se hallaba asegurada. Pero, la desesperación se
apoderó de ella cuando le informaron que su perro, un gran danés, no iba a
poder salvarse. Su tamaño era muy grande y priorizaban la vida de otros
pasajeros.
Sin
dudarlo, la mujer de 50 años, se tiró del bote para reencontrarse con su perro.
Sabía que no podía abandonarlo. Días después del hundimiento, un equipo de
rescate encontró el cuerpo de la pasajera aferrado al de su mascota. Murieron
juntos, abrazados, tal como ella lo decidió. Muy conmovedora historia que nos demuestra
hasta dónde llega el amor.