domingo, 23 de junio de 2024

Licia. (Cap VII-La carta-2da parte)

 


‒¿Y tu trabajo en la fábrica de paños? ‒le preguntó Rosalie a Alexandre que permanecía en silencio, como era su costumbre, tomando el té de la mañana.

‒No me gusta ese empleo, ya lo sabéis ‒contestó enojado.

‒Bueno, hijo, nosotros no tenemos dinero. Ya encontraréis algo que os entusiasme más. Mientras tanto…

‒Me gustan los libros. Podría haber trabajado en una tienda de textos antiguos.

‒Si ya no te obsesionas más por las lecturas.

‒Siempre me gustaron porque he estado toda mi vida rodeado de ellos buscando respuestas a tantas preguntas. Quisiera tener dinero comprar un libro ilustrado con descripciones botánicas escrito por el neerlandés Nicolaas Meerburgh o La Bella y la Bestia, un cuento de hadas tradicional francés. Es una narración de la que hay múltiples variantes, su origen podría ser una historia de Apuleyo, incluida en su libro El asno de oro (también conocido como Las metamorfosis), titulada Cupido y Psique. Otro que me gusta es El Libro de Abramelín el Mago que fue escrito como novela epistolar o autobiográfica por alguien conocido como Abraham de Worms. Abraham era un judío alemán que se cree que vivió entre los siglos XIV y XV. El Libro de Abramelín el Mago habla de la transmisión de la sabiduría mágica y cabalística de Abraham a su hijo Lamech y además nos cuenta la historia de cómo Abraham llegó a adquirir dicha sabiduría.

‒Oh…entonces…‒contestó Rosalie‒. Me sorprendéis otra vez. Sabéis mucho sobre esos textos nuevos. Son muy costosos y no se pueden adquirir.

Se levantó y encendió el candelero del comedor. Era una de las costumbres de la familia como una orgía campesina de un placer que no llegaba, pues siempre se hallaban melancólicos con cierta tristeza adormilada.

‒Te acordáis de Alizee ‒le preguntó Rosalie, de repente, a Alexandre que parecía no tener prisa en llegar a su empleo en la fábrica de paños.

‒Sí, la recuerdo mucho. Sus ojos quedaron en mi memoria como si fueran duendes infantiles que jugaban a ser grandes; eran como vuelos de gaviotas.

‒No os entiendo bien.

‒Eran los mismos ojos de Celine.

‒Iguales o parecidos ‒respondió dudando Rosalie.

‒Los mismos ‒añadió Alexandre y se levantó bruscamente. Huyó escapando de alguna certeza que guardaba como un secreto irrebatible. Su padre lo vio desde la calle de enfrente con sus gestos aburridos y ese andar de anciano que le sacudía la razón. El equilibrio estaba roto.

Antoine abandonó la senda con el espíritu en tensión y el cuerpo inquieto. Enfiló por la extensa longitud de la calle con el sombrero en la mano para recibir en pleno rostro el aire de la mañana.

Cuando llegó a su casa, tuvo pánico de entrar. Lo asaltó un temor infantil, inexplicable, a encontrar una sorpresa, tal vez una mala noticia. Jamás había sentido tal pusilanimidad. Ni siquiera intentó razonar sobre el estremecimiento que lo dominaba. Ya no era el mismo desde hacía muchos años.

Debajo del tapete de la entrada, alcanzó a ver que se asomaba un papel. Lo levantó. Era un escrito con letra de niña; pensó que se trataba de Celine y de su cuaderno de notas.

‒Encontré esto ‒le dijo a Rosalie que estaba sentada tomando el té y esperando que Celine se despertara.

‒¿Qué es?


‒Una carta escrita con letra infantil.

¿Recordáis el capote militar de vuestro padre, algo mustio y deshilachado en los bordes, que luego fue abrigo para vos? Tenía sólo ocho años y una enorme capacidad de combate para enfrentar las injusticias de aquella mañana gris de julio.

He venido a quebrar la quietud de las aguas de la laguna de juncos y de mimbres para soñar con la luna divina, donde el Supremo mira las almas que vagan por los llanos en perfecta oración.

Sencillamente pequeña me encontraréis siempre: en la matita de verbena, en el trigal bajo la paz de la siesta, en el polen de las palabras…

¡Oh, madre, yo juraría que habéis mirado, como cristales, los vidrios de todas las casas del camino para ver mis rizos deshechos otra vez!”

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LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Luis XV, Palacio de Versalles, El Trianon, La guillotina, Las gemelas, María Teresa de Austria.

sábado, 22 de junio de 2024

Licia (Cap VII-La Carta-1era parte)

 


VII

LA CARTA

 

En compañía de su madre, María Antonieta aprendió el protocolo: recibir a príncipes y embajadores. Todos al contemplar sus gestos y desenvoltura estaban encantados pues era, en verdad, una mujer maravillosa que sabía cómo agradar a quien tenía enfrente con su gracia personal. Tenía catorce años.

El 14 de abril de 1770 María Teresa anunció solemnemente a sus ministros el matrimonio de su hija con el delfín de Francia.

El joven era alto y desgarbado con tendencia a la obesidad; a pesar de la educación poco esmerada que recibió conocía de historia, geografía e inglés. Se mostraba piadoso y amaba a su pueblo al que deseaba el bien pero, a la vez, se manifestaba retraído y poco sociable. Le dedicaba casi todo su tiempo a la caza y a los trabajos mecánicos.

No era el hombre indicado para gobernar un país como Francia y mucho menos en vísperas de la Revolución porque resultada demasiado indeciso; conocía muy poco los secretos del gobierno y se dejaba dominar por la gente que lo rodeaba a quienes pedía consejo. Se decía de él que era casi imposible que tomara una resolución: un cambio fundamental en la organización estatal.

Según la costumbre observada por la casa de Austria, María Antonieta juró sobre los evangelios renunciar a la sucesión hereditaria tanto materna como paterna.

El 21 de abril de 1770, se separó de sus seres queridos para ir en busca de su destino: el reino más exquisito del mundo. Imaginaba París como un fastuoso castillo de abundancia pero reinaba el desorden en las finanzas, agotadas por las contiendas sucesivas, entre las cuales figuraba la guerra de los Siete Años.

Al dejar a María Teresa lloró demasiado pero se conformó imaginando las alabanzas que recibiría a cada paso y que, de Viena a Versalles, convertirían su viaje en un sueño anhelado. No podía ni quería resistirse a tantos cumplidos pues resultaba ser demasiado vanidosa.

 

La muerte como principio

 

Aquella mañana, poco antes del amanecer, Rosalie se despertó sobresaltada en medio de la oscuridad. Se quedó un buen rato callada, procurando ordenar sus ideas y añoranzas.

“Todo ha sido un sueño”, pensó.

El recuerdo de la niña en el consultorio del doctor Trevou no la dejaba vivir en paz. Muchas veces habían regresado con Alexandre a la consulta pero no la había vuelto a ver. Ya tendría catorce años y eso la mortificaba por una inexplicable razón; sentía que le quería decir algo, a la distancia, en las tinieblas de la casona o en las calles enlodadas del pasaje frente a Pont-Neuf. Siempre estaba presente con sus encantadores ojos iguales a los de Celine.


Buscó su tapado para abrigarse pues sentía algo de frío. El sol se asomaba entre los árboles desnudos y la mañana prometía se apacible, rutinaria, como todos las jornadas.

Alexandre estaba más extraño que nunca. Rechazaba los libros. Prefería permanecer ocioso, con los ojos fijos en la distancia y el pensamiento vago. Por lo demás, siempre conservaba el mismo estilo complaciente; toda su voluntad tendía a hacer de sí mismo un muchacho pasivo, de una abnegación suprema.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------María Antonieta, Palacio Versalles París, Las gemelas, El Trianon, Luis XV, María Teresa de Austria, La muerte.

viernes, 21 de junio de 2024

Licia. (Cap VI-El dr Pierre Trevou-3era parte)

 


‒¡Ya va! ‒se escuchó del otro lado de la puerta.

‒Venimos a ver al doctor Trevou. ¿Atiende aquí no? ‒preguntó Rosalie a Louise que entornaba los ojos como sorprendida ante la visita. Nunca había atendido a un paciente. Era él quien se encargaba de esa tarea.

‒Pasad… Tomad asiento en las banquetas del pasillo al lado del recibidor.

La señorita Louise miró a esos desconocidos con curiosidad. Le parecían pobres y perturbados, tal vez piadosos.

Rosalie también le pareció rara aquella casa. No sabía cómo había llegado hasta allí. A Pierre Trevou se lo había recomendado el padrino de Celine, amigo de Antoine. Se sentaron en las sillas de brocatel damasco mirando la pared del frente donde descansaban unos lienzos descoloridos.

‒Adelante ‒dijo una voz.

Se entrecruzaron los saludos y Rosalie le explicó a ese hombre gris que tenía enfrente la dolencia de su hijo. Desde una ojiva cubierta por una cortina transparente tejida a mano dos ojos azules observaban la escena. Alexandre desvió la vista y se encontró, de repente, con esa mirada que lo dejó dormido, como cuando en la madrugada vagaba por la casa en busca de oraciones en latín, de locuras y de leyendas.

‒Alexandre, contad al doctor tus penas.

‒¿Qué?

‒¡Por Dios! ¡Qué distraído sois! Disculpad, no sé qué hacer con mi hijo. Él padece de sonambulismo ‒explicó Rosalie.

‒Es extraño porque lo sufren, por lo general, los niños. Alexandre ya es grande.  Tendríais que vigilar si puede hacer sus actividades diarias como vestirse o comer. Los comportamientos extraños son muy frecuentes: lesionarse por ejemplo al caer por una escalera o saltar por una ventana o durante una breve confusión reaccionar mal con actos de forma violenta ‒comentó Pierre Trevou.

Mientras tanto, la niña de ojos color del cielo seguía allí, imperturbable. Escribió algo en un papel y lo pegó al vidrio de la ojiva.

Soy tu creación y he venido desde el bosque rumoroso. Sé que me escucháis por ese latido que guardáis puertas adentro y que centellea en la ternura de vuestros ojos: los míos.

‒¡Alexandre! ‒gritó Rosalie fuera de sí al ver a su hijo totalmente abstraído por sus pensamientos y ajeno a todo lo que el galeno le hablaba.

‒Perdón.

‒Bien, trataremos de seguir sus consejos. Buenas tardes.

‒Los espero en un mes ‒dijo Pierre Trevou con un saludo cordial.

Cuando salieron al pasillo fantasmagórico, Alizee se asomó detrás de una pesada cortina púrpura.

‒¿Me tenéis miedo? ‒le preguntó a Alexandre.

‒¡No! ‒gritó Rosalie cuando la vio‒. ¿Quién sois? ¿Dónde estáis? ¡Celine!

 Louise salió al encuentro de ambos para indicarles la salida porque los notaba alterados y confundidos.

‒Celine ‒volvió a decir Rosalie débilmente y con lágrimas en sus ojos.

‒¿Qué os pasa?

‒Vi a una niña muy parecida a mi hija recién pero desapareció rápidamente.

‒Es Alizee que le gusta jugar. Es una niña muy especial: fantasiosa, inteligente y muy adulta ‒contestó la señorita Louise con orgullo.

‒Ah…Bueno, gracias por todo. Volveremos ‒respondió Rosalie como afiebrada mientras Alexandre miraba, absorto, asustado, los movimientos de la casa, sus cegueras escondidas, el misterio agazapado, la sangre que bullía en las venas de los antepasados que, a pesar de los años, parecían resucitar entre los muros.

‒Vamos, hijo.


Rosalie y Alexandre se perdieron por las callejas enlodadas. Habían pasado por una prueba de fuego sin saber que la vida puede cambiar de un segundo para el otro y que el tiempo es solamente un reloj acompasado. Así le sucedió a Lisa, su suegra. No sabía qué pensar de lo vivido en aquella vivienda esquelética, de reposo. Era una ilusión, un laberinto que quería machacar sus huesos. Se sentía penosa, horrible, opresiva. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordó el día del nacimiento de Celine, su arremolinado torbellino de sensaciones: el cuerpo como arcilla, el mar azul, la ausencia de lo inexplicable y Antoine displicente igual que Alexandre. Había sentido tanta soledad aquel día que no quiso tener más hijos porque ese hueco se había quedado a vivir dentro de sí misma y la hostigaba con mensajes ininteligibles. No entendía. A veces, soñaba con vistosas figuras, con princesas y voces infantiles. Veía a Celine reflejada en un vidrio roto, vestida de tafetán carmesí y luego su imagen se duplicaba. Sabía que los sueños eran producto de las carencias, de aquello que anhelamos y no podemos alcanzar, pero seguía sin comprender.

‒Madre, ¿vio a esa niña en la casa del médico? ‒le preguntó Alexandre como en un murmullo porque la notaba enojada o quizá triste.

‒Ojalá no hubiera nacido.

‒¿La niña?

‒Yo.

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LICIA. HERMANA MÍA.
-----------------María Antonieta, Las gemelas, La Revolución francesa, Versalles, Reina de Francia, Luis XV, El Trianon.

jueves, 20 de junio de 2024

Licia. (CapVI. El dr Pierre Trevou-2da parte)

 

‒Yo no podría ni abandonar un perro ‒dijo Louise pensativa, como murmurando, frente al camino de tierra de la helada necrópolis.

‒Madame Delfine está abatida ‒comentó Isabeline a Louise cuando regresó de la calle.

‒Me imagino, pero no se puede hacer mucho. Solamente vigilaremos sus medicinas.

‒Dice que quiere un letrado.

‒¡Otro trabajo más! ¡Es que no me vais a dejar descansar! ‒respondió Louise agotada de tanto resolver problemas ajenos. Es que no tener vida propia la entristecía. Temía caer en una depresión severa. Miró a su alrededor y vio que Madame Delfine la estaba observando desde su sillón. Podía ver con claridad su semblante irreconocible, velado por una ternura poco real. Una frente baja escondía sus egoísmos. Hubiera sido un perfil serio, de aspecto casi criminal, si estuviese separado del pesado cuerpo y de los ojos que parecían estar pensando en algo nebuloso, salvo cuando se iluminaban con desprecio hacia el físico que la albergaba.

‒¿No habrá matado ella a su hermano? ‒preguntó Isabeline dudando de la bondad de Delfine.

‒No, hija. Es una pobre mujer.

‒No sé, yo no estaría tan segura. Miradle los ojos, parecen amenazadores.

‒No tiene ni fuerzas para levantarse y casi no puede respirar.

‒¡Qué estáis hablando a mis espaldas! ‒les gritó, de repente, a las dos.

‒Nada Madame. No os preocupéis. Su hermano está descansando en la paz del Señor. Tuvo una despedida digna como toda persona de bien.

‒Gracias, yo no hubiera podido hacerlo ‒contestó Delfine con un atisbo de melancolía‒. Os pedí ayuda a ustedes porque era mi última salida para protegerme. ¡Qué miráis! ¡Veis indiferencia! Cuando os duele todo el cuerpo la cabeza piensa poco y nada y uno se transforma en un vegetal que no siente ni ríe.

‒No os enojéis, la comprendemos.

‒Me casaré con un príncipe ‒dijo, de pronto, Alizee‒. Será tan hermoso como yo, lleno de gracias y de dulzuras, de brillante entendimiento y de ardiente amor.

‒¡Alizee! Ya no sabéis qué inventar, niña ‒añadió Louise agobiada por los problemas que tenía que resolver.

 

 **

Pierre Trevou se llamaba el hombre que residía en la casa de Madame Delfine, el del sombrero de alas anchas y la peluca blanca. Era médico y solía tener algunos pacientes que desfilaban por la turbia galería. Nadie reparaba en su presencia; no pensaron en él cuando falleció Balthazar.

‒¿Ha muerto alguien? ‒preguntó Pierre a las damas que se encontraban sentadas en la sala.

‒El hermano de Delfine ‒respondió Louise sorprendida por su aparición y por aquella pregunta desafortunada.

Es que Pierre vivía en su propio universo, sólo le importaban las apariencias mortecinas y las pústulas de sus añosos pacientes.

‒Os pido disculpas por mi torpeza. Debí estar más atento.

‒No os preocupéis llamamos a otro médico que vive del otro lado de la aldea para que socorriera a Balthazar.

‒Ya estaba muerto ‒comentó Alizee con inocencia.

‒¡Callad! ¡Por Dios! Esta niña necesita un facultativo para que le agite la cabeza y le coloque el entendimiento en su lugar.

‒Es sabia ‒contestó Pierre tocándole la frente.

‒No sé. Es extraña pero la amamos.

‒Se nota. Soy testigo. Me perdonáis pero me tengo que retirar porque es la hora de meditación ‒anunció Pierre y se perdió, misteriosamente, por el corredor donde habitaban las almas.

 

 **

Las calles eran retorcidas y estrechas sobre el barrio donde residía Madame Delfine. Las casas se hallaban revestidas en madera, con el segundo piso más saliente que el primero. Más altas que anchas. Parecían esqueletos forrados de vigas gruesas cubiertas de yeso y pintadas de rojo y blanco.

La vivienda que habitaba Delfine se encontraba situada en un callejón sin salida llamado Marañon. Las borracheras y los tumultos estaban a la orden del día; sin embargo, era fácil hallar su ubicación ya que se destacaba de las otras viviendas del vecindario que eran demasiado destartaladas y miserables.


‒¡Apurad el paso !‒gritó Rosalie a Alexandre que, muy en contra de su opinión, la seguía rumbo a los suburbios de la ciudad.

‒¡No quiero que maneje mi vida! ‒le contestaba su hijo mientras caminaban de prisa.

‒No podéis seguir viviendo así. Ya sois adulto y yo os tengo que ocupar de vos cuando deberíais hacerlo vos mismo.

‒Leer textos de sacerdotes no es pecado. ¡No es una enfermedad! ‒gritó.

‒Lo que ocurre después os trae problemas. Es que no entendéis o tengo que explicarlo mil veces. ¡Sois sonámbulo! ¡Me lo dijo tu padre! Camináis de noche por la casa dormido. ¡Podéis cometer una locura!

‒Eso es falso ‒respondió Alexandre quien no creía una palabra de todo lo que su madre decía… ¡Miente!

‒Es inútil hablar con vos, hijo. Seguidme que yo sé lo que hago. Para eso soy vuestra madre.

Alexandre miraba a través de las fondas, embotado ante los platos rebosantes de chuletas y empanadas de cerdo como si fuera un triste muchacho empobrecido.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------María Antonieta, Las gemelas, Luis XV, La Revolución francesa, La muerte, Las visiones, Versalles, El Trianon.


miércoles, 19 de junio de 2024

Licia. (Cap VI.El dr. Pierre Trevou-1era parte)

 


VI

EL DR. PIERRE TREVOU

 

 

 María Antonieta llegó a seducir con sus encantos innatos a la señora Geoffrin, de paso por Viena, quien tenía uno de los salones más cotizados de París y había elevado la conversación hasta convertirla en un arte de vivir.

La niña no tenía límites en su afán de conquista. Junto con su hermana María Carolina recorrían los salones en busca de diversión. Tenían un defecto en común: la falta de respeto. María Antonieta era punzante y hasta cruel y eso estaba mal visto en la cumbre de la pirámide social. Tenía, por obligación, guardar el decoro. Ella siguió su camino sin inmutarse. Adoraba los enigmas, los perros, los pasteles de crema y sobre todo la música. Tenía como profesor a Gluck con quien compartía oberturas de operetas, momentos de sinfonías y melodías de sonatas a través de su clavicordio.

A los doce años, apenas sabía escribir. Su ortografía era aventurada. Desconocía la literatura y poco el francés. Bailaba muy bien pero solamente danzas alemanas.

Es entonces cuando el proyecto de unirla en matrimonio con Luis Augusto se definía cada vez más y Luis XV le comunicó al conde Mercy-Argenteu, embajador de Austria en París, que apreciaba el idioma francés y que la futura esposa de su nieto debería esforzarse por aprenderlo.

Aufresne enseñó a la niña la pronunciación y declamación, y Seinville a cantar.

 La archiduquesa tomó lecciones de clave con Gluck y de baile francés con Noverre. Cuando su madre eligió, además, a dos actores para darle clases de dicción y de canto, el embajador francés protestó oficialmente. María Teresa le pidió que designase un preceptor aceptado por la corona de Francia. Sería el abad de Vermond admirador del siglo de las luces y aficionado a las bellas artes quien, enviado a la corte imperial, iba a reparar las lagunas en la educación de la joven archiduquesa y comenzar a prepararla para sus futuras funciones.

El 13 de junio de 1769, el marqués de Durfort, embajador de Francia en Viena, realizó la petición de mano para el delfín. María Teresa aceptó de inmediato. En Francia el partido devoto, hostil por la caída de las alianzas llevada a cabo por el duque de Choiseul en favor del enemigo sempiterno, llamó ya a la futura delfina la Austríaca, sobrenombre que le había sido dado por las hijas del rey Luis XV.

Ante la inminencia del matrimonio y lo mucho que eso significaba para María Teresa de Austria, ella misma se encargó de vigilar los progresos de su hija. Ese mismo año interrogó durante horas a María Antonieta y se declaró contenta. Felicitó al abad de Vermond por haber encontrado en su alma una persona capaz de razonamiento y juicio.

La niña aprendió a peinarse y a vestirse a la francesa. Para ello abandonó la pereza inicial que la acompañaba siempre y mostró seriedad.

Las enseñanzas del abad, las esmeradas atenciones del peinador y el uso de las modas francesas bastaron para dar a María Antonieta un perfil más adulto.                      

Nadie sabía cuánto tiempo podría resistir vivir en la corte de Versalles. Ya era tarde para conjeturas. El matrimonio era un hecho.

 

 

Dos corazones

 

Su voz sonó rígida y poco convincente. Giró sobre sus talones y se perdió entre la niebla. Mientras caminaba tropezó con una piedra caída de la pala del sepulturero. Llegó a una verja de hierro y el frío del metal le devolvió parte de su conciencia. Louise fue al cementerio de los Santos Inocentes, donde estaba sepultado Balthazar, a ver los detalles de aquel entierro inesperado. Un árbol le rozó la cara con sus húmedas hojas; parecía que la naturaleza la trataba con desdeñoso escarnio.


“No entiendo el fallecimiento de Balthazar y menos la conducta de Alizee” pensó.

Sin duda, era una niña especial. Louise recordó cómo la había encontrado aquella tarde en el portal de una casa por los Campos Elíseos. Tenía la imagen en su mente; era víctima de ese milagroso pasado. ¿Y aquellos caballeros que fumaban en pipa de arcilla? No significaban nada para ella. Una madre había abandonado a un bebé sin importarle su destino, si tendría frío o no, si comería mañana… Demasiada pena tendría que haber sentido al dejar a ese ser indefenso a merced de los peligros. Tal vez, nada llegó a conmoverla.

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LICIA. HERMANA MÍA.
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martes, 18 de junio de 2024

Licia. (Cap V. La mirada de Celine-3era parte)

 

Su gato Theo se hallaba atrapado entre los leños por las inclemencias de la naturaleza. Había querido cazar un ratón y quedó en medio de su fiebre y la burla del roedor que huyó con toda soltura.

‒Niña, enfermaréis de frío. ¡Entrad a la casa!

 

 

Los pocillos eran cinco.

‒El té ya está. ¿Lo sirvo? ‒preguntó Rosalie.

Su voz se dirigía a Antoine que acaba de llegar del trabajo.

‒Todavía no, esperad un rato. Es que en segundos llegará mi madre.

‒Oh… ‒dijo Rosalie incómoda.

‒¿A qué viene Lisa? ¿Se quedará a cenar?

‒No creo ‒contestó Celine por lo bajo.

‒Supongo que sí.

‒¿Por qué no me lo dijisteis? ¡Todo a último momento! No puedo sola.

‒¡Rosalie! ‒gritó Celine‒. ¡La abuela Lisa!

La anciana, parada en el pórtico, tocaba la campanilla de entrada. Tenía una manteleta de lana, mitones negros y un sombrero con plumas que envolvía sus rulos brumosos.

‒¿Sois sorda o qué…? ‒le gritó a Rosalie con su acostumbrado mal genio.

‒Disculpad Lisa, no sabía que vendríais hoy. Su hijo no dijo nada, de lo contrario hubiera estado preparada. Tengo que inventar algo para cenar. ¿Comprendéis?

Lisa se echó para atrás en el sillón y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Antoine que, como siempre, le acarició el pelo.

‒¡Qué gozo que estéis aquí, madre! ¿Cómo os fue en el viaje?

‒Bien. Deseaba llegar. El tiempo es tirano. Quiero venir y nunca encuentro la oportunidad justa ‒comentó Lisa retirando los guantes de la mesita para tomar el té.

‒Podéis hacerlo cuando queráis, vives sola. No necesitáis regresar rápido para atender a nadie.

‒Tengo mis perros. ¿Te olvidáis?

‒Claro Lebi y Renzo. ¿Cómo están esos dos callejeros?

‒Divinos, os amo. Se quedaron con Paz que les lleva comida y los vigila cada media hora porque son muy dañinos.

Alexandre entró a toda prisa y, sin ver a la Lisa, se fue a su habitación.

‒Eh… ¡Alexandre! ‒gritó su padre.

‒Dejadlo, no importa. Está en una edad difícil como todos los jóvenes que no quieren ver a los ancianos. Ni saludarlos. Los consideran estorbos; una carga que no les importa sostener porque piensan que nunca llegarán a viejos. Triste realidad. Nos estamos quedando cada vez más solos. Es lamentable llegar a la casa y no tener con quien hablar.

‒¿Queréis venir a vivir acá con nosotros?

‒¡No! ‒respondió Rosalie mientras cubría la mesa con un mantel blanco bordado por Lisa en su homenaje‒. Bueno, es que no tenemos lugar y con la niña hay demasiada confusión.

‒No, hija, nunca se me ocurriría venir a esta casa. Adoro la libertad.

Celine, desde un ángulo, con un caballito de madera en brazos, la miraba fijo con demasiada atención. Se habían quedado solas porque Antoine y Rosalie habían ido a buscar mercaderías al desván. La abuela Lisa estaba distraída con su taza de té y Celine seguía con sus ojos clavados en aquel cuerpo voluminoso y frágil envuelto en pelos de gato.


De repente, Lisa comenzó a toser y a respirar con dificultad. Al rato, cayó bruscamente y se golpeó la cabeza con la mesita de nogal. En medio de la laguna de sangre, la octogenaria todavía respiraba. Celine, imperturbable, la miraba. No lloraba, no gritaba, no pensaba… Sus ojos lo decían todo.

‒¡No! ‒gritó Antoine‒. ¿Qué pasó?

‒Se quiso ir la abuela Lisa ‒contestó Celine con indiferencia. Es que vino a despedirse de papá.

‒Hay que llamar al médico.

‒Ya está ‒volvió a decir Celine‒. Cuando alguien muere no queda nada por hacer. Todo lo demás es superfluo y absurdo, innecesario. A las personas hay que quererlas en vida. Cuando regresan, después de mucho tiempo de ausencia, es para decir adiós. La abuela Lisa era buena, ¿no? Yo la quería. Pienso que se quiso despedir de mí por eso vino hoy.

‒¡Basta! ‒contestó Antoine destruido por la congoja de haber perdido a su madre de un momento para el otro sin explicación alguna. ¡Qué absurdo! No podía aceptarlo.

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LICIA. HERMANA MÍA.
------------------María Antonieta, Las gemelas, La muerte, Visiones, Luis XV, La frivolidad, Versalles, La Revolución francesa.