jueves, 28 de abril de 2022

Tu sillón vacío. (Cap I-Las seis hermanas. Primera parte)

 



1-SEIS HERMANAS 

ARGENTINA

LA ESCALADA-1806

 


Durante el lapso de setenta y ocho años en el caserío que constituyó la primitiva Santa Fe subsistió su fundación en pleno dominio de los indios calchaquíes, mocoretás y quiloazas; los esforzados pobladores no hicieron otra cosa que defenderse, unas veces de los ataques de los aborígenes y otras de los avances del desbordado río Paraná. Dado lo inapropiado de su emplazamiento, el Cabildo dispuso su traslado y en el año 1651 se instaló con el nombre de Santa Fe de la Vera Cruz, en el rincón de Lencinas, junto a la desembocadura del río Salado. Allí, sobre la ruta obligada de tránsito hacia el norte y el oeste, comenzó a progresar con más firmeza.

Las construcciones eran de cañas y de barro, encaladas y con amplios aleros y las calles de tierra se hallaban a menudo convertidas en lodazales. Sólo un siglo y medio después de su fundación, se levantaron en Santa Fe los primeros edificios de material. Para esa época, la población inicial de setenta y cinco mancebos de tierra y cinco españoles, se había convertido en un millar de habitantes y en 1795, según datos del naturalista español don Félix de Azara, pasaba de cuatro mil almas.

El gobierno de la ciudad, en manos del Cabildo, era una corporación elegida popularmente que estaba presidida por dos alcaldes y se integraba por cierto número de vocales y corregidores.

Estos funcionarios, vecinos calificados de la población, conocían bien sus necesidades y trataban de resolverlas en la medida de sus recursos, habitualmente bastante reducidos.

La vida social, las costumbres y las ocupaciones de los habitantes eran en las ciudades del interior del país muy semejantes a las existentes en Buenos Aires, la Gran Aldea.

Las habituales reuniones familiares y las tertulias y saraos festejando acontecimientos tales como los días del rey o el santo del gobernador, eran motivos para hacer sociabilidad y practicar danza y música.

Aparte de esta clase de distracciones, la población ocupaba su tiempo en cumplir sus deberes religiosos que respetaban fielmente. Las tareas domésticas en su mayor parte atendidas por negros y mulatos esclavos, ellos servían en los trabajos de mostrador y de oficina desempeñados por jóvenes de clase acomodada.

 

Lujos de pobres, miserias ricas…

 

‒¡Qué bonita!‒decían las tías tan frías y ausentes que la maternidad les resultaba algo molesto y lejano, con demasiadas responsabilidades y poca libertad.

En la modesta casa, donde nació aquella niña en medio de la llanura, recibían a todos los familiares. Consolación y Celestino Peña eran sociables y repartían sus horas entre la cocina, las festividades religiosas y los reclamos de trabajo. Pasaban noches con velas encendidas esperando el ataque de los indios frente al campo inhóspito.


El tiempo solía ser exiguo frente a las necesidades porque nadie les regalaba nada; luchaban frente a los enemigos antagónicos: la sequía, la ignorancia y el menosprecio.

Consolación tenía varias hermanas que vivían en un pueblo pequeño y cercano llamado La Escalada. Ellas eran de elevada clase social. Habitaban la residencia con los padres Asunción y Pedro Aguirre; ellos eran descendientes de labradores quienes habían llegado de España con la finalidad de encontrar un porvenir en estas tierras de gauchos. En realidad, habían logrado más de lo que esperaban: una fortuna digna, un apellido ilustre, la manera de ocupar un sitio en ese círculo caótico con oportunidades y demasiados obstáculos.

Tu sillón vacío

Los hijos de la patria ya son libres...

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miércoles, 27 de abril de 2022

Tu sillón vacío. La Revolución de Mayo de 1810

 

Argentina

La Revolución de Mayo
-1810-

Los hijos de la patria ya son libres...

Don Pedro Aguirre y su familia vivían en La Escalada, un pueblo de pocos habitantes en el interior del país. El caudillo había heredado unas tierras de sus antepasados labradores. Era poderoso y soberbio y ejercía la autoridad moral en una época de demasiados prejuicios y leyes propias y ajenas que sus hijas debían cumplir. La honra frente a la sociedad era lo que había que defender sin miramientos. Vivir para los demás era lo primero. No valían los sentimientos ni la sensibilidad, todo era supervisado por él. Manejaba matrimonios arreglados por cuestiones políticas y sociales.

Tenía varias hijas solteras que, a pesar de las costumbres y del rigor de los mandatos, se rebelaban contra su padre y ese pueblo. Luego llegaban los reproches, los castigos, las amenazas y el aislamiento impuesto.
Don Pedro, a pesar de las apariencias, no era perfecto y la gente de La Escalada no lo estimaba, aunque él creía lo contrario. Guardaba demasiados secretos tras los muros de aquella casa fastuosa: vidas sombrías, llantos entre encajes y costuras, un hijo al que no quería ni aceptaba y una madre, la abuela Blanca, oculta en una buhardilla durante cuarenta años.


Tendrían que salir a defender el amor aunque les costara la vida. Lo sabían todos. Cada uno luchaba con la convicción de que los sentimientos eran el sostén y los cimientos del futuro.

¿Se puede construir desde el reclamo y la negación?
Buscar la felicidad es el único camino.


Enlace👇👇👇


Gracias a todos los que bajaron en formato PDF la novela
"El silencioso GRITO de Manuela"
Se la dedico a mi querida profesora del Taller Literario "Encuentros" (al que asistí durante quince años).
Ella siempre decía: el libro tiene que circular, no importa cómo...

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El enlace está habilitado, pueden descargarla si así lo desean. Infinitas gracias.

lunes, 25 de abril de 2022

Miedo a sufrir...

 


Manuela era una mujer sumisa que parecía niña. Cuando la conocí pude ver su inocencia tras ese velo que, como los ángeles, parecía diáfano.

Tenía demasiado amor para dar, pero se ocultaba tras las oraciones buscando el refugio, sus alas extraviadas. Y no sabía cómo resolver los problemas, tampoco buscaba salir de ellos...

Entre sus gritos silenciosos se acordaba de buscar flores para el retrato de la niña, esa locura de amor la aferraba a las cruces y a los campanarios que sonaban a las siete de la tarde.

Preguntaba...

Tenía miedo de sufrir por el presente y el futuro. Por eso se escondía entre los salmos, por eso no quería escuchar reclamos, ni palabras demasiado fuertes porque aturdían su silencio.

Pensaba en la muerte súbita, en la libertad y los secretos, en el sillón de su madre y en sus hijas solteronas. Las quería así... fuera de todo peligro.

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA

Pueden descargar, si así lo desean, el PDF de esta novela en la publicación anterior.

Mi gracias por todas las muestras de cariño. Me hacen muy feliz.

viernes, 22 de abril de 2022

El silencioso grito de Manuela (Cap III-tercera parte)

 


Julián compraba coches último modelo para agasajar a sus hijas mientras trataba de adivinar un futuro detrás de las cortinas tejidas al crochet, pero sólo lograba aturdirse con su propia ambición sin alcanzar a ver que aparecían sombras furtivas, irreconocibles, sospechosas, que luego dejaban un hueco que, en la ventolina, parecían un tenue cachetazo.

Letizia y Encarnación, como reinas con sus vasallos, eran la clave para entender el porqué de los misterios que perturbaban la casona; la huida hacia lugares remotos con la convicción de llevar el cuerpo y el alma unidos era la solución y la necesidad. ¿Sabían dónde se hallaba ese sitio alumbrado por las teas o era simplemente la resignación de entender que si escapaban existía la separación?
No debían demostrar temor ante Manuela porque con ello avivaban su pesimismo, pero estaban cansadas de vivir a la sombra de los otros.

Letizia, de todas maneras, rezaba para ocultar las conspiraciones, las demoras y los titubeos. Cuando miraba el retrato de Rocío, los nubarrones aclaraban el firmamento y las ideas volvían a un lugar reverenciado donde Manuela ubicaba los cuchillos y los credos.
La muerte esperaba que el dolor se atenuara con la melancolía de las noches y la hipocresía de la calle y su provocación, pero Manuela se redimía con los anatemas de los sacerdotes, arrodillada desde el atrio hasta el altar, detenida siempre en el futuro…

Encarnación, acalorada e impaciente, se encontraba con Alejandro Roca en el invernadero entre el sopor de las begonias y los lirios. Parecía una calandria en estado de gracia, moribunda y despierta, casi degollada por Manuela pero sin ningún límite. Tenía la prudencia del peligro bajo su anatomía y Alejandro ya no pensaba en las rejas cuando la casa brillaba con el llanto de una voz egoísta.

No había violines pero sí se escuchaban las cítaras en novena sinfonía de réquiem entre los musgos; Encarnación parecía una alhaja de oro que traía sus llamaradas a envejecer junto a otro cuerpo sin edad.
Ella miró a Alejandro a los ojos; no quería hablar. La mujer que existía en su interior intentaba ser prudente, aunque fuera en apariencias. Forcejeó para huir pero él la amarró con fuerza. Algo se transformó en esa mirada que, a veces, parecía distante. Un breve gesto de alegría apareció en su rostro como si escondiera un secreto.

Alejandro encendió un cigarrillo y decidió que pronto tendría que visitar a Julián y a Manuela. Tenía poca experiencia pero estaba dispuesto a hablar de cualquier tema: de su pasado y del amor, de la familia humilde a la cual pertenecía, ¿del casamiento con Encarnación?...


Recuerden que si quieren leer la novela completa pueden descargar el PDF en la publicación anterior.

martes, 19 de abril de 2022

La última mujer

 


-1912- 

TRAGEDIA DEL TITANIC

Rebeca Cooper Taylor pertenecía a una familia adinerada de Inglaterra. Su esposo y sus amigos, Amy y Carl, le habían preparado una sorpresa ya que no estaba pasando por un buen momento de salud: un viaje de placer por el coloso, el barco más grande del mundo, el que ni Dios podía hundir...


Rebeca aceptó con la condición de que también viajara su padre Mark Cooper, de ochenta años: hombre de negocios, displicente y austero. Él, como todo anciano, aferrado a sus afectos, llevaba un baúl del que nunca se separaba porque decía que allí guardaba un tesoro.


Con aquella valija misteriosa emprendió la travesía en el famoso Titanic, sin advertir el peligro que provoca la codicia y el egoísmo. Ese itinerario, mucho antes del naufragio, se transformó en un verdadero infierno para todos; sin embargo, una mujer, la última, pudo rescatar la vida de lo poco que quedaba a salvo.


Una novela de amor profundo y de supervivencia, de valores y renuncias.

¿Cómo enfrentamos una situación límite?

Siempre aparece un ángel.

lunes, 18 de abril de 2022

El silencioso grito de Manuela (Cap III-segunda parte)




Alejandro Roca la venía a buscar en su auto para llevarla a  dar unas vueltas por la ciudad. Encarnación estaba fascinada con la personalidad de ese hombre que la trataba como si ella fuera una princesa agitada y sin control. Intentaba, por momentos, quedarse quieta, no hablar, y frenar esa vehemencia como si fuera un juego de infantes. Encarnación, acalorada, se rendía ante los encantos de ese hombre que le daba un lugar de mujer que nadie le otorgaba por ser la menor de la familia.

Mientras tanto el amor de Letizia por José iba creciendo lentamente entre los malvones y las madreselvas, con los conejos y los gatos y bajo su piel de efigie modelada por un Dios crucificado. Las sensaciones iban desapareciendo con el correr de los meses, sin conjeturas, con la paz de un alma diligente que no sabía de egoísmos y que continuaba con vergüenza o cobardía los designios de sus padres.

Ella seguía con sus remilgos de virgen las órdenes de Manuela que como buena cristiana le enseñaba las reglas y la importancia de ser “una señorita”, pero su anatomía quería rebelarse ante la ternura de José que la perturbaba por completo. A Letizia le gustaban los hombres niños, indefensos y carentes de afecto que despertaban en su alma sus más inaudibles suspiros. Sin embargo, sabía muy bien controlar sus impulsos y esperar el momento adecuado para abandonar la castidad sin enterrarse en la culpa. La sabiduría del cuerpo le decía que el alma podía amar a todos y cada uno de los seres terrenales que eran objeto de su merecida pasión. Tiempo era lo que sobraba para cavilar sobre el futuro que Manuela, por los diálogos fantasmagóricos, ya conocía.

-Encarnación es un diablillo-decía la abuela con la vista fija y desconcertada.
-Déjala, está jugando… o acaso se halla enferma-dijo Manuela sobresaltada por el comentario de la madre que no entendía de diferencias generacionales.
-¡No, mujer!-respondió en un grito-Vigila a esa criatura más que a Letizia porque te va a dar una sorpresa.

Manuela no pensó en nada sólo rezó una plegaria a la Virgen con un gesto retorcido de servidora de la Biblia como si el mundo empezara y terminara en los salmos.
De nada servían las misas y confesiones porque absolutamente todo se había desbarrancado, aunque Letizia seguía amarrada a una soga con poco hilado que, tal vez, pronto terminaría rompiéndose por el miedo asfixiante de Manuela.