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lunes, 31 de marzo de 2014

El afecto de los abuelos



Los niños necesitan de la compañía y afecto de los abuelos. Privarlos de ello, acotar sus tiempos o menoscabar su importancia, es despojar a unos y otros de alegrías, valores y aprendizajes que no solamente enriquecerán sus vidas, sino que además ayudarán a los padres a completar su educación.

A veces, solamente se tiene en cuenta a las suegras ante la necesidad de que se hagan cargo de nuestros hijos/as cuando urgen situaciones laborales o de otro tipo. Incluso se suele solicitar su ayuda sin consultar sus propios horarios, necesidades o compromisos previos. Sin embargo, en tales casos difícilmente se recibe una negativa por respuesta.

Los abuelos/as-que además cumplen el rol de suegras/os- poseen conocimientos para ofrecer a sus nietos, que son distintos que los que entregan madres o padres. Hay que respetar los tiempos y espacios de funciones diferentes y complementarias para la creación una convivencia saludable y satisfactoria.

viernes, 28 de marzo de 2014

Cántaro quebrado







Imborrables veranos de mi infancia
con canto de cigarra en la arboleda;
rechinar del molino, de su rueda,
y del fruto maduro, la fragancia.

Murmullo del arroyo a la distancia,
susurro de la brisa que remeda
la sutil euforia de agua y seda,
en el cantar pueril de su asonancia.

No volverán aquellas dulces horas
ni el paisaje estival, casi olvidado,
en el fatuo brillar de otras auroras.

Sobre la piel del tiempo va el pasado
como el arroyo aquel de aguas sonoras
donde abrevó mi cántaro quebrado.

Olga Zorzoli

De mi blog


miércoles, 26 de marzo de 2014

El camino de los milagros





De niña,
tenía una gran imaginación que rondaba lo sobrenatural:
hombres de barba oscura,
y boina colorada,
fogatas,
bombos y cornetas 
para llamar a las almas bajo el sol alto
o la sombra de los montes.


Por "el camino de los milagros" decía yo que llegaría la liebre
para las Pascuas;
mamá quería que supiera la verdad pero me negaba
porque realmente entendía
y prefería soñar.
Decía que el animal sagrado vivía en una torre románica, 
rodeado de pinturas medievales
y cocineras con hocicos y bigotes
que preparaban manjares típicos con miel 
y sustancias puras traídas de Jerusalén.
Acomodaba la canasta en forma de nido
para recibir a la mascota más famosa del mundo.
Mamá me volvía a repetir la historia
sobre el origen de la creencia
pero yo,
con movimiento de cabeza,
le indicaba que se callara de una vez.


La noche de la Pascua,
me iba a acostar a la cama grande con mamá y papá.
Dejaba la ventana abierta
y el receptáculo tibio junto a las rejas.

...

Todos nos dormimos...
Más tarde, me desperté sobresaltada por un ruido,
me senté en la cama y estiré el cuello
para observar mejor.


Mamá me obligó a abrigarme e intentó convencerme
de que no pasaba nada.
-¡No... es ella porque vi las orejas color rosa!
-No te mortifiques, ven a descansar...
Yo la veía como un gran conejo de pelo claro
que llevaba una bolsa pesada marrón.
Mi papá no sabía qué decir y me empujaba 
a arroparme bajo las sábanas
porque le daba lástima.
-¡No...!grité y di un salto.


Me asomé a la ventana y vi que 
"El camino de los milagros"
estaba bordeado de estrellas luminosas
y la cestita repleta de huevos,
entre ellos una liebre de chocolate blanco
con ojos de rubí...

Cuento de Luján Fraix 1996

martes, 25 de marzo de 2014

Pinocho





Había una vez un artesano llamado Geppetto que quería hacer una marioneta de madera y empezó a tallarlo. De repente, escuchó gemidos...

-¡Ayy!. Eso me dolió.
Pero Geppetto siguió y cuando terminó, la marioneta se movía y hablaba.
Estaba tan contento que lo adoptó como hijo y lo llamó Pinocho. Le compró un cuaderno y lápices y le dio unas monedas. Pinocho tenía mucho que aprender...

Camino a la escuela, Pinocho iba jugando con esas monedas cuando se cruzó con un gato y un zorro que le dijeron:
-¿Estudiar?...¿Para qué? con esas monedas te harías rico...Si las plantas aquí mañana crecerá un árbol con cientos de monedas de oro-aseguró el astuto zorro.

Pinocho nada sabía de engaños y se olvidó de la escuelo e hizo como le indicaron... y claro, al día siguiente... ¡Qué gran desilusión para Pinocho!. No había ningún árbol ni estaban sus monedas. Esos sinvergüenzas las habían robado. Tanto lloró que el hada azul se acercó a consolarlo.


-¿Qué te ha pasado Pinocho?.
-¡Nada! ¡No fui a la escuela porque me dolía la pancita!-mintió con vergüenza mientras su nariz crecía y crecía.
-Mentira, mentirita. ¿Eh?-dijo el hada riendo- Te ayudaré por ser bueno y no volverás a mentir. Así, gracias al hada, Pinocho recuperó su nariz original.

Pero cuando ella se fue, unos chicos lo invitaron a ir al país de los juguetes.
-¡Sube!... ¡Vamos a jugar sin parar!
Pinocho se fue con ellos y jugó mucho. ¡Qué divertido!. Sin embargo, cuando supo que allí todos los nenes que no estudiaban se volvían burros y se los vendía, salió corriendo desesperado.

Hasta que al borde de unas rocas cayó al mar. ¡Pobrecito!. Recién entonces notó esas largas orejas de burro que tenía y ahí sí..., pidió ayuda arrepentido.
-Perdón, hada azul, quiero volver con mi papito.. quiero estudiar...
-Tendrás otra oportunidad-dijo el hada y desapareció.
De repente, Pinocho se sintió arrastrado junto a varios peces mientras volvía a ser de madera otra vez.


Una enorme ballena lo había atrapado y ya estaba adentro del animal.
-¿Tú, papá?-¡Qué felicidad!-exclamó Pinocho al encontrar a Geppetto. Él con su bote y todo, también habían sido tragados.
-¿Dónde estabas?. Te busqué por todas partes, hasta en el mar.
Pinocho le contó todo.
-¿Me perdonas papá?.
-¡Perdóname tú... no debí dejarte solo!-dijo Geppetto.

Ahora lo importante era escapar. Esperaron a que la ballena abriera su bocaza y finalmente salieron expulsados. Ya afuera, montaron sobre un delfín que nadaba junto a ellos y, sobre su lomo, se arrimaron a la costa para regresar a casa.
¡Qué rico chocolate preparó Geppetto! y... ¡Qué bien se estaba cerca del fuego, juntos!, después de tantas penas. Esta vez el hada azul apareció sin que la llamaran:
-Pinocho, eres sincero y bueno, te premiaré-dijo mientras lo tocaba con su varita mágica. El muñeco de madera era ahora un niño de verdad. Pinocho no volvió a mentir y padre e hijo vivieron felices.



Nariz larga, nariz corta...
Le crece más al que mal se porta.

Carlo Collodi (1826-1890)
Cuento de 1882


domingo, 23 de marzo de 2014

La novicia rebelde







Austria, a finales de la década de los 30. María (Julie Andrews) es una novicia traviesa cuyo encanto radica en que le gusta correr, silbar, trepar árboles, cantar en la Abadía y hacer reír a sus compañeras. En suma es la “diferente”, por eso será que es vista como un bicho raro, sólo la Madre Superiora no la juzga, la ve como una chica disfrutando de su edad. Además admira a María porque es una mujer que dice todo lo que piensa y siente, es decir, una honestidad comprobada.



La Madre Superiora observa que María tiene mucha energía por dar,
 así que se le ocurre una idea: enviar a María a que conozca el mundo
 para que ella misma descubra 
si realmente lo que quiere en la vida es ser monja.
 Una familia de Salzburgo necesita una institutriz
 para que cuide a 7 niños, ese puesto está pintado para María.


María se despide, con pena, del Convento y va a la casa del viudo (y amargado) Capitán Von Trapp (Christopher Plummer).
 La residencia es una mansión inmensa que atemoriza por un instante a María, 
pero rápidamente ella recuerda que “tener confianza en sí misma” 
es la clave para vencer nuestros miedos.
 Los 7 niños son mucho más traviesos que ella,
 pero ahí radica precisamente la empatía con ellos:
 entre los 8 juntos son muy pícaros. 
De inmediato congenian, y a diferencia de todas 
las demás institutrices anteriores a María, ella no renuncia, 
si no que busca educarlos con amor y valores.


Con el paso del tiempo aquellos niños que fastidiaban a las ex-institutrices para llamar la atención de su padre, 
se convierten en niños modelo y hasta cantores.
 El Capitán Von Trapp se entusiasma con la vibra positiva de la casa
 (como en los viejos tiempos de su finada esposa) y empieza a ver con “ojitos de caramelo” a la señorita María. 
Pero hay un problema: ella es novicia.
“La novicia rebelde” es una película que atrapa al espectador. Llena de mensajes como: luchar por nuestros sueños, que en la vida no hay que eludir los problemas sino que es mejor afrontarlos, que el amor es el camino para ser mejores, etc. Los más emotivos momentos de la película son con Julie Andrews y los niños quienes se comprometen en sus roles, los abordan y finalmente hacen de este un filme inolvidable.

viernes, 21 de marzo de 2014

Jugamos con las edades?






CANCIÓN LUNERA

La luna se peina
con peine de plata,
la rana la mira
con lentes de lata.
La luna se duerme
detrás de las ramas,
la rana hace "nono"
quietita en el agua.

Teresita Peralta.
"nono"-dormir





EL SOL

Una estrella desolada
viajaba
sobre el manto
de la dulce
mañana.

Eleonora Remes

jueves, 20 de marzo de 2014

El libro tirado




Un día un hombre tiró un libro sobre la cama y se fue. Ante la tremenda sacudida  las letras se cayeron al suelo, al cubrecamas y a la almohada también. Algunas de ellas se quebraron, otras se partieron por la mitad, y otras sufrieron grandes desgarros de tinta y fracturas de formas.

Un "i" minúscula buscó desesperada por mucho tiempo el puntito que se le había perdido en ese enorme golpe. 

La "q" por ejemplo, al perder la patita que definía la consonante que era, tuvo que empezar a comunicarse diciendo "o" porque después de la caída se pareció más a una "o" que a una "q". Los acentos andaban por todas partes saltando como locos buscando subirse a las letras, pero tenían la gran confusión puesto que por más que se subieran a ellas no servirían sino en las palabras completas. Uno se equivocó tanto que se subió a una "h" y la "h" que nunca hablaba se enojó de tal manera que dijo:

-"¡h!,¡h!"- y lo echó.


Mientras tanto los punto y seguido miraban desconcertados porque nada seguía, estaba todo muy separado después de una gran caída y los punto y aparte quedaron tan pero tan apartados que hasta algunos se murieron de soledad...

Poco a poco las letras que quedaban, como cada una por su parte no podía hacer nada, decidieron ir reuniéndose. Había que armar otras palabras para que los chicos pudieran ver en un libro juegos nuevos, para decirles qué pasa cuando un libro se tira, para contarles que un hombre al tirar un libro mata un montón de letras y otro montón quedan lastimadas, y que si se hace eso las letras no pueden formar palabras que nos cuenten cosas y nos hagan jugar en una hermosa mañana de sol.

Cuento de Rubén Di Biaggio


martes, 18 de marzo de 2014

Caperucita roja






Había una vez una adorable niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, y no quedaba nada que no le hubiera dado a la niña. Una vez le regaló una pequeña caperuza o gorrito de un color rojo, que le quedaba tan bien que ella nunca quería usar otra cosa, la empezaron a llamar Caperucita Roja.



Un día su madre le dijo:
- Ven, Caperucita Roja, aquí tengo un pastel y una botella de vino, llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día. Camina tranquila y con cuidado, no te apartes de la ruta, no vayas a caerte y se quiebre la botella y no quede nada para tu abuelita. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle, “Buenos días”.

-No te preocupes, haré bien todo, dijo Caperucita Roja, y tomó las cosas y se despidió cariñosamente. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y no más había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero, cuando se encontró con un lobo. Caperucita Roja no sabía que esa criatura pudiera hacer algún daño, y no tuvo ningún temor hacia él. 




-Buenos días, Caperucita Roja, dijo el lobo.
- Buenos días, amable lobo. - 
-¿Adonde vas tan temprano, Caperucita Roja? - A casa de mi abuelita. 
- ¿Y qué llevas en esa canasta?
-Pastel y vino. Ayer fue día de hornear, así que mi pobre abuelita enferma va a tener algo bueno para fortalecerse.” 
- ¿Y adonde vive tu abuelita, Caperucita Roja?
- Como a medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto, contestó inocentemente Caperucita Roja.
 El lobo se dijo en silencio a sí mismo: ¡Qué criatura tan tierna! qué buen bocadito - y será más sabroso que esa viejita. Así que debo actuar con delicadeza para obtener a ambas fácilmente.

Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo: 
-Mira Caperucita Roja, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas? Y yo creo también que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino como si fueras para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.

Caperucita Roja levantó sus ojos, y cuando vio los rayos del sol danzando aquí y allá entre los árboles, y vio las bellas flores y el canto de los pájaros, pensó: “Supongo que podría llevarle unas de estas flores frescas a mi abuelita y que le encantarán. 

Además, aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito, siempre llegaré a buena hora.” Y así, ella se salió del camino y se fue a cortar flores. Y cuando cortaba una, veía otra más bonita, y otra y otra, y sin darse cuenta se fue adentrando en el bosque.
 Mientras tanto el lobo aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta. 

-¿Quién es? preguntó la abuelita. 
-Caperucita Roja, contestó el lobo. Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.
- Mueve la cerradura y abre tú, gritó la abuelita, estoy muy débil y no me puedo levantar. El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.

Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma: “¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, otras veces me ha gustado tanto estar con abuelita.” 




Entonces gritó: 

-¡Buenos días!, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña. 
-¡!Oh, abuelita! dijo, -qué orejas tan grandes que tienes. - --Es para oírte mejor, mi niña, fue la respuesta. 
- Pero abuelita, qué ojos tan grandes que tienes.
 - Son para verte mejor, querida.
- Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes. 
- Para abrazarte mejor.
- Y qué boca tan grande que tienes. 
- Para comerte mejor.
Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.

Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí.

- ¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador! dijo él.¡Hacía tiempo que te buscaba! Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente. 

En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: ¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quiso correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el esfuerzo y cayó muerto.

Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: 


“Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”

Charles Perrault
Cuento de 1697

lunes, 17 de marzo de 2014

Arlequín





Arlequín era un niño muy bueno. Todos lo querían y todos buscaban su compañía.

En aquellos días se preparaban los festejos de carnaval.
Los niños pensaban ya en sus bonitos disfraces. Las mamás cosían y probaban y probaban hermosos trajes de aldeanas, bailarinas, pajes, pastoras y payasos.

-¡Yo seré una dama antigua...!Tendré una peluca blanca y un traje de seda azul.

-¡Yo seré un pirata terror de los mares! Me taparé un ojo y llevaré un gorro negro...

-¡Si supieran que bonito es mi traje de payaso!

-Y tú, Arlequín, de qué te disfrazarás?

-Mis padres son muy pobres. No habrá disfraz para mí.

Un silencio, que fue pena, recibió este comentario.
Al día siguiente, cada amiguito llevó un trozo de tela para el compañero pobre. Aunque los retazos eran de distintos colores, Arlequín estaba contentísimo.

-Con todos estos pedacitos de telas, mi madre me hará un hermoso disfraz. Yo seré dichoso con él, pues cada color me recordará a un amigo.
El carnaval llegó con ruidos de matracas y colores de serpentinas. Arlequín lució el novedoso traje que gustó mucho a todos.

Tanto que fue proclamado "Rey del Carnaval".



sábado, 15 de marzo de 2014

Una torre en el cielo






Llegué. Estoy en la torre, es casi increíble. Estoy en el cielo.
Este lugar es bello, tranquilo y en él se respira un aire confiable de paz.
Llegar hasta aquí me costó enormes esfuerzos de imaginación. Comencé a construir la torre cuando era muy pequeño y fui creciendo con ella hasta llegar a ubicarla en el cielo.

Desde luego, como supondrán ustedes, no fue tarea fácil. El mundo de la imaginación es muy complejo y a veces accedemos fácilmente a aquello que queremos y otras nos cuesta gran trabajo conquistar lo deseado, es como en este caso: la construcción de una torre para llevarla al cielo y plantarla allí.

No puede decirse que mi torre sea la mejor de las torres, pero bastante confortable, tiene grandes ventanas y fuertes escaleras. Además, lo verdaderamente atractivo de ella es lucir como única torre construida con la imaginación y alojada en el cielo. Probablemente ahora tenga yo que dar innumerables explicaciones a quienes no entiendan absolutamente nada cuando vean a mi torre flotar en el cielo.

Seguramente buscarán responsables, comenzarán las investigaciones y pronto darán conmigo. Por ello he obrado con previsión. Dejé en la puerta de mi casa una nota diciendo así:

"Yo he sido quien ha construido la torre. La razón por la que lo hice es sencilla: me cansé de ver siempre lo mismo al mirar hacia arriba y pensé que sería bueno agregar algo al paisaje. Les digo a aquellos que quieran juzgarme para mal que no me arrepiento. Y para aquellos que quieran disfrutar de mi torre imaginaria, las puertas están abiertas, vengan ahora mismo. Los espero aquí.

Cuento de Gerardo Theyler

jueves, 13 de marzo de 2014

Nocturno







Velando tu sueño, interminable espera
Lucía del alma, la luna te ampara,
los ángeles duermen cerca de tu cama,
la noche presiente la clara mañana.
Velando en la noche, tus manitas blancas
iluminan ojos de otra madrugada.
El tiempo no existe, por tu vida clara.
Los árboles todos del patio te cantan
un murmullo fresco de sombra plateada.
Y sigue la luna mirando tu cara
de suave amapola frágil y perlada.
Velando tus sueños te miro sin tiempo
desde la eternidad y sin palabras.
Se teje un misterio, párpados de nácar
se arrullan palomas, se vuela mi alma.
Caminan mis pasos, los años... la nada
a tu recuerdo siempre, que lo sientes todo
y hasta me parece que Dios te mandara
para ver el mundo, esta madrugada.

Favio Ceballos

miércoles, 12 de marzo de 2014

El columpio





 Goya

El columpio miraba de lejos en los jardines de la casa de piedra. No podía convocar a su paraíso a la niñez blanca que le hablaba desde algún cuento de tilos y moluscos. Componía su madrigal con magnificencia frente al madroño sembrado de matices y suspiraba tras la gracia de soñar un día más con el adagio del destino.

Balanceaba su rosario de eslabones grises en la soledad, como fantasma que cuidaba la llanura o centinela de milenios que movía sus cadenas y ahuecaba el silencio. Jamás dejó que lo tocaran porque él era dueño de sí mismo y, cual sabio monacal, permanecía inmaculado. Era un maestro de ciencias y cabalgaba sin instrumentos ópticos por las sombras de los Jueves Santo, en el canto de los mirlos o en el aura que dejó la nostalgia cuando la fiesta de la infancia se fue del escenario.

Un día, interrumpió el susurro porque escuchó la voz de nácar  de una niña vestida de mujer...

Luján Fraix
Cuento de 1995

martes, 11 de marzo de 2014

El ruiseñor





La historia que vamos a contar sucedió hace muchísimos años. Razón de más para contarla, porque de otro modo, con todo ese polvo de tiempo encima, nadie la recordaría, y es mejor que no se olvide nunca.

Han de saber que el emperador de la China es un señor chino que vive rodeado de chinos. El de nuestro cuento, habitaba en el más hermoso de los palacios, todo hecho de finísima porcelana blanca rodeado de un jardín donde florecían las plantas más extrañas. El jardín era tan grande, que ni siquiera el jardinero estaba seguro de saber adonde terminaba. Si alguien del palacio se animaba a caminar lo suficiente, podía encontrarse con lagos enormes y todavía un poco más lejos con grandes bosques que llegaban hasta el mar.

Por aquel mar navegaban algunos barcos y sus afortunados pasajeros alcanzaban a ver desde la borda las orillas del jardín del emperador. En uno de los árboles del bosque, vivía un ruiseñor. Cantaba tan maravillosamente que hasta los pobres pescadores que echaban sus redes en la playa cercana, agobiados por el trabajo y las necesidades, se detenían gozosos a escucharlo. Visitantes de todas partes del mundo llegaban al país y se quedaban admirados del esplendor de la ciudad imperial, entre cuyas maravillas estaban el palacio y el jardín del emperador; pero nada los dejaba tan extasiados como el ruiseñor que cantaba en los lejanos bosques.


Muchos de ellos, al volver a su patria, escribían libros contando lo que habían visto y ninguno de ellos olvidaba al ruiseñor. Un día llegó a manos del soberano un libro que le enviaba su colega, el emperador del Japón. Leyó muy satisfecho lo que se contaba de reino. Y del ruiseñor. Primero sintió orgullo y luego sorpresa; y la sorpresa le causó un disgusto:


-¿Qué es esto?-se preguntó- Dicen que lo más maravilloso de mi reino es este pájaro. ¿Será posible que tenga que enterarme por los libros? ¡Se me está ocultando tan importante asunto! ¡Qué venga el chambelán!

Entonces, vino el chambelán que era un gran señor de la corte, personaje de tan alto rango que jamás dirigía la palabra a los inferiores.
-¿Cómo se explica esto?-le preguntó enojado el emperador-Cuentan en estos libros que existe aquí un pájaro que se llama ruiseñor, que es la maravilla más notable del reino. A mí nunca se me habló de él. ¡Quiero que esta noche venga a cantar a palacio!

-Perdonad, señor-respondió humildemente y confundido el chambelán-. Lo buscaré para traerlo ante vos. Vuestra Majestad tendrá esta noche en sus salones a tan famoso cantante.
Atemorizado por el enojo de su soberano, el desdichado funcionario corrió escaleras arriba y escaleras abajo, pero no halló a nadie que supiera del ruiseñor. Entonces volvió ante el emperador y le dijo muy convencido:

-He estado investigando por todo el palacio. Vuestra Majestad no debe creer todo lo que se escribe por ahí. Los libros no son más que invenciones y los poetas unos grandes mentirosos en todas partes.
-Pero este libro me lo envió el poderoso emperador del Japón. ¡No puede mentir!¡Insisto en que tengo que oír cantar al ruiseñor!. De lo contrario, ni un solo morador del palacio quedará sin castigo.

El chambelán echó a correr con muy poca dignidad. Y otra vez escaleras arriba y escaleras abajo. Por fin se le ocurrió ir a la cocina y halló a la muchachita que allí trabajaba.
-¡Oh, sí!-respondió cuando le preguntaron-¡El ruiseñor!. Lo conozco muy bien. Cuando regreso a mi casa, suelo detenerme en el bosque para escucharlo. Su canto es tan dulce, que hace brotar lágrimas de mis ojos y me parece sentir como si mi madre me estuviera besando.

El chambelán dio un brinco de alegría. En seguida se puso muy serio y prometió a la niña un puesto permanente en la cocina y también permitirle asistir a la comida del emperador, si lo guiaba hasta el lugar donde estaba el ruiseñor. La niña consintió y cuando emprendieron el camino, una multitud de cortesanos fue tras ellos. De pronto, ya en el bosque, un sonoro canto rompió la quietud. Pero se sintieron muy desilusionados al ver un ave tan pequeñita y tan poco vistosa. Sin embargo, el ruiseñor continuó su melodía y al poco rato estaban todos embelesados.


-Señor pájaro-dijo el chambelán-. El gran emperador de la China os invita a que vayáis a cantar esta noche al palacio. Quiere oír vuestra soberbia voz.
-Mi canto se escucha mejor en los bosques-respondió el ruiseñor-, pero iré a ver al emperador y cantaré.

Regresaron y pronto se dispuso todo para la fiesta. Esa noche, el palacio resplandecía de luces. En el centro del gran salón principal, se levantaba el trono del emperador, recamado de piedras preciosas y junto a él colocaron una percha de oro donde había de posarse el invitado. A la cocinerita le permitieron que se asomara a una de las puertas interiores para ver la reunión. Las damas lucían preciosos trajes de seda bordada y había gran animación. Se dejaron las ventanas abiertas, a la espera de tan ansiado artista.

Cuando el ruiseñor entró por una de ellas, todos quedaron callados, a la expectativa. el pájaro se posó en la percha y cantó. Cantó tan armoniosamente, con tanta dulzura, que las lágrimas corrieron por las mejillas del emperador. Cuando terminó, el soberano se secó los ojos y quiso darle como premio un regalo: una preciosa chinela de oro. El ruiseñor inclinó la cabecita.

-Señor-dijo, me basta el homenaje de vuestra emoción para sentirme feliz.
El emperador de la China quedó prendado y quiso que el pájaro quedara en el palacio. Insistió tanto que el ruiseñor aceptó por fin. Se le hizo construir una jaula especial toda de oro y se le concedía permiso para salir dos veces al día y una vez a la noche. Diez sirvientes lo cuidaban. El ruiseñor vivía en medio del esplendor del palacio, mimado y agasajado, pero sufría por falta de libertad.

Un día, un cortesano envidioso se presentó ante el emperador con una cajita. Al abrirla, halló en ella un hermoso pájaro mecánico fabricado con brillantes y piedras preciosas que, cuando se le daba cuerda, cantaba igual que el pequeño ruiseñor del bosque. Era perfecto. Entonaba sus melodías en cualquier momento que se deseara oírlo y su aspecto era mucho más bello que el pájaro verdadero, que sólo tenía sus humildes plumas.

El emperador enloqueció de alegría y vanidad al pensar que era dueño de tan asombroso invento. Llenó de honores al cortesano que se lo ofreció, y no hubo un solo personaje en el palacio que no afirmara que ese pájaro era superior al otro en belleza y armonía.

Y sucedió que poco a poco fueron olvidando al ruiseñor, y éste entonces huyó por la ventana. Nadie tuvo para él una palabra de cariño, ni nadie sintió remordimiento por haberlo abandonado. Por el contrario.
-Es un desagradecido-comentaron a una sola voz los cortesanos- Pero no tiene importancia que se haya ido ahora. Nos queda el mejor de los dos.

El pájaro artificial se convirtió así en el mimado de la corte. El emperador quiso que el pueblo entero pudiera oírlo y dispuso que se diera un concierto en la plaza pública, dirigido por el mejor de sus músicos. Los que asistieron quedaron tan contentos como si se hubieran emborrachado con té. Sólo los pescadores movieron la cabeza a un lado y a otro sin decir nada.

Ellos sabían que ninguna criatura podría cantar como el ruiseñor.
Pero un día ocurrió algo inesperado. Al pájaro mecánico se le rompió la cuerda y no cantó más. Poco después, el emperador cayó gravemente enfermo. La tristeza lo consumía. Comenzó a adelgazar mucho y dejó de interesarse por las cosas del reino. Se moría sin remedio.
Desde su lecho suntuoso, hundido entre encajes y bajo el dosel de raso, contemplaba el pájaro artificial que lo acompañaba, encerrado en una vitrina, callado y quieto.


Una noche, cuando el emperador ya no podía levantar la cabeza de la almohada, un canto maravilloso lo sacó de su entresueño: el ruiseñor desde la rama de un árbol cantaba para él. A medida que surgía la melodía, la sangre comenzó a correr por las venas con nueva vida, se sonrosó el rostro real y brillaron los ojos hundidos del emperador.
Hasta la madrugada cantó el pájaro olvidado, y cuando el sol entró a raudales hasta el lecho, los cortesanos hallaron a su soberano completamente restablecido y feliz, mientras el ave seguía cantando en el bosque.

-¡No me abandones!-rogó el emperador-Vuelve conmigo. Vivirás libremente en los bosques, pero ven a cantar para mí todas las noches.
Así lo prometió el ruiseñor. Y prometió también contarle todo cuanto viera en el inmenso reino, para que conociera los pesares y alegrías de sus súbditos. Después, se subió a la cama y murmuró a su oído:
-Pero no digaís a nadie que hay un pajarito que todo os lo cuenta.

Hans Christian Andersen
cuento de 1843.




Todas las horas





Obras de Jessie Willcox Smith

"Las hojas verdes
en las baldosas rojas
infancia pura"




La niña está sola.
El piso del cuarto es de mosaicos grises.
A un lado de la cama, hay un velador con flores
y un banquito de madera,
al otro una muñeca triste.
Escucha las campanas de la iglesia y 
el murmullo de las monjitas, recuerda su cuento
preferido "El Gallito Crestita".
Sonríe... Es feliz.




De pronto, crece y su vida se llena de juegos
y de gente,
sus manos abrigan fábulas, gatos y rosas.
Siente una inspiración de duende
que ronda en su alma donde nace el agua
de todos sus llantos, la inocencia madura de sus ojos negros, 
las huellas que dejan Alfonsina,
Quiroga y Juan Ramón Jiménez...
Mark Twain aparece después
en la piel de "Príncipe y Mendigo"
cuando las horas se exilian entre los muñecas
y los gorriones picotean las cerezas rojas.




Duermen en los libros Mariano Moreno
y Magallanes
mientras eleva su voz el Himno Nacional
en las mañanas de esos inviernos
con banderas, hojas muertas 
y silencio de capilla.
Habita el "Martín Fierro" en su mesa de luz 
y las sombras de Sherlock Holmes
y Agatha Christie.
La niña crece.
Siente los años como siglos
y la muchedumbre golpear a la puerta.




Forma secuencias de momentos ficticios
con sueños que ama y que no puede concretar;
traza el mapa de un camino árido 
dejando detrás a Nerón y su locura,
a la reina Isabel I,
a los viajes al campo 
y a su metrópoli de símbolos...
Está quieta en su laberinto de ilusiones salvajes
cuando las águilas la acosan
y transforman su sonrisa en eterna melancolía.
Percibe una sensación de desconsuelo 
sobre el umbral de la adolescencia.




Lentas carretas cruzan los caminos bajo el sol que quema;
la joven sube y se aleja...,
la acompañan los héroes de sus libros:
Aureliano Buendía (Cien años de soledad),
Eva Luna,
Catherine Earshaw (Cumbres Borrascosas)...

Ya es grande.
Junto a la nieve y al enigma de la felicidad soñada
escribe historias con aplausos
mientras sus ojos húmedos
intentan borrar las palabras.
La niña de mirada sin tiempo
detiene las agujas del reloj
y se va de la habitación rosa,
no quiere imaginar más
porque su cuento la hace llorar.

Luján Fraix 
Cuento de 1995



Texto publicado
en el diario "La Prensa". Buenos Aires.
Premiado
en el concurso de cuentos  A.D.E.A

domingo, 9 de marzo de 2014

La princesa y el guisante





Hace muchos años, un joven y gallardo príncipe decidió casarse. Su pueblo deseaba que lo hiciera porque el rey era ya muy viejo y el príncipe debía tomar una esposa que le diera herederos.

Comenzó entonces la búsqueda de una princesa de tan noble señor.
Había muchas, y el príncipe recorrió el mundo entero; pero no acababa de encontrar lo que quería. Porque siempre tenía dudas, y no estaba muy seguro de que aquellas hermosas jóvenes que le presentaban fueran verdaderas princesas, así como él un príncipe verdadero, de vieja estirpe.


De manera que regresó a su país, muy triste, sin haber encontrado la auténtica princesa con la que quería casarse.
Contó el viaje a sus padres y allí quedaron los tres muy cabizbajos en la gran sala dorada y silenciosa, porque lo cortesanos, mudos, se habían quedado cariacontecidos en los rincones.

El rey se acariciaba la barba, pensativo, y el príncipe se paseaba tristemente mirando llover. Porque aquella tarde se había desencadenado una espantosa tormenta, tronaba y relampagueaba, el viento sacudía las copas de los árboles y en los cristales tamborileaba la lluvia.

Estaba tan triste la sala en la penumbra que los cortesanos y los criados se fueron a dormir.
Y en ese momento... en ese momento, "¡toc, toc!", llamaron a la puerta del palacio.
El rey se levantó lentamente y fue a abrir. ¿Y qué encontró el anciano monarca? Pues nada menos que una pobre princesa, calada por la lluvia y aterida de frío, que le pedía albergue.
Estaba empapada, el agua le chorreaba por los cabellos, se le metía por el borde de los zapatos y le salía por los altos tacones.

Su aspecto era lamentable, pero ella aseguraba que era una princesa.
-Yo me encargaré de averiguar si eso es verdad- se dijo la reina.
Sonrió a la joven, la atendió con mucha amabilidad y le ofreció ropa para cambiarse.

Después, le hizo servir una taza de té bien caliente junto a la chimenea. Y mientras la niña conversaba con el anciano rey y con el joven príncipe, la reina dijo que iba a ocuparse de arreglarle el dormitorio.

Con mucha astucia, preparó la cama. Puso sobre el elástico un guisante y luego colocó encima veinte colchones mullidos y veinte edredones bien acolchados. Así dispuesta la cama, la reina volvió a la sala, donde su bonita huésped, ya repuesta del remojón, tenía encantados con su gracia y simpatía al rey y al príncipe.
Como estaba muy cansada, manifestó deseos de retirarse a dormir.

La princesa saludó dando las buenas noches, y el rey, la reina y el príncipe charlaron durante un rato. Al rey le parecía encantadora su visitante, y el príncipe estaba ya casi enamorado de ella, pero los dos temían que no fuera una princesa verdadera.
La reina sonreía.
Al día siguiente, cuando llegó la hora del desayuno, volvieron a reunirse todos en el comedor. El rey estaba mojando su sabrosa medialuna en su café cuando entró la joven con aspecto fatigado.
-No parece que hayáis descansado-dijo el monarca- ¿Cómo pasasteis la noche?.


-¡Oh, muy mal!-respondió ella, frotándose la cintura-. No he podido dormir. Algo había en la cama que me ha molestado mucho. Algo tan duro que estoy llena de moretones. ¡Espantoso!.

La reina, alborozada, se levantó para abrazarla: sólo una verdadera princesa podía ser tan refinada como para sentir un guisante a través de veinte colchones y veinte edredones.
Cuando el príncipe supo el secreto, se sintió muy feliz y la tomó como esposa.
La boda se celebró con gran pompa y el guisante fue a parar a la vitrina del museo, donde todavía hoy lo pueden ver los visitantes.

Y si ésta no es una verdadera historia de una verdadera princesa, que venga otro a contar alguna.

Hans Christian Andersen
Cuento de 1835

sábado, 8 de marzo de 2014

Peter Pan




Wendy, Michael y John eran tres hermanos que vivían en las afueras de Londres. Wendy, la mayor, había contagiado a sus hermanitos su admiración por Peter Pan. Todas las noches les contaba a sus hermanos las aventuras de Peter.

Una noche, cuando ya casi dormían, vieron una lucecita moverse por la habitación.
Era Campanilla, el hada que acompañaba siempre a Peter Pan, y el mismísimo Peter. Éste les propuso viajar con él y con Campanilla al País de Nunca Jamás, donde vivían los Niños Perdidos...
- Campanilla os ayudará. Basta con que os eche un poco de polvo mágico para que podáis volar.

Cuando ya se encontraban cerca del País de Nunca Jamás, Peter les señaló:
- Es el barco del Capitán Garfio. Tened mucho cuidado con él. Hace tiempo un cocodrilo le devoró la mano y se tragó hasta el reloj. ¡Qué nervioso se pone ahora Garfio cuando oye un tic-tac!
Campanilla se sintió celosa de las atenciones que su amigo tenía para con Wendy, así que, adelantándose, les dijo a los Niños Perdidos que debían disparar una flecha a un gran pájaro que se acercaba con Peter Pan. La pobre Wendy cayó al suelo, pero, por fortuna, la flecha no había penetrado en su cuerpo y enseguida se recuperó del golpe.



Wendy cuidaba de todos aquellos niños sin madre y, también, claro está de sus hermanitos y del propio Peter Pan. Procuraban no tropezarse con los terribles piratas, pero éstos, que ya habían tenido noticias de su llegada al País de Nunca Jamás, organizaron una emboscada y se llevaron prisioneros a Wendy, a Michael y a John.

Para que Peter no pudiera rescatarles, el Capitán Garfio decidió envenenarle, contando para ello con la ayuda de Campanilla, hada quien deseaba vengarse del cariño que Peter sentía hacia Wendy. Garfio aprovechó el momento en que Peter se había dormido para verter en su vaso unas gotas de un poderosísimo veneno.

Cuando Peter Pan se despertó y se disponía a beber el agua, Campanilla, arrepentida de lo que había hecho, se lanzó contra el vaso, aunque no pudo evitar que la salpicaran unas cuantas gotas del veneno, una cantidad suficiente para matar a un ser tan diminuto como ella. Una sola cosa podía salvarla: que todos los niños creyeran en las hadas y en el poder de la fantasía. Y así es como, gracias a los niños, Campanilla se salvó.




Mientras tanto, nuestros amiguitos seguían en poder de los piratas. Ya estaban a punto de ser lanzados por la borda con los brazos atados a la espalda. Parecía que nada podía salvarles, cuando de repente, oyeron una voz:
- ¡Eh, Capitán Garfio, eres un cobarde! ¡A ver si te atreves conmigo!

Era Peter Pan que, alertado por Campanilla, había llegado justo a tiempo de evitarles a sus amigos una muerte cierta. Comenzaron a luchar. De pronto, un tic-tac muy conocido por Garfio hizo que éste se estremeciera de horror. El cocodrilo estaba allí y, del susto, el Capitán Garfio dio un traspié y cayó al mar. Es muy posible que todavía hoy, si viajáis por el mar, podáis ver al Capitán Garfio nadando desesperadamente, perseguido por el infatigable cocodrilo.

El resto de los piratas no tardó en seguir el camino de su capitán y todos acabaron dándose un saludable baño de agua salada entre las risas de Peter Pan y de los demás niños.

Ya era hora de volver al hogar. Peter intentó convencer a sus amigos para que se quedaran con él en el País de Nunca Jamás, pero los tres niños echaban de menos a sus padres y deseaban volver, así que Peter les llevó de nuevo a su casa.



- ¡Quédate con nosotros! -pidieron los niños.
- ¡Volved conmigo a mi país! -les rogó Peter Pan-. No os hagáis mayores nunca. Aunque crezcáis, no perdáis nunca vuestra fantasía ni vuestra imaginación. De ese modo seguiremos siempre juntos.
- ¡Prometido! -gritaron los tres niños mientras agitaban sus manos diciendo adiós.


 James Matthew Barrie

Peter Pan nombre ficticio que creó su autor para una obra de teatro estrenada en 1904 en Londres. Se convirtió en libro para niños en 1911.

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