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sábado, 8 de marzo de 2014

A la mañana siguiente...




Obras de Robert Duncan



La abuelita Juana vivía en una hermosa casa de campo. Los trabajadores cultivaban trigo y soja y había árboles frutales: naranjas, higos, mandarinas... Las ovejas eran gordas como vacas y un molino murmuraba cuando el viento lo movía. El nieto de la abuela tenía una jaula con pajaritos de todos los colores que cantaban junto a una cotorra tan verde como los pinos que rodeaban la granja.

Juana tejía en la galería de piso colorado. Estaba haciendo una bufanda para el abuelo Eduardo mientras la gata Lola llevaba a sus criaturas peludas a dormir sobre las camas.

El abuelo se iba al campo a trillar o a recorrer los sembrados, a veces estaba enojado por algo, pero después se le pasaba. Comía mandarinas en el living y tiraba las semillas entre las macetas.

Los perros ladraban siempre cuando llegaba algún comprador de lana o vendedores ambulantes de ropa: calzoncillos, camisetas y pañuelos...

La abuelita Juana era muy miedosa.

Un día, se quedó sola porque el abuelo no estaba y los peones tampoco. Ya era de noche y nadie regresaba, entonces les ordenó a los perritos que entraran al comedor; todos se acostaron en el piso, eran ocho: uno grande y otro pequeño, el más travieso Sultán, la más tierna Jackie... La abuela tejía en medio de los animalitos y la gata Lola dormía sobre un almohadón de plumas con sus hijos.

Pasaron las horas...

Juana de tanto esperar se durmió en el sillón hamaca y las respiraciones casi ni se escuchaban. Cuando el abuelo Eduardo regresó no vio a los perros en el camino junto al portón; todo estaba desierto, sintió terror porque pensó en los ladrones o en alguna desgracia. Su esposa estaba allí, junto a los guardianes, esperando su llegada. El abuelo se enojó y gritó con su voz ronca de viejito fumador:
- ¡Cómo puedes tener los perros dentro de la casa!¿Y si venían a robar, mujer..., cómo te ibas a enterar?.
-Yo tenía miedo y...-dijo la abuela temblorosa.

A la mañana siguiente, cuando se levantaron, los caballos no estaban en el establo y las tranqueras se encontraban abiertas.
El abuelo desesperado dijo:
-¿Y los caballos... dónde están?. ¡Me los robaron, Dios mío!. Yo te dije que dejaras a los perros afuera para que ladraran por si aparecían ladrones. ¡Qué voy a hacer!.
-¡No!-dijo Juana.-A los caballos les abrí la puerta para que no relincharan por si venían extraños, deben estar en el campo.

Luján Fraix
Cuento de  1998

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