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miércoles, 28 de agosto de 2013

Las baldosas rojas



Kate Greenaway



Cuando era chica iba a la casa de mis abuelos: Juana y Eduardo.

Recorría el jardín poblado de jazmines y de rosales... El chalet era como sacado de los cuentos porque tenía la magia de los enanos de Blanca Nieves, de Hansel y Gretel...

Parecía un reino de hadas y la gracia flotaba en el ambiente con efluvios singulares de mermeladas y flores donde los personajes se mezclaban y aparecían en lo tapices de las paredes.

Yo estaba en el portarretratos..., tenía cinco años en aquella fotografía.

La abuela Juana era indiferente y siempre estaba en la cocina. Hacía dulces y tejía pañoletas.

-Voy a "escuchar" la novela.-decía mientras prendía el televisor.

Yo contaba las baldosas rojas y comía las uvas de la parra a escondidas del abuelo Eduardo que siempre estaba en el terreno de los árboles frutales; allí tomaba mates sentado sobre tres ladrillos; yo lo acompañaba y juntos dibujábamos letras con un palito en la tierra. El abuelo murmuraba igual que un viejo sin remedio y luego me narraba cosas que ya ni recuerdo. Pasaba el día en aquel hogar fascinante sin voces ni risas.

La abuela me daba alguna masita y yo hubiera querido llevarme los jazmines pero ni me atrevía a tocárselos. Iba al comedor y miraba la vitrina con las tacitas de porcelana y las copitas de licor,  que parecían diminutos utensilios de duendes. Todo limpio, tan impecable como los espejos y los dormitorios de camas separadas con dos cuadros de vírgenes. Ese universo vacío era demasiado perfecto si no fuera porque el silencio obligaba a sublevarse.

En el pequeño palacio soñaba historias sin tener noción de la verdad, de la crueldad del mundo y de lo dolorosa que podría llegar a ser la vida. Frecuentaba aquel lugar rodeada de personas monótonas que no peleaban pero que tampoco estaban contentas.

No creí nunca que el futuro pudiera ser tan diferente y que los seres se fueran despacio sin darse cuenta, cuando todavía no les había hecho la mayoría de las preguntas.

La casita de chocolate era real pero mi corazón de fantasía se agrandaba sin darse cuenta que pronto podría romperse en pedazos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

Hoy llevo la melancolía de mi infancia y el recuerdo de unos abuelos tristes que vivían con resignación y apatía. Me queda la imagen, casi sagrada, de ese sitio parecido a un templo.
Dejé todas mis ilusiones guardadas allí, en los jazmines, las uvas, los rosales, el aroma a dulce de ciruelas... y en las baldosas rojas.

Luján 2000

Publicado en mi antología "Molinos de Viento" cuentos (2000)


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