jueves, 13 de octubre de 2022

El silencioso grito de Manuela, por Claudia Ramírez (Argentina)

 


No sé porque te han criticado o no les ha gustado. Bueno no a todos nos gustan los mismos libros. Ya lo he leído y me a resultado muy rica su escritura y muy sensible al expresar sentimientos como el miedo, el abandono o la actitud hacia las enfermedades. Me resulto un libro excelente en cuanto a la narración de la vida y sus experiencias con los recuerdos y los duelos. No digo que porque me gusto a mi le debe gustar a todos. Solo que no hay que matar al escritor porque su prosa no fue de nuestro agrado. Éxitos y no pares de escribir. Porque hemos lectores que si nos gusta lo que vos nos transmitis.

*

Mi libro leido de la semana. Recomiendo a esta autora. Su escritura Es realista, sensible. Te transporta al sentir de los personajes. Sus miedos. Sus fantasias. Sus vivencias. Gracias Luján Fraix por tan bello texto.

Claudia Ramírez

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
ETERNAMENTE MANUELA

***Por amazon en papel
***Por Mercado Libre---Argentina.

miércoles, 12 de octubre de 2022

El silencioso grito de Manuela (Cap IV 3era parte)

 

A ambos les sobraban las horas de una existencia que velaba el presente con cirios púrpuras y el futuro era una máscara que asomaba su faz por las ojivas en las noches de tormentas eléctricas. Manuela y Julián dependían de los retratos, aunque a Damián jamás le mostraban la foto de su madre. Encarnación se había dormido entre los álbumes; ya no se parecía a Rocío que seguía gobernando la sala con los tulipanes de seda.

Damián jugaba en los brazos de Letizia a quien llamaba mamá porque no podía elegir; Alejandro, su padre, lo venía a buscar y lo acompañaba a la casa de Lola para que cambiara de ambiente. Ella era una abuela “normal” que le compraba helados y lo llevaba a la plaza a jugar con otros niños aunque él se mostrara retraído. Tampoco le hablaba de Encarnación, ni de su fama ni de sus huellas, porque inconscientemente no la quería por haber desafiado al peligro sin pensar en la familia. La consideraba una mujer egoísta, educada con absoluta libertad, a quien los problemas de las personas le resbalaban dejando relucir su alma mezquina. Lola no quería que su nieto recordara a su madre de esa manera; ella, llegado el momento, se encargaría de inventar un personaje noble a los ojos de la criatura. Sin embargo, Damián, a su manera, ya estaba sufriendo los estragos del abandono y de una ausencia que se hacía esperar y que estaba pintada en algún sueño, en una caricia lejana, en una canción de cuna…

 


Letizia, mientras tanto, entre el dolor y el miedo, preparaba su casamiento con José Rodríguez. Ella sentía que debía buscar la salida, una oportunidad para alejarse del resto sin importarle el amor. No estaba segura de ser la novia ideal porque ya no sabía dónde se hallaba parada. José era el hombre que debía ser su marido y eso bastaba para poder seguir viviendo, con resignación, sin entusiasmo, con las cargas que el destino le imponía. En ella no se gestaba el más mínimo deseo porque todo era estudiado con anterioridad, certificado por Manuela y Julián y por los médicos que no sospechaban la soledad que Letizia sentía en su alma. Apostaba a su cordura infantil, alimentada por su madre, a la automedicación y al llanto que siempre, tan inoportuno, delataba su pasiva violencia.

José le daba seguridad para defenderse de los invasores imaginarios pero era algo indiferente cuando se alejaba para partir al campo a lidiar con los sembrados y los animales; sin embargo, sabía dividir su tiempo porque pensaba que todas las mujeres necesitaban las mismas cosas. La imagen de Letizia expresaba su impotencia frente a las horas de vida que le pesaban… pero José no se daba cuenta porque, tal vez, se egocentrismo no le permitía ponerse en el lugar de ella y asumir el compromiso. La familia de Letizia estaba quebrada y nada le devolvería la paz.

Damián crecía al amparo de Manuela y de Letizia. Lola, la otra abuela, quería rebelarse ante el misterio de esa casa legendaria con códigos absurdos y dañinos para el niño, pero Manuela era demasiado absorbente y posesiva capaz de desafiar reglas establecidas como modelos. A ella su corazón le hablaba y le decía que Damián estaba ocupando el lugar abandonado por Rocío y por Encarnación como un regalo de sus hijas. Manuela, por orden del Supremo, debía protegerlo de la vida invadida por asesinos y víctimas, protestas y libertinaje, seres oscuros y santos de yeso.

-Tú sabes que Dios está en los cielos. Júrame que no saldrás a la calle. Júrame que no morirás…- le decía Manuela en susurros cuando lo veía dormir en la cama de Rocío con su mismo pelo lacio y rubio. Ese ángel sobreviviente era el lazo que la unía a la pesadilla y al último paso que la arrojaba al futuro. ¡Pobre niño! Sobre él caía la guerra de una familia contra el mundo que pendía de un hilo y que afrontaba el reto del mañana pero enturbiaba el presente.

Julián, resignado y apático, se refugiaba en el trabajo mientras trataba de acrecentar el capital aunque ya no le importaban los billetes. Había descubierto el paraíso y el infierno en pocos años, de nada le servía el dinero porque no le daba felicidad. Podía nadar en él hasta ahogarse y gritar hasta quedar mudo; nadie le devolvería aquello que, como un escultor, había creado y que valía más que el oro. Todos parecían autómatas, no lloraban ni reían, sólo se levantaban por las mañanas y se acostaban por las noches con un macabro ejercicio no premeditado.

¿Esperaban algo o se dejaban llevar por la renuncia?

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA

ETERNAMENTE MANUELA

martes, 11 de octubre de 2022

La Liberación. Hermanas Brontë. (Cap I-Sallie Deam 1era parte)

 

Charlotte Brontë

1-SALLIE DEAM

Enero de 1855

 

Firmar con otro nombre…

 

La tarde fría dejaba su enigma de lágrimas en el verde inexistente de los días.

La bruma se extendía por aquellos páramos y barrizales.

El suelo se hallaba cubierto de nieve y el viento estremecía las grietas de la antigua casona.

“Podría perderme por estos pantanos”, pensó, pero su deseo de llegar era más fuerte que las inclemencias del tiempo. La vida y la pasión por los libros la habían llevado a tomar la decisión y no podía volverse atrás.

¿Quién no lloró con el amor obsesivo de Heathcliff en “Cumbres Borrascosas”?

¿Quién no sufrió con la terrible infancia de Jane Eyre?

“Sé que iré y volveré mil veces hasta que me atienda porque aunque no quiera terminará por aceptarlo. Ella y sus hermanas sintieron lo mismo: la vehemencia, el fuego, la idea fija, el hecho de no claudicar, aunque el mundo parecía derrumbarse. ¡Qué lugares oscuros y que apasionantes! Me envuelve esa magia cargada de sueños por volar, de rotundos pensamientos por decir…”, reflexionó  la joven delgada y morena, de ojos grises pensativos.

La criada la miró por la ventana. Primero le pasó un lienzo a los vidrios empañados.

Enero de 1855.


La desconocida quiso levantar la cadena que cerraba la verja; lo logró después de renegar un buen rato. El camino hacia la casona estaba rodeado de matas de grosella. A lo lejos, se oía el ladrido de los perros.

Comenzaba a caer de nuevo una espesa nevada.

Empuñó el aldabón dos o tres veces hasta que la criada, con desconfianza, le habló desde una mirilla de la puerta.

−¡Qué tiempo horrible!

−¿Podría hablar con Charlotte? ¿Se encuentra?

−¿Para qué?

−Es algo personal, pero urgente. Para mí es maravilloso, no sé para ella. Me imagino que sí.

−¿De qué se trata? –volvió a preguntar la criada con voz áspera y masculina.

−Se lo contaré a ella, si usted me da permiso de entrar.

−Espere acá.

Al rato, regresó y con gesto adusto, de malos amigos, le indicó que pasara. Llevaba una chaqueta negra igual que su falda y el pelo recogido con una red. Lo que resaltaba en ese atuendo era el delantal blanco inmaculado.

Atravesaron un patio enlosado, en donde había un pozo con bomba y un palomar. En ese cuarto, el fuego de carbón y leña calcinaba la piel y había una mesa servida para el té.


Charlotte, con su rostro de tiza, pálido, cosía una larga tela que se arrastraba por el piso.

La joven la saludó con amabilidad y permaneció de pie. Esperaba que la invitara a sentarse y lo hizo, al rato, con un movimiento de cabeza, sin dejar de mirar la costura.

−¿Qué buscas por acá? No tengo tiempo para perder. Acabo de casarme.

"La Liberación"
Hermanas Brontë

--------------------Biografía novelada.

lunes, 10 de octubre de 2022

El silencioso grito de Manuela (Cap IV 2da parte)

 


Letizia era el apóstol galeno que resguardaba, sin estupor, sus rosarios interminables y que atestiguaba esos escritos que la milenaria cabeza de Manuela repetía confusa por las pérdidas anteriores y posteriores a ese presente que la tildaba de insana. Sin embargo, la vida a la que ella tanto le temía le daría la razón.

  

Encarnación vivía en una casa sin lujos ni estridencias, pero sí con un bello jardín donde ella misma arreglaba la vegetación que florecía en los meses de calor: Hemerocallis de color amarillo anaranjado, Agapanthus africans en combinación perfecta…

Alejandro Roca, su esposo, trabajaba en un negocio de compra y venta de antigüedades, desde muebles hasta joyas. El pequeño Damián ya tenía tres años. El niño era muy especial, callado y sumiso, tal vez miedoso, quizá porque Manuela ejercía sobre él su influencia, ese trauma psicológico que la llevaba a estados atemporales y dolorosos. Damián era solitario y reservado y sólo quería estar en compañía de su abuela porque en sus brazos se sentía seguro y no tenía dificultades para expresar sus escasas emociones.

Encarnación, rebelde como ninguna, manejaba el auto a altas velocidades por las rutas cuando viajaba a otras ciudades a comprar ropa, luego se internaba en las galerías atiborradas de telas, vestidos, encajes y maniquíes.

-Soy tu diseñador, deja los prejuicios y que yo elija la indumentaria-le decía Rafael a quien Encarna intentaba darle instrucciones.

Ella era su modelo preferida para desfilar los trajes de novia por su imponente figura y glamour; rubia y única le gustaban los drapeados y el corsé. Encarnación era frívola y trataba de reemplazar sus carencias emocionales con el estímulo de las pasarelas, la osadía del peligro, las corridas diarias entre los logros personales y el dinero.

Damián crecía entre las mantillas de Manuela con su pasado de lágrimas y el presente en guerra con las dolencias psicosomáticas de Letizia, la falta de respuestas y el estallido de su corazón en alerta.

Alejandro se había convertido en la sombra de Encarnación a quien amaba y trataba de complacer en la mayoría de los caprichos. Ella gobernaba sus euforias y frustraciones tanto como la voluntad de su esposo sin dejar nada librado al azar. Era una mujer bellísima, llena de vida, ambiciosa y alegre que vivía las emociones a paso acelerado, sin paz y con demasiados riesgos.

Manuela, con sus fobias, casi no reparaba en la conducta de su hija menor porque su preocupación era Letizia: débil, enfermiza, su espejo… Le  preparaba la comida preferida: lomo de cordero con albahaca, berenjenas y arándanos con crema embebidos en almíbar. A Julián le fascinaban los platos de Manuela tan deliciosos como los de un gourmet especializado. Es que ella cocinaba con sus estampas a la vista para bendecir las horas entre los dolores y el miedo, con la convicción de que las imágenes se alegraban con los dones naturales de sus afamadas cenas. Quería recoger milagros de ese vasto mundo de realidades tan cotidianas como abrumadoras para luego descansar en el sopor de sus lacrimógenas oraciones.


Letizia la acompañaba a las misas en la iglesia de San Francisco. Ataviada de una manera especial, trataba de sobrevivir entre las tumbas añosas del templo; sin embargo, iba a casarse con José Rodríguez y de allí en más pasaría a ser una hacendada en un ambiente desconocido que con sólo pensarlo la perturbaba a tal punto que, por momentos, deseaba que la boda no llegase nunca.

 

 

Una mañana Encarnación y Alejandro decidieron pasar una jornada en el río, al aire libre y en contacto con la naturaleza y la aventura. A Damián no le gustaba el agua y cerraba los ojos frente a la corriente que, según él, arrastraba lo que encontraba a su paso; de todas maneras, Damián era pequeño, educado dentro de una armadura de acero que Manuela había construido para protegerlo de la vida.

Encarnación y Alejandro se querían mucho, de eso estaban seguros, con un amor pasional y contradictorio y con el aburrimiento de haber compartido rutinas y algunas travesuras. Ella huía de la resignación de los días y él había dejado de ser para unirse a la tarea de explorar las horas de un reloj que pretendía acelerar los compases para llegar más rápido. ¿Dónde quería naufragar Encarnación? ¿Por qué calculaba los años?

Antes de subir a la canoa, Alejandro la miró y vio algo en sus ojos y en los rasgos de su rostro que la convertía, paradójicamente, en un ser frágil, profundo, sin arrugas interiores… Era una mujer para amar y envejecer.

A las dos horas, la embarcación se dio vueltas y la arrastró la corriente; los cuerpos desaparecieron de la superficie. Fue arduo el trabajo de exploración. A Alejandro lo encontraron en la orilla, entre las matas y los escorpiones, visiblemente muerto; ella fue sepultada para siempre en las entrañas mismas de ese río, sin reloj, con sus monstruos y verdugos, en la perpetuidad. Su rostro volvió a descansar en el retrato de Rocío y sus tulipanes.

Alejandro sobrevivió como testigo de la crudeza absurda de las partidas a destiempo. Él ya no pudo mirar más a los ojos a Manuela y le entregó a Damián en un acto despojado de egoísmo con el fin de reparar la pérdida, aunque el peso de la culpa lo acompañaría por el resto de su opaca existencia. ¡Qué pobreza la del desamparado cuando en su mirada sólo hay oscuridad y anestesia, la misma que paraliza los sentidos frente a los despojos de su cuerpo!



Manuela ya no se sublevó porque estaba segura que debía prescindir del amor para seguir viviendo; nada le servía, nada le alcanzaba… y el vacío era un antifaz que le tapaba los ojos, entre buitres y alimañas, con el alma hecha recuerdos y la cabeza aturdida de llantos.

Julián se había transformado en un espejo de su esposa cuando la inocencia se vestía de niña rubia; ya no le importaba la complejidad de los negocios, el dinero, el poder y las apariencias porque su vida estaba destruida. Sus amadas hijas se habían ido con el Dios de Manuela a contar estrellas. ¿Para qué?

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA.

ETERNAMENTE MANUELA.

domingo, 9 de octubre de 2022

La Liberación--Prólogo

 



PRÓLOGO


Regreso en este momento de visitar al dueño de mi casa. Sospecho que ese solitario vecino me dará más de un motivo de preocupación. La comarca en que he venido a residir es un verdadero paraíso, tal como un misántropo no hubiera logrado hallarlo igual en toda Inglaterra. El señor Heatchcliff y yo podríamos haber sido una pareja ideal de camaradas en este bello país. Mi casero me pareció un individuo extraordinario.

                                   “Cumbres Borrascosas”, de Emily Brontë

 

Así comienza la única novela de Emily Brontë. De las tres hermanas es la que más despierta mi curiosidad. Quizá por ser la más tímida y solitaria, la que amaba los animales y la que escribió la novela más oscura y primitiva.

Para Emily, esos tristes páramos se convirtieron en parte de sí misma, sólo allí pudo desplegar su imaginación, el talento escondido, la pasión. Personajes extremos que iban desde el odio al amor sin medias tintas. Ella era como algún  árbol perdido en la infinitud: amaba la soledad de Haworth, una localidad perdida en el West Riding de Yorkshire que se encontró con la fama de la escritora y de sus hermanas.

¿Cómo conocía ella esos sentimientos?

Quizá, los llevaba dentro como un secreto indisoluble y pudo expresarlos solamente a través de sus palabras en su única historia.

Esta biografía novelada tiene que ver con una autora principiante y con Charlotte Brontë, porque ella sobrevivió y pudo gozar, al menos un poco, del éxito de sus hermanas y de el de ella propio. Sin embargo, las tres son parte de la historia de los grandes escritores de la época, referentes a la hora de escribir, eternas jóvenes que lucharon y vivieron la risa y el llanto con fortaleza y valentía.

Las hermanas que querían amar y ser amadas.

                                                       L.Fraix--Biografía novelada

sábado, 8 de octubre de 2022

El silencioso grito de Manuela (Cap IV 1era parte)

 

IV

 

 


Al bebé de Encarnación lo llamaron Damián porque ella había elegido ese nombre desde el primer día que supo que estaba embarazada.

Un estremecimiento de aprensión y gusto inundó el alma de Manuela al contemplar al niño, su nieto, pero los bellos pensamientos se le mezclaban con los trastos de los mausoleos, con los espíritus que volvían al lugar de la partida, con aves negras que hablaban entre el frondoso ramaje de los paraísos y sus hojas virginales, sus ruegos incompletos y el perfume de Rocío que se esfumaba en la atmósfera con efluvios balsámicos… Ella seguía siendo una criatura a pesar de ser abuela.

Letizia y Julián observaban al recién nacido; trataban de contener el aliento mientras Manuela se sumergía en la senectud de la infancia. Imaginaban a Damián corriendo entre los pájaros, las orquídeas y los tulipanes, con los gatos en el patio de las madreselvas.

Encarnación, ama y señora de sus decisiones, pensaba en tener su propio hogar, sin pasado y sin lágrimas, donde el viento destemplara los cuartos.

Alejandro Roca era una persona humilde, intelectual, con un trabajo simple y a veces demasiada tranquilidad. Era ella la que llevaba adelante la vida de todos como gobierno de un distrito, esposa de capitán o simplemente una española obstinada ante las palabras y los reclamos de quienes creían tener las soluciones.

Manuela, cansada por las patologías que sufría su cuerpo, no tenía fuerzas para contradecir a su hija porque ya veía alas de gaviotas cruzar la infinitud del cielo en vuelos errantes. Su tremendo vacío la escoltaba por las calles hasta llegar a la casa de sus padres. Allí entre las obras de arte y los finos muebles se sentía libre.

-Ven acá, niña, no corras… ¡Qué desgracia, te has lastimado! -decía su madre en los recuerdos, lloraba como si Manuela fuera a morir.

En un cajón del armario de cedro había un incensario del siglo XVIII con perfume a sándalo; lo encendió y como un candil le iluminó los ojos húmedos.

-Jesucristo ha entrado en esta casa -dijo Francisca desde la cocina con un trozo de torta de manzana y avena -Deberías estar feliz con tu nieto que es la luz de los ojos de Rocío.

Aquella niña muerta sería por siempre el motor para seguir adelante, el espejo agrisado de sus canas y el motivo de las alegrías y de los lamentos porque su rostro encendía las velas y sahumerios, ordenaba con la voz de Encarnación, lloraba como Damián…



Manuela volvió, después de una jornada triste, a su altar doméstico donde se resguardaba de la negación del futuro frente a sus propias frustraciones. No aceptaba la muerte a pesar de ser tan católica pero tampoco creía en la vida porque la sentía frágil, corta, impredecible… El miedo tiraba las riendas de su caballo y ella quería arrojarse, cerca del arroyo, en el descampado, para que alguien o todos la dejaran en paz, pero seguía al trote, endurecida, por un túnel hecho por hombres de ideas geográficas.

-¡Manuela…mujer! -gritaba Julián desde la sala con la voz que sonaba como chasquido de cuchillo.

-Perdón…necesitas algo.

-Encarna ya está instalada en su nueva casa. Le compré muebles, sábanas, enseres, hilados… tú sabes -dijo Julián con alegría desbordante.

-Ella hubiera preferido dormir en el piso, la conoces…

-No importa, es mi hija y la amo; respiro por su aire y por el de mi nieto. Tú eres indiferente. ¡Qué te pasa Manuela, reacciona!

-Amor, esta quietud es más poderosa que mi alegría. No escuches mis palabras apocalípticas porque ya no sacuden a nadie.

Julián la miró confundido y un sudor de tabaco y sal le recorrió el cuerpo. Le sonrió a su esposa y por primera vez, después de tantos años al distinguir en su voz y en su piel el temor luchando contra la paz de sus principios, sintió miedo.

Le tendió los brazos y Manuela, cual paloma herida, se acurrucó…; guardaba muchos secretos en el desasosiego de sus manos. Ese rostro demostraba las carencias y la desprotección; ella era dueña de los velos y se enfrentaba, en la soledad, a visiones que en hojas alquitranadas estaban escritas en su corazón. Manuela parecía huérfana de amor y de presencias, criada entre beatas con trajes de pingüinos. Su matrimonio con Dios era más fuerte que la muerte, pero igual le temía y esa contradicción la atormentaba a tal punto que, por momentos, se sentía desquiciada.

Letizia era el apóstol galeno que resguardaba, sin estupor, sus rosarios interminables y que atestiguaba esos escritos que la milenaria cabeza de Manuela repetía confusa por las pérdidas anteriores y posteriores a ese presente que la tildaba de insana. Sin embargo, la vida a la que ella tanto le temía le daría la razón.

*

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA

ETERNAMENTE MANUELA.