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jueves, 23 de julio de 2015

El planeta de las alabanzas



"Sólo los niños saben lo que quieren"

El ayer y el hoy juntos y presentes como testimonio de lo auténtico y de la infinitud de los recuerdos en el espacio que dejan las palabras frente a los vacíos de la memoria; es un inmenso manantial de colores y de fantasía permanente.
¡Suena en mi alma el rumor de las carretas en la paz de la siesta!.

 Eva, la dulce niña que soñaba con las hadas en libros con tapas de terciopelo, ha crecido y escapa detrás de las imágenes que proyecta de sí misma al futuro. La que más le gusta es ésta vestida de aldeana caminando por los senderos de tierra entre un muro de álamos acompañada por sus mascotas. Tiene la gracia de las estrellas del campo y a cada paso alumbra con su luz alba los huertos maduros, las retamas y los malvones rojos. Siembra de canto las riberas, los iris, los crepúsculos, la aurora; trepa con el fervor de las enredaderas buscando un fulgor de sinfonías.



Una brisa tibia vela la malva de las colinas entre gorriones dormidos que tiemblan ante el clamor de su voz. Es su cariño de ángel-duende que la lleva en su carruaje cubierto de racimos al confín de la tierra labrantía.
Ella se sumerge en los sembrados delirantes de la llanura que la espera siempre con sus rosados y naranjas envueltos en mantos como un paquete de regalo esperado.
La felicidad de proyectarse hacia un mañana de reencuentros, de amores y compañías, de recuerdos e ilusiones…, la viene a buscar con los versos del tamaño de su alma. Ella mira el día en toda la extensión del horizonte porque sabe lo que significa el adiós de las golondrinas.

Eva avanza hacia la tarde con su resplandor divino hasta que su figura se transforma en una sola sombra. Esa dicha que ya siente está cerca pero enmudece ante la mirada insondable de unos ojos que dicen más que mil palabras.
Deshoja las ilusiones con la brisa del norte y aprende de memoria el perfil de las colinas y el gris de la bulliciosa soledad del monte.
Los arabescos gitanos entre el trigo y las cosechas le hablan de la esperanza a un ser de sonrisa tierna, esa misma esperanza que Eva desea alcanzar vestida con fragmentos multicolores y un enorme sombrero con un lazo silvestre. Ella sabe cómo atrapar el viento con el lenguaje encantado de su yo interno y el desafío de ser la paz frente a la tormenta y la heroína de sus cuentos.



Suenan las melodías como rumor de carretas en la tranquilidad de la siesta cuando, en su imaginación, el arado tiene vida y se libera de grabar su paso por esa jornada mientras los labriegos vuelven a la frescura en el cristal de su molino. Lejos, los cencerros, el pinar, un caballo blanco, el tren y sus vagones… ¡Cómo silban las perdices!.
En el tejado de una granja, frente a la madreselva donde una gata llamada Lila juega con un ovillo de lana, una mariposa de carmín se posa sobre un limón verde y la distrae para luego escapar rápidamente. Su vuelo ágil y palpitante es como sus pensamientos cuando está sola frente a un horizonte mágico de auroras pobladas de brillantes farolas.

“Todos somos elegidos por el simple hecho de haber nacido. Lo que hacemos en la vida depende de nuestra propia decisión y de esa responsabilidad nace la verdadera libertad.”

  Eva sabe que puede volver a esa vasta región de prados ondulantes, a la emoción que evoca su sonrisa inocente y a ocultar la semilla en su mano espigada para ver nacer orquídeas, uvas, almendras y lirios azules y morados.



El último albor brota en el oeste y un haz luminoso se dibuja en el rocío mientras el Creador pinta un lienzo con plumas para Eva pueda volar sola bajo las palabras que el silencio le regala sin saber que ella ya es un solo corazón, el alma en unos ojos, el amor personificado…

Ese es el mundo que calma su sed y que le dice la verdad frente al aire quieto y transparente cuando las margaritas son rosas en su pelo suelto, los colibríes con su brillo de acuarela llenan los espacios, rozan las espinas y los remanosos se adueñan de las aguas.

“Dios nos quiere salvar por eso nos da la libertad”.

Eva se sienta bajo el viejo olmo e imagina otra vez las golondrinas que parten hacia el futuro como vagabundas sombras ante el espejismo de ese cielo que blanquea la luna por las noches. Recuerda el historia de “El príncipe feliz” cuando una golondrina muere al llegar el invierno porque el cariño que siente no le permite irse con las demás.
Esas vivencias son los sentimientos de la vida y sus matices, bordeada de jazmines, de paseos al aire libre, de la exactitud de su encantamiento por la pampa de nubes con vestigios de leyendas todavía latentes.

Avanzan los años por los frondosos tilos y por las enramadas con susurros de aves que no pueden esconder sus sentimientos. Eva sabe del milagro que la trae nuevamente a recorrer los senderos bañados por un calor ardiente cuando septiembre se aferra a las mañana cálidas, a las frutas, a la miel, a los braseros del abuelo…
Una crónica de juegos frente al candil en tardecitas con el espíritu de fiesta mirando cómo los astros la observan desde el firmamento. El paisaje es su espejo que le muestra su sensibilidad; ese ángel que se confunde con sus reflejos interiores y el trino de los cardenales que viven abrazados a los sauces cuando las voces de los sabios corren por los ríos.


Caminando entre los girasoles, Eva alcanza a ver a un niño de mechones rubios y de frente pálida que la mira detenidamente tratando de ver más allá de sus pensamientos.
-¿De dónde vienes?-le pregunta extrañada ante esa aparición que intenta por todos los medios comunicarse con ella. Eva tiene sus razones para desconfiar.-¿Adónde vas?.
Él, algo indiferente y casi sin deseos de responder, alcanza a decir:
-Derecho, siempre delante de uno, no se puede ir muy lejos… Busco un amigo… Vengo del desierto de Sahara y de algunos planetas. Necesito hablar con los más necesitados y rescatar los valores espirituales.
-Yo soy una aldeana que vivo en una casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo. ¿Qué puedo ofrecerte?.
-Tú eres pura-murmura bajito.-Tienes la luz de la alborada y seguramente sabes reconocer la justicia, la humildad, la disciplina, la lealtad…
-Yo soy una chica que simplemente ama la naturaleza porque conoce el poder de la memoria y la bendición de ser útil a la sencillez de las cosas vitales. No pregunto tanto, no cuestiono a las personas porque respeto la esencia de cada uno y sus limitaciones.


El niño se sienta sobre una piedra y levanta los ojos hacia el cielo.
-Tú te llamas Eva y te gusta el paraíso, pero debes saber también de la transitoriedad de la vida. Eres inteligente pero no tienes que dar tantas explicaciones; deja que pregunten demasiado, sólo una respuesta alcanza…
-La felicidad no tiene precio, he aquí mi secreto. Es simple: no se ve bien sino con el corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos”.-dice Eva convencida y algo molesta por los consejos del desconocido que parece ser un pequeño maestro de colegio.

-¡Hablas con mis palabras!. ¡Te ha llegado mi mensaje!-grita el niño con ternura.-La afinidad espiritual ya nos une porque has descubierto el encanto de la existencia humana y el valor de los afectos.
-¡Lo importante es invisible, comprendes!-vuelve a decir Eva mientras el personaje  desaparece con la sonrisa grandiosa detrás de los girasoles y repite a lo lejos:
-Tú estás sola en este planeta rural que es el tuyo; conoces el sabor de lo auténtico, la dignidad y su proyección. Bautizas tus principios y buscas en ellos el fin de las verdades, pero eres una niña como tantas que estudia y juega, que respeta las diferencias pero que, con sus derechos, impone sus códigos.

Eva asombrada recoge su canasta y comienza a andar; el lugar la invita a escuchar su despliegue de alabanzas; es el corazón de ese vuelo que le deja sus alas para que pueda recorrer otras tierras más allá del tiempo y su retiro, de la cuna en cuyas raíces dejó su infancia, de su vestidos de muñeca y de su cariño por los escenarios originales y sus huellas.
Fiel a su misión ve el final de la carretera y escucha la música de un universo que deshoja rosas en su velo de plata.


De regreso a la ciudad, siente que ese cielo urbano se parece a un prisma con los canceles abiertos a lo inconmensurable. Eva cosecha la siembra de las calles luminarias pero sabe que allá, en la campiña, está el amor, el lenguaje diáfano, la emoción del encuentro y del adiós… Comprende que no existe un solo sentimiento de libertad sin la esperanza del regreso.
-Si vienes a las cuatro de la tarde comenzaré a ser feliz desde las tres.-dice alguien que sabe, desde cualquier planeta, reconocer la amistad.

Cuento de Luján Fraix



* Citas de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry. Resúmenes, análisis y biografía: Miguel Moreno Monroy. Sociedad Comercial y Editorial Santiago Limitada (1993).


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