sábado, 8 de abril de 2023

El silencioso grito de Manuela (CapXV 1era parte)

 


La casa era muy antigua, de dos plantas, con un patio florido rodeado de habitaciones altas, ventanas con enrejados de hierro y cortinas amarillentas tejidas al crochet. Las paredes pintadas con cal resplandecían delante de una fuente cercada por macetas con pensamientos y estampillas. En la terraza, alguna vecina colgaba la ropa que flameaba cual bandera de barco perdida en altamar.

-¡Socorro!-gritó alguien y apareció una mujer de mediana edad, obesa y autoritaria, que parecía ser la dueña de la propiedad.

-“La Nueva” hace una semana que no sale de la pieza. ¿Le habrá pasado algo? ¿Usted que cree?

Socorro no podía pensar en ese momento porque los inquilinos protestaban, la gente tenía hambre y al guiso de lentejas todavía le faltaba cocción.

-Mañana veo-contestó sin importarle la situación.


***

 

Arropada sobre una bolsón de campo y sofocada por el polvo y la locura, Letizia, en el cuarto, permanecía mirando el techo. Sentía frío y esa soledad que viene desde dentro, por las carencias. No sabía cómo había llegado hasta ese sitio ni con qué dinero había pagado el primer mes de alquiler. A diferencia de lo que Manuela creía, su hija estaba viva pero con la salud quebrantada y con una imagen entre distraída y perversa que la transformaba en una persona de cuidado; sin embargo, su abrumadora tristeza la llevaba al abandono total. Ya no se preguntaba qué pasaría en el futuro; ella era un combatiente que mostraba las cicatrices como galardones. En la visión incongruente que tenía con la vida, el tiempo era un cadáver al que le realizarían la autopsia de manera rápida y obligada.



La vecina, de vez en cuando, asomaba su cara por el vidrio a través de la cortina para mirar a “La Nueva” como la llamaba ella.

-Eh… tú -solía gritarle molesta al ver el cuerpo rígido de Letizia y sus ojos absortos observando el techo. Ella no le contestaba porque no la escuchaba; su mente no hilvanaba frases ni pensamientos coherentes.

-¡Socorro!, parece muerta, llame a la policía.


EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Eternamente Manuela
La mujer que sólo rezaba...

jueves, 6 de abril de 2023

El silencioso grito de Manuela (Cap XIV 5ta parte)

 

Los demás con la impotencia del que todo lo quiere y no puede lograr ni la mitad de lo deseado, la dejaron sola pues estaban agobiados de tantos secretos.

-Me recostaré en algún bote como lo hizo Encarnación.

-¡Por favor!  Manuela vuelve y deja el pasado -le contestó Julián harto de sus desvaríos.

-Buscaremos a Letizia entre los charcos escarlata.

Su conducta tenía una estrecha relación con la de su hija; ella trataba de aliviar la tensión ante las circunstancias que desafiaban a las miradas. Las respuestas a las preguntas que le formulaba Julián, que había regresado a hacerle compañía, sobre la supuesta mujer autómata que la ayudó a regresar no concordaban con la lógica.

Por momentos, el torrente de emociones invadía el perfil de Manuela que se quedaba callada mientras el esposo la miraba a los ojos como si la estuviera viendo a través de un vidrio. Algo ocultaba la anciana que parecía cavilar tratando de poner palabras en sus labios pálidos. La amenaza de paranoia ya estaba declarada; parecía recoger batallas entre el presente y la infancia. Manuela había aprendido a sobrevivir bajo las zarzas empapadas por la lluvia; le fascinaba correr a los grillos y amanecer en el fango.

Para Julián despertaba intrigas su ausencia pero al mismo tiempo creía que Manuela, con su pasividad, estaba demostrándole que conocía el paradero de Letizia. Le daba impresión ver su cara enlutada, como de cera, la ropa sucia y las piernas seniles que asomaban entre los encajes. Él pensó que Manuela nunca se recuperaría de la pérdida porque era muy inmadura para sobreponerse después de tantas torturas, pero había nacido para servir a los demás con todos sus recursos, más allá de los años, de la vida en blanco y negro y del aburrimiento que le daba la falta de deseos y de metas.

-Viejito, trata de evocar el pasado -alcanzó a decir con la voz tan baja que Julián, como estaba sordo, casi no la escuchó.

-Oye… tú…-gritó

-Bueno parece que te dignas a hablar. Dime ¿dónde está Letizia?

-No sé. Tú sabes dónde se halla la gata Máxima.

-Enterrada -dijo Julián como al descuido.

-Pues ahí se encuentra nuestra hija, abrigada con el fango y bendecida por las entrañas de la tierra.

-Razona lo que dices; te encanta proferir palabras negativas para alterar los ánimos.


          -Tú no puedes evitar las caídas porque eres mortal.

-Deja de taladrar la conciencia, mujer, que ya nadie te escucha; no te adelantes a los hechos y aguarda que nuestra hija regresará…


Manuela con un abanico de palma en una mano lo miró resignada como quien ve a través de un cristal los designios, sin desmentir las ideas de Julián pero confiada en el pesimismo que, como norma, le habían inculcado sus padres en perjuicio de su educación.

-Yo puedo pasar la noche a la intemperie que sé que no será la última.

-Entonces… te contradices.

-Sí, hombre, estoy algo confundida, perdóname. Es que soy esclava de las voces interiores y del miedo a lo desconocido. Estoy en un pozo donde el agua sube hasta mi boca y sale por ella. No sé para dónde sopla el viento. Tengo las manos húmedas, el desconcierto y la ansiedad me descolocan y me fracturan. ¡Dios sabe que no puedo anular su oratoria!

* 
EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Eternamente Manuela
La mujer de las plegarias

miércoles, 5 de abril de 2023

El silencioso grito de Manuela (Cap XIV 4ta parte)

 


La casona estaba iluminada por lámparas de petróleo; se escuchaban las campanas de la iglesia.

-¿Quién habrá muerto?-le dijo Manuela al retrato de Rocío.

Su cuerpo sedentario se tornaba gris e invisible; se acordó de la valija de cuero de su hija, de los ojos de porcelana y de su rostro avejentado por las fuerzas sobrenaturales. Manuela se sentía huérfana en ese espacio helado. Miró hacia el patio; la figura de terracota de la fuente parecía un cuerpo que avanzaba entre las palmeras y el jazminero. No podía entender la destreza de los movimientos de sus brazos que se extendían hacia ella. Cerró los párpados a la magia y al engaño de esa alucinación. ¿Sería su última hora? ¿Alguien la venía a buscar?

Los miedos de Manuela iban en aumento y con ellos la seguridad del peligro. Escuchó su propia voz que hablaba con incredulidad, vencida y apagada; no tenía fuerzas ni para rezar pero se mantenía en pie con el deseo de salir corriendo, con sus enaguas de encajes, a la calle a buscar a Letizia.

Había agua a los lados del camino, árboles que parecían arbustos decorativos. Una mujer con su camisón blanco caminaba rumbo al baldío de las zarzas; allí se perdió entre la vegetación humedecida por la lluvia, con los grillos de la gata Máxima y la soledad de la noche.

Al día siguiente, una silueta que parecía de terracota la encontró casi desvanecida entre el vapor del amanecer y los pilotes. La ayudó a levantarse y la acercó a la puerta de la casa, tocó timbre y desapareció dejando olor a hollín entre sus ropas negras.

Julián, desesperado, la tomó del brazo.

-¿Hombre, dónde estoy? -preguntó Manuela totalmente perdida.

-Por fin has regresado, déjame ayudarte.

-Tú eres demasiado anciano. Eres mi padre, por favor no me retes.

Julián no podía entender qué le ocurría a Manuela. ¿Dónde había estado toda la noche? Ella lo observaba con desconfianza. Al rato dijo:

-Fui a buscar a mi hija.

Manuela había recuperado la memoria como si hubiera sido por decisión propia. Nadie le contestó y se quedaron mirándola con esa pasividad que deja el desconcierto.



-Abuela, cuéntanos dónde está mi madre -le dijo Dolores en voz baja.

-No lo sé. El viento arrastra a los seres a sus moradas pero hay algunos que no quieren regresar. Oyen su silbido y caminan en dirección opuesta.

Los ojos de Manuela brillaban frente a la lámpara de petróleo; se alisaba el pelo, parecía no preocuparle la ausencia de Letizia. En un arrebato miró hacia la fuente donde permanecía la figura de terracota. Sintió miedo; ese terror inmanejable que la torturaba desde pequeña.

*
EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Eternamente Manuela
Una mujer inmadura

martes, 4 de abril de 2023

El silencioso grito de Manuela (Cap XIV 3era parte)


-Mañana borraré mi rostro con el arma que otros han puesto entre mis manos -dijo murmurando bajito.

 ***

Al otro día, cuando Manuela golpeó la puerta del cuarto de su hija, ella ya no estaba. El ambiente, petrificado por las telarañas, olía a azufre. La ropa esparcida como al descuido parecía un manto lúgubre que anunciaba un luto cercano. Una escena sin luminarias que mostraba una cavidad ahogada por el pesimismo, el abandono, los secretos y la cobardía.

Manuela la llamó a los gritos por la casa con incertidumbre y ansiedad, pero nadie respondió a los reclamos. Apareció Julián con el pijama aterciopelado, el bastón y las gafas a medio andar.

-¡Viejo, Letizia se ha marchado… Tengo miedo, es una niña!

-¡Es una mujer! -gritó Julián a punto de darle un paro cardíaco.

-Sabes que no está bien de la cabeza y que no puede dialogar ni expresar lo que siente. Vamos, vístete, tenemos que encontrarla.

A la media hora, toda la familia salió en su busca. Recorrieron las plazas y los puentes, los hospitales y las comisarías, pero nadie supo darles una pista. Letizia, quizá, se había borrado el rostro y permanecía oculta entre los ropajes funestos tratando de  resucitar para darle un minuto más a su convalecencia. Ella había sido una persona frágil que no pudo llevar la mayoría de edad con el temple suficiente como para enfrentar las desgracias. Nunca tuvo doble personalidad porque su alma se hallaba al desnudo frente a la impotencia y frente a las únicas posibilidades que el futuro le daba. Siempre quiso salvarse, tratar de esconderse de los minutos que un reloj le mostraba porque sabía que él tenía las armas para gobernar sus pasos.


Letizia, una mujer con credos, tal vez no pudo aferrarse a la fe y sobrevivir con toda la carga de una realidad en blanco y negro.

Julián y Manuela estaban desconsolados pero tenían la esperanza de encontrarla en algún lugar. Dolores y Laura sufrían en silencio pero no sentían la falta porque Letizia siempre había sido una madre ausente. Manuela ocupaba ese lugar con su inmadurez y sus defectos pero le sobraba amor para dar. Siempre lo sintió así y nunca nadie tuvo que decirle lo que tenía que hacer porque ella se dejaba llevar por los sentimientos y por esa perfecta abstracción en la que hasta el miedo y el dolor en ocasiones están ausentes, en la que una persona parece oír y hasta vigilar su propios pasos: el irreparable curso de los días.

*

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Eternamente Manuela
Una mujer discípula de los miedos

lunes, 3 de abril de 2023

El silencioso grito de Manuela (Cap XIV 2da parte)

 



Dónde estaban las salidas a tantos reclamos; ella debía trabajar para complacer a esas almas que dependían de su abrigo de mamá grande que lo sabía todo. Sin embargo, Rocío, Encarnación y Lucía ocupaban sus oraciones que se potenciaban con el aislamiento y la soledad interior que, a veces, la embargaba en las noches de tormenta cuando encendía las velas púrpuras frente a los retratos.

-La borrasca acerca a las almas a sus moradas para que con su cobijo puedan reconocerse -decía alterada por la confusión.

 

 ***

La residencia parecía tener sus formatos reducidos y las imágenes se proyectaban casi deslucidas por los artilugios de la mente. La verdad concreta había llegado a la frontera de lo inverosímil.

Letizia rezaba en su habitación con sus ideas fragmentadas; recordaba el campo de José donde las combinaciones infinitas se presentaban puras y sin montajes, desde los terrenos arados hasta el arrullo de los pájaros en los ramajes cuando se acercaba la noche. Había sentido celos de lo senderos porque se habían llevado el amor de José, pero creía que era lo más auténtico que tenía a la  hora de evaluar lo negativo de los días. Ahora aquello le parecía evanescente e inasible por el simple hecho de hallarse tras la reja de una prisión concebida con su único código: aceptar las reglas impuestas.

Manolo, en cambio, había ultrajado su buen nombre caminando en dirección contraria, con el egoísmo de una persona que esperaba recibir sin haber dado. Sus pensamientos y actitudes  ya tenían explicación; parecían inventos, deshechos de un cerebro mezquino, la ignorancia de alguien que, de repente, se encontraba frente a su historia teñida de imposibilidades y de interrogantes. Manolo era disperso y crítico pero no pretendía más que su propia miseria: escapar de Letizia para caer en brazos de otra persona. La simple tentación de un hombre que buscaba, en esos momentos, allanar la salida de ese estado de tutela.

Letizia, en ese cuarto atiborrado de polvo, pensaba en el exilio; trataba de delinear sus posibilidades para abrir un camino nuevo, sin coherencia y sin memoria. Su cabeza se hallaba a cien años de distancia; ella escuchaba voces desde el más allá con la engañosa sensación de ser un ánima que no necesitaba del espacio terrenal.

Las creencias de Manuela, en cambio, la mantenían viva y con fortaleza pues pensaba que la vida no era sólo nacer y morir sino un eterno camino que empezaba y que nunca llegaría a su final.

-Pobre niña ve el pasado como un mal recuerdo, pero sé que quisiera recuperarlo original y puro, hermoso…

-Los que han partido han engrandecido el futuro pero también han ensuciado su fachada con un dolor permanente -contestó Manuela a Julián que se hallaba recostado en el sillón hamaca con el pelo furioso y blanco.

-La esencia no se pierde.

-Letizia ha enterrado su propia libertad, la resistencia, los errores y las penurias. Ya no tiene alternativas… Nada es igual porque el descanso eterno está arraigado a estas tapias y cimientos con el poder de comunicar que no hace falta derramar más lágrimas o esperar con fe la alegría de un porvenir.



-El dolor siempre es el mismo.

-Cuando la tristeza gobierna la cabeza, te ahorca un lazo que desvía el aire como una cruenta y amenazante embestida.

Letizia escuchaba tras el vidrio esmerilado de su habitación; tenía preparada la valija para partir a otro sitio donde seguramente terminaría quitándose los misterios.

Se amarró al hueco de la pared como si temiera caer en un pozo ciego y se tapó los oídos cuando llegaron sus hijos. Pensó que debía escapar al amanecer para no ser vista por los vecinos a quienes consideraba gente aburrida que se alimentaba de los vicios de los otros.

Letizia, vestida con su uniforme negro, se quedó agazapada detrás de las cortinas y gritó que no quería comer cuando Manuela intentó acercarle un plato con la cena.

*
EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Eternamente Manuela
Una mujer aferrada a los credos

domingo, 2 de abril de 2023

El silencioso grito de Manuela (Cap XIV 1era parte)

 


Entre los trastos húmedos de lágrimas, Letizia trataba de ocultar la magnitud de lo vivido. Ya había renunciado a los sueños que la habían obligado a endurecerse y a perder de a poco la cordura. Su mundo había sido violentado por la falta de principios, la desvalorización y la crueldad de la vida que le tocó en suerte.

Vestida de negro desde aquel nefasto día que se enteró de la dolencia de su hija, permanecía absorta, casi autista, en su camastro desmantelado. No quería que nadie lo limpiara ni lo ordenara mientras la herrumbre se filtraba entre las hilachas de sus ropas.

Manuela lloraba más que nunca en su templo rodeada de decenas de hierbas, sales, hongos, laureles y vinagre. No sabía qué tisanas preparar para alejar el demonio de la cabeza de su hija que se abandonaba al mutismo total.

Julián ya no preguntaba porque el aire enrarecido le demostraba que todo andaba mal y que su familia destruida por el destino no podía hacer frente a la perfección de los excesos. Él no tenía las armas para asegurar la perpetuidad porque sus huesos parecían anestesiados. Se miraba en el espejo y veía sus rasgos faciales distorsionados y envejecidos, sin movimientos de expresión. En ese momento, pensó que era otro y que se hallaba en el principio de su fin.

-Para qué vivir, para esto… -dijo con un hilo de voz mientras miraba las habitaciones, las lujosas estatuas, el brillo de la riqueza que ya no le servía para nada.

            Nadie le garantizaba la felicidad ni siquiera el dinero que, dicen algunos, todo lo compra. Casi en el final del camino no hay poder ni riqueza que pueda anular la orden que dice: “ahora te toca a ti…” y al tener tantas pérdidas cercanas es cuando la muerte te golpea más para que reacciones. Julián hacía mucho que estaba involucrado sólo que no creía en otra vida; Manuela, en cambio, se mantenía fuerte justamente por esas creencias.

-Allá están mejor.  Nos encontraremos algún día.  Sin el paraíso, la tierra no sirve para  nada -solía decir.

El lenguaje de sus antiquísimas teorías acaparaban su memoria y en ellas no había diferencias. Lo antagónico era que, a pesar de creer en el edén, tenía temor a abandonar a sus seres queridos con las amenazas, las estrategias, el materialismo, las mentiras y la angustia permanente.



Manuela observaba a su pequeña Letizia desquiciada por completo y cerraba los ojos para no enfrentar la realidad que la desestabilizaba y la sumergía aún más en el laberinto existencial. Ella sabía que tenía que cuidar a Antonio, a Dolores y Laura y hasta a Damián que ya estaba grande. Esa era una razón para vivir que le daba la entereza; se sentía útil porque los niños, a pesar de sus rarezas, la amaban.

-Abuela cuéntame el cuento de la bicicleta roja. Abuela arréglame el vestido para la fiesta, el color ámbar, vamos que ya es tarde, no rezongues… Abuela habla de mi madre…

*

EL SILENCIOSO GRITO DE MANUELA
Eternamente Manuela
Una mujer-niña