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jueves, 27 de agosto de 2015

El día lunes




La tarde había pasado para el rey Fahid de Bagdad en aquel caluroso día de verano. Estaba preocupado.
-Ven acá…- le dijo al esclavo.
Necesitaba aire y también la pipa de palo de rosa que había dejado sobre la mesa junto al incensario.

Los servidores eran fieles a sus gustos y caprichos pero había algo que no comprendían en su actitud. El rey se sentía defraudado por el jefe supremo: el que habitaba en el cielo bajo los mantos celestes, el mismo Alá.
Su cara arrugada mostraba la historia de un invencible carácter y de una voluntad para la lucha; sin embargo, parecía vencido a pesar de su estirpe real.
-No es extraño que hayas advertido mi temor- le dijo a su confidente Ossim.
El rey le contó a su compañero y hermano lo que sucedía… Debía reunir a todo el pueblo porque algo grave estaba ocurriendo, pero no le comunicó cuál era el problema.

Por las calles, los buhoneros llevaban cajas de terciopelo verde con polvos mágicos, utensilios de cocina, hierbas, pistolas y peines… Fahid los observaba desde su ojiva, detrás de una cortina con brillos de oro, y pensaba que el sol terminaría por quemar el poco pelo de aquellos hombres.
“Es raro que no lleven turbante”, pensó.
-Amigo mío.- le dijo a uno desde la ventana.-Necesito unas cenizas que tengan hechizos para…
-Esta caja de marfil fue traída desde “La Meca” en camello por el desierto, soportando el viento huracanado y el calor.- contestó el vendedor de barba y túnica rojo brillante.
Fahid se quedó con el cajoncito extraño y despidió al buhonero parlanchín. El rey pensó, después de observar detenidamente la caja, que debía llevarla a la mezquita y arrodillarse frente a ella como una víctima que pedía ayuda a cambio de todo.

El monarca llamó a los servidores y al sabio del palacio, Selujah, para que le dijera cómo y cuándo debía utilizarla a su favor. Sabía que ésa era la última posibilidad para que sus deseos, tan fervientes y necesarios, fueran concedidos.
-Si no se cumple mi petición le quitaré el pago.- le comunicó a Selujah.-¡Llamaré a los astrólogos!.
Fahid fumó la pipa de palo de rosa y, satisfecho, se sentó a esperar.
El hombre, temblando, tomó entre sus manos la caja y posó su nariz en el polvillo oscuro, luego frunció el ceño y se arrodilló sobre una alfombrita que trajo consigo; hizo cinco inclinaciones con las manos en forma de cruz sobre su pecho. Al rato, llamó al rey y le dijo unas palabras al oído.

Fahid se llevó el preciado objeto a sus aposentos.
-Gracias Alá por tu misericordia.- exclamó.
El monarca cumplió al pie de la letra con las indicaciones del maestro Selujah: paseó disfrazado por los lagos artificiales y por las calles de Bagdad , recorrió las mezquitas y regaló monedas, babuchas, turbantes y camellos… Se convirtió en vendedor de higos, en médico que curaba maleficios y en ciego que pedía limosnas en la plaza del mercado…
Pasaron los días y el santo deseo de Fahid no se cumplía, estaba desesperado. Llamó a Ossim, su confidente y amigo, y le dijo:
-Esto no puede continuar así… Busca al falso adivino para que sea ajusticiado. ¡Es un pobre loco!. ¡Moriremos!.

Ossim ordenó su cortejo y recorrieron la ciudad pero no hallaron a aquel hombre misterioso que, quizá, había huido a Nicea o se ocultaba bajo las telas de aprendiz. Cuando Ossim llegó al palacio encontró al rey llorando en medio de un séquito de colaboradores que lo abanicaban todo el tiempo. El intenso calor era agobiante.
-Debes convocar al pueblo ya…, que vengan aquí los que están de viaje, los penitentes de “La Meca” y de las antiguas tiendas, los cuidadores de camellos, los soldados y músicos y los sastres de los sultanes… ¡Todos!.- gritó afiebrado.
Ossim reunió a la gente bajo el sol abrasador; nadie sabía lo que pasaba y qué quería Fahid para llamarlos de esa forma. Se quedaron mudos de asombro al ver al monarca flaco y avejentado cuando se asomó en lo alto de la torre.
-¡Deténgase en ese lugar, no deben moverse, es orden de la autoridad. Deben esperar, como yo, el milagro!

La multitud reunida, atónita y descompuesta por el calor y la falta de alimentos, pasó el día en su sitio cumpliendo el reglamento estricto. Era sábado y faltaban dos jornadas más.
Por la noche, una tormenta se desató sobre la ciudad de Bagdad e inundó los rincones del reino, las calles estrechas y los comercios, mientras las personas continuaban en pie. Estaban con el agua a la cintura, las piernas rígidas, mojados hasta los huesos y desmayados por el hambre.
El rey salió al balcón de la cúpula y les dijo:
-Deben continuar presentes, amigos míos, fieles custodios. ¡Alabado sea el profeta!. El lunes, día de oraciones, se reza en Bagdad, hay que esperar hasta mañana.

Los habitantes, que ya no aguantaban más, fueron traídos hasta el palacio para orar por la lluvia, pero aquella cajita mágica con el polvillo maloliente se adelantó premiando a todo el reino.
Fahid estaba feliz pero no dejaba que aquellos hombres y mujeres de Bagdad regresaran a sus casas.



Sobre una cama, colgado de una pared de piedra y junto con las telas de seda de sus vestiduras de ceremonias, había un pensamiento que decía:

“Cuando haya necesidad de lluvia en el país, y conforme a la tradición del profeta Mahoma, los ciudadanos deberán rezar, el día lunes, e implorar que la tormenta se presente para bendecir los cuerpos y las almas.”

Cuento de Luján Fraix

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