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martes, 28 de julio de 2015

La nodriza



Al cochero


            Siglo XVI.
Se llamaba Isabel como la princesa Isabel de York casada con Enrique Tudor. Vivía en una aldea próxima al extremo de la calle que llevaba a la residencia Hampton Court, hacia lo alto de la villa. Ese camino frecuentado por los caballeros de la corte, oscuro por tramos, dominado por altas murallas, era bello y siniestro.
Isabel trabajaba de nodriza, cuidaba a un futuro rey que se llamaba Eduardo: un niño de cejas pobladas y uñitas de gato.

Una tarde, se fue por el camino del cementerio junto a la iglesia de los campesinos. En el lugar había dos sepultureros que se despertaron cuando ella les gritó. Estaban descansando entre dos tumbas.
Una sombra encapuchada la seguía en su recorrido por el camposanto; Isabel no se animaba a mirar para atrás. El hombre no hablaba. Si ella se detenía, él también lo hacía; llevaba un hacha en la mano. Cuando regresó junto a los trabajadores les contó lo sucedido, entonces cada uno tomó un bastón y recorrieron el lugar pero no encontraron a nadie. El espectro había desaparecido o, tal vez, estaba en su imaginación de niña porque ella siempre decía que los fantasmas la buscaban…

Al otro día, Isabel regresó a la residencia a cuidar a su bebé de ocho meses; ella llevaba una cruz en las manos y todo el mundo la llamaba nodriza-madre.



A pesar de sus tantas ocupaciones, Isabel llevaba a cabo los asuntos diarios con fuerza y alegría. Temprano, por la mañana, iba a la capilla donde escuchaba los sermones de los monjes; más tarde, alimentaba al niño y acomodaba su alcoba de querubines…


Al atardecer, la nodriza se retiró…
En una especie de patio interior un centenar de ancianos estaban esperando al rey. Esas personas temblorosas parecían ser hombres castigados, encorvados y dementes. Uno de ellos tomó a Isabel de un brazo, tenía una caperuza marrón y sólo se veían sus ojos.

En la calle, pasó primero por el mercado de frutas, por la acrópolis y la galería de perfumistas… Había sombras en las tinieblas de la ciudad gris. Isabel quiso ir al templo que estaba edificado al pie de una colina; desde abajo, se contemplaban las murallas que subían igual que paredes de tumbas.
De repente, escuchó pasos porque se acercaban los viejos con antorchas que arrastraban las piernas como esclavos negros. Isabel se asustó pero ellos, sin verla, desaparecieron entre las columnas y los ataúdes comenzaron a hamacarse con la brisa del mar.

Detrás, entre las sombras de los árboles, el hombre de la caperuza miraba…
Enrique VIII, rey de Inglaterra y padre de Eduardo, era astuto y nada le importaba sólo su bien; creía que se parecía a Dios. Podía despreciar lo que no le gustaba rápidamente y dar cien excusas para defenderse. Siempre tenía razón. Isabel le daba lástima y pensaba que era una pobre adolescente.



Al otro día, la nodriza fue a la iglesia de “La Anunciación” y, entregada al sacrificio, comenzó a cantar con voz de criatura. Los monjes lloraron de emoción mientras que los nobles, en el oficio religioso, cubrieron de elogios a Isabel e hicieron donaciones con gratitud y admiración hacia la artista que pedía ayuda.
La joven se elevaba humildemente en medio del tumulto de cariño; con la cabeza inclinada agradecía a la Virgen Santa. Parecía un arcángel de la Biblia con su vestido blanco hecho jirones.

Había un príncipe en la primera fila de bancos que la miraba conmovido. En un costado del monasterio, se encontraban dos arpistas que tenían cuernos de elefantes, órganos y campanas.
Isabel terminó su actuación y se marchó del templo. Por el camino, se cruzó con un hombre que adivinaba la suerte y un astrólogo; lejos, en las colinas, lloraba de miedo a morir Matusalén.


Ella recorrió lugares increíbles hasta llegar al castillo, parecía borracha porque se balanceaba igual que un barco de velas. De pronto, comenzó a escuchar el sonido de las armaduras, el filo de las espadas y lanzas, el contacto de las sedas y los encajes de la reina…

Frente al puente levadizo, el encapuchado con el hacha no la dejó pasar; ella trepó por la ventanita del torreón y escapó por los corredores de piedra caliza. Ese disfrazado quería matarla y ella lo sabía.
Una noche, cuando regresaba a la aldea, se asustó y buscó refugio porque escuchó sonidos de cadenas. Miró hacia un lado y hacia el otro del sendero que estaba desierto. Caminó unos pasos y se ocultó detrás de unas matas; el silencio se mezclaba con el sonido de los hierros.
Por la vía, envuelto en la niebla de los sepulcros, un vasallo en un caballo blanco avanzaba… Isabel no lo dejó pasar; se sostuvo de su pierna hasta que logró subir. Las cadenas se escuchaban cada vez más cerca.

El jinete no se detenía y tampoco tomaba la huella para ir a su casa en el campo. Isabel sintió temor porque estaba comenzando a darse cuenta que ese desconocido era el hombre de la caperuza. Quiso soltarse pero él la sujetó con fuerza.
El caballero se detuvo al costado del camino, similar a las callejas de su aldea. Había sonidos leves de mascotas.
-¡Bajad del caballo!- le dijo.
Ella, inmóvil, pensó que le había llegado la hora de morir. Él se sacó el disfraz y la miró con sus ojos oceánicos. Era el príncipe de la iglesia que la había seguido largos años con el traje de verdugo… sólo por timidez y por amor.

Cuento de Luján Fraix



domingo, 26 de julio de 2015

sábado, 25 de julio de 2015

Dos manzanas




Una niña tenía dos manzanas en su mano. Su mamá se le acercó y le preguntó a su hija si le daría una manzana.
La niña rápidamente mordió una y luego la otra. La mamá sintió cómo se le congeló la sonrisa y trató de no mostrar su decepción. Pero la niña le pasó una de las manzanas y le dijo:

-Toma mamita, ésta es la más dulce.

No importa cuánta experiencia o conocimiento crees que tienes, nunca hagas juicios. Ofrécele al otro la oportunidad de dar una explicación. Lo que percibes puede no ser la realidad.

Anónimo


Mundo interno... Deepak Chopra





"Presta atención a la riqueza de tu vida interior.
Sueña despierto, imagina y reflexiona.
Es la fuente de la creatividad infinita"

Deepak Chopra


jueves, 23 de julio de 2015

El planeta de las alabanzas



"Sólo los niños saben lo que quieren"

El ayer y el hoy juntos y presentes como testimonio de lo auténtico y de la infinitud de los recuerdos en el espacio que dejan las palabras frente a los vacíos de la memoria; es un inmenso manantial de colores y de fantasía permanente.
¡Suena en mi alma el rumor de las carretas en la paz de la siesta!.

 Eva, la dulce niña que soñaba con las hadas en libros con tapas de terciopelo, ha crecido y escapa detrás de las imágenes que proyecta de sí misma al futuro. La que más le gusta es ésta vestida de aldeana caminando por los senderos de tierra entre un muro de álamos acompañada por sus mascotas. Tiene la gracia de las estrellas del campo y a cada paso alumbra con su luz alba los huertos maduros, las retamas y los malvones rojos. Siembra de canto las riberas, los iris, los crepúsculos, la aurora; trepa con el fervor de las enredaderas buscando un fulgor de sinfonías.



Una brisa tibia vela la malva de las colinas entre gorriones dormidos que tiemblan ante el clamor de su voz. Es su cariño de ángel-duende que la lleva en su carruaje cubierto de racimos al confín de la tierra labrantía.
Ella se sumerge en los sembrados delirantes de la llanura que la espera siempre con sus rosados y naranjas envueltos en mantos como un paquete de regalo esperado.
La felicidad de proyectarse hacia un mañana de reencuentros, de amores y compañías, de recuerdos e ilusiones…, la viene a buscar con los versos del tamaño de su alma. Ella mira el día en toda la extensión del horizonte porque sabe lo que significa el adiós de las golondrinas.

Eva avanza hacia la tarde con su resplandor divino hasta que su figura se transforma en una sola sombra. Esa dicha que ya siente está cerca pero enmudece ante la mirada insondable de unos ojos que dicen más que mil palabras.
Deshoja las ilusiones con la brisa del norte y aprende de memoria el perfil de las colinas y el gris de la bulliciosa soledad del monte.
Los arabescos gitanos entre el trigo y las cosechas le hablan de la esperanza a un ser de sonrisa tierna, esa misma esperanza que Eva desea alcanzar vestida con fragmentos multicolores y un enorme sombrero con un lazo silvestre. Ella sabe cómo atrapar el viento con el lenguaje encantado de su yo interno y el desafío de ser la paz frente a la tormenta y la heroína de sus cuentos.



Suenan las melodías como rumor de carretas en la tranquilidad de la siesta cuando, en su imaginación, el arado tiene vida y se libera de grabar su paso por esa jornada mientras los labriegos vuelven a la frescura en el cristal de su molino. Lejos, los cencerros, el pinar, un caballo blanco, el tren y sus vagones… ¡Cómo silban las perdices!.
En el tejado de una granja, frente a la madreselva donde una gata llamada Lila juega con un ovillo de lana, una mariposa de carmín se posa sobre un limón verde y la distrae para luego escapar rápidamente. Su vuelo ágil y palpitante es como sus pensamientos cuando está sola frente a un horizonte mágico de auroras pobladas de brillantes farolas.

“Todos somos elegidos por el simple hecho de haber nacido. Lo que hacemos en la vida depende de nuestra propia decisión y de esa responsabilidad nace la verdadera libertad.”

  Eva sabe que puede volver a esa vasta región de prados ondulantes, a la emoción que evoca su sonrisa inocente y a ocultar la semilla en su mano espigada para ver nacer orquídeas, uvas, almendras y lirios azules y morados.



El último albor brota en el oeste y un haz luminoso se dibuja en el rocío mientras el Creador pinta un lienzo con plumas para Eva pueda volar sola bajo las palabras que el silencio le regala sin saber que ella ya es un solo corazón, el alma en unos ojos, el amor personificado…

Ese es el mundo que calma su sed y que le dice la verdad frente al aire quieto y transparente cuando las margaritas son rosas en su pelo suelto, los colibríes con su brillo de acuarela llenan los espacios, rozan las espinas y los remanosos se adueñan de las aguas.

“Dios nos quiere salvar por eso nos da la libertad”.

Eva se sienta bajo el viejo olmo e imagina otra vez las golondrinas que parten hacia el futuro como vagabundas sombras ante el espejismo de ese cielo que blanquea la luna por las noches. Recuerda el historia de “El príncipe feliz” cuando una golondrina muere al llegar el invierno porque el cariño que siente no le permite irse con las demás.
Esas vivencias son los sentimientos de la vida y sus matices, bordeada de jazmines, de paseos al aire libre, de la exactitud de su encantamiento por la pampa de nubes con vestigios de leyendas todavía latentes.

Avanzan los años por los frondosos tilos y por las enramadas con susurros de aves que no pueden esconder sus sentimientos. Eva sabe del milagro que la trae nuevamente a recorrer los senderos bañados por un calor ardiente cuando septiembre se aferra a las mañana cálidas, a las frutas, a la miel, a los braseros del abuelo…
Una crónica de juegos frente al candil en tardecitas con el espíritu de fiesta mirando cómo los astros la observan desde el firmamento. El paisaje es su espejo que le muestra su sensibilidad; ese ángel que se confunde con sus reflejos interiores y el trino de los cardenales que viven abrazados a los sauces cuando las voces de los sabios corren por los ríos.


Caminando entre los girasoles, Eva alcanza a ver a un niño de mechones rubios y de frente pálida que la mira detenidamente tratando de ver más allá de sus pensamientos.
-¿De dónde vienes?-le pregunta extrañada ante esa aparición que intenta por todos los medios comunicarse con ella. Eva tiene sus razones para desconfiar.-¿Adónde vas?.
Él, algo indiferente y casi sin deseos de responder, alcanza a decir:
-Derecho, siempre delante de uno, no se puede ir muy lejos… Busco un amigo… Vengo del desierto de Sahara y de algunos planetas. Necesito hablar con los más necesitados y rescatar los valores espirituales.
-Yo soy una aldeana que vivo en una casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo. ¿Qué puedo ofrecerte?.
-Tú eres pura-murmura bajito.-Tienes la luz de la alborada y seguramente sabes reconocer la justicia, la humildad, la disciplina, la lealtad…
-Yo soy una chica que simplemente ama la naturaleza porque conoce el poder de la memoria y la bendición de ser útil a la sencillez de las cosas vitales. No pregunto tanto, no cuestiono a las personas porque respeto la esencia de cada uno y sus limitaciones.


El niño se sienta sobre una piedra y levanta los ojos hacia el cielo.
-Tú te llamas Eva y te gusta el paraíso, pero debes saber también de la transitoriedad de la vida. Eres inteligente pero no tienes que dar tantas explicaciones; deja que pregunten demasiado, sólo una respuesta alcanza…
-La felicidad no tiene precio, he aquí mi secreto. Es simple: no se ve bien sino con el corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos”.-dice Eva convencida y algo molesta por los consejos del desconocido que parece ser un pequeño maestro de colegio.

-¡Hablas con mis palabras!. ¡Te ha llegado mi mensaje!-grita el niño con ternura.-La afinidad espiritual ya nos une porque has descubierto el encanto de la existencia humana y el valor de los afectos.
-¡Lo importante es invisible, comprendes!-vuelve a decir Eva mientras el personaje  desaparece con la sonrisa grandiosa detrás de los girasoles y repite a lo lejos:
-Tú estás sola en este planeta rural que es el tuyo; conoces el sabor de lo auténtico, la dignidad y su proyección. Bautizas tus principios y buscas en ellos el fin de las verdades, pero eres una niña como tantas que estudia y juega, que respeta las diferencias pero que, con sus derechos, impone sus códigos.

Eva asombrada recoge su canasta y comienza a andar; el lugar la invita a escuchar su despliegue de alabanzas; es el corazón de ese vuelo que le deja sus alas para que pueda recorrer otras tierras más allá del tiempo y su retiro, de la cuna en cuyas raíces dejó su infancia, de su vestidos de muñeca y de su cariño por los escenarios originales y sus huellas.
Fiel a su misión ve el final de la carretera y escucha la música de un universo que deshoja rosas en su velo de plata.


De regreso a la ciudad, siente que ese cielo urbano se parece a un prisma con los canceles abiertos a lo inconmensurable. Eva cosecha la siembra de las calles luminarias pero sabe que allá, en la campiña, está el amor, el lenguaje diáfano, la emoción del encuentro y del adiós… Comprende que no existe un solo sentimiento de libertad sin la esperanza del regreso.
-Si vienes a las cuatro de la tarde comenzaré a ser feliz desde las tres.-dice alguien que sabe, desde cualquier planeta, reconocer la amistad.

Cuento de Luján Fraix



* Citas de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry. Resúmenes, análisis y biografía: Miguel Moreno Monroy. Sociedad Comercial y Editorial Santiago Limitada (1993).


martes, 21 de julio de 2015

Carta a un niño





AMAR LA LECTURA


"Pocos niños aprenden a amar los libros por sí solos.
Alguien tiene que atraerlos hacia el maravilloso mundo de la palabra escrita;
alguien tiene que mostrarles el camino.

Orville Prescott




A ti te gusta leer?
Qué es lo que más te gusta? Las aventuras, el misterio, todo lo que tenga que ver con tu ordenador?

Dónde aprendiste a leer? En la escuela, en tu casa...
Te leen en voz alta? ¡No me digas que no conoces el placer que se siente cuando mamá o papá se sientan contigo a leer! Que mientras ellos recrean en voz alta las palabras escritas, tú ves a los personajes caminando por la alfombra o por la almohada.

Te pusiste a pensar que a la televisión no la puedes llevar en la mochila a cualquier parte, que a un libro sí. Un libro puede ser tu amigo para toda la vida.

Alguna vez tuviste el placer de ir a una biblioteca, pedir el libro que te gustaba y sentarte allí en el silencio del lugar.

Una vez, un amigo mío fue a la biblioteca y se quedó horas leyendo. Dice que conoció a Harry Potter, al mago Merlín... que le hablaron... que lo llevaron con ellos... bueno yo no sé si creerle.

Pero cuando termine de hablar contigo me voy a ir a mi habitación a leer. Me regalaron un libro nuevo; dicen que a los personajes les gusta conocer el otro lado de las páginas.

Ah! Nunca te pusiste a leer en voz alta mientras los personajes del libro te soplan las orejas o te vuelan los papeles del escritorio?

Sí, ya sé que en vez de leer, te sientas delante de la televisión y te olvidas de los libros... Nunca te enseñaron el placer que da la lectura?.

Prueba... yo te juro que leer da una felicidad parecida a tomar helados un día de verano... o de invierno.


lunes, 20 de julio de 2015

Feliz día del amigo!!!



Felicidades para todos los amigos que visitan este sitio tan querido por mí.
Un beso grande.


domingo, 19 de julio de 2015

lunes, 13 de julio de 2015

Deje una!!!




A Alberto (mi papá)



La tía Felicitas tenía un loro en el patio que siempre tomaba fresco arriba de un bastoncito especial para él.
Las rosas traían fragancias dulces hacia la galería donde la tía cosía ropa para los niños pobres que iban a pedir ayuda a la iglesia. El patio era grande con plantas de pomelo, jazmines… y estaba rodeado por tapiales de ladrillos que lo separaban de la calle por la que pasaban los vendedores ambulantes.
Felicitas vivía sola en la casa antigua junto a sus recuerdos, a enredaderas que trepaban las paredes, a los muebles de principios de 1900… y con Pedro: el loro.

A la tarde, pasaba el vendedor de bolsas de marlos.
-¡Marlero… marlos!- gritaba el hombre.
-¡Deje una!- decía la tía Felicitas desde la cocina o desde el corredor cuando estaba remendando medias.
Todos los días ocurría lo mismo…
Una mañana, vinieron a visitarla Gertrudis y Flora, sus dos hermanas, para invitarla a pasar unos días en Córdoba.

La tía Felicitas no quería ir, estaba grande, tenía que coser guardapolvos y algún trajecito de comunión. El padre Rino le había dejado la sotana para que le levantara el ruedo que se le había roto cuando daba la misa, hecho que provocó que se cayera al piso en medio de la gente.
-¡No, no puedo ir…!. Tengo muchas ocupaciones: recoger la caridad, visitar el hospital y entregar la ropa en la villa.
-Pero Feli… estás todo el año trabajando, mereces un descanso. No seas tonta el aire de las sierras es bueno, después te vas a sentir más fuerte para seguir con tus labores.
-Está bien- dijo la tía.

Felicitas preparó la valija grande del abuelo Roque que estaba muy vieja y olía a naftalina. En el fondo, la fotografía de la abuela Esperanza mostraba la nariz enorme del bebé que tenía en brazos: el tío Fortunato, más feo que un fantasma. ¡Pobrecito!.
Felicitas ordenó los vestidos con margaritas y violetas, sus preferidos, el gorro para el sol, las sandalias y la blusa con floripones.
A las cinco de la tarde, la vinieron a buscar. Dejó a Pedro al cuidado de la vecina que le iba a dar de comer y lo iba a vigilar de vez en cuando.

El loro, solo, estaba medio triste pero hablaba sin parar.
Por la tarde, pasó el marlero como de costumbre.
-¡Marlero… marlos!
La tía Felicitas no estaba para contestar, entonces Pedro con la voz rasposa dijo:
-¡Deje una!.
Así transcurrieron las semanas…

Felicitas ya estaba por regresar. El viaje la había despejado y ahora parecía una joven de veinte años: rosada, alegre y bulliciosa.
A la habitación llevó la valija y luego fue al patio a saludar al loro; en realidad, lo había extrañado un montón porque era como un hijo para ella. Lo encontró gordo y contento, con las plumas brillantes; subía y bajaba del tejido y decía:
-La tía, deje una, la tía…
Felicitas se fue a dormir.
Al día siguiente, cuando fue a buscar un pomelo para el desayuno, vio al fondo contra el tapial una pila de bolsas de marlos. Se extrañó… ¿Por qué estaban allí esas bolsas amontonadas?. Volvió a la cocina y escuchó que Pedro decía:
-¡Deje una, deje una…!.

Cuento de Luján Fraix



viernes, 10 de julio de 2015

Buenos Amigos





Había una vez una lechuza solitaria y muy trabajadora.
Todas las noches, recorría el campo y volvía cargada de alimentos.
Una mañana, mientras dormía, cuatro teritos muy juguetones saltaban cerca de su cueva y cantaban:

-Teru, teru, teru...
¡Alerta que va el viajero!

Molesta la lechuza con tanta bulla, les dijo:

-¡Fuera de aquí, chillones!-y soltó un cascarón que, al romperse, dispersó gusanos y bichitos.

-¡Qué rica comidita!-dijeron los teros picoteando.
-¡Oh, qué desgracia!-exclamó la lechuza-, descuidada tiré mis provisiones.

-No se aflija, señora lechuza, y coma con nosotros el fruto de su trabajo.

Desde entonces, teros y lechuzas son buenos amigos.

Cuento de autor anónimo de mi libro de cuentos infantiles "Pimpollito" de María E. Altube de 1967.

sábado, 4 de julio de 2015

La resurrección de la rosa, de Rubén Darío






Amiga Pasajera: voy a contarte un cuento.

Un hombre tenía una rosa, era una rosa que le había brotado del corazón. ¡Imagínese usted si la vería como un tesoro, si la cuidaría con afecto, si sería para él adorable y valiosa la tierna y querida flor! ¡Prodigios de Dios!. La rosa era también un pájaro, parlaba dulcemente y su perfume era inefable y conmovedor como si fuera la emanación mágica y dulce de una estrella que tuviera aroma.

Un día, el ángel Azrael pasó por la casa del hombre feliz y fijó sus pupilas en la flor. La pobrecita tembló y comenzó a padecer y a estar triste, porque el ángel Azrael era el pálido e implacable mensajero de la muerte. La flor desfalleciente, ya casi sin aliento y sin vida, llenó de angustia al que en ella miraba su dicha. El hombre se volvió hacia el buen Dios y le dijo:

-Señor, ¿para qué quieres quitar la flor que nos diste? y brilló en sus ojos una lágrima.

Conmoviéndose el bondadoso Padre, por virtud de la lágrima paternal, dijo estas palabras:

-Azrael, deja vivir esa rosa. Toma si quieres cualquiera de las de mi jardín azul.

La rosa recobró el encanto de la vida. Y ese día, un astrónomo vio, desde su observatorio, que se apagaba una estrella en el cielo.

"La resurrección de la rosa" de Rubén Darío-escritor nicaragüense.


viernes, 3 de julio de 2015

Mi vocación





Desde niña supe que mi vocación era la escritura; me gustaba mucho leer para evadirme, para sentir menos soledad ya que al ser hija única pasaba mucho tiempo sola y tenía que entretenerme. Me refugiaba en los libros y ellos me daban algo tan parecido a la felicidad que no se puede describir con palabras, se siente...

Cuando crecí me di cuenta que debía seguir estudiando otra cosa y que en el orden de mis prioridades no estaba justamente primero casarme y tener hijos sino encontrar el amor, estudiar, escribir y ocuparme de los negocios de mi papá. Lo tenía bien claro. Mientras tanto, escribía y escribía, enviaba todo a concursos literarios; comencé por intentar estudiar abogacía, luego profesorado de Letras y finalmente estuve 15 años asistiendo a un taller de Escritura (los mejores años de mi vida).

Logré premios y diplomas, edité tres libros propios (humildes textos) que son orgullo para mí porque no pensé que iba a llegar a tanto cuando por aquellos días de mi niñez soñaba... Más tarde estudié Preceptor Literario.

Hoy sigo buscando senderos que me lleven a esa dicha plena, la de aquellos años, me siento una eterna aprendiz.

Luján Fraix



















jueves, 2 de julio de 2015

El invierno




El frío se esconde como un fantasma enmohecido
entre las grietas de mi alma.
Las sombras están vestidas de gala,
ataviadas con su mural de invierno.
Son la 1:28 de la noche,
la luz de la lumbre ilumina mis ojos sin estrellas.
Es tarde ya...
para seguir soñando.

Luján Fraix



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